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Las razones de la paciencia

Fuentes: Progreso Semanal

La percepción común, el pulseo diario entre los cubanos como uno de tantos, me facilita sacar una conclusión: muchos continúan cediéndole una oportunidad al núcleo humanista que pervive de la revolución del 59. Cierto, algunos no saben explicarlo; otros, los más politizados lo justifican convocando un careo entre el presente, el pasado y el previsible […]

La percepción común, el pulseo diario entre los cubanos como uno de tantos, me facilita sacar una conclusión: muchos continúan cediéndole una oportunidad al núcleo humanista que pervive de la revolución del 59. Cierto, algunos no saben explicarlo; otros, los más politizados lo justifican convocando un careo entre el presente, el pasado y el previsible futuro. Y la conclusión es similar a la de un poeta casi octogenario que, hace poco, me confesó la incalculable desgracia que para Cuba sería la caída de la revolución. Y al preguntarle por qué, desarrolló sus argumentos.

Es decir, tiene razones, más o menos similares al de este comentarista. Los cubanos que dentro del archipiélago aún confiamos en la revolución y la posibilidad del socialismo, no carecemos de argumentos, como vocean ciertos internautas por esos predios, que oscilan entre la ilusión y la decepción, del llamado exilio cubano. La prepotencia no les permite a «los duros» de Miami o de Madrid atisbar por las rendijas a través de las cuales es cómo se ve, en posición de certeza, la realidad cubana.

Desde la impunidad del exilio –exilio, que a diferencia de la emigración, es beligerancia, voluntad de regresar para retomar el poder perdido- puede resultar un acto fácil e irresponsable creer que los cubanos de la orilla meridional, el lado de acá, del estrecho de La Florida, acuden más bien a la doble moral para mantener formalizada una militancia o fe revolucionaria. Llegado el momento de las definiciones todo es apariencia, oportunismo. O incapacidad para identificar lo que defienden. Pero hay preguntas que en Cuba se encaran de dos formas diferentes: con la respuesta que no se precisa, pero se siente, y con la respuesta que se sabe y también se siente. Vamos, pues, a responderles, sin incurrir en el mismo error, esto es, no negamos arbitrariamente las circunstancias que estorban y amargan el convivir en Cuba. Es verdad, la doble moral repta en Cuba; el oportunismo también silba su culebreante apetito junto con el signo de interrogación de la ignorancia política. En Cuba, hoy, no parece ser una acción demasiado sencilla enumerar las razones de por qué defendemos la revolución y el socialismo.

Ahora, tras casi 20 años del llamado período especial, con su cola de insuficiencias, deficiencias, carencias, equívocos, errores, ausencia de un programa claro, no se puede decir que la obra revolucionaria sea el primer imbatible argumento para defender la causa del 59. La obra material se deterioró, y, por ejemplo, si la revolución construyó el 60 por ciento de las carreteras, y casi el total del sistema electro energético y los hospitales y las escuelas, hoy la mayor parte redujo sus valores principalmente por falta de recursos. Aquí falta todo y nada más. Y así, sobra repetirlo, estos últimos 20 años han compuesto un tiempo de resistencia negada a perecer ante el cerco económico y político de un vecino tan poderoso como los Estados Unidos, o a no convertirse en víctima mortal de los reajustes históricos que suspendieron en su examen al socialismo europeo, ese socialismo calificado de real, y muerto por la paradoja de sus bases de ficción.

Muchos cubanos sufren hoy el divorcio entre lo que debía haber sido y lo que es. Sufren e incluso dudan. Mas, entre las junturas de las insuficiencias y las deficiencias sienten, más que ven, que la revolución ha sido una empresa creadora, y que a pesar de sus turbulencias y caídas aún palpita dentro de su núcleo más humano, más justo, una oportunidad para el mejoramiento material y ético. Son como el carbonero de la socorrida anécdota católica, que defiende, con su rastrillo en guardia, el ABC de una fe que le pertenece, pero no es capaz de entender y enriquecer.

Otros, en cambio, sufren, pero no dudan. Saben que la Revolución nació defendiéndose y no desconfían de una verdad cuyos desmentidos se disuelven como la espuma: los Estados Unidos y sus aliados criollos y extranjeros no la quieren, porque irrumpió en la historia del país como la reencarnación del proyecto trunco de la república cordial, justa, decorosa, de José Martí. Por ello, las águilas de la codicia se percataron tempranamente de que el cambio de hombres en enero de 1959, era también cambio de esencias y de clases. El odio de la contrarrevolución, por tanto, ha sido lúcido. Lúcida su lectura de de la justicia que porta la revolución en sus raíces, y empezó a atacarla ya no tan lúcidamente, sino cruel y mezquinamente, aunque se apropien de palabras claves como libertad y democracia y nos las ofrezcan como panacea contra los deseos rotos o aplazados.

Pero no desesperan los que persisten en la aventura quijotesca de salvar o salvaguardar lo más patriótico y generoso de la revolución del 59. Leen también con lucidez el reloj de las circunstancias, aunque sus manecillas giren en contra del sol. ¿Por qué defendemos la revolución socialista o su núcleo vigente? Porque es, como me dijo aquel viejo poeta, la única garantía de preservar, sin ninguna otra opción plausible hasta hoy, la independencia política frente a la metrópoli frustrada que, con respecto a Cuba, habita en Washington y tiene sucursal en Miami.

Quién será capaz de descifrar, en un alfabeto coherente, esta pregunta: ¿Pueden proteger la independencia, proyecto primordial de Martí o del Padre Varela, los cubanos que cobran el precio de sus acciones contra el gobierno de La Habana en las ventanillas del presupuesto federal? Desde nuestro lado más bien pensamos que actúan a favor de la dependencia, contrayendo una deuda mercenaria, como los guerrilleros vestidos y calzado por España durante las guerras independentista del 69 y el 95.

Y defendemos a la revolución, además, por que aun con toda su pobreza coyuntural y sus errores sistemáticos o circunstanciales, es la única capaz de implantar y perfeccionar la justicia social. ¿O acaso les interesa la justicia social a los paladines del grito que en el extremo –incluidos los que hasta hace poco pasaban en Cuba por «revolucionarios»– hacen coro a las acusaciones, infundios, intrigas, amenazas, contra la supervivencia de la revolución, o aceptan las historias contadas mediante textos truculentos? Nos parece que piensan tanto en ella como el león repara en el derecho a existir de la frágil gacela. Esto último quizás sea la verdadera posición del «exilio histórico» y de los «exiliados tardíos».

Aquí, en el archipiélago, solo sintiéndolo o a sabiendas desde el pensamiento, muchos creemos que el porvenir no puede reservarse en Cuba como habitáculo de las compañías norteamericanas, ni como sótano festivo de la mafia heredera de Luciano o Lansky, ni como tierra de weekend de cuantos por allá, por el exilio» aspiren a comer del plato del león, aunque sean las sobras que tocan a las hienas.

Como ven, hay razones para aguardar por una política nacional y revolucionaria que perfeccione, dotándolas de flexibilidad y realismo, las rígidas consignas, la anquilosada mentalidad de nuestros conceptos. Según la experiencia, cambiar equivale a sobrevivir; la resistencia pasa por la readecuación. Resistir supone también depositar la esperanza en el banco… de la paciencia. Pero ahora no podré decir, bajo riesgo de festinación, hasta cuándo.

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