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«La literatura no comprometida es aquella que elude preguntarse qué partido toma»

Fuentes: El cultural

La escritora, una de las principales voces de su generación, publica, tres años después de su última novela, El comité de la noche (Literatura Random House), un thriller político acerca de una compleja trama internacional de venta ilegal de sangre.

Confiesa Belén Gopegui (Madrid, 1963) que ha escrito su última novela (El comité de la noche, Literatura Random House) sobre una idea del artista brasileño Cildo Meireles: «No trabajes con la metáfora de la pólvora, sino con la pólvora misma». Y esa pólvora es, en nosotros, la sangre. La sangre como un recurso para bajar, para desmetaforizar los que a menudo operan como términos abstractos, para hacer que tomen cuerpo, y duelan, expresiones como «fuerza de trabajo» o «vender tu tiempo». Expresiones que han perdido, a juicio de la escritora, el contacto con la realidad. «La sangre tiene un componente simbólico inevitable», dice la autora de Deseo de ser punk. «Al elegir la sangre traté de contar que la sangre es el centro de la vida, es la tinta con que nos escribimos, y cuando la vendemos, vendemos nuestra historia».

El comité de la noche, como ya ocurría con Acceso no autorizado, su anterior novela, nace del centro mismo de la actualidad, lo cual queda claro desde las primeras páginas con una cita colectiva de personajes como Felipe VI y Letizia, Guardiola o el partido político de Pablo Iglesias. La historia parte de un teletipo de Europa Press, también real, que anunciaba, en abril de 2012, la intención de una multinacional farmacéutica de pagar setenta euros semanales a los parados que donasen sangre. A partir de ahí, Gopegui escoge el thriller -por ahí se cita Fronteras sombrías, de Eric Ambler– para plantear, con sus convenientes trucos narrativos -un escribiente, el diario de una de las protagonistas-, lo que de verdad le interesa: qué es el poder y hasta dónde llega, qué está haciendo con nosotros el sistema capitalista y cómo ha de combatirse, porque aquí se dice que hay que hacerlo, mediante la rebelión organizada.

– ¿También se siente fuera del sistema literario?
-Diría que estoy lejos de las poéticas narrativas dominantes.

-¿Quizás porque cree que la literatura debería ocuparse más de lo actual, del presente, de las cuestiones principales del mundo?
-Imaginemos la pregunta formulada en sentido contrario: ¿Debería la literatura actual eludir el presente y las cuestiones principales del mundo? Desde luego, nadie tendría que imponerle el deber de eludirlo. En toda época, incluso en las más duras, es necesario un tiempo para descansar y que la vida «deponga sus espinas», pero no es lo único conveniente. En la nuestra, mientras se hunden la sanidad, la tierra, el cobijo y los sueños de millones de personas, parece muy difícil mirar hacia otra parte, parece preferible enfocar los escollos, las tablas, las playas si aún existen.
La autora de La conquista del aire cree en la utilidad de la literatura comprometida, y establece una comparación: «¿Ver el mar es una obligación? No, pero a lo mejor es conveniente. Nos abre los ojos a un horizonte distinto». La literatura, según esto, o mejor dicho, la responsabilidad de la literatura radica en que es parte de nosotros, en que es, en palabras de Gopegui, «una ampliación de la experiencia». Por eso, añade, «hay una responsabilidad por aquello que se expresa. Las narraciones, las ficciones, son, por así decir, líneas en el código con que escribe la imaginación. Trabajamos con ese código y, por lo tanto, influimos. La literatura «no comprometida» no es aquella que no toma partido, cosa imposible pues siempre se habla desde un lugar y por algún motivo, sino aquella que elude preguntarse qué partido toma«.

-En su anterior libro había implícita una crítica al PSOE. En este, el Grupo o la Organización está formado por personas con las vidas destrozadas por la falta de oportunidades, el paro, etc. ¿Hay más de descontento con la situación política y económica española o hablamos, en cambio, de algo más general, de un alegato contra la naturaleza del sistema capitalista?
-«Cesto de papeles donde yacen nuestros sueños destrozados», decía Dos Passos. Esta novela comienza ahí, en los sueños destrozados, pero cuenta cómo se levantan. Se puede pintar un objeto no para reproducirlo sino para verlo, para saber cómo es. Tal vez este libro nazca para ver y tocar cómo son las vidas de palabras que se dicen en política -economía, sistema capitalista- como si sólo fueran palabras, como si nada ni nadie respirase en ellas. Pero no creo que nazca de una situación coyuntural, viene de lejos.

-En el libro se da un conflicto en torno al cual gira la trama principal: planteas que la única manera de salvar a los tuyos pasa por corromperte y ceder, participar de un sistema intrínsecamente podrido. ¿No queda otra salida?-En la novela los personajes se saben parte de una comunidad, por eso entre los dos caminos que usted cita, eligen, valga la paradoja, el tercero: la organización, una lucha que va más allá de heroísmo personal con que a veces se nos pide resistir. Y esto no tendría que impedirles tener presente que hay, en el discurso dominante, contraposiciones ficticias: que pertenecer a una comunidad en absoluto tiene por qué significar renunciar a lo que Víctor Sombra describe en su novela Canje como «esa luz individual de la que cada uno es (en parte, diría yo) responsable de ser capaz de encenderla, resguardarla y compartirla».

-Un personaje habla de «no someterse ni enfrentarse, sino mutar». ¿Se refiere a la resistencia pasiva?

-Mutar, entendería este personaje, es cambiar los términos de la batalla, contar con lo imprevisible, convertir el defecto en una forma de poder, la debilidad en inquietud del enemigo, desenterrar el secreto de la importancia. La resistencia pasiva, en este sentido, tiene algunos rasgos en común pero no es lo mismo por cuanto es una estrategia fijada de antemano; los personajes de El comité de la noche prefieren varios métodos de lucha entretejidos.

-¿Le gustaría que el libro se leyera como una llamada a la revolución?

-Lo que he escrito es una novela -y puede que un día se den las circunstancias adecuadas para escribir en común con otros y otras un manifiesto como el que sugiere-; en ella, a través de la acción narrativa, se muestra lo que pasa con nuestra sangre y en esa medida con nuestras historias, con lo memorable, cuando se entremezcla con unas condiciones sociales y políticas concretas. Me gustaría que quienes la lean imaginen el texto de Álex -con todo lo que ese texto pueda tener de llamamiento- y la lucha que emprende Carla y la organización. Y que, a partir de ese acto imaginativo, saquen sus propias conclusiones en función también de sus condiciones objetivas y subjetivas.

 -Todos los personajes tienen unas ideas, un pensamiento político que usted se ocupa de mostrar y desarrollar. ¿Cree que, en la realidad, todos tenemos una postura frente a lo que ocurre? ¿No cree que parte del problema está en que muchos no tienen interés, o si lo tuvieron, lo han perdido?

-Pensamiento y lenguaje no están separados del comportamiento. La actitud de los personajes de esta novela ante lo político forma parte de lo que se narra porque les atañe, porque están involucrados. En cuanto a lo que ocurre fuera, el problema no creo que sea la falta de interés sino cierto fatalismo inculcado durante años, aquel «esto es lo que hay y cualquier otro intento sería peor»; tal vez por eso los nuevos lemas tienden al «sí se puede», a reforzar el convencimiento de que no hay una condena y de que la historia está llena de momentos en que se construyeron espacios, decía Howard Zinn, para la resistencia, para la unidad, y, ocasionalmente, para la victoria.

-Una de las protagonistas llama «mis madres» a sus padres. ¿Está de acuerdo con su crítica del lenguaje llamado sexista?
 
-Sí, estoy de acuerdo con la necesidad de prestar atención a costumbres que nos parecen lógicas, que se han naturalizado como si no tuvieran un origen parcial y discutible, y como si no tuvieran consecuencias. No es que se pueda o no hacer algo, es que se hace, queramos o no; se trata de no dejarse llevar por la inercia, el lenguaje se aprende y se construye usándolo.

-También reflexiona sobre literatura y redes sociales (que son, dice un personaje, «una especie de huelga de celo literaria»). ¿Cree que ya se puede notar, en los libros que leemos y que tienen importancia, la influencia de estas tecnologías?

-Sí; no sólo de las tecnologías, también de las palabras, creaciones y actitudes que a través de la red han podido abrirse paso.

-Escribe, sobre Twitter y determinadas redes sociales: «Mi colmena tiene sucursales que nunca visitaré». ¿Estamos más solos que nunca pese a todos medios con que contamos para comunicarnos?

-No lo creo. Internet ha servido para poner en conexión a multitud de personas que antes acaso sí estuvieran más solas. A mi modo de ver, cuanto mayor sea el retorno del ordenador a la calle, de la calle al ordenador, y cuanto mejores sean las vías para participar en las comunidades, será menor la soledad. Aquel fragmento de un comunicado del Patio Maravillas lo dice de forma inmejorable: «nos quieren en soledad, nos tendrán en común».

-En muchas ficciones hemos visto a autores caer en cierto idealismo cuando evocan o narran revoluciones. ¿Cómo sortea ese escollo una novelista experimentada como usted?

-Lo que yo veo es que encontramos multitud de películas y novelas dedicadas a narrar la frase hecha de que las revoluciones devoran a sus hijos. Apenas hay imágenes o relatos donde se muestre todo lo que ya no caería sobre los hombros de personas comunes y corrientes después de una revolución, cómo respirarían más aliviadas, cómo por fin accederían a un mundo despejado con posibilidades que jamás tuvieron, historias de quienes gracias a una revolución y más aún si la revolución no sufriera ataques, podrían estudiar, crecer, participar en proyectos que antes de la revolución en su país habrían sido impensables. En cambio recuerdo muchas escenas de juicios siniestros tras la revolución francesa, por ejemplo. En cuanto a esta novela, apenas si cuenta una pequeña parte del camino; la figura del escribiente vino a la historia precisamente con ese propósito de vigilancia que usted señala: ser, en la escritura, el cazador, el vigilante, el tirador en las trincheras, como dijo en otro contexto Graham Greene.

Fuente: http://www.elcultural.es/noticias/letras/Belen-Gopegui-La-literatura-no-comprometida-es-aquella-que-elude-preguntarse-que-partido-toma/6886