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Las palabras de la insurrección

Fuentes: Rebelión

Una exposición presentada en el MNAC barcelonés aborda las insurrecciones, los levantamientos. Organizada por el Jeu de Paume en París, donde tuvo gran repercusión (y antes de llegar, a lo largo de 2017, a Montreal, Ciudad de México, Sao Paulo y Buenos Aires), fue diseñada por Georges Didi-Huberman como comisario, aunque su título original Soulèvements […]

Una exposición presentada en el MNAC barcelonés aborda las insurrecciones, los levantamientos. Organizada por el Jeu de Paume en París, donde tuvo gran repercusión (y antes de llegar, a lo largo de 2017, a Montreal, Ciudad de México, Sao Paulo y Buenos Aires), fue diseñada por Georges Didi-Huberman como comisario, aunque su título original Soulèvements (Alzamientos) se ha sustituido en Barcelona por Insurrecciones, debido a la perversión con que el golpe de Estado fascista de 1936 en España se apoderó para siempre de la palabra «alzamiento». La muestra cuenta con casi trescientas obras de más de cien artistas, aunque los contenidos y las piezas expuestas se adaptan a cada ciudad. Así, en Barcelona, aparecen imágenes relacionadas con la huelga general de 1909 (llamada «semana trágica» en el lenguaje conservador), con la guerra civil, la resistencia antifascista, con referencias a Puig Antich y a las protestas callejeras de los últimos años de la dictadura franquista.

Didi-Huberman parte de una reflexión sobre la forma en que los artistas han abordado la revuelta, y se interroga acerca de qué es lo que nos subleva, utilizando para ello señales e imágenes que le permiten realizar un viaje indagatorio dividido en cinco secciones: Elementos, Gestos, Palabras, Conflictos y Deseos. Es una tentativa que no persigue mostrar el valor histórico y la dignidad de la resistencia ante el poder, sino, simplemente, enseñar la forma en que el arte ha recogido esas revueltas, documentar cómo los artistas y fotógrafos han capturado la insurrección y la protesta en los dos últimos siglos. Es una aproximación estética (y política: no podía ser de otra forma), pero que huye del examen ético y de la tutela militante, aunque recoge los sentimientos y emociones colectivas que articulan las fuerzas que nos llevan a los seres humanos a la insurrección. Para ese itinerario, Didi-Huberman toma los grabados de Goya y llega hasta documentos y fotografías de nuestros días.

Insurrecciones, revueltas, insumisión, revoluciones: ese es el lenguaje de los rebeldes, que, en los siglos de apogeo del poder capitalista, codifican la acción y las palabras de hombres y mujeres socialistas, comunistas, anarquistas que sueñan con un mundo que termine con la codicia de déspotas, de negreros, esclavistas, mercaderes y explotadores del trabajo ajeno. Gestos y palabras que acompañan, que salen de las cunetas de la historia, de los rincones oscuros de la soledad para la composición de un cuerpo social que protesta, inmerso en el conflicto, en la lucha de clases, porque la revuelta surge de una voz, un pensamiento, y cifra una emoción, libera el peso muerto de la historia, recopila esfuerzos y derrotas para seguir avanzando: nada más emocionante que ver el esfuerzo titánico de los seres humanos, a veces en condiciones terribles, para conquistar la libertad, para imponer la justicia, entregando muchas veces la propia vida, como hicieron los miembros de la resistencia contra el nazismo, como los comunistas chinos o vietnamitas, como los militantes clandestinos bajo Franco, Mussolini, Suharto, Pinochet, Videla, y muchos otros dictadores. Nada más estremecedor que ver la determinación de tantos hombres y mujeres para resistir, ante la tortura o las mazmorras, ante los pelotones de fusilamiento, ante las horcas o los ganchos de carnicero donde colgaban a los comunistas los esbirros de la Guardia de Hierro fascista en la Rumania del siniestro Antonescu.

La revuelta surge, estalla, pero también se prepara. Siempre hay que estar organizando la rebelión. En 1868, Louis Auguste Blanqui publica Instrucciones para coger las armas. No es entonces un joven airado: tenía ya sesenta y tres años, y sabía que su panfleto era un instrumento más en la guerra al capital. Blanqui no tenía el rigor analítico de Marx para examinar el capitalismo, pero conocía perfectamente la importancia de las huelgas y movilizaciones obreras para acabar con el capitalismo, al tiempo que defendía la acción armada y la toma del poder por los trabajadores. En ese folleto no deja nada al azar, detalla incluso las calles parisinas donde deben levantarse las barricadas, y da instrucciones para su construcción, facilita orientaciones para los grupos de acción, imparte normas para los pelotones, para la defensa de los parapetos callejeros, para la vigilancia de las alcantarillas, y especifica la forma de actuar ante los incendios de los edificios que pueden quemar las tropas de la represión para acabar con la revuelta («Les troupes ne joueraient pas longtemps ce jeu-là. On ne fera pas de Paris une seconde Saragosse«). Blanqui (por quien Marx se mostró muy interesado, aunque era consciente de la debilidad de los planteamientos del provenzal) fue un hombre honesto, un revolucionario que pasó la mitad de su vida en la cárcel (¡llegó a organizar un atentado contra Thiers!), un dirigente que trabajó durante toda su vida para la insurrección, el levantamiento, la revuelta. La historia traza a veces inquietantes simetrías: Blanqui, como Enrico Berlinguer muchos años después, murió tras sufrir un derrame cerebral mientras hablaba de la revolución en un mitin. Las instrucciones de Blanqui son la misma apelación del poema de Erich Weinert al que puso música Hanns Eisler en 1929, cuando el fascismo ya asomaba y se oían los preparativos de cañones contra la Unión Soviética: «Ronda por el mundo un murmullo, ¿no lo escuchan, trabajadores? […] Obreros, campesinos, tomen las armas!»

«¿Qué es un hombre sublevado? Un hombre que dice no.» Las palabras de Albert Camus pueden aplicarse a todas las revoluciones fracasadas y triunfantes, a todos los esfuerzos para quebrar el silencio: a los bolcheviques de 1917, a los comunistas chinos de la Larga Marcha, a los barbudos de Sierra Maestra, a los guerrilleros de Indochina, a los partisanos de los Balcanes, a los combatientes africanos contra el apartheid, a los anarquistas de las barricadas obreras, a Buenaventura Durruti en el frente de Madrid y a Francisco Ascaso en las Drassanes barcelonesas; a Ernst Thälmann mirando a los esbirros de las SS que iban a fusilarlo ante el crematorio de Buchenwald ; a los prisioneros de los campos de exterminio nazis ante las alambradas electrificadas y ante los hornos crematorios, que eran capaces de resistir incluso en el infierno, en Dachau o en Mauthausen, en Treblinka o en Auschwitz.

La revuelta, la rebelión. A veces aplastan a un pueblo para muchas décadas: es el destino japonés tras el diluvio apocalíptico de la Segunda Guerra Mundial. Esas palabras también pueden destinarse a las revoluciones derrotadas, porque, a veces, sucumben, y llega el tiempo de la revancha, como en la URSS, como en Polonia, en Alemania o en Bulgaria. Entonces, la bandera roja de los pobres se sumerge en los tiempos del abatimiento, de la derrota, de la resignación, e incluso muchos adoptan el lenguaje del vencedor: ahí está el reciente homenaje de los trabajadores al fundador de Zara, Amancio Ortega; o el aplaudido discurso de que los jóvenes no quieren ataduras en empresas sino «trabajar en proyectos interesantes», anulando así los derechos laborales y la relativa seguridad conseguida durante más de un siglo por el movimiento obrero. Ahí está la aparición del miedo ante otros más pobres, la vergüenza de la xenofobia, el crecimiento del lúgubre y mezquino nacionalismo, el menosprecio a los trabajadores. En ese mundo de mentiras, el empresario explotador conquista la categoría de emprendedor que «crea riqueza», mientras los trabajadores viven gracias a que esos patrones les dan trabajo. Es la hipocresía del lenguaje de los defensores de una sociedad mercantil, donde todo se compra y se vende, incluso el cuerpo, las vísceras y la dignidad. Así, aparecen las «putas feministas», convirtiendo el centenario combate progresista contra la prostitución en el discurso contrario: los clientes de prostíbulos ya no son los miserables cómplices de una lacra social, sino generosos clientes; Camilo José Cela ya no es un censor franquista y un repugnante asiduo de burdel, sino, casi, un defensor del feminismo, porque, en ese discurso falsario, la prostitución ha pasado a ser un trabajo más, apelando incluso a la «libertad» para prostituirse. Incluso se ha llegado a la defensa de los «vientres de alquiler», también llamada «gestación subrogada» (porque denominarlos «embarazos de pago» resulta demasiado grosero), que convierten a las mujeres pobres en incubadoras de niños para quien pueda comprarlos, en gestantes humanas para burgueses con recursos. El delirio llega a la existencia de «proxenetas feministas», en una vergonzosa mercantilización del cuerpo de las mujeres que incluso ha llevado a que los más atrevidos defensores de esa venta del ser humano defiendan la prostitución infantil como una fuente de ingresos para países pobres. Por supuesto, en ese disparatado trayecto de adopción de la ideología del mercader y del cuartel, las convicciones históricas de la izquierda, el combate de anarquistas, socialistas y comunistas, queda relegado a la categoría de cachivache inútil, de referencias muertas, de vestigios obsoletos del pasado, y sus ideas a tópicos puritanos, a patrimonio de un racimo de caducos militantes, como las páginas de Simone de Beauvoir, como si las imágenes de René Vautier denunciando el colonialismo, o las palabras de Howard Zinn hubieran dejado de tener sentido.

El gesto de la revuelta convive con la sabiduría impostada de la resignación, que llega por todos los canales, por todas las pantallas. La adopción de la ideología y del lenguaje del capital conduce a la negación de la lucha de clases, a la destrucción del imaginario del movimiento obrero, a la colaboración inconsciente en el desprestigio de los sindicatos, al descrédito del trabajador, del habitante de suburbio, al cáncer invisible que denigra a los habitantes de barrios obreros y los presenta como lerdos y maleducados pobladores de polígonos industriales: lleva a configurar un mundo donde quienes hacen posible la vida social, quienes levantan cada día los países, quienes trabajan en fábricas y oficios industriales, en las duras ocupaciones de servicios, desde la hostelería hasta la limpieza o el telemarketing, en el cuidado de ancianos o en las panaderías, y tantas otras, son menospreciados, postergados, ridiculizados por esa pericia televisiva que envenena la dignidad y la alegría de la vida.

La memoria visual de los seres humanos contemporáneos está llena de basura, de escombros, de bazofia publicitaria, aunque entre esos detritus se encuentran imágenes que nos levantan de la mediocridad, de la abulia, de la resignación. En nuestros días, incluso cruzar fronteras se ha convertido en un signo de rebelión, aunque se haga con el gesto desesperado de quienes huyen de las guerras impuestas por el imperialismo en Oriente Medio. Esos refugiados nos recuerdan el abatimiento de los republicanos españoles en los campos de concentración franceses, en Saint-Cyprien y Argelès -sur-Mer , pero también la determinación de las nuevas Elisabeth Eidenbenz . Porque la memoria de la rebelión está llena también de gestos dignos que nos exponen ante nuestra propia responsabilidad: la mirada de los refugiados que escapan del horror nos interroga, el gesto de los trabajadores de Dacca, manifestándose en recuerdo de sus compañeros, levantando sus ojos horrorizados por la muerte de mil doscientos obreros que trabajaban en talleres infernales del Rana Plaza, un edificio que se hundió, nos devuelve a la radical injusticia del mundo.

Tract clandestin , de 1942, del Réseau Buckmaster, es una hoja-mariposa, una octavilla clandestina que se doblaba y que fue distribuida por la resistencia (la red Buckmaster, por el nombre del coronel Maurice Buckmaster) durante la ocupación alemana en Francia: muestra cuatro cerdos, con una inscripción en el centro, junto a unas líneas de puntos, que llama al espectador a buscar el quinto puerco: cuando se doblan de forma adecuada, revelan el gorrino: Hitler. Era un arma de resistencia, como l os puños de los republicanos españoles en las playas desoladas del sur de Francia en 1939, que nos remiten a los gestos proletarios del Chicago de los mártires anarquistas, a los campesinos del Novecento de Bertolucci, a los braceros de Miguel Hernández, a los espartaquistas ametrallados del Berlín de 1919, a la fotografía de Korda del Che Guevara, a las imágenes de Tina Modotti, y a los carteles chinos de la revolución, a la Libertad de Delacroix conduciendo al pueblo entre las barricadas de París de 1830, a la Pasionaria temblando para detener al fascismo en el digno Madrid del no pasarán. Esas multitudes levantando el puño, son acompañadas a veces por dadaístas, suprematistas, constructivistas, situacionistas, surrealistas, poetas y escritores, científicos y cineastas que ilustran el gesto de la rebelión, para mostrarnos las formas que adopta la cólera, el silencio paciente, la inquietud por la justicia, la revolución. Los clandestinos de Manu Chao, los dibujos de Ramon Martí Alsina, o la foto del pie sobre la svástica de Pere Català Pic, de 1936; los dibujos de Courbet o de Daumier (El motín, con el obrero que levanta el puño) son la mirada y el gesto de los hijos humildes de la tierra, el corazón turbulento de quienes no se resignan, la mano que aparta las tinieblas de la explotación. Ahí está la voz de Federica Montseny enfatizando la revuelta, dirigiendo la palabra a los obreros barceloneses que trabajaban en las fábricas colectivizadas; y la pasión de Dolores Ibárruri acompañando al grito de la libertad en los días del asedio de Madrid, y el miliciano de Arturo Ballester Marco, titulado 19 julio 1936, hecho en esos días de la rebelión fascista; y el gesto de Aleksandra Kollontái recordando la imprescindible aportación de las mujeres en la revolución bolchevique, en todas las rebeliones; y el ademán de Rosa Parks levantándose con entereza para poner sus manos negras sobre el mapa de la dignidad humana, y el empeño de Clara Zetkin o de Rosa Luxemburg; y el largo aliento de los pobres que identifica Tatlin cuando levanta la III Internacional, y el mono fabril de Ródchenko, y los carteles de Klucis: todos hacen referencia a los «sin nombre» que definió Walter Benjamin.

Había que «ordenar las revueltas, los actos desesperados, los intentos ahogados en sangre», como quería Frantz Fanon en Los condenados de la tierra. Si Israel busca la expulsión de los palestinos, o bien encerrarlos en ghettos eternos donde la segregación no se discuta, algo parecido pretende el capitalismo de la tríada USA-Unión Europea-Japón: si la expulsión no es posible, la periferia del mundo debe entregar sus riquezas, como en Oriente Medio, y ser condenada a ghettos donde sus habitantes trabajen por unas monedas: países y continentes, Bangla Desh y la India, Camboya y América Latina, África e Indonesia. Por eso, los obreros pacientes, los revolucionarios incansables, los reos que sostienen la estirpe de la rebelión, escriben volantes, estampan octavillas, ruedan pequeñas películas y videos, gritan las consignas de la revolución, mientras los burgueses cuelgan ornamentos en sus paredes impolutas y mantienen las pistolas de la represión. De manera que los insumisos quieren derribar los muros de las cárceles, las mazmorras del pensamiento cautivo, las rejas del miedo, para que surja el hombre rebelde de Camus, la mujer que corre de la Comuna de los federados al sóviet de Petrogrado, que va de los días de Lumumba a los años de lucha contra la segregación racial, que acompaña a Ángela Davis y a Fidel Castro en Sierra Maestra, a Pasionaria y a Berta Cáceres. Ordenar la revuelta nos lleva a la resistencia de las mujeres en Palestina, a las madres de la plaza de Mayo luchando contra el silencio con un pañuelo, con un gesto, invitando a refutar la mentira, a impugnar el poder.

¿Qué nos empuja a la rebelión? La conciencia de la injusticia, la desventura de la explotación, la cólera del esclavo, la humillación de Prometeo encadenado. Frente a esa muerte lenta de la opresión, siempre estalla el motín y la revuelta, la protesta, la sublevación, la insubordinación ante un poder miserable, y los rebeldes pintan las paredes de las ciudades porque el mensaje se estampa como un grito. Todos los derechos se han conseguido derramando sangre. Sade, que escribió su propio Elogio de la insurrección, apuntó: «la ley sólo existe para los pobres». El filósofo sabía que los ricos pueden comprar todos los tribunales del mundo. Bajo el capitalismo, la huelga y la barricada, que representan las imágenes del caos para el burgués, son la palabra codificada de la libertad, aunque muchas batallas acaben con las lágrimas de la derrota. Nos lo enseñan los dos daguerrotipos de Thibault, un fotógrafo aficionado del que apenas conocemos que vivía en el barrio parisino de Popincourt: el primero, La Barricade de la rue Saint-Maur-Popincourt avant l’attaque par les troupes du général Lamoricière, le dimanche 25 juin 1848 . El segundo, cuando ya han pasado las tropas, nos recuerda, aunque no los veamos, a los miles de muertos en las calles de París.

Hannah Arendt creía en 1969 que, en América y en otros continentes, «la desobediencia a la ley» se había convertido en un fenómeno de masas, aunque era consciente de que esa situación no estallaba en una revolución. Casi siempre es así, a la espera del fogonazo luminoso de otra revolución triunfante que haga avanzar el derecho y la dignidad de la gente común. En estos largos años, la derrota y el retroceso tras la desaparición de la URSS parecen llevarnos de nuevo a los tiempos sombríos que observaba Bertolt Brecht: «Es cierto que aún me gano la vida/pero, creedme, es pura casualidad». Esa angustia que expresa la Montserrat gritando, de Juli González, en 1940; o sus esculturas de dos manos levantadas, de 1942; que muestra Eisenstein con sus marineros del acorazado Potemkin comiendo carne podrida, que denuncia el temor y la inteligencia de Pasolini, analizando el monstruo del capitalismo que muta y se transforma, ese anhelo de Paul Éluard en sus versos: «nací para conocerte/para cantarte/Libertad», conviven también con nosotros. La estremecedora imagen de El obrero en huelga asesinado, del fotógrafo mexicano Álvarez Bravo, que trabajó con Eisenstein y fue amigo de Tina Modotti, tomada en 1934, nos muestra el cadáver del trabajador tendido en el suelo, con el reguero de sangre que se escapa de su cabeza, es semejante a las víctimas que caen bajo las balas de la represión ahora mismo. Grosz, que revelaba el hedor de la decadente burguesía, habla el mismo lenguaje que la Intifada palestina cuando lucha por su tierra. En Víctor Jara y en la Banda Bassotti, en Los Chikos del Maíz y en Silvio Rodríguez, resuenan las voces de las fundiciones, de los lavaderos de Bombay, de las plantaciones brasileñas. Esta es, tal vez, una época sin ilusiones, como escribió Walter Benjamin de la suya, en 1933. Mientras arrebatan derechos a las nuevas generaciones, es inevitable que muchos corran tras espejismos, pero el mensaje de las mariposas de los partisanos franceses, en aquel volante de Mayenne que enseñaba cuatro cerdos, el anuncio de la resistencia, no ha caducado. El Estado siempre califica a las revueltas como violencia, como en las justificadas ocupaciones de fábricas, pero no duda nunca en utilizarla.

El poder establece los límites, detalla las palabras que podemos pronunciar, pero no puede saber cuándo va a estallar la revuelta, cuándo la paciente reconstrucción de la razón socialista va a inaugurar otra revolución en ese largo camino hacia la dignidad. Si la policía o el ejército se detienen ante la multitud que protesta, la revuelta triunfa, como en Petrogrado en marzo de 1917, cuando las mujeres salieron a las calles, inaugurando un tiempo nuevo, como con Robespierre, cuando la revolución francesa introduce un nuevo calendario, porque la existencia cobra otro significado.

Las barricadas cierran las calles, pero abren los caminos. Justo en el centenario de la revolución bolchevique, el viejo mundo que se ahoga en el miedo y el hedor de la explotación, parece resistir, pero va a sucumbir ante las nuevas rebeliones. Marx nos ofrecía materiales para la reflexión y la revuelta, y, en su estela, pronunciando los términos de la revolución, ¿cómo no sentir en las gargantas obreras que cantan Der heimliche Aufmarsch , la marcha secreta de Hanns Eisler, el persistente, digno y tenaz esfuerzo de las catacumbas de la historia por conseguir la libertad? ¿Cómo no temblar ante esas voces del Alentejo que acompañan a Zeca Afonso en Grândola , Vila Morena ? ¿Cómo no vibrar ante el susurro de la Varsoviana que, de pronto, se convierte en un clamor de trabajadores?, ¿cómo no emocionarse ante el canto de la Internacional en las manifestaciones obreras en la gigantesca huelga general de la India en 2016? A veces, una canción, un gesto, una mirada, una marcha, inicia las palabras de la insurrección, de la revolución, y la humanidad nace de nuevo.  

Der heimliche Aufmarsch: https://www.youtube.com/watch?v=8S0I0J_fXLo  

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.