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La independencia económica de Cuba y Mr. Trump

Fuentes: OnCuba

La limitación a las remesas que Washington ha decretado, afectará la economía cubana. La relevancia de las remesas se debe a la disminución y el bajo dinamismo de la actividad productiva y exportadora cubana

Casi todo, incluso lo peor de lo peor, tiene algo de positivo. Pasa hasta con lo que fuera nuestro pasatiempo y deporte nacional, nuestra querida y bien amada pelota. Pero no voy a hablar de la pelota, pues habría que tener mucho espacio para desarrollar tesis y probar hipótesis. Aunque también nuestra pelota ha sufrido el embate del team Trump, que por cierto no es para nada el dream team que los propios norteamericanos -o al menos en una buena parte- hubieran deseado. Ahora mismo, y en relación con este tema en específico, no sé si alegrarme o entristecerme por la decisión de ese team de dejar sin efecto el acuerdo alcanzado con la MLB.

Sin dudas, esos sentimientos contradictorios míos sobre este tema tan específico, tienen que ver con mi condición de profesor de Economía y de haberme dedicado a temas de desarrollo y de economía cubana, y con haber tenido que explicarles a mis estudiantes una y otra vez la evolución de la dependencia de la economía cubana desde la época de la colonia, cuando aún dependíamos de la corona de Castilla. Aquella dependencia impuesta por un bloqueo al revés encontró siempre la resistencia criolla, primero en forma de «comercio de rescate», filibusterismo o simplemente «contrabando» liso y llano y practicado por muchos ante la imposibilidad de la corona de surtir a su «siempre fiel Isla de Cuba» de una parte importante de los bienes que la incipiente economía criolla necesitaba. Luego, con el tiempo y la evolución de nuestra nacionalidad, esa inconformidad devino aspiraciones independentistas con una fuerte causalidad económica.

A finales del siglo XIX la corona española nos entregó a Estados Unidos junto a otras posesiones coloniales y nuestra dependencia se hizo mayor y mucho más compleja, tanto en términos políticos como económicos. Cuando necesito ilustrar esa dependencia económica, les traslado a mis estudiantes la imagen de la calle Muralla, la calle de los «polacos», llena de almacenes donde nuestros comerciantes e industriales compraban una buena parte de lo que necesitaban y que, por lo general, eran surtidas por empresas mayoristas norteamericanas, las cuales tenían, gracias a la cercanía geográfica, acceso a un buen sistema de ferrys que diariamente podía transportar mercancías hacia Cuba.

De alguna manera Cuba era un país just in time, con todas las ventajas que eso podía significar y, lógicamente, con todo el costo de ser tan dependiente de un solo país, por demás muy cercano y con una economía centenares de veces más grande, diversa y sofisticada que la cubana.

A mediados de los sesenta nuestra economía cambió radicalmente y también nuestra dependencia. La Unión Soviética (URSS) sustituyó a Estados Unidos. En aquellos tiempos miramos más la dependencia de los «otros» respecto a los países capitalistas y apenas nos detuvimos a pensar en esta nueva dependencia que nos estábamos creando. Décadas después, el propio Fidel Castro en varios discursos desde finales de los años ochenta, y en especial en algunos de los pronunciados a inicios de los años noventa, le explicó a todo nuestro pueblo cuán profunda era aquella dependencia.

Es cierto también que Cuba tenía poca o ninguna alternativa, dada la política norteamericana hacia la Isla, en especial, el bloqueo. Pero no es menos cierto que esa dependencia no fue obstáculo para que Cuba alcanzara indicadores sociales envidiados por muchos países gracias a políticas muy sólidas del gobierno revolucionario. Sin embargo, no dejamos de ser dependientes en lo económico y prácticamente reprodujimos aquel estatus que padecimos desde inicios del siglo XX.

La desaparición de la URSS y del campo socialista parecía que nos haría verdaderamente independientes. Sin dudas durante unos años fue así. La crisis de los años noventa fue enfrentada con recursos propios -muy pocos en realidad- y sobre la base de cambios sustanciales en el manejo de nuestra economía, si lo comparamos con la práctica de los setenta y ochenta.

Pero nuevamente apareció un asidero externo que nos permitió condiciones «especiales» en nuestras relaciones económicas. Y de nuevo estuvimos muy cerca de reproducir una relación de dependencia unilateral muy alta. Venezuela llegó a tener un peso que rondaba el 40% de nuestro comercio exterior de bienes -y en el sector de los servicios era aún mayor. Una tremenda oportunidad para Cuba en términos económicos que nos permitió aprender que los servicios -no turísticos- podían ser una fuente de ingresos importante.

Luego aterrizó Obama y los norteamericanos redescubrieron Cuba. A pesar del bloqueo, todos los sectores económicos vieron nuevas oportunidades. Para nuestro naciente y muchas veces no bien comprendido sector privado, la política de Obama hacia Cuba fue sin dudas como un balón de oxígeno. La estructura del destino final de las remesas cambió: de dinero para comer y vestir pasó a ser en al menos un 25%, dinero para invertir y usar como capital de trabajo.

La facilidad de viajar a Estados Unidos facilitó la existencia de canales de suministros relativamente rápidos y variados y los negocios de importación de este y otros países (Panamá, México, República Dominicana, Rusia, etc.) prosperaron, poniendo además en evidencia los déficits de un sector estatal de comercio, cuya capacidad de respuesta a la demanda no ha sido nunca la mejor.

Nuestro sector turístico, el estatal y el no estatal, floreció con tantos turistas en barcos y en aviones. Se hicieron muchos planes para incrementar las capacidades turísticas, aun cuando en el corto y probablemente mediano plazo no parece que experimentaremos un nuevo boom en la llegada de turistas norteamericanos.

Mientras los «comerciantes privados cubanos» se convirtieron en personas bienvenidas en todos esos países.

El fantasma de la dependencia, innombrable al igual que Voldemort, ese siniestro personaje de Harry Potter, volvió a deambular por nuestras calles. Todos lo percibíamos, pero hablar de él no era adecuado.

Entonces llegó Mr. Marco Rubio -perdón, Mr. Trump- y lo torció todo. Desempolvando casi todos los recursos que desde los tiempos de Eisenhower todas las administraciones norteamericanas han empleado contra Cuba, Mr. Trump ha apostado por doblegar a nuestro país, ahora con el pretexto del apoyo del gobierno cubano a Venezuela. Desde perseguir a las empresas militares, pasando por permitir el funcionamiento del título III de la Ley Helms-Burton, perseguir barcos y compañías armadoras, hasta estas últimas medidas anunciadas hace unos días para reducir las remesas pretendiendo evitar que el gobierno de Cuba se aproveche de ellas.

No está nada mal la dirección del disparo y la elección del objetivo. Las remesas son, sin dudas, importantes en la demanda agregada nacional, aun cuando Cuba no sea un gran receptor de remesas a escala mundial (India, China, México, son los primeros, con distancia) ni tampoco para el área de Centroamérica y el Caribe. Si aceptamos que en dinero líquido las remesas alcanzan los 2 000 millones(1) de dólares americanos entonces tendríamos que:

  • Si atendemos a que en el 2018 las exportaciones de bienes alcanzaron solo los 2 373 millones de dólares, entonces las remesas significarían el 84% de esas exportaciones.
  • Son casi cuatros veces nuestros ingresos por exportaciones a Europa (565 605 millones).
  • Representan cerca de cinco veces los ingresos por exportaciones de bienes a Venezuela (462 048 millones)
  • Son prácticamente cinco veces el ingreso que produjeron nuestras exportaciones a China (456 586 millones).

Comparadas con los ingresos producidos por nuestros productos de exportación, las remesas son:

  • Once veces el ingreso que produjo el azúcar en el 2018 (196 849 millones)
  • Poco menos de tres veces la exportación de níquel y cobalto en sus diferentes productos (775 869 millones)
  • Más de cinco veces la exportación de productos medicinales y farmacéuticos (385 348 millones)

Si comparamos las remesas con nuestras exportaciones de servicios, entonces tenemos que:

  • Son el 17% del total de nuestras exportaciones de servicios en el 2018 (11 289 821,1 millones)
  • El 31% de las exportaciones de los servicios de salud (6 398 538. 8 millones)
  • Más que duplican los ingresos de los servicios de alojamiento y comida (970 425.8 millones)
  • Más de siete veces los ingresos obtenidos por el transporte internacional de pasajeros (280 11.9 millones)

Son también muy importantes en el nivel de vida de una parte de la población cubana. Los hogares cubanos gastan en el destino de mercado denominado «Otras fuentes»(2) un monto de 2 495 millones dólares. Suponiendo que las remesas en dinero alcancen los 2 000 millones, y que ellas se emplearan todas en ese mercado, entonces significarían alrededor del 80% de ese gasto.

La «remuneración a los trabajadores» en el año 2018 fue de 34 812 millones de pesos cubanos, los dos mil millones en remesas multiplicado por 24 pesos cubanos significarían 48 000 millones de pesos cubanos, esto es, un 137% del total de las remuneraciones recibidas por los trabajadores cubanos (3).

Hay una primera lectura que es evidente. Para Cuba, como para otros muchos países, las remesas son muy importantes y recibirlas es absolutamente legítimo. También es cierto que su importancia (su peso relativo en la economía), al menos en el caso de Cuba, en parte está causada por la disminución y el bajo dinamismo de la actividad productiva de nuestro país, en especial por la debilidad de las exportaciones de bienes.

Una segunda lectura, desde la perspectiva del desarrollo, es que sería muy beneficioso poder aprovechar mejor una parte de las mismas. Pero las remesas también tienen ciertos costos que a veces generan debilidades estructurales y comportamientos rentistas para nada afines a los propósitos del desarrollo.

Ahora bien, más allá de esta administración estadounidense, tan desbocada en su empeño contra el gobierno cubano, queda el fuerte y desagradable sabor de la dependencia.

Se pueden hacer otras muchas comparaciones. Ciertamente, las remesas son importantes.

Mr. Trump ha escogido, en esencia, el mismo sendero de aquellas otras administraciones norteamericanas que durante casi sesenta años han perdido este pulseo. Si por el camino la población de Cuba -la misma que el presidente de Estados Unidos afirma estar ayudando con estas medidas- se ve muy perjudicada, y si también ese sector no estatal, que también repite él que intenta ayudar, ve constreñidas sus posibilidades, pues mejor, porque ese es parte de sus propósitos. No es para nada un «daño colateral».

El gobierno de Mr. Trump nos confirma lo decisivo de nuestra independencia económica, la necesidad de diversificar mercados y fuentes de ingreso, lo impostergable de lograr mejores incentivos para todos los actores de nuestra economía. La necesidad de sumar al propósito, de unir antes que dividir, de encontrar ese mínimo común múltiplo que nos permita andar con todos y para el bien de todos.

Notas:

(1) Es muy difícil determinar cuál es el monto real de las remesas monetarias, el rango de las estimaciones va desde cerca de 2000 millones hasta los 3 500 millones.

(2) Otras fuentes: Incluye los gastos que realizan los hogares asociados a los servicios de vivienda y al autoabastecimiento agropecuario, así como los gastos en adquirir bienes y servicios en las entidades de ventas.

(3) Todos los datos están tomados del Anuario Estadístico de Cuba 2018, capítulos 5 y 8.

Fuente: http://oncubanews.com/opinion/columnas/contrapesos/la-independencia-economica-de-cuba-y-mr-trump/

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