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Entrevista al exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida de España, Alberto Garzón Espinosa

La izquierda tradicional ha sido educada en los combustibles fósiles. Ahora necesitamos una izquierda que aborde problemas que no estaban en Marx»

Fuentes: Climática [Foto: Mateo Lanzuela / Europa Press via Reuters Connect]

El exministro de Consumo y excoordinador federal de Izquierda Unida subraya la necesidad de reducir el consumo energético en su ensayo ‘La guerra por la energía’ (Península).

Alberto Garzón (Logroño, 9 de octubre de 1985) dejó la primera línea de la política en 2023 tras protagonizar uno de los debates más incómodos de los últimos años: el impacto ambiental de la alimentación y el papel de las macrogranjas en la crisis ecológica. Hoy, alejado del corsé institucional, investiga economía biofísica en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB).

En su nuevo libro, La guerra por la energía (Península), recorre la historia de la humanidad para mostrar cómo la pugna por el control de la energía ha moldeado las sociedades, impulsado imperios y alimentado conflictos, hasta desembocar en la actual crisis climática. Lejos de un ejercicio académico, el ensayo es también una llamada a la acción política para impulsar una transición ecosocial y defender la democracia. “Nuestra supervivencia colectiva depende de nuestra capacidad para frenar la expansión material y reorganizar nuestras sociedades dentro de los límites del planeta”, advierte.

Su libro resalta que la Tierra tiene unos límites biofísicos ya transgredido. Habla de la necesidad de cerrar la caja de Pandora, concretamente de los límites energéticos. ¿Por qué se sigue actuando políticamente como si estos límites no existiesen? 

Porque no somos conscientes de que vivimos en una anomalía histórica. El libro tiene la pretensión, quizás excesivamente ambiciosa, de hacer un recorrido histórico desde las sociedades de cazadores recolectores. Esa perspectiva permite ubicar la anomalía histórica que significan las sociedades industriales y el uso intensivo de combustibles fósiles que nos ha permitido vivir con unas condiciones materiales de vida impensables en épocas anteriores. Estamos hablando de los últimos 250 años en un marco de 200.000 o 300.000 años de historia del Homo sapiens. Esta caja de Pandora que permite haber vivido con una potencia extra a la hora de hacer trabajos, una productividad espectacular con el desarrollo tecnológico, tiene una contracara. Los científicos han puesto ya sobre la mesa que una de esas consecuencias es el desequilibrio de los parámetros del sistema Tierra y, entre ellos, el cambio climático. 

El análisis que planteo es: ¿cómo somos capaces de imaginar una sociedad que sin usar combustibles fósiles no sea un retroceso al pasado? Es decir, una sociedad que pueda tener una base energética distinta, necesariamente limpia, pero preservando todas las mejoras de bienestar. Ese es el gran reto. Hemos vivido una anomalía de la cual no somos conscientes porque nosotros tenemos una visión de generación. Eso explica el desinterés político por un pensamiento de medio y largo plazo, porque el pensamiento político está mucho más concentrado en las siguientes elecciones. Hay una contradicción entre el ciclo corto de la política y el ciclo medio-largo plazo que necesita la humanidad para repensarse.

Su ensayo arranca destacando cómo Fritz Haber logró aumentar a gran escala la producción de alimentos gracias al uso de fertilizantes químicos. En la actualidad hay quienes anhelan este tipo de milagros y esperan que la producción de hidrógeno verde o la captación de carbono permita mantener el consumo energético. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones? 

Creo que las posiciones tecnooptimistas no son ingenuas. El ser humano ha sido capaz de desarrollar grandes tecnologías y tiene un potencial de innovación muy alto. El problema es que tú no tienes garantizado que vayas a encontrar soluciones tecnológicas a los problemas urgentes que tenemos y, por lo tanto, estás asumiendo una cantidad de riesgos muy elevados. Si los sistemas de captura de carbono, que apenas están siendo útiles, no funcionan en el medio plazo, lo que tienes es la aniquilación de la especie humana. El riesgo es elevadísimo.

Es más razonable entender que debemos usar la tecnología, sin dejar de seguir investigando de manera que aceleremos toda la transición energética, pero compatibilizándolo con algo que podemos hacer hoy: decrecer el consumo de recursos materiales y de energía. Decrecer el consumo de energía no implica una reducción del bienestar material, simplemente implica una priorización de a qué dedicas la energía y los recursos materiales. Es una discusión política como si quieres dedicar recursos a la guerra o quieres dedicar recursos a la educación y a la sanidad.

El IPCC señala que la alimentación es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero. Indica que una kilocaloría de cordero puede requerir hasta 57 de energía fósil. ¿Qué nos dice esto sobre nuestro modelo alimentario? 

Que es absolutamente irracional y que no tiene sentido en términos históricos. Previamente a la utilización masiva de combustibles fósiles, no había ningún ser humano que dedicara más energía a la tarea que le iba a conducir a obtener alimentación. Cuando tienes un regalo, un stock gratuito aparentemente, como son los combustibles fósiles, te puedes saltar esa lógica. Ahora, como se dice popularmente, estamos cultivando patatas con petróleo. Hemos sido capaces de incrementar mucho la fertilidad de la tierra, pero a costa de un uso intensivo de fertilizantes que requieren para su producción una intensidad brutal de gas natural. Pero también necesitamos tractores, maquinaria pesada, necesitamos el transporte de esos productos…

Para conseguir alimento entendido como energía, estamos gastando más energía de la que obtenemos. Esto no es sostenible en el tiempo. Ojo, en el tiempo no significa nuestra generación, sino que en el medio plazo esto es insostenible. Esto nos obliga a repensar el modo de alimentarnos y a tener una producción que sea menos intensiva en el consumo de combustibles fósiles. Además, así reducimos el impacto de todas las consecuencias que pueden desatarse a nivel alimentario de la sequía, las inundaciones, afectaciones de diferente naturaleza a la tierra y a la capacidad de cultivar.

Fue ministro de Consumo durante tres años (2020-2023). ¿Qué medidas le hubiese gustado tomar y no fue posible?

Hay muchas. Nosotros fuimos, porque así me empeñé yo, quienes trasladaban el consenso científico al foro público. Eso produjo una serie de choques que tenían que ver con la ideología y no con la ciencia. Uno de ellos era hablar del modo en el que nos alimentamos, de una reducción del consumo de carne. En última instancia, se trataba de abrir un debate para que se entendiera bien que nuestras decisiones de consumo no eran neutras. Que cuando tú ibas al supermercado y cogías algo de la estantería, aunque te pareciera invisible, detrás había relaciones sociales y relaciones ecológicas. Había una cadena de valor que implicaba, en muchos casos, explotación laboral, de recursos naturales, pérdida de biodiversidad.

Lo que mejor representaba todo eso eran las famosas macrogranjas porque eran, y siguen siendo, una condensación de todas las contradicciones del sistema. Las macrogranjas expulsan socialmente a la ganadería tradicional, que no es competitiva frente a estos modelos altamente intensivos. Su producción contamina los suelos y el agua, contamina a través de los gases de efecto invernadero como el metano y agrava el cambio climático. Además, con la propia alimentación de los animales se produce deforestación en los lugares desde donde se importa la soja.

Este debate se produjo en un contexto muy complicado, acaba de surgir la pandemia. La polarización política en España impide un debate racional sobre estas cuestiones. Pero sí creo que conseguimos que mucha gente se pusiera a pensar en esos elementos invisibles que hay detrás de un acto de consumo. Hablo de la carne, pero podemos hablar de los smartphones o de todo tipo de productos de uso cotidiano que detrás encierran relaciones de explotación, de degradación ambiental, de desigualdades internacionales.

Y desde un ministerio humilde intentamos poner otra serie de medidas de naturaleza modesta como fomentar el consumo más cercano. Pero el impacto más grande fue que abrimos la grieta. Ese debate sobre las macrogranjas no se había producido en España en el foro público, se había producido en la ciencia, entre los médicos, entre los investigadores… Pero que de repente saliera en el telediario permitió que llegara mucha gente que nunca lee un paper pero que quiere participar de esos debates. 

¿Qué se debería hacer en el ámbito de los transportes? El Gobierno ha planteado suprimir vuelos que tengan una alternativa en tren de dos horas y media. ¿Cree que será una realidad en el corto plazo?

Es necesario. Tarde o temprano se va a producir el ajuste. La cuestión es si queremos que sea de una manera forzada en la que de repente tienes que dejar de hacer cosas porque no tienes combustibles o porque el cambio climático ya te impide relacionarte como te relacionabas antes en términos sociales. O si tú prefieres hacerlo paulatinamente, permitiendo que la sociedad se vaya adaptando. Hay que reducir al máximo aquellas actividades que son perjudiciales para el planeta.

Eso implica hablar de cosas que están muy insertadas en nuestra vida cotidiana y que incluso identificamos como ciudadanos como parte de nuestro bienestar, como algo que va a estar para siempre. Esto en el caso del sector del turismo es muy evidente. El turismo de larga distancia tiene una huella de carbono brutal, es una anomalía histórica, no ha existido nunca y, probablemente, no va a existir siempre porque es imposible sostener este modelo con la tecnología actual.

Si tú te pones a plantear cómo puedes reducir a nivel social tu huella de consumo, tienes que ser capaz de identificar qué tipo de actividades tienen más intensidad energética. Y es evidente que hay algunas como la sanidad o la educación que tienen una huella de carbono residual en comparación con sectores como el turismo. En particular, los desplazamientos con jets privados o los vuelos comerciales de corta distancia es evidente que tienen que ser abordados de alguna manera. Pero no existe la valentía de hacerlo porque significaría reconocer que no es sostenible un modelo que se ha vendido durante décadas como el avance hacia la sociedad desarrollada. 

¿No es complicado persuadir a la ciudadanía de la conveniencia de dejar de coger un avión sin exigir un recorte de privilegios a millonarios que tienen una mayor huella de carbono?

Claro. Además es que hay una parte cínica en el greenwashing, en todo el discurso ecologista llevado a cabo por grandes multinacionales, por grandes patrimonios, cuya huella de carbono supera por mucho a la de la mayoría de los ciudadanos corrientes. Entonces, evidentemente, hay una hipocresía si se le está pidiendo un esfuerzo a una parte de la población y no a la parte que más capacidad de acción tiene.

Sin embargo, eso no debe llevarnos a la parálisis. Esto es utilizado muchas veces como un ‘pues entonces no hago nada’. Entonces, ‘hasta que China no deje de contaminar, hasta que los millonarios no dejen de subirse a los aviones, yo tampoco voy a modificar mis hábitos de consumo’. Es un error. Aunque está más o menos claro que no vamos a poder cumplir el objetivo de 1,5 ℃ por encima de la preindustrial, el objetivo de los Acuerdos de París, las consecuencias, sin saber a ciencia cierta cuáles van a ser, sin duda van a ser menores con un 1,6 ℃ que con un 1,7 ℃. No podemos caer en el cinismo de decir que somos ecologistas y no hacer nada, eso también es un tipo de negacionismo climático.

“La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo”

España necesita un transporte público robusto en las ciudades. Sin embargo, en Catalunya hay muchos problemas con el servicio de Rodalies. ¿Cree que ha habido una falta de inversión? ¿Cómo se abordaba este tema cuando estaba en el Gobierno?

Desde hace mucho tiempo hay unos déficits que se van acumulando. La situación en 2026 tiene que ver con no haberlo pensado de una manera holística o global. Si lo que queremos es reducir el impacto de la flota de vehículos de combustible fósil, y somos además conscientes de que es prácticamente imposible sustituir toda esta flota por vehículos eléctricos, la única forma de conseguir esos objetivos es teniendo una red de transporte público mucho más fortalecida, eficaz y eficiente. Esto implica un rediseño de las ciudades en muchos casos porque han sido construidas pensando en el transporte privado. 

La construcción de los transportes públicos debería ser una prioridad, pero no lo está siendo. Evidentemente, es una partida presupuestaria que requeriría una inversión muy grande, pero es una urgencia. No solo implicaría una reducción de la huella de carbono, sino que mejoraría la vida de la gente. Una parte importante de los problemas occidentales es el tiempo que se pierde en el en desplazarte con tu vehículo privado desde tu residencia hasta tu centro de trabajo. 

Pero no hemos encontrado todavía, desgraciadamente, y yo lo he debatido en el Gobierno, una perspectiva sobre el transporte que sea multidisciplinar. Eso explica por qué en nuestro país está tan infradesarrollado el transporte de mercancías por ferrocarril, que debería ser una fórmula central para retirar de la carretera a los camiones, reduciendo un impacto de carbono tremendo. Tiene otros problemas, evidentemente, de naturaleza política con ganadores y perdedores. Pero si hubiese una partida presupuestaria, si la Comisión Europea de verdad creyera que es una prioridad, podría dedicar muchos recursos. Mientras tanto, nuestra población va creciendo, nuestras infraestructuras se van desgastando y la gente no tiene incentivos para coger el transporte público. 

Otra medida que menciona para mejorar la vida de la gente es la reducción de la jornada laboral manteniendo el salario. ¿Qué impacto puede tener esto en el consumo energético?

Hay que darle la vuelta a la concepción tradicional de lo que es la economía y los éxitos económicos. Nos hemos educado con esa cosmovisión de que el crecimiento económico implica que nuestro objetivo es producir más en el menor tiempo posible. Las ganancias de productividad se dedican a crecer más rápido. Somos como un hámster en una rueda. Todo lo que hacemos sirve para crecer más y más. Cuando en realidad tenemos otra opción como sociedad. Si tenemos ganancias de productividad, eso puede implicar producir lo mismo y trabajar menos tiempo, en lugar de producir más en el mismo tiempo. Dicho un poco burdo, significaría poner la economía al servicio de la vida y no la vida al servicio de la economía. Porque hoy, a pesar de los avances tecnológicos, nuestras jornadas laborales siguen siendo idénticas, o incluso peores, y nuestras condiciones de trabajo siguen siendo idénticas, o incluso peores.

Nuestras ganancias de productividad no se han dedicado a los elementos que nos dan felicidad en la vida, como tener más tiempo de ocio, de disfrute, de dedicar la vida de otras maneras. Este ha sido un debate vetado, pero si incorporas la dimensión ecológica y entiendes que ese incremento infinito de la producción es imposible, ya estás obligado a sacar este debate. La reducción de la jornada del trabajo tiene que ver con una dinámica social en la que el objetivo tiene que ser producir para satisfacer necesidades y para vivir mejor dentro de los límites del planeta. Y creo que la sociedad en conjunto, pero sobre todo los economistas, no están preparados para tener este debate todavía.

“Donald Trump no es ningún loco”

Afirma que necesitamos una transición ecosocial y que, si no somos capaces de articular esto, nos dirigimos hacia un escenario de barbarie. También señala que “Trump no es un loco”, sino que está intentando tener el máximo posible de recursos para su país. ¿Cómo podemos defendernos de esta deriva tan autoritaria que encabeza Estados Unidos?

Lo primero es entender que la psicología de los personajes influye, pero no es lo que explica las grandes tendencias. La política de Estados Unidos se tiene que entender haciendo uso de lo que yo intento explicar en el libro, que es esa interfaz entre ecología, economía y geopolítica. Estados Unidos utilizó el libre mercado mientras era la economía más fuerte. En el momento en el que China le rivaliza tecnológicamente y económicamente, Estados Unidos cambia su orientación estratégica y vuelve a las políticas proteccionistas. Por lo tanto, detrás de sus políticas hay una estrategia y no un capricho.

El crecimiento de las extremas derechas, aunque no sea de forma explícita, sí está respondiendo al nuevo contexto de la crisis ecosocial en el que se reconoce la escasez de determinados recursos, como los minerales críticos. Asumen que la única manera de preservar sus privilegios en la división internacional del trabajo es retornar a las prácticas de la coerción, de la violencia, de la intimidación frente a otras naciones. Eso lo está haciendo Estados Unidos de una manera muy clara a la hora de querer Groenlandia por las rutas estratégicas, por los minerales críticos, al querer Venezuela por el petróleo o al disputarse con China toda la parte de recursos minerales. El acuerdo de paz del 4 de diciembre entre el Congo y Ruanda fue firmado por Donald Trump e incorporaba una cláusula de privilegio de las multinacionales estadounidenses para la extracción y exportación de minerales críticos como el cobalto, necesario para la transición energética y para los productos electrónicos.

“Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía dentro de los límites que el planeta impone”

La dinámica en el fondo de estos movimientos es que si la energía y sobre todo los recursos naturales son escasos, ellos no los quieren compartir. Ellos no están pensando en una Sociedad de Naciones Unidas donde se reparten los recursos y la energía se distribuye de una forma más justa. Ellos están pensando en apropiárselo si hace falta por la fuerza para beneficio de una población más pequeña que en estos proyectos suele coincidir con la población blanca, una población nacionalista étnica. Esto es lo que está detrás de todas las extremas derechas. Solo si entendemos eso seremos capaces de abordar a la extrema derecha como se merece y no es como un accidente, sino como un desarrollo con intereses materiales detrás. Lo que yo propongo tiene que ver con cómo somos capaces de organizarnos de una manera política los que no estamos de acuerdo con esa senda. Necesitamos plantear una alternativa donde sí se puedan compartir todos los bienes, los recursos y la energía del planeta dentro de los límites que el planeta impone.

Por tanto, se necesitan políticas valientes.

¡Claro! Políticas valientes y políticas que son nuevas. El libro tiene la pretensión de poner sobre la mesa también las propias contradicciones de la izquierda tradicional porque ha sido productivista, educada y criada en esta anomalía histórica de los combustibles fósiles. Ahora necesitamos una izquierda capaz de abordar otros problemas que no estaban identificados en los pensadores clásicos como Marx. Y para mí una parte importante de todo esto es no caer en el fatalismo. Es muy fácil caer en el fatalismo, solo hay que ver los telediarios o leer noticias sobre el cambio climático para que nos entre esa ecoansiedad que nos paraliza.

Necesitamos una transición energética o ecológica y decrecimiento al mismo tiempo. Porque si hacemos una transición energética sin decrecimiento, para mí es una quimera con muchísimos riesgos. Y si hacemos decrecimiento sin transición energética es volver a los parámetros de las sociedades previas a la revolución industrial, que son las sociedades agrarias. Y eso creo que, aunque a veces se dibuja de una manera romántica, tanto ese estado final como la transición son fundamentalmente violentos y perjudiciales para la vida tal y como la conocemos. Mi postura es acelerar en la transición energética todo lo posible para abordar esas urgencias como la del cambio climático y ser capaces de construir sociedades dentro de los límites del planeta. Eso es pura política.

También reflexiona sobre cómo Gaza es un símbolo de degradación moral, de la caída del orden internacional liberal y una rotura con un mínimo respeto por los derechos humanos, así como los valores cristianos. Y alaba cómo referentes ecologistas como Greta Thunberg lo han visibilizado. ¿Está en peligro la democracia si no se impulsa una transición ecosocial justa?

La democracia es una magnífica y bella idea muy joven. La democracia moderna, no me refiero a la ateniense donde se excluía una parte de la población, está constituida a partir de la propia idea de los derechos humanos. Ese concepto es relativamente nuevo y verdaderamente frágil. Y, de hecho, creo que esa concepción está en retirada. No solo porque la mayor parte de la población mundial no viva bajo modelos democráticos, sino porque está amenazada en muchos lugares como Estados Unidos, que está al borde de perderla, y en otros muchos donde la extrema derecha ha normalizado cosas que antes eran impensables o estaban fuera del debate, como el odio al inmigrante, el odio al diferente. Esto choca con la cosmovisión de los derechos humanos, pero también con la cosmovisión cristiana en la que todos somos hijos de Dios y no cabe el odio al inmigrante.

Estamos viendo que ante una crisis ecosocial se impone la fórmula del sálvese quien pueda, la ley del más fuerte. Esto vale para la geopolítica pero también vale para el ámbito nacional, en el que se deterioran todas las instituciones que hablan de solidaridad y empieza a ganar fuerza un discurso que dice “si queda poco que sea mejor que sea para mí”. No seamos hipócritas con las barreras a la inmigración. Hay un muro de Estados Unidos con México y también en el propio Mediterráneo entre la Unión Europea. En el fondo, el mensaje es el mismo: ustedes no pueden entrar, sus recursos sí. Necesitamos ser capaces de oponer una alternativa a esa degradación moral, a esa degradación institucional, porque efectivamente pone en riesgo la propia democracia.

Ejemplo de ello es que series cómo Years and Years o El cuento de la criada hoy parecen absolutamente verosímiles porque se han acercado mejor a fenómenos históricos que ahora se reproducen con sus variaciones, como el del ascenso del fascismo y del nazismo. Y es que son procesos graduales, no es una catástrofe de un día para otro. Son procesos en los que los principios y los valores que parecían eternos de democracia y solidaridad se van desgastando, se van devaluando. Y de repente, un día, te encuentras con que hay unos encapuchados que ejecutan a un tipo que simplemente protestaba en la calle y el Gobierno justifica esa ejecución. Eso requiere que la sociedad despierte para proteger la democracia, porque no es un bien que esté asegurada su supervivencia en el tiempo.

De cara a futuras elecciones, ¿ve posible una unión en la izquierda para hacer frente a todos estos retos?

Sería ideal, pero soy escéptico. Creo que la izquierda necesita entender la urgencia del problema porque si así lo hace será más tolerante con las alianzas que hacen falta para sumar músculo suficiente para poner en marcha las políticas que planteamos. Si no, triunfará esa versión más gris del ecologismo que es una posición más defensiva y derrotista. No debemos paralizarnos, estamos a tiempo de que los impactos ecológicos sean menores de lo que podrían ser. Estamos a tiempo de preservar el bienestar material y la propia democracia como la concebimos idealmente.

¿Se plantea volver a la primera línea política en algún momento? 

No. Le toca a otras personas. Me parece legítimo que algunas personas continúen y me parece que es un capital político que tienen que emplear bien, pero en mi caso en particular yo sigo en política desde otras trincheras. Ahora les toca a otros. 

Fuente: https://climatica.coop/alberto-garzon-modelo-alimentario-irracional/