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Jiribilla, el fruto del arbol más alto

Fuentes: Rebelión

«Es fácil ser combativo cuando se está bien armado». Luis Gustavo Goenaga, campesino e ingeniero forestal cubano. Cuando se pasa, sin apenas más transición que nueve horas de vuelo, de la Feria del Libro de La Habana a un taxi madrileño, en una ciudad alborotada, como un patio de colegio, por el incendio de una […]

«Es fácil ser combativo cuando se está bien armado».

Luis Gustavo Goenaga, campesino e ingeniero forestal cubano.

Cuando se pasa, sin apenas más transición que nueve horas de vuelo, de la Feria del Libro de La Habana a un taxi madrileño, en una ciudad alborotada, como un patio de colegio, por el incendio de una torre y la esperanza de unas Olimpiadas, se tiene la impresión muy traumática de pasar de una sociedad libre a una sociedad infantil. La mayor parte de las diferencias que definen a una sociedad están siempre por decir y son, aún más, indecibles, salvo para la literatura o el cine, porque no se dejan prender en el orden de las definiciones sino en el de las comparaciones o en el de las co-apariciones: la revelación, uno junto al otro, de dos patrones sensibles, de dos estilos de vida que se iluminan y se ordenan recíprocamente. Mientras los sistemas sociales se reproduzcan a partir de los hombres o dependan de ellos para su supervivencia, su reproducción cotidiana demanda una serie ininterrumpida de decisiones individuales de carácter etológico o, si se quiere, estético. La cohesión social es sobre todo una cuestión de gusto: de cómo el gusto se adapta, legitima y alimenta las condiciones de recepción, al mismo tiempo, de los objetos y de los discursos. Lo que quiero decir, sin tanta pedantería, es que existe una relación orgánica entre la fealdad cultural del capitalismo (el deslumbramiento por lo nuevo, el entusiasmo por el cachivache, el uniforme de la distinción) y su destructiva inmoralidad material; y, al contrario, entre la alegría austera de la sociedad cubana y su superioridad ética y democrática.

Que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante es una verdad indiscutible a condición de aceptar que la «ideología» incluye, más allá de valores y representaciones, una colección de objetos, unos hábitos de consumo, un conjunto de modales, de temas, de ademanes, una armadura de preferencias indumentarias y linguísticas, de orientaciones del cuerpo y hasta de entonaciones y ruidos. La ideología dominante del capitalismo, en términos culturales, es eso que los españoles llamaríamos pijez o pijismo [1] , cuya arquitectura físico-mental se extiende de arriba abajo, a través de la televisión, la publicidad y el culto mediático a la personalidad, hasta alcanzar los rincones más obscuros de la ciudad y los puntos más distantes del planeta. El mundo es pijo, Cuba no; y es esta diferencia, y no los valores enunciados en voz alta, compartidos y en disputa, la que en un lado bombardea países, derrite alegremente los cascos polares y confunde Faluya con un Parque Temático y en el otro salva niños, cura extranjeros y confunde los propios sufrimientos con los de los otros pueblos de la tierra. La así llamada «cultura de masas», difundida por la industria del ocio, consiste básicamente en la globalización del pijo como tipo normalizado de una normalidad destructiva; es decir, en la paradoja lógica -cuyos efectos podemos calcular en muertos- de una democratización de la diferencia absoluta, de una generalización, a la que la publicidad invita permanentemente, de la exclusividad: cada uno está por igual encima y en contra de los demás. Máxima diferencia y máxima repetición constituyen la ley de un mercado que tiene que alimentar al mismo tiempo el individualismo y la estandarización (una «singularidad estándar») como condición de todo beneficio comercial. La pijez es el cuerpo vivo, la carne social (con su aura de marcas, alimentos y gestos sancionados) de una monstruosidad general, el gusto privado de una injusticia estructural.

«Pijos» o «progres», de derechas o de izquierdas, extremistas pasivos o moderados activos, se dirá que después de todo sólo se trata de una cuestión de gusto; y yo diré que por una vez en una sociedad concreta domina el mío. La ideología dominante de una sociedad sin clase dominante (y casi sin clase gobernante, lo que en cualquier caso es una cosa bien diferente) es también, claro, una colección de objetos, de usos, de modales, una manera de dirigir la mirada o de levantar la cabeza, una costumbre de la mano, una preferencia de tono, una postura en el espacio, una recurrencia de temas, una selección de adjetivos, una síntesis espontánea -en fin- de rangos, estilos y gestos. Nos empeñamos en salvar o condenar a Cuba comparando datos económicos o estadísticas sanitarias sin darnos cuenta de que todo se juega y todo se revela, por el contrario, más abajo, en letras minúsculas, en la diferencia ontológica entre dos formas de saludar o dos formas de escoger una camisa (o de recomendar un libro). A mi regreso de La Habana repasaba en voz alta estos detalles decisivos que nuestra sociedad abandona a la falsa independencia de la sociología o de la moda, el querer pronto, el amar fácil, el hablar intenso, el sentarse ancho, el vestir tenue, el cantar rebelde, el pensar juntos, el mirar despacio, el hacer largo, el vivir recio, el comer, beber y compartir sin misterios, el disentir y vencer sin venenos; repasaba en voz alta todos estos detalles -el milagro de una autoestima bien repartida, como los frijoles, y la total ausencia de ese prestigio mágico asociado en nuestro mundo a la exhibición pública de ciertos símbolos o ciertos objetos- y mi hija Lucía, de doce años, comprendió en un relámpago todas sus consecuencias:

– Entonces en Cuba -exclamó- ¡gobernamos nosotros!

Esta fuerte impresión de victoria estética de nuestro bando no me abandonó durante toda mi estancia en Cuba. Una noche, por ejemplo, Pascual Serrano, Belén Gopegui, José Daniel Fierro y yo estuvimos en casa de Julio César Guanche, director de una de las editoriales más importantes del país. Era una casa normal y fue una reunión normal y esto es precisamente lo que tuvo de extraordinario. Bebimos ron y cerveza, comimos unos bocadillos de puerco y nos desparramamos sobre una colección heterogénea de asientos para escuchar primero a Fide y después a René tocar y cantar al inevitable Silvio durante seis horas seguidas. Eramos gente más bien peluda, desgreñada, irregular, sospechosa para cualquier policía del mundo llamado «libre»; los gemelos de Lupe se despertaban por turno y rodaban entre nuestras piernas; y el joven abuelo desplegaba una llana cortesía sobrenatural mientras trasegaba latas de Cristal con una pícara sonrisa pickwickiana. Bueno, yo he estado en muchas reuniones como ésta a lo largo de mi vida, me he exaltado en consensos parecidos y he cantado las mismas canciones muchas veces: intelectuales fracasados, desclasados, marginados que soñábamos nostágicos un mundo todavía sin sustancia y volteábamos por unas horas, en una semiclandestinidad sentimental, un orden dominante de poder descompensado y fea soledad consumista. Entre Guanche y sus amigos y nosotros cuatro no había ninguna diferencia. Había una y decisiva. Funcionarios del gobierno, intelectuales, periodistas, nuestros anfitriones no eran sospechosos para la policía; constituían algo así como la élite política e intelectual de Cuba y representaban, por tanto, el máximo de bienestar al que apira un cubano y al que debe aspirar un ser humano (una casa pequeña, abundante cerveza, un poco de ocio combativo). A la alegría elemental, antropológica, de comer, beber y cantar todos juntos se añadía en nuestro caso -pero había luego que reflexionar para explicar esta plusvalía– la felicidad física de esta evidencia incontestable: somos nosotros, aislados y sin prestigio en Madrid, París o Nueva York, los que estamos gobernando Cuba. Esta diferencia de gusto -el poder del pueblo, sí, pero también el de un grupo de artistas e intelectuales peludos, irreverentes, comprometidos y desinteresados- es sin duda una de las cosas que más irrita a Zoe Valdés y a los de su raza y, porque es inseparable de todas las otras diferencias, constituye también uno de los objetivos prioritarios de la agresión estadounidense.

Pero esta impresión de victoria estética nos acompañó también mientras trabajábamos. En casa de Guanche -y voy arrimando tímidamente mi texto a su propósito- estaban Nirma, René y Adel, tres de las costillas centrales del proyecto de La Jiribilla. Yo había leído La Jiribilla e incluso me habían hecho el honor de incluir algún artículo mío entre sus páginas. En medio de tanto periodismo a veces limitado o insuficiente, la revista quincenal promovida por Iroel Sánchez, presidente del Instituto del Libro, me parecía el estandarte de un nuevo periodismo cubano, libre, riguroso, analítico, abierto al mundo (por no hablar de su bellísimo diseño y de las siluetas negras de sus dibujantes). Pero tenía que retroceder hasta sus artífices, tenía que conocer a los que lo hacen, tenía que compartir con ellos durante ocho días su precaria y alborotada sede en la Feria del Libro para comprender, al revés, tantas cosas del mundo del que procedo. Durante mucho tiempo creí que una «jiribilla» era un árbol o quizás una fruta exótica y carnosa. Luego supe que era más bien una agitación, un bullicio, un traqueteo de los pies y de las manos, la excitación de un niño que impone su felicidad insomne al universo. Pero en medio de tantos árboles hermosos -ceibas, almácigos, macurijes, yagrumas- La Jiribilla podría ser también un árbol. Jiribilla: un árbol que gira y da fruto danzando. Jiribilla: un árbol con hojas impresas en sus ramas. Jiribilla: el árbol de la ropa limpia y de la conciencia afilada. Rev-ista, rev-olución, vegetación.

Mientras trabajábamos al lado de los compañeros de La Jiribilla, compartíamos con ellos la comida, la bebida y el tabaco. Y yo no podía dejar de pensar en ese pasaje un poco raro del Marx de los Manuscritos que he citado ya otras veces: «Cuando los obreros comunistas se reunen, su intención es la de ocuparse de entrada de la teoría, la propaganda, etc. Pero al mismo tiempo se apropian por eso de una necesidad nueva, la necesidad de la sociedad toda entera, y lo que parecía no ser más que un medio se convierte en un objetivo. Este movimiento práctico permite observar los más brillantes resultados cuando se ve reunidos a los socialistas franceses. Fumar, beber, comer, etc., no son ya simples ocasiones para estar juntos, medios para la unión. La compañía, la asociación, la conversación que abarca el conjunto de la sociedad les colma; para ellos la fraternidad humana no es una frase, sino una verdad, y de sus figuras endurecidas por el trabajo, irradian la nobleza de la humanidad hacia nosotros». Cuando los periodistas socialistas se reunen pasa lo mismo y, como la ideología es un síndrome total -que incluye todo el cuerpo-, no tiene nada de extraño que haya una manera socialista de comer, beber y fumar, mucho más bella y humana, y que esa manera sea al mismo tiempo el resultado y la continuación de la revolución. Uno se acostumbra fácilmente a tener un cuerpo mejor y con mi cuerpo socialista, al lado de mis compañeros de La Jiribilla -fruto del árbol más alto-, trabajaba y comía y bebía y fumaba y, cada vez que comía, bebía y fumaba (cuando trabajaba lo sentía un poco menos), me convertía en un miembro de hecho de la Cuba presente y de la humanidad futura.

El verdadero triunfo de la revolución cubana es el de haber derrotado la pijez o el pijismo, el (mal) gusto mediante el cual la injusticia se vuelve de carne y hueso, el desprecio del otro reposa en un objeto y la destrucción universal avanza en un cliché o en un simple florero. Frente a la «cultura de masas» y su uniforme de distinción, la cultura ciudadana de los cubanos implica, al contrario, la individualización de la generalidad, la interiorización de la comunidad y el síndrome total, por tanto, de un cuerpo más perfecto. Las «buenas armas» de las que me hablaba Luis Gustavo Goenaga en un fantástico paisaje de almácigos y palmas no eran tanques, claro, ni misiles ni bombarderos; tenían que ver con esa superioridad estética que él llamaba «conciencia» para referirse, no a la residencia del alma en sí misma, no, sino al conocimiento de uno mismo en los límites de la tierra. Finalmente, la salvación de la humanidad es una simple cuestión de buen gusto. Por eso doy también las gracias a mis amigos de La Jiribilla.



[1] El término «pijo» presupone hasta tal punto una «revelación cultural» que ni admite definición ni se agota en la descripción de sus «notas». Es -creo- lo que en Venezuela llaman sifrino, en Chile cuico, en Argentina concheto, en Uruguay cheto, en Bolivia y Perú pituco, en Colombia gomelo y en México fresa.