MÉXICO – En la serie distópica Extrapolaciones, de la estadounidense Apple TV (2023), la cumbre climática de 2037 se escenifica en formato híbrido en Israel…
Ocurrencias como esa no pintan tan descabelladas, luego de 30 años de hacer lo mismo con resultados cuestionables y especialmente después de la 30 Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (Cmnucc), de noviembre último en la ciudad brasileña de Belém, en plena Amazonia, en una serie de sesiones que atrae a 196 países y la Unión Europea (UE).
Este episodio del largo melodrama climático sin colofón alimenta más dudas sobre el esquema de las COP anuales y de su viabilidad para solucionar la catástrofe climática, el mayor riesgo existencial que enfrenta la humanidad en el siglo actual, y cuya próxima cita 31 tendrá lugar en Turquía en noviembre, bajo la presidencia compartida entre esa nación y Australia.
“La arquitectura (institucional) ya está. Ahora se debe orientar a cómo estamos aplicando los acuerdos. Quisiéramos empezar a ver los resultados de un acuerdo global. Es clave tal vez que la COP se oriente más hacia la implementación, eso va a ser importante en la COP31. Falta el esfuerzo mayor para empezar a ver ese proceso de descarbonización”, señaló a IPS, desde Bogotá, Silvia Calderón, directora del Instituto de Ambiente de Estocolmo Latinoamérica.
La carabela insignia de la Cmnucc, el Acuerdo de París sobre cambio climático de 2015, hace agua, pues las emisiones y la temperatura suben sin tregua y la meta del dique calorífico alrededor de 1,5 grados centígrados ha quedado a centímetros del piso, si bien la transición energética hacia modos menos contaminantes avanza, aunque aún sin hacer mella en el entramado fósil.
Los resultados, decepcionantes para muchos y halagüeños para otros más optimistas, de la COP30 alimentan las inquietudes sobre la viabilidad del mecanismo, mientras persiste el consuelo colectivo de que la situación del planeta estaría peor sin la Convención bajo la premisa de peor es nada.
La cita de Belém, que reunió a más de 40 000 personas, entre altos funcionarios, representantes de organismos internacionales, de la sociedad civil, la academia y periodistas, fluyó entre lemas para la galería, como “la COP de la verdad” y la “COP de la implementación”, pero que como la retórica grandilocuente quedaron lejos de los resultados, en una cumbre que ya parece más un festival climático que un paquete de reuniones para enfrentar la mayor amenaza global presente.
La COP30 había prometido un marco para la adaptación, incluyendo un paquete integral de 100 indicadores; una hoja de ruta para cero deforestación en 2030 y una nueva meta de financiamiento.
Pero la cumbre no se tradujo en un plan de abandono de los combustibles fósiles, que empujaron varios países industriales y en desarrollo, organizaciones de la sociedad civil, pueblos indígenas y académicos, pese a que el tema no figuró en la agenda oficial que la presidencia brasileña de la COP promovió, para no pisar callos de por sí sensibles y lavarse las manos en los ríos circunvecinos a Belém.
En contrapeso, aprobó un esquema edulcorado de indicadores de adaptación, un plan de transición energética justa y una nueva meta de 300 000 millones de dólares anuales para 2035, mayor que la previa de 100 000 millones de dólares por año para 2020. Sin embargo, ese nivel es aún insuficiente para atender los impactos y la adaptación.
Por eso, los líderes de todas las naciones también acordaron que todos los actores deben trabajar juntos para movilizar 1,3 billones (millones de millones) de dólares al año para 2035 para los países más vulnerables a los impactos del cambio climático.
Desde el Titanic no se escucha
Desde 2023, durante la COP28 en Dubái, ha arreciado la lluvia de voces proreforma del sistema de las COP, sin que hayan hecho mella en el Titanic de sus instituciones, que quizás vive en la inconciencia de que su iceberg no solo naufraga en las salas anuales de negociación, sino también afuera, en la subida de la temperatura y el nivel del mar; lluvias más intensas e irregulares, pertinaces sequías y huracanes y tifones más poderosos.
La intensidad arreció en 2024 durante el proceso previo a la COP29 en Bakú, la capital de Azerbaiyán, cuando un grupo de científicos presentó un paquete de reformas orientadas hacia el énfasis en resultados, considerar realmente la ciencia, reestructurar las COP, para hacerlas más pequeñas, frecuentes y regionalizadas; revisar la relación entre el secretariado de la Convención, la presidencia de la COP y sus múltiples actores, así como garantizar una transición energética global justa.
Y en medio de las negociaciones de medio año en la ciudad alemana de Bonn, sede de la Cmnucc, y ante la inmovilidad frente a los temas torales, un colectivo de organizaciones de todo el mundo también divulgó su propuesta, centrada en restaurar el poder y la equidad dentro de las negociaciones; poner fin a la simulación y la captura corporativa de las mismas; alejarse de negociaciones opacas sin rendición de cuentas; respetar y proteger derechos humanos, así como armonizar y fortalecer la gobernanza climática internacional.
Pero el Titanic climático ha seguido impávido su marcha, pues ni el Secretariado de la Cmnucc ni las COP se han tomado en serio atender los reclamos, mientras el mundo camina dormido hacia más catástrofes, como las atestiguadas en los últimos cinco años.
Ante la evidencia de que la COP30 miraba en la dirección opuesta a los combustibles fósiles, como si no se tratara de ellos, un grupo de más de 80 países, con Colombia y Países Bajos a la vanguardia, lanzó la Declaración de Belém sobre la Transición Fuera de los Combustibles Fósiles, cuyos ejes pesan tanto como el crudo.
El documento va la yugular del cuerpo climático: la mejor ciencia disponible demuestra que los combustibles fósiles son los principales responsables del calentamiento global, las emisiones derivadas de su producción y los subsidios son incompatibles con el límite de 1,5°C; los Estados tienen obligaciones legales.
Esto último lo ratificaron opiniones consultivas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Internacional de Justicia, que incluyen tomar medidas para reducir emisiones asociadas a los combustibles fósiles. La primera, con sede en San José de Costa Rica, es el más alto tribunal regional y la segunda, asentada en La Haya, el principal órgano judicial de la ONU.
En suma, se plantea que acelerar la descarbonización exige acciones complementarias más allá de los procesos regulares de la Cmnucc.
En consecuencia, convocan a la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa para Abandonar los Combustibles Fósiles, programada el 28 y 29 de abril en la ciudad colombiana de Santa Marta.
En el marco de la COP30, su presidente, el brasileño André Corrêa do Lago, publicó 12 cartas entre marzo de 2024 y enero pasado que marcaron los puntos de interés de su gestión. En el último documento, del 27 de enero, reconoció la marcha a dos velocidades, lo que da alas a la necesidad de modificar las cumbres climáticas donde toda decisión responde al consenso.
Situó un primer nivel institucional basado en la aprobación colectiva y otro, centrado en la aplicación, con un énfasis creciente en la movilización, difusión y despliegue de recursos, actores, coaliciones de los dispuestos y mecanismos a escala mundial.
La reunión alternativa de Santa Marta, que tendrá un programa de ciencia climática y la sesión política, recoge los esporádicos episodios coperos que tomaron al toro fósil por los cuernos.
A pesar de su relevancia, el Acuerdo de París no menciona a los fósiles, tabú que la COP26 de la ciudad escocesa Glasgow, en 2021, rompió tibiamente, al hablar de reducción del uso desenfrenado del carbón y la necesidad de eliminar los subsidios ineficientes a estos combustibles.
El momento culminante ocurrió en la COP28 de Dubái, paradójicamente parte de una nación esencialmente petrolero, los Emiratos Árabes Unidos, donde los países reconocieron abiertamente la necesidad del abandono de los fósiles.
El Sur global intentó lo mismo en Belém, pero chocaron con la negativa de países productores, encabezados por Arabia Saudí, de mencionar siquiera el elefante negro en la sala, en «un nunca más» que seguramente va a reeditarse en citas próximas y con el mismo resultado.
El derrumbe del orden mundial internacional tiene en ascuas al sistema de las COP, que aún no sabe cómo reaccionar a las nuevas reglas del juego, pues tanto ese sistema como la Cmnucc surgieron en un contexto político concreto y específico que ahora ya desapareció y cuyo devenir aún es una incógnita, aunque la debilidad del ambientalismo sea ya una consecuencia evidente, que agrava la crisis climátca.
A ello se suma el negacionismo climático, postura que encabezan gobiernos como el de Estados Unidos y su presidente Donald Trump y respaldado por grupos conservadores y empresas; el auge de la extrema derecha que ha obligado al viraje de acciones climáticas, especialmente en la UE; y cierta fatiga climática entre la ciudadanía y los medios de comunicación, víctimas también de los factores ya citados y no obstante la evolución de los efectos de la catástrofe climática.
Las sedes de las últimas cumbres anuales marcan también la tendencia de elegir anfitriones de regímenes autoritarios y petroleros (Egipto en 2022, Dubái en 2023, Bakú en 2024 y ahora, Turquía), sin olvidar sitios asociados con la energía fósil, como Polonia o el mismo Brasil, con sus estadísticas petroleras.
La COP1, celebrada en Berlín en 1995, marcó el comienzo de las cumbres climáticas anuales, que desde entonces buscan responder a un cambio climático cada COP más crítico, sin que las decisiones y avances se corresponda con una realidad cada vez más catastrófica para el planeta y la humanidad. Imagen: Cmnucc
Saltatrás
La primera cumbre tuvo lugar en Berlín en 1995, luego de tres conferencias del clima desde 1979 que erraron en su intención de negociar un tratado internacional ad hoc, lo que sí se logró en 1992 durante la llamada cumbre de la tierra de Río de Janeiro y que derivó en el establecimiento de la COP y la Cmnucc.
Dentro de ese proceso, un hito llegó en 1997 en la COP3 de Kioto (Japón) y que parió el protocolo homónimo, mediante el cual 37 países y la UE quedaron sujetos a la baja de CO2 en el llamado Anexo 1 y el resto quedó exento de tales compromisos.
El protocolo avizoró una reducción de al menos 5 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, los GEI, en 2008-2012 en comparación con los niveles de 1990.
Ante las limitaciones del Protocolo de Kioto –Estados Unidos nunca lo ratificó y Canadá se retiró en 2011–, las naciones parte de la Cmnucc apuntaron la aguja hacia un instrumento de mayor alcance y que reflejara mejor la evolución de la contaminación y sus creadores, como los llamados países emergentes: Brasil, China, India, México y Sudáfrica.
La COP13 de Bali desembocó en una hoja de ruta de dos años para diseñar el esquema post 2012.
Así llegó el mundo al callejón sin salida de Copenhague, sede en 2009 de la COP15, donde las naciones más ricas intentaron arribar a un acuerdo que excluía a sus contrapartes del Sur global. Sorprendidos en el embuste, el hielo del descubrimiento paralizó las conversaciones hasta la siguiente cita en el cálido ambiente del balneario mexicano de Cancún.
Pero los brincos de los GEI, la temperatura y los desastres han sido más largos que los pasos cortos de las cumbres, que llegaron a Copenhague con la expectativa de firmar un acuerdo vinculante para torcer el rumbo climático. Pero el frío de la capital danesa congeló los pasillos y trastocó la reunión en un fracaso gélido.
Por ello, la cumbre del año siguiente, la COP16, en Cancún, calentó las voluntades, de modo que los países parte de la Cmnucc retomaron la senda para el tratado sustituto del Protocolo de Kioto, cuya vigencia terminaba el último día de 2020.
Y cinco años después, en la capital francesa, la COP21 bañó de champán las salas de negociaciones al rubricar al histórico Acuerdo de París, mediante el cual asumieron el compromiso voluntario de reducir las emisiones, controlar la subida de la temperatura en 1,5 grados centígrados e impulsar el apoyo financiero y la transferencia tecnológica a los países vulnerables a los efectos de la catástrofe climática y menos desarrollados, aunque la sociedad civil quedó insatisfecha.
La mejor ciencia disponible, la del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), indica que traspasar el umbral de 1,5 C implica fenómenos irreversibles de efectos inusitados y el incremento de cada medio grado agravará las consecuencias.
Los objetivos del Acuerdo de París quedaron ya hechos añicos 10 años después, pues las emisiones totalizaron 38 000 millones de toneladas de CO2 equivalente en 2025, para un crecimiento superior a 1 % en comparación con el año previo.
Mientras, la temperatura media global también ha subido, al grado que los últimos tres años figuran entre los más calientes desde 1850, según la Organización Meteorológica Mundial, y el termómetro no parece ir en reversa.
El financiamiento y la transición energética son las únicas metas en que las últimas COP han avanzado.
La kriptonita en la sala
La disponibidad y la transferencia de dinero ha sido la brasa persistente en las negociaciones, a partir del reconocimiento de que los países ricos tienen la mayor responsabilidad en la catástrofe, pues crecieron basados en la quema intensiva de fósiles,
Y, paradójicamente, son las naciones menos desarrolladas las que sufren la mayor porción de los efectos y cuentan con menor preparación técnica y financiera para ello, un principio que la propia Convención recoge bajo la figura de “responsabilidades comunes pero diferenciadas”.
La COP21 de París estableció una nueva meta cuantificada colectiva de financiación climática antes de 2025, con una cantidad mínima de 100 000 millones de dólares al año.
Las cifras requeridas para la acción climática marean de tantos ceros. Las valoraciones indican que los países en desarrollo, excluyendo a China, necesitan unos 2,4 billones de dólares al año para 2030 para alcanzar los objetivos climáticos.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) calcula que solo en adaptación las naciones podrían necesitar hasta 387 000 millones de dólares anuales para 2030, y significativamente más para 2050.
La historia de los fondos climáticos instituidos a lo largo de este siglo da una idea de las necesidades y del desempeño.
Creado en 2011 y operativo desde 2015, el Fondo Verde para el Clima (FVC), el principal mecanismo financiero climático en el escenario post2020, ha entregado 19 400 millones de dólares a 336 proyectos en 134 países.
En 2025, 34 naciones y una región se comprometieron a dotar de 9640 millones al FVC, un compromiso a la espera de que se cristalice.
El caso del Fondo de Adaptación es más grave. Establecido en 2001 y lanzado en 2007, el mecanismo ha dado 1500 millones de dólares a 217 iniciativas, mientras tiene represados en sus arcas 1239 millones, en un escenario de retroceso del financiamiento climático y cuando la adaptación es cada vez un tema más crucial dentro delas respuestas a la crisis climática.
Estos procedimientos pueden adelantar el futuro del más joven, el Fondo de Respuesta a Pérdidas y Daños, que la COP27 de Shar el Sheij (Egipto) adoptó en 2022 y la COP28 en Dubái puso en marcha un año después.
Dotado inicialmente con apenas 700 millones de dólares, el fondo destinará 250 millones este año, luego de que la COP30 de Belém lanza la primera convocatoria.
Pero los costes por pérdidas y daños, uno de los puntos que más evidencia la desigualdad en la lucha climática, un podrían alcanzar entre 290 000 y 580 000 millones de dólares anuales en el Sur global para 2030.
El conjunto de fondos se enfrenta al recorte de apoyos, especialmente el retiro de Estados Unidos, lo que reduce su margen de maniobra.
El punto de luz
En contraste, la buena salud de la transición energética habla por sí misma.
La Agencia Internacional de Energía (AIE), agrupación de los grandes consumidores de petróleo, estimó que las energías renovables, energía nuclear, redes, almacenamiento, combustibles de bajas emisiones, eficiencia energética y electrificación recibieron unos 2,2 billones de dólares de inversión en 2025, en comparación con 1,1 billones que atrajeron el petróleo, el gas y el carbón.
En América Latina, Brasil, Chile, Costa Rica y Colombia han sido los imanes financieros y de implementación de la transición, mientras Argentina se estancó con el gobierno del ultraderechista Javier Milei y México quiere reiniciar el proceso luego del retroceso en que lo sumió el populista Andrés Manuel López Obrador (2018-2024).
En 2025, las alternativas energéticas proporcionaron más de un tercio de la generación eléctrica total a nivel mundial, por encima del carbón. En América Latina, más de 60 % del fluido proviene de fuentes limpias, mientras le da la espalda a centrales alimentadas por carbón.
Compromisos nacionales insuficientes
Para que los países plasmaran sus políticas climáticas voluntarias, se estableció en la COP19 celebrada en Varsovia en 2013, la figura de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, en inglés).
Las NDC son compromisos climáticos nacionales que el Acuerdo de París oficializó como el pilar de las acciones de mitigación y adaptación. Detallan lo que hará cada país para cumplir el objetivo de limitar un aumento medio de la temperatura mundial a 1,5 ºC, adaptarse al impacto climático y garantizar una financiación suficiente para lograr estas metas.
Pero cuando los países presentaron sus primeros planes en el primer trimestre de 2015, quedaron en evidencia, pues no coincidían con las necesidades de reducción de GEI y control del recalentamiento planetario, como lo reflejó un informe de síntesis que evaluó el impacto de todas las NDC en relación con las expectativas de calentamiento global y que presentó la Cmnucc antes de la COP21 de París.
Una de las expectativas de la COP30 era contar con toda la batería de NDC actualizadas. Pero hasta enero de este año, solo 133 naciones habían entregado nuevos planes, que representan 78 % de las emisiones globales. En contraposición, 64 naciones aún no tienen una nueva NDC, entre ellas Argentina y Guatemala, y que equivalen en conjunto a 22 % de la contaminación.
El lote existente deja una brecha de 27 000 millones de toneladas de CO2 para mantenerse en el límite de 1.5 C y 16 000 millones para situarse en 2 C. Estas cifras significan un rumbo hacia un aumento del termómetro en 2,7 C.
Varios informes recientes alertan de la insuficiencia de las NDC frente a la meta de 1,5 grados. Por ejemplo, el Balance Mundial sobre el cumplimiento del Acuerdo de París señaló que el avance es lento frente al desafío y que el mundo tiene una ruta extraviada hacia los objetivos plasmados en el acuerdo.
La línea de tiempo también esboza el ritmo cansino de las cumbres, pues tomó una década la negociación del Acuerdo de París; cinco años más, el diseño de sus reglas operativas, y pasaron 13 cumbres hasta que las naciones se percataran de las pérdidas y daños que la catástrofe climática acarrea y crearan el Mecanismo Internacional para Pérdidas y Daños Asociados con los Impactos del Cambio Climático, salido de la COP19 de Varsovia.
La colombiana Calderón imagina las cumbres futuras centradas en la adaptación y multitemáticas.
“Deberíamos hablar de COP más integradas, en vez de hablar procesos nuevos. El clima no debe tratarse como un tema aislado. Podemos hablar de adaptación, de protección de la biodiversidad, de océanos. Hay que generar más vínculos entre las conversaciones globales y ser más eficientes en esas discusiones”, planteó como conclusión sobre unas cumbres que necesitan revisión al que falta ponerrle el cascabel.
ED: EG
Fuente: https://ipsnoticias.net/2026/02/la-delgada-cornisa-sobre-la-que-caminan-las-cop-climaticas/


