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La mujer en la cultura popular del franquismo

Fuentes: Nueva Tribuna

El Patriarcado de Estado, adoctrinamiento y cultura

Cuando rememoramos los procesos políticos y culturales de posguerra, no podemos obviar que estuvieron presididos por la magnitud de la Victoria de 1939, la cual alimentaba en el nuevo Estado la convicción de que podía reeducar a las masas republicanas, convirtiendo el país en un inmenso reformatorio, cuya misión sería afirmar un modelo patriarcal del Estado, instituido sobre las familias. El Franquismo, el nazismo y la Italia fascista, tuvieron rasgos comunes en lo que respecta a la mujer y la familia. Pero, lo específico del fascismo franquista es su simbiosis con el catolicismo. El secretario general del Movimiento declaraba: Consideramos la familia el núcleo de la sociedad con todo su poder educativo y regenerador, y creemos que no se puede fundar ésta si no es sobre los principios básicos del patriarcado y de la moralidad cristiana. Por lo tanto, el nacionalcatolicismo no añoraba el patriarcado, quería restaurarlo con violencia para conservar sus valores en una sociedad moderna. 

En el imaginario falangista, como en la parroquia nacionalcatólica, “la Madre” es la trasmisora de los valores tradicionales, José A. Elola, escribía en (Arriba, 1-6-1955): “En las horas de ruina social y libertinaje de nuestro siglo XIX la madre española defendió desde el íntimo e infranqueable reducto del hogar las viejas virtudes de nuestra raza”. El régimen barrió con la modernización legal de la condición femenina conseguida en la República, y abolió la igualdad ante la ley y los derechos en el matrimonio de las mujeres. El Fuero del Trabajo, que declaraba “liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica”, estableció la patria potestad del marido e incapacitó a la esposa para crear relaciones comerciales o trabajar, sin el permiso de aquel. 

El adoctrinamiento falangista de posguerra era directo, sin circunloquios, hasta que la victoria europea del antifascismo cambió el escenario. Pretendía superar “un siglo de liberalismo anticatólico y disolvente”, pero la propaganda escrita no creaba opinión en una población agobiada por la miseria y en parte analfabeta. Por lo cual, en los años cincuenta, junto a la Iglesia y el sistema educativo, la radio fue el factor más fuerte de subordinación cultural. El aparato receptor creaba un mundo de alegorías en la mente de los españoles, cuya potencia residía en que la imagen plástica, inducida por el sonido, era realizada por el propio sujeto destinatario, que de esa manera la hacía suya. Con ese poder, la radio proporcionó a los sufridos ciudadanos una realidad inventada que le proporcionaba una evasión cotidiana, lo cual no era poco. Todos los días, a las cuatro de la tarde, hora de audiencia femenina, el programa La Hora de la mujer, hablando de nuestras cosas, proporcionaba clases de cocina, intercaladas de consejos matrimoniales.

En 1947, la SER importó de Argentina un conjunto de guiones y, con ellos, inició los Seriales radiofónicos. Un joven escritor, Guillermo Sautier Casaseca, fue encargado de trascribirlos al lenguaje coloquial español, comenzando el aprendizaje de lo que sería su rentable carrera literaria, en la cual le acompañaron Luisa Alberca y Rafael Barón [2]. A las cinco de la tarde, antes de la salida escolar de los niños, se emitía El Serial. Despojados de las libertades de costumbres del culebrón latinoamericano, los seriales ofrecían en sus tramas un mundo ideal y proclive al régimen, en el que los señoritos se casaban con las criadas (como lo príncipes se casan con las aldeanas en los cuentos de hadas), haciendo olvidar la soledad del ama de casa [3]. Los relatos tenían “una tremenda capacidad de penetración”: en Lo que nunca muere, el mayor éxito de la pareja Sautier- Alberca, el propio Sautier reconoció que habían programado el guion como vehículo de “los valores de la religión, la tradición, la familia, el hogar y la fe”. Todos los guiones pasaban por la censura previa, lo que los convierte en documentos muy valiosos para analizar los mensajes y valores de la ideología franquista, especialmente los que se relacionan con su concepción de la familia, dada la importancia que la Falange y la Iglesia daban a la mujer como transmisora de los valores conservadores de la sociedad.

El serial y sus guionistas estuvieron reconocidos por el mundo editorial, especialmente Luisa Alberca, quien era la autora de los diálogos en las obras conjuntas, que son los elementos dramáticos que daban verosimilitud cotidiana a los seriales. Su alegato antifeminista de 1953, La Ultima Dicha, que fue su folletín más corto y dramático, apareció en un principio como obra de teatro y fue convertido en Serial de la mano de Sautier. En la obra, la protagonista, Carmen Murillo es una mezzosoprano profesional, que se ve obligada por el marido a la elección entre sus deberes de madre y esposa y su carrera lírica; se decanta por ésta última y las consecuencias son dramáticas. Carmen acabará sus días enferma y desgraciada, arrepentida y penitente; sin embargo, Fernando, el marido, que califica la profesión de la mujer de “capricho estúpido de la música”, confiesa que su móvil fueron los celos: “No podía soportar que te admiraran, ni aceptar las giras”, o que “contribuyeras a ingresar más en la casa que yo”. El relato termina con un sermón de Fernando a su hija de 18 años: “Recordamos el mal que nos hacen, pero no el que nosotros hicimos; no supe amarla como era ella” (…). En respuesta a las dudas del padre, la joven contesta: “tú siempre fuiste bueno” y se va de paseo con el novio (fin de la historia). En el serial, Carmen no se redime por el “perdón” del marido, sino porque “muere en la familia, y la hija la besa antes de morir. El núcleo es el hogar. 

Los valores trasmitidos por los folletines de Sautier y Alberca, impregnan todas sus novelas “por entregas”. Sin embargo, la más tardía de ellas: El Derecho de los Hijos, tal vez por estar ya muy presente el cambio social de los sesenta, es realmente patética. Sautier hizo en esta obra un alegato nacionalcatólico contra las “separaciones matrimoniales”, versión además clase media acomodada, máxima aspiración social (conversación entre Laura, que se quiere separar y su abogado):

– Para un hombre, para un muchacho, sus padres son una unidad, se pertenecen mutuamente. Esa unidad, esa unión, puede ser más o menos perfecta, pero por imperfecta que sea, mientras existe, el hijo se siente respaldado. Pero, si el hogar se rompe por completo, ya no es hogar. La unión que dio vida al hijo se ha deshecho, como se deshace un error. Y el hijo se pregunta si él mismo, su propia persona, ¿no será un error también?

– ¡Qué cosas tan extrañas dice usted! – exclamó Laura- No creo que mis niños pensaran nada de eso.

– No, no lo pensarían. Lo sentirían, nada más. Pero usted ¿no ha pensado nunca que, para un niño, sus padres, los dos unidos, son la representación de Dios, del bien, del carácter sagrado de la vida? (p. 11). 

En esos años finales del primer franquismo, y comienzo del desarrollismo, la familia va a sufrir cambios dramáticos con el paso del núcleo amplio patriarcal, y rural, a la familia urbana. A pesar de la resistencia a desaparecer de la cultura tradicional, la mujer y el hombre de la familia trabajadora se verán separados por largas jornadas de trabajo y transporte; los hijos quedaban abandonados en el hogar por la escasez de guarderías y colegios, y por el recurso de las madres al trabajo doméstico en casas de clase media para sobrevivir. Lejos ya del control rural, aparecieron los malos tratos en algunas familias y el abandono de las obligaciones masculinas de manutención y cuidado de la prole [4].

La cultura patriarcal se mostraba claramente en el folklore popular, y el machismo se reforzaba en el servicio militar. Consecuencia, cuando un hombre conseguía que su mujer pudiera dedicarse al hogar, lo consideraba un símbolo de su capacidad para obtener un salario digno y estable. El rechazo de la autoestima varonil al trabajo de la mujer casada era compartido, y constituía un atributo masculino del marido, tanto entre los trabajadores como en la clase media. En “La Vida por delante”, película de Fernando Fernán Gómez, vemos a Josefina (Analía Gadé) médico y con mejor expediente que Antonio (Fernando Fernán) quedarse en el hogar por los celos del marido. Hasta que los apuros económicos a causa de la incompetencia de Antonio, un abogado sin clientes, obligan a permitir la apertura de consulta. Cerca del final, en una de las secuencias que preparan el desenlace, Antonio expulsa la clientela masculina de la clínica de su mujer, psiquiatra y recién embarazada. La autoestima machista de Antonio aparece, junto al piso, deseado y minúsculo, como un desencadenante de los acontecimientos que, de forma reiterada, crean incertidumbre económica en la pareja. 

Entre la clase obrera, por otras causas, la división patriarcal de las tareas familiares, por mucho que calara o fuera una aspiración de hombres y mujeres, chocaba con la realidad diaria de cuadrar el presupuesto del hogar, haciendo recaer una doble carga en la mujer. Esta contradicción entre discurso y rol familiar no escapaba a la percepción de las asistentes sociales falangistas o católicas, quienes lo hacían constar en sus informes [5]:

“Luisa tiene mucho trabajo en su casa, pero ha tenido que aceptar el trabajo de repartir leche (…) Otras madres de familia trabajan en la casa Batlló, o en la España Industrial. Pocas veces se las encuentra en casa. Como no existen Dispensario, ni jardín público donde mandar a los niños, y faltan parvularios y escuelas maternales. La madre obrera se ve obligada a tener los niños pequeños encerrados en casa todo el día”.

La cultura de la natalidad de los inmigrantes, en sintonía con la del régimen, agravaba la condición femenina. Las familias numerosas generaban un alto grado de hacinamiento en los suburbios, empeorando las circunstancias que empujaban a la mujer hacia la aceptación de los valores patriarcales y, por lo tanto, al deseo de una vivienda propia que, como el matrimonio, fuera para toda la vida. La escasez ponía en valor los esfuerzos de la mujer en el hogar para alimentar y vestir a la familia, facilitando la penetración de la ideología conservadora en los hogares populares a través de la parroquia y la asistencia social. Acción católica entraba en el suburbio de la mano del “Servicio de visitadoras a familias pobres”, beneficencia que condicionaba sus ayudas a la regularización de las situaciones de pareja y a la presencia de la mujer y los niños en la catequesis parroquialLa abundancia de nacimientos creó situaciones de riesgo muy difíciles para las mujeres emigrantes. La primera, los riesgos asociados a dar a luz en barrios sin conexiones con las zonas hospitalarias, ni centros médicos adecuados y públicos. La segunda, la casi imposibilidad de conjugar el trabajo fuera del hogar y la atención a la familia condenaba a la mujer inmigrante a quedar encerrada en una infravivienda con su prole. La radio, en esas condiciones, fue para muchas mujeres el nexo con el mundo exterior, lo cual facilitaba la propaganda nacionalcatólica. 

El mensaje de la radiodifusión y la condición femenina de 1950

En el serial radiofónico de más éxito en los cincuenta se enfrentan dos condiciones falseadas de la mujer, la madre, Rosa, viuda pobre, sin medios para sacar adelante a su hijo, y la hermana soltera de la familia rica, Marta. La parábola moral deja paso al realismo melodramático, y vemos las dificultades de la “solterona” para construir una identidad. Cuando no descarga su frustración sobre otros más débiles, intenta ejercer de madre educadora de los hijos de las otras mujeres de la familia, creando conflictos de rol. El papel de la solterona se define cuando una tía de la familia cae enferma y ella se traslada de ciudad para cuidarla. A cambio, Marta recibe la herencia de la tía rica. Como ilustra la historia de esta familia, el patrimonio de la mujer soltera servía a la mejora de sus sobrinos, o a la de los hermanos y hermanas casadas que la hospedaban. El personaje de Marta en “Ama Rosa” es de una pieza, sin matices. Ilustra los males que esperan a la mujer que no se casa, envidia la felicidad de las demás y es indiferente a sus desdichas; pretenciosa y groseramente sincera, se vuelca en tareas ajenas y carece de empatía. Al final del melodrama, Marta se redime en la familia cuando rescata las deudas de juego del sobrino pródigo. La suegra de su hermano agradece el gesto de la “solterona” rica: “con tu dinero has salvado a mi nieto, y con él a toda la familia” [6].

En la clase media, la mujer cuidadora soltera era mejorada en la herencia familiar. En las familias pobres suponía una boca más, de la cual se esperaba reciprocidad agradecida. Raras veces la mujer soltera de clase trabajadora podía hacer suyo su destino. Pero, aún había una suerte peor, los castigos mayores recaían sobre la madre soltera. De antiguo, la joven madre célibe era vista en las familias tradicionales como una vergüenza. El franquismo profundizó en esa tradición creando las Casas de Maternidad, donde las hijas embarazadas sin novio eran internadas por las familias. Ocultadas a vecinos y conocidos, normalmente terminaban dando en adopción al hijo o la hija [7], o se les arrebataba con un falso certificado de defunción [8]. La madre pobre que enviudaba no recibía el estigma social, pero su condición tampoco era envidiable; Ama Rosa, “mater dolorosa” que encarna los valores de abnegación y sacrificio, se ve obligada a renunciar a su hijo y darlo en adopción al enviudar embarazada. Este melodrama de Sautier y Barón, batió todos los récords de audiencia, cada día se anunciaba el siguiente capítulo con el lema: La obra que conquistará el interés y la atención de todas las mujeres españolas. 

El gravado inverso del serial radiofónico, aparece en la novela de Carmen Martín Gaite “Entre visillos”. Un conjunto de mujeres de clase media, entre los 16 y los 30 años, que se mueven, conversan y sueñan, entremezclando la rebeldía juvenil con la angustia de las mujeres ante los riesgos de la soltería. La condición de clase media muy acomodada no las excluye de la amenaza patriarcal. La rebeldía de la protagonista adolescente contra los programas de la Sección Femenina no excluye que asista impotente al “sacrificio” nupcial de su amiga a un militar, un joven capitán que quiere casarse con una adolescente para ser el primero en tocarla y conformarla culturalmente. Aunque comparte las ideas, la protagonista observa la búsqueda de la felicidad en el matrimonio por las mujeres de su entorno, y percibe la imposibilidad. Para ellas no existe otra alternativa vital. Si alguna lo intenta, no puede siquiera abandonar la familia, algo que no era legal antes de los veinticinco años. A partir de esa edad, la cultura patriarcal paralizaba las decisiones y a los treinta años el destino era la soltería. Calco de la Marta de “Ama Rosa”, o negativo en buena literatura del realismo del folletín, la solterona es definida por Martín Gaite con los mismos parámetros: “Me da pena Mercedes, aunque no la quiero mucho, cada vez más amargada, intransigente como la tía. Son treinta años los que cumple” [9].

El empleo femenino no era una forma de mantenerse a sí misma para conseguir la autonomía personal; sino una ayuda para la familia. Destinadas al matrimonio, las mujeres jóvenes de procedencia humilde tenían que ahorrar para llevar el ajuar a la boda; para ello, una vez prometidas, las hijas dejaban de aportar, o aportaban menos al hogar de sus padres, se ponían a servir en casas de clase media, ahorrando una boca a la familia, y hacían trabajos extra para confeccionar la ropa doméstica y la propia para varios años, o para comprar enseres básicos. El ajuar era esencial a la autoestima de la novia y el trabajo para confeccionarlo servía, además, de aprendizaje a la futura casada, no solo para sus ocupaciones de ama de casa. Las habilidades adquiridas en estas tareas les permitirían, en muchos casos, aportar ahorros imprescindibles para pagar la primera entrega de la vivienda familiar o para completar las amortizaciones de la hipoteca.

El suburbio, entorno hostil para la mujer durante el franquismo

Las mujeres que atendían y sacaban adelante un hogar obrero en un barrio de chabolas, según sus propios relatos [10], tenían que aprender a moverse en el barro para buscar agua y traerla a casa, o llevar a los niños al colegio sobre la espalda, para que no se estropearan sus zapatos y los aceptaran en la escuela, pues los maestros los devolvían a casa si no estaban limpios. Según un relato sociológico de la época: “hay más diferencias entre cuidar de la familia en una aldea campesina y hacerlo en una chabola del suburbio, que entre cavar olivares en el campo y colocar ladrillos en la ciudad”. Cargadas con la mayor parte de las responsabilidades del bienestar familiar, las mujeres de familias inmigrantes eran muy activas en la obtención de información para acceder a beneficios sociales y ayudas públicas, y especialmente en la búsqueda de vivienda. No solo fueron amas de casa, guardianas del bienestar de la familia, agentes activos de la mejora de sus condiciones de vida y del hogar. Como el salario del hombre era insuficiente, buscaban trabajos que les permitieran una cierta flexibilidad, como la limpieza de oficinas en horarios vespertinos. Es cierto que la mujer campesina estaba acostumbrada al trabajo fuera del hogar en la tierra, en el huerto familiar o participando con toda la familia en labores de siega o vendimia, también estaba hecha a la vida del pueblo, con los ritos de relación entre vecinos y sus relatos de construcción de la autoestima de los pobres, basados en los hijos, la familia y los productos del huerto. Podemos hacernos una idea, de lo que representó para ellas el tránsito al suburbio, donde a veces la chabola no era peor que la vivienda anterior. La casa dejada en el pueblo podía ser una chabola, una choza en el monte o un cuarto en el cortijo, pero allí tenían una identidad, conferida por el patronímico y la tradición compartida, mientras en el arrabal la mujer no era nadie para las vecinas, no disponía de ritos de vecindad ni de como transmitir su estatus, y su trabajo, cuando lo tenía, implicaba el abandono de los hijos en un territorio, como mínimo desconocido y normalmente peligroso. 

Sabemos que la solidaridad del barrio ayudaba, echando una mano en el cuidado de los niños y en muchas otras necesidades urgentes. Pero, “la familia recién llegada se adaptaba a las nuevas condiciones de vida en la proporción y medida en que lo hacía la mujer emigrante a través de la economía y la dirección doméstica, con la consecuencia de que, más que al hombre, el aprendizaje de la vida ciudadana afectó a la mujer” [11]. Emigrantes recluidas en la chabola pusieron a prueba todos los recursos de su carácter y, cómo el problema de la vivienda repercutía en ellas con mucha mayor fuerza, se vieron en la necesidad de fortalecer las redes relacionales del suburbio. 

Familias, comadres y compadres, y mutualismo improvisado

La inquietud profunda de aquellos peregrinos del trabajo era rehacer la vida propia y de sus hijos, pero los nuevos barrios que crearon no fueron simples agregaciones de seres y familias. Los lazos previos de pueblo, comarca y parentesco configuraron conglomerados con redes propias de relaciones, que los inmigrantes traían de sus lugares de origen. Los lazos que se creaban mantenían los valores culturales de los lugares de origen, que combinados con los nuevos que surgían de la necesidad de los otros y la solidaridad crearon una nueva cultura cívica. Primero llegaban los hombres, buscaban trabajo ayudados por sus compadres y, cuando reunían un mínimo de ahorro, traían a sus familias. Por lo tanto, la llegada a los asentamientos estaba previamente pautada por la procedencia de las familias, las cuales acudían a lugares ya ocupados por otros más emprendedores, llegados en los años cuarenta. Paisanos que ayudaban a vecinos y familiares de sus lugares de origen. En primer lugar, a levantar paredes y cubiertas en una sola noche, para que la policía, al llegar por la mañana, se encontrara con familias bajo un techo; en las negociaciones con los dueños de los terrenos en barbecho sobre los que se levantaron las chabolas; agrupándose para la resistencia a las amenazas de derribo o para reclamar servicios básicos fortalecían las redes vecinales, configurando barrios con idiosincrasia propia. Una vez asentadas, la llegada a esos mismos barrios de los servicios sociosanitarios implicó para las mujeres un apoyo muy importante. Los ambulatorios y las parroquias con voluntarios cristianos, educadores y sanitarios, fueron un lugar de encuentro de las mujeres inmigrantes con la cultura urbana, para la cual era importante difundir los conceptos actuales de higiene, en particular la higiene materno-infantil. También para los voluntarios, que fueron educados como ciudadanos por los emigrantes, en palabras del jesuita Jose María Llanos, uno de los pioneros de CC.OO.

Aquellos ciudadanos agotados por una larga posguerra, apartados de lo público por la represión, que además había provocado la desaparición institucional, y en gran parte física, de la inteligencia democrática, se refugiaron en la familia y el vecindario, retroalimentado la cultura conservadora del hogar tradicional. Más tarde, cuando el régimen vio que su única salida era el anclaje a Europa y que la guerra fría admitía la exclusión de las instituciones democráticas en ese anclaje concreto, el capitalismo español fue empujado por el continente hacia el auge económico más largo de su historia en los años sesenta [12], y la familia jugó entonces el rol que el raquítico Estado del Bienestar no podía desempeñar. Aún hoy, la propia familia y el voluntariado sirven de coartada para que los gobiernos de la derecha crean que, como la plastilina, el bienestar puede adelgazar con solo apretar el puño presupuestario.


Notas:

[1] Este artículo, se apoya en la investigación realizada para mi Tesis doctoral, publicada en: CANDELA, José (2019) Del Pisito a la Burbuja Inmobiliaria. Valencia, PUV, Publicaciones De La Universidad De Valencia.
[2]  GUINZO, Juana (2004) Mis días de radio. La España de los 50 a través de las Ondas, Madrid, Ed. Temas de Hoy.
[3] VÁZQUEZ MONTALBÁN, Manuel (1971) Crónica sentimental de España, Barcelona, Lumen.
[4] SIGUÁN, Miguel (1959) Del campo al suburbio. Un estudio sobre la inmigración interior en España. Madrid, C.S.I.C. (Junta de Estudios Económicos, Jurídicos y Sociales) 
[5] BARRANQUERO, Encarnación y PRIETO, Lucía (2003) Así sobrevivimos al hambre: Estrategias de supervivencia de las mujeres en la postguerra española, Málaga, Servicio de Publicaciones de la Diputación. CEDMA 
[6]  SAUTIER CASASECA, Guillermo y BARÓN, Rafael (1991) Ama Rosa, Madrid, Ed Bruguera.
[7] GARCÍA Rafols, Neus et als. (2012) “La maternitat i la primera infancia en el franquisme sota el control de l´Obra de Protección de Menores” en Antonio Segura, Andreu Mayayo y Teresa Abelló (edit.) La dictadura franquista: Institucionalizació d´un régim. Congrés International, Universidad de Barcelona, 21-23 d´abril, 2010: p. 199
[8] ROURA, Assumpta (1998) Mujeres para después de una guerra, Barcelona, Flor del viento ediciones.
[9] MARTÍN GAITE, Carmen (1957) Entre visillos, Ed. Nadal, Barcelona. “Calco” en sentido figurado, pues Entre visillos ganó el premio Planeta varios años antes de la emisión de Ama Rosa.
[10] MARTÍN Arnoriaga, Tomás (1997) Del Barro al Barrio: La Meseta de Orcasitas. Madrid, Asociación de Vecinos de la Meseta de Orcasitas.
[11]  “SEMANAS SOCIALES DE ESPAÑA. XVIII 1958. Semana –Vigo-Santiago” (1959) Los problemas de la migración española. Madrid. Secretaría de la Junta Nacional de Semanas Sociales: p. 160.
[12] CARRERAS, A. Y TAFUNELL, X. (2018) Entre el Imperio y la Globalización: Historia económica de la España contemporánea. Barcelona. Edit. Crítica.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/mujer-cultura-popular-franquismo-historia-igualdad/20230619131504213149.html