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Akal edita una recopilación de artículos del columnista donostiarra, a cargo de Mikel Iturria

Javier Ortiz, un periodista insumiso y de principios

Fuentes: Rebelión

Hace casi 12 años –el 28 de abril de 2009- falleció el periodista y escritor Javier Ortiz. Fue un periodista de principios y espíritu crítico, “enganchado” -según afirmaba- a la profesión.

Un insumiso frente a los poderosos. Durante años, hasta 2007, difundió sus comentarios e impresiones en El Mundo, periódico del que fue jefe de Opinión y columnista; después se incorporó al diario Público, en el que publicó textos de opinión hasta 2009. Autor de una docena de libros, colaboró en radios y televisiones –como la autonómica vasca- y en Internet sus seguidores podían leer el Diario de Un resentido social y los Apuntes del natural.  

En un Obituario de ficción, redactado en 2007 a modo de humorada y que causó desazón entre los lectores, Javier Ortiz enumeraba otros medios para los que escribió: Zutik!, Servir al Pueblo, Liberación y Mediterranean Magazine; también ejerció de negro. En cuanto a su formación, los jesuitas no le ganaron para la causa, de modo que a los 15 años ya había abrazado el comunismo y el marxismo-leninismo; estuvo en las cárceles franquistas –en la de Girona un preso político le enseñó la lengua catalana- y el exilio francés.

El periodista donostiarra escribió regularmente desde los 18 años en todas las variantes del oficio, “desde el fanzine hasta la revista de lujo”. Además dirigió la colección Foca, de la editorial Akal, que en 2019 recopiló una parte de sus artículos en el libro Javier Ortiz. Talento y oficio de un periodista. “Javier reconoció en algún momento la paternidad de unos 5.000 artículos y columnas; distinguía dos etapas de su vida, una como periodista militante y otra como periodista comercial; esta comenzó, con matices, cuando fue contratado por Pedro J. Ramírez en El Mundo”, destaca Mikel Iturria, responsable de la edición de Akal y coordinador de la página Web javierortiz.net.

En 1993 Ortiz dedicó una columna en El Mundo a su utopía personal, Jamaica, con la que soñaba “porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros”; en esta isla caribeña, según la imaginaba el articulista, el tiempo no contaba y la gente era sencilla, espontánea y tranquila. “Jamaica o muerte. Venceremos”, concluía el artículo. Pero a menudo sus columnas –muchas de ellas vigentes- se situaban en las antípodas de Jamaica; como la que escribió en noviembre de 1993 en El Mundo, ¿Qué más da un Corcuera u otro?, que trascendía al ministro de Interior del PSOE famoso por la “Ley de la patada en la puerta”; por definición, a todos los titulares de Interior “el cargo les empuja a actuar no como defensores de los ciudadanos, sino de los policías; a velar mucho más por el Orden que por la Ley”.

Javier Ortiz tampoco tenía reparos en escribir sobre el actual rey emérito, Juan Carlos de Borbón. El periodista recibió una llamada de la Casa Real, en julio de 2002, tras hacerse eco de una información de la revista británica Eurobusiness que atribuía al entonces monarca una fortuna de 1.790 millones de euros. En febrero de 2001, también en El Mundo, el columnista se refirió a un libro del coronel Amadeo Martínez Inglés –23-F. El golpe que nunca existió– que cuestionaba las versiones oficiales sobre la intervención del jefe de Estado en la asonada; por ejemplo respecto a su relación con los generales Armada y Milans del Bosch.

En octubre de 1994 dedicó su columna en El Mundo al periodista del diario Egin -y después de la revista Ardi Beltza- Pepe Rei, quien llevaba entonces 50 días en prisión por decisión del juez de la Audiencia Nacional, Carlos Bueren (asimismo Rei fue detenido en 1999 y 2001). Javier Ortiz cuestionaba el silencio de los “sedicentes adalides” de la libertad de expresión y añadía: “Es la libertad de expresión, no la línea editorial de Egin, lo que aquí está en juego. O hay pruebas contra Pepe Rei o no las hay. Y si no las hay, debe ser puesto de inmediato en libertad”. Ortiz hizo uso de parecidos argumentos cuando el juez Garzón ordenó el cierre de Egin en julio de 1998; así, manifestó su inquietud por la clausura de un diario del que valoraba buena parte de los contenidos, aunque discrepara de la línea editorial.

Las ideas a contracorriente de Ortiz pueden constatarse también respecto a la Transición española. En un artículo publicado en Diario de un resentido social (agosto 2001), adoptaba como punto de partida la síntesis que hizo el actor Paco Rabal en una entrevista: “Lo que sucedió aquí es que se pusieron todos a hacer cine pornográfico”. Para completar esta caricatura, el periodista recordaba que las fotografías de la artista Pepa Flores (“Marisol”), desnuda en la revista Interviú, suscitaron mayor interés que los planteamientos críticos de la actriz. En incontables textos Javier Ortiz calificó la Transición de “inmenso fiasco”; consistió –“mitologías al margen”- en “la remodelación superficial de un régimen que se vio urgido por imperiosas necesidades de adaptación político-económica a los parámetros imperantes en la Europa Occidental”.

Díscolo e incisivo, el periodista vasco se topó con la censura en julio de 2001; en un texto previo de El Mundo, anunció que publicaría un artículo sobre el libro de 615 páginas titulado El Poder, del periodista Josep Manuel Novoa. El volumen de Novoa trata de cómo el presidente fallecido del Banco Santander, Emilio Botín, se hizo con Banesto, el agujero de esta entidad financiera y las responsabilidades del Banco de España (Novoa también es autor del libro de investigación El botín de Botín). El Mundo ejerció la censura previa sobre el artículo por las presiones del banquero. En cambio, Javier Ortiz publicó en el rotativo una columna titulada El gran Poder, en abstracto y sin citar nombres.

El autor de José K, torturado y El Felipismo de la A a la Z cuestionó además el doble rasero oficial sobre las “víctimas inocentes” y los “efectos colaterales” del terrorismo. Lo hizo a cuenta de los dos atentados –en agosto de 1998- contra las embajadas de Estados Unidos en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), perpetrados por Al Qaeda con un saldo de 224 muertos. Ortiz recordaba el bombardeo atómico de Estados Unidos en la ciudad japonesa de Nagasaki –en agosto de 1945-, que causó 70.000 muertes; “¿Integristas fanáticos? Los hay para todos los gustos; hablan de Milosevic, hablan de los degolladores argelinos, hablan de Pol Pot y Camboya. Pueden hacerlo libremente, puesto que ellos dictan cómo se escribe la Historia. Pero eso no los hace mejores”, escribió.

Dos años antes, en julio de 1996, discutía en las páginas de El Mundo otra consigna gubernamental: el adjetivo “ilegal” vinculado a las personas migrantes expulsadas por el Estado español. El articulista apuntaba la conclusión ya en el titular: “No son ilegales”. Y comenzaba por los antecedentes, la colonización europea de África. Después rebatía argumentos oficiales, como la violación de la Ley de Extranjería y la legislación europea: “Sin duda. Pero ¿son realmente justas esas leyes?”; además, “si de juzgar actos se trata, su intento de inmigrar ilegalmente tiene muchos atenuantes. Muchos más que la actuación desaprensiva de quienes los expulsan a patadas”.

La reflexión crítica, a modo de paradoja, formaba parte de muchas columnas. Por ejemplo en febrero de 2000, cuando el asesinato de una mujer de 26 años en El Ejido desató una ola de violencia racista en este municipio de la provincia de Almería. Sin ser partidario de ningún tipo de cacería, el periodista sacó a colación otro hecho sucedido por las mismas fechas en Avilés (Asturias); se trataba de un soldado profesional que agredió bestialmente a una joven hasta el punto de arrancarle los ojos, sin que se desencadenara ninguna respuesta violenta entre la población.

Pero Javier Ortiz no sólo denunciaba la hipocresía y los abusos de los dirigentes; también escribía columnas sobre artistas e intelectuales por los que sentía especial aprecio; al cantautor Lluís Llach lo valoraba como compositor, intérprete, letrista y pianista pero, principalmente, por su impulso ético, al que no renunció desde los tiempos de la rebeldía, mayo del 68; “otros arriaron esas banderas”, añade. Y le conmovió, en octubre de 2003, el fallecimiento del escritor Manuel Vázquez Montalbán, “una especie de Baroja actual solo que bienhumorado y de izquierdas”; Vázquez Montalbán priorizaba el contenido y la eficacia del texto sobre la estética, “como columnista era fantástico”, resalta Ortiz. Y lo más significativo: “Puso siempre el prestigio de su pluma al servicio de los más débiles”.  

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