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El periodista y escritor Rafael Juan recorre la historia de la novela policial en un acto del Frente Cívico-Valencia

La novela negra, entre policías corruptos y asesinos desesperados

Fuentes: Rebelión

Hay quien ha visto en la literatura una fuente de evasión. Se trataría de viajar a otros mundos, identificarse con determinados personajes y simplemente pasar un buen rato. Sin más pretensiones. Pero también puede considerarse la literatura un método de conocimiento, incluso una vía para mostrar las contradicciones de los sistemas político, económico y social. […]

Hay quien ha visto en la literatura una fuente de evasión. Se trataría de viajar a otros mundos, identificarse con determinados personajes y simplemente pasar un buen rato. Sin más pretensiones. Pero también puede considerarse la literatura un método de conocimiento, incluso una vía para mostrar las contradicciones de los sistemas político, económico y social. Una forma de pensamiento crítico que propone revelar todo aquello que alguien tiene interés en ocultar. ¿Encajaría en esta última definición la novela negra? Responde afirmativamente el periodista y escritor Rafael Juan: «La novela negra nos sirve para conocer la realidad y aproximarnos fielmente a ella, y ello se lo debemos a los autores clásicos estadounidenses, como Raymond Chandler o Dashiell Hammet: ellos contaban lo que veían».

En un acto organizado por el Frente Cívico-Valencia («Una mirada a la novela negra. Breve recorrido por la novela policial con agujeros y ausencias»), Rafael Juan ha destacado que la novela negra es hoy más bien un «transgénero» que abarca toda la literatura de ficción, incluso la poesía. Son muchos los autores que introducen notas del género negro en sus obras, pero como una variante más en la que se «picotea». «Se está incurriendo en un cierto amaneramiento, al igual que en su día sucedió con la novela-enigma; hay mucho novelista aficionado, de ahí que constantemente se caiga en el cliché; actualmente es difícil encontrar a jóvenes cultivadores del género».

El periodista, que propone un recorrido parcial y personal por la narrativa policial, criminal o negra, considera el pionero del género a François Vidocq (1775-1857). Reunía como Jano las dos caras de delincuente y director general de la Policía, y abrió la primera agencia de detectives conocida. Esta mezcla de roles -agente del orden y criminal- era habitual a mediados del siglo XIX. «Muchos policías de porra y casco eran reclutados entre los delincuentes», apunta Rafael Juan, quien fue galardonado con el Premio Ciudad de Elda por un cuento, «El muerto robado», en el que el corresponsal de un pueblo trata de descifrar el enigma que envuelve la muerte de un preboste local, cuyo cadáver ha sido robado del cementerio. La vida y las «Memorias» de Vidocq ejercieron una enorme influencia en el género criminal. En ese contexto surgieron los primeros detectives, pero también famosos «antihéroes», como «Arsène Lupin», un ladrón de guante blanco alumbrado por Maurice Leblanc; y «Raffles», un delincuente aristócrata ideado por E. W. Hornung, muy conocido en el mundo anglosajón. «Los dos se redimieron, porque Lupin se alistó en la Legión Extranjera en un rapto de patriotismo y Raffles murió en la guerra de los Boers», recuerda el escritor y activista del Frente Cívico.

El primer hito en la historia de los relatos detectivescos es Edgar Allan Poe (1809-1849), autor de «Los crímenes de la calle Morgue», «El misterio de Marie Rôget» y «La carta robada» entre 1841 y 1844. El detective creado por Poe, Charles-Auguste Dupin, es deudor de Vidocq. Como ningún autor innova en el vacío, sino que bebe de los precursores e influye en los epígonos, lo habitual son las mezclas y los intercambios. Las novelas de Emile Gaboriau, en mayor o menor medida policiacas, ejercieron influencia en las de otro pionero, Wilkie Collins (1824-1889), a su vez amigo de Charles Dickens. «La piedra lunar» no sólo es una novela de muy alta calidad literaria, admirada por Borges, sino que incluye también los ingredientes tradicionales del género policial: el enigma, la investigación y el detective (en este caso, el sargento Cuff).

Con «Estudio en escarlata» (1887), Arthur Conan Doyle puso en circulación a uno de los detectives estelares, Sherlock Holmes, quien acompañado del doctor Watson (otra novedad en el género policial) resolvió enigmas en 57 relatos para millones de lectores hasta 1927. Para hacerse una idea de la popularidad de Holmes, no eran necesarios los estudios de audiencia. Rafael Juan explica que cuando Conan Doyle decidió liquidar a su criatura literaria junto al profesor Moriarty, su gran enemigo, «se montó tal escándalo que el escritor tuvo que resucitarlo; incluso la madre del autor le reprochó haberla dejado sin su héroe favorito», destaca Rafael Juan en la conferencia celebrada en Jaritè Espai Obert de Valencia. En textos como «El sabueso de los Baskerville» (1902), en una Inglaterra «victoriana y brumosa», el escritor y periodista define a Holmes como «un detective de poderoso intelecto que, entre dosis y dosis de cocaína en vena y tabaco de pipa en boca, amén de chirriantes rascadas de violín, aplica el método deductivo y unas casi sobrenaturales dotes de observación».

Sherlock Holmes dispara el género detectivesco, que cultivan con gran acierto autores como G. K. Chesterton (1847-1936). La biografía del autor se plasma en sus personajes, por eso, la conversión al catolicismo del escritor inglés en 1922 tiene su correlato en «un cura de aspecto insignificante y pegado a un enorme paraguas». Es el padre Brown, a quien Chesterton hace protagonista de 50 relatos cortos escritos entre 1919 y 1935. Destaca el primer volumen de relatos, titulado «El candor del padre Brown». El humor, el escepticismo y la fuerza de la paradoja son rasgos bien visibles en la obra del autor inglés. Rafael Juan resalta cómo el padre Brown «resuelve enigmas criminales aparentemente irracionales con una racionalidad implacable». Y todo ello, a partir de un conocimiento muy profundo de la naturaleza humana. Se trata, por lo demás, de relatos breves que se publicaron después de la primera guerra mundial, pero que mantienen el formato de la época anterior: relatos cortos por entregas en revistas y periódicos, que vendían cientos de miles de ejemplares. Después de la «gran guerra», los textos de detectives adoptaron el formato de novela.

Se considera a Agatha Christie (1890-1976) como una de las grandes mentoras del género detectivesco, en un sentido «clásico». Las obras de la escritora inglesa resaltan por su traducción a más de un centenar de idiomas, porque sus títulos se venden aún hoy por millones y por su ingenio para los intrincados enigmas, pero sobre todo, explica Rafael Juan, porque es capaz de «crear personajes de cierta entidad, cosa muy rara en el género detectivesco clásico»; en algunos de sus relatos deja asomar un conocimiento de la maldad humana en estado puro». En la campiña inglesa ata los cabos de un crimen Miss Marple, mientras que un detective belga, Hercules Poirot, con Hastings a su vera, no deja de descubrir a homicidas entre 1920 y 1975. A pesar del reconocimiento a Agatha Christie por parte de los aficionados a la novela de detectives, el «purismo» literario ha planteado continuamente críticas a sus textos. Entre finales del siglo XIX y primera mitad del XX también publicaron autores como Dorothy L. Sayers o S. S. Van Dine, entre otros, muy difundidos en Gran Bretaña y Estados Unidos. Muchos de ellos fueron publicados en el estado español, antes y después de la guerra civil, por la editorial Molino o por Mateu y Plaza.

¿Por qué se marca un punto de inflexión en la novela «clásica» de detectives entre finales de los años 20 (del pasado siglo) y el inicio de la década de los 30? «Se cayó en un insoportable amaneramiento», subraya Rafael Juan, «en un aburrido juego de acertijos y rompecabezas; la mayoría de novelas policiales no sólo eran malas, también eran aburridas». Por ejemplo, el tópico del crimen en una habitación cerrada y de acceso imposible. El escritor y periodista salva de la quema a tres autores, John Dickson, Ellery Queen y Rex Stout, creador del «obeso y extravagante detective Nero Wolfe, que resuelve los casos sin moverse de su sillón». Ayudado en la tarea indagadora por su joven ayudante, Archie Goodwin, Nero Wolfe y las tramas que protagoniza tampoco se han librado de las críticas formuladas por los exquisitos paladares. Aunque los lugares comunes se generalicen, hay algunas excepciones que se adentran en el subgénero policial denominado «de juicios». En este ámbito, Erle Stanley Gardner (1889-1970) es capaz de parir a un abogado criminalista como Perry Mason, para lo que aprovechó sus conocimientos jurídicos. Mason aparece en más de 50 novelas «ágiles, intrigantes y divertidas a pesar del inevitable exceso de jerga jurídica», valora el activista del Frente Cívico-Valencia.

En ocasiones los estudiosos de la literatura clasifican de manera abrupta por géneros, periodos o generaciones de autores. Pero en la realidad todo se configura más bien como mezcla. Por eso la novela negra no rompe drásticamente ni nace al margen de la novela policial clásica. Según Rafael Juan, «fue una continuación de ésta, pero a la contra». El nacimiento de la novela negra puede entenderse como una «reacción a las intrigas en añejas casas de campo con mayordomos envarados, copas de jerez y oporto, aristócratas de opereta y detectives tan pomposos como cretinos». ¿Dónde estaba el conflicto social del periodo de entreguerras, las huelgas en Gran Bretaña durante los años 20, el auge del socialismo, el comunismo y el fascismo, o incluso las pulsiones sexuales de los personajes? Faltaba estruendosamente la realidad, social y política, pero también las motivaciones profundas en las acciones del ser humano. En dos frases lo explica Raymond Chandler refiriéndose a uno de sus autores predilectos, Dashiell Hammet, de quien afirma: «sacó el asesinato del jarrón veneciano y lo echó al callejón; lo devolvió al tipo de gente que lo comete por algún motivo, no sólo por proporcionar un cadáver a la trama».

Este cambio en la mirada narrativa abrió el paso a policías corruptos, jueces venales, políticos desaprensivos, banqueros propensos al latrocinio, capos, mafiosos y asesinos arrojados a la jungla de asfalto. Rafael Juan caracteriza al nuevo detective como «solitario, cínico y escéptico, un tipo duro que se mueve en un amasijo de corrupción pestilente; también hay sexo en los relatos, nada oculto en la figura de la mujer fatal». La novela y el cine negro surgen a un tiempo en Estados Unidos y se complementan. Además, recuerda el escritor y periodista, «muchos de los autores de novela negra fueron también guionistas de Hollywood». Como Dashiell Hammet (1894-1961), detective de joven y activista contra el fascismo que se negó a delatar a los compañeros comunistas ante el «Comité de Actividades Antiamericanas». Rafael Juan destaca a Hammet como «el mejor escritor de novelas policiacas de la historia», por obras como «Cosecha roja» (1929), «El halcón maltés» (1930) o «La llave de cristal» (1931). Otro de los «grandes» de la novela negra fue Raymond Chandler (1888-1959), un exejecutivo en paro que publicó su primera obra, «El sueño eterno» (1939), con 51 años. Autor de «Adiós muñeca» (1940) y «El largo adiós» (1953) así como de inolvidables diálogos, Chandler fue el padre del detective Philip Marlowe, «duro por fuera y sentimental por dentro, un poco menos cínico y algo más compasivo que el Sam Spade de Hammet», remata el periodista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.