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Aproximación a la poética del gran vate venezolano

La fuga según Ramos Sucre

Fuentes: Rebelión

Estamos en un tiempo de fugas exteriores, de escapismos, de maquillajes del Yo. El sistema de consumo (o de autoengaño) nos ha invitado a huir de nosotros mismos. Y con altiva ignorancia hemos aceptado la invitación. En medio de la celebración (el espejo mediático) del engaño, conviene revisar la obra poética que, desde la acera […]

Estamos en un tiempo de fugas exteriores, de escapismos, de maquillajes del Yo. El sistema de consumo (o de autoengaño) nos ha invitado a huir de nosotros mismos. Y con altiva ignorancia hemos aceptado la invitación.

En medio de la celebración (el espejo mediático) del engaño, conviene revisar la obra poética que, desde la acera de enfrente, nos invita a transitar la fuga al revés: la del viaje interior. Es el caso de la poesía de José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, Venezuela 1890 – Ginebra 1930).

La obra de Ramos Sucre nos enfrenta al Ser; vía contraria a la abultada producción de la literatura idiotista (la que estupidiza al Ser) que nos pretende imponer (el gusto) la industria editorial. La palabra de Ramos Sucre rompe el maquillaje del espacio exterior y se asoma (desnuda y por necesidad) a los abismos de la existencia. Y el escritor proclama la razón de su viaje personal (que es la única vía para llegar a la comprensión del Otro) en su poema El fugitivo: «Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro. Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la borrasca. Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas…»

Hay en el arte, la necesidad de desnudar al Ser. Y Ramos Sucre lo comprende. Hay en la industria cultural actual (y lleva tiempo en ello) la pretensión de desarmar al Ser, de desarticularlo, de despojarlo de todo grado de comprensión y trascendencia. He ahí cuando, para el sistema mercantilista, sólo es útil la cultura como artículo instantáneo de consumo. Llámese un libro de Dawn Brown o un discurso optimista de Barack Obama. Estamos en el reino global de la reacción; los seres reaccionarios son los mejores clientes del sistema. Y los jefes de la fábrica lo saben.

 La poesía de Ramos Sucre confronta el dolor para alcanzar la luz. Sabe que no será trabajo fácil, pero asume el complicado camino de los pantanos interiores como única posibilidad de llegar (con comprensión) al territorio exterior. Como si de un viaje al fondo del mar se tratara, el poeta nos dice en El fugitivo que «Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos. Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado. Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita. Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios. Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.»

 Ramos Sucre, como un observador de los tiempos, parece decir que todos los mundos (el primero, el segundo y el quinto) forman parte de una misma carrera falsamente iluminada. Y a punta de palabra ofrece su batalla interior como espacio de comprensión entre el Yo y los Otros.

Edgar Borges es escritor venezolano.