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La quimera de las bajadas de impuestos

Fuentes: Rebelión

En la realidad política de la España de este año recién llegado, lo primero que se hace patente tras un par de lecturas de periódico o una conversación en la calle es la incertidumbre, la diversidad ideológica, la inmensidad del abanico de posibilidades que se abre al futuro de este país. Sin embargo, en una […]

En la realidad política de la España de este año recién llegado, lo primero que se hace patente tras un par de lecturas de periódico o una conversación en la calle es la incertidumbre, la diversidad ideológica, la inmensidad del abanico de posibilidades que se abre al futuro de este país.

Sin embargo, en una buena parte de esa diversidad (incluso en algún partido que ha comenzado a saborear la fama hace no mucho), vemos patrones comunes, sobretodo en una cuestión que quizás se discuta poco con los grandes dramas por los que a algunos tanto les gusta lamentarse, pero que es de irremplazable relevancia para los ciudadanos de este país: los impuestos.

En una amplia ala de la realidad ideológica española, es costumbre la promesa electoral de una bajada de impuestos, bajo el mantra de que «los impuestos son malos para el desarrollo y la competitividad».

Desde luego, tener más dinero en el bolsillo para uno mismo y que encima la economía vaya mejor con ello suena muy apetecible, especialmente para quien tiene las mismas dudas sobre a quién votar como sobre si podrá llegar a fin de mes o no, pero, ¿es realmente así? ¿Menos impuestos llevan a más crecimiento y mejores condiciones económicas?

La investigación al respecto ha sido muy amplia y no carente de contradicciones, pero no parece haberse impuesto ningún estudio que rebata terminantemente lo que otros han arrojado a la luz: no existe ninguna relación necesaria de causa-efecto entre una bajada de impuestos y un desarrollo económico.

Bajar los impuestos no es ninguna fórmula mágica que asegure el crecimiento del PIB.

Cuando la economía española mejoró acompañada de reducciones fiscales durante el gobierno de Aznar, unos cuantos habrían estado tentados a atribuirlo a sus políticas liberales; probablemente los mismos que cuando la economía americana se recuperó tras las reformas sociales de Obama negaron que la mejora se debiera a las medidas del demócrata.

La economía es una ciencia compleja, sujeta a un sinfín de variables incontrolables debidas al comportamiento humano, que como muchos estamos de acuerdo, es libre y como tal, se resiste a la regularidad probabilística y matemática.

Hasta el momento, no se ha presentado como posible aislar los tipos impositivos de todo el conglomerado macroeconómico de una nación para saber si su crecimiento o retroceso se debe a una subida o bajada de impuestos o, simplemente, a que sus trabajadores se despertaron con buen humor para trabajar.

Sí que es cierto, no obstante, que hay tendencias que vinculan crecimientos del PIB con bajadas impositivas y viceversa (particularmente en relación con los impuestos sobre la renta), pero en ningún momento se ha demostrado que lo segundo sea causa de lo primero.

Desde luego, esto no quiere decir que una subida sin control de los tipos impositivos no vaya a tener repercusión negativa ni que podamos poner el IVA al 60%, pero sí que quiere decir que convendría perder ese terror dogmático que determinadas ideologías tratan de promover hacia los impuestos.

Incluso propio premio Nobel de economía de 2008, Paul Krugman, es famoso por haberse manifestado en múltiples ocasiones contra las medidas de recorte fiscal tan deseadas por los conservadores (encontrando un buen ejemplo en la administración Trump), por considerarlas injustas y carentes de fundamento.

En nuestro país no «se pagan demasiados impuestos» (de hecho, es el cuarto país de Europa con menos recaudación). Los impuestos no son un mal socialista que destruye el empleo y la competitividad, y que perjudica a los pobres trabajadores dificultándoles llegar a fin de mes.

Los impuestos son, como bien dijo Samuelson, «el precio que pagamos por la sociedad civilizada».

Detrás de ese miedo puede que se oculte un olvido de esa verdad. Porque ya no es sólo una cuestión de que no haya ninguna demostración causa-efecto de que los impuestos deterioren la economía, sino es una cuestión de que con las promesas electorales desmedidas de reducciones de impuestos se obvia su necesidad para la justicia social.

Una fiscalidad extensa ha sido una de las herramientas clave que nos ha permitido alcanzar un Estado del Bienestar en este país, que ha logrado, por ejemplo, que nuestra sanidad pública sea envidiada a nivel mundial.

Así que, a la hora de votar, es recomendable no dejarse llevar por los riesgos apocalípticos de los impuestos ni por las promesas liberales de crecimiento al reducirlos, sino por programas económicos sólidos con soporte científico que no olviden la realidad social de que los impuestos son imprescindibles, y que la pregunta que nos tenemos que hacer no es tanto «cuánto», sino «cómo» y «para qué».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.