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Entrevista a Eliades Acosta, responsable del departamento de cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba

Los intelectuales cubanos apoyan los cambios revolucionarios

Fuentes: Kaos en la Red

Es un hombre que escucha. Lo dice el mundo intelectual cubano y esa «carta» avala a Eliades Acosta, al frente del departamento de cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, tanto como su quehacer alrededor de la investigación histórica, de la creación literaria y su impulso a la Biblioteca Nacional José Martí y […]

Es un hombre que escucha. Lo dice el mundo intelectual cubano y esa «carta» avala a Eliades Acosta, al frente del departamento de cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, tanto como su quehacer alrededor de la investigación histórica, de la creación literaria y su impulso a la Biblioteca Nacional José Martí y al sistema de bibliotecas del país.

Llegó a su oficina actual en una etapa de confrontaciones, de replanteos de mecanismos, de señalamientos públicos de problemas, algunos hasta ese momento subterráneos.

¿Qué panorama usted se encuentra al asumir la dirección del departamento de cultura del Comité Central?

Hacía 17 años que no había departamento de cultura en el Partido. Para no constituir una carga demasiado o­nerosa para el Estado en un momento económicamente difícil, la estructura del Partido se contrajo en ese período.

Hubo muchos funcionarios que se enviaron directamente a la base y dentro de esa reducción el departamento de cultura, que tenía un trabajo sostenido (recuérdese que había sido dirigido brillantemente por Sergio Corrieri, entre otros compañeros), dejó de existir. Fue una contracción en momentos muy duros para el país, que afectaron directamente la cultura y sus instituciones. No quiere decir que no hubiera diálogo, en esa época Fidel estuvo particularmente cerca de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la labor cultural.

En julio de 2006 se reestableció el secretariado del Partido y se tomó el acuerdo de reconformar el departamento de salud, el de ciencia y el de cultura.

Ahora estamos en otro momento, un momento de transformaciones revolucionarias. El país está repensando sus estructuras, el propio Partido está repensando sus relaciones con la sociedad para buscar un diálogo más directo, más eficaz, y una mayor participación del pueblo en las decisiones.

En la etapa del antiguo departamento de cultura no existían todas las instituciones que hay hoy, ni el sistema empresarial del Ministerio de Cultura ni la nueva oleada de instructores de arte, la Brigada José Martí. Además, se nos suma la atención a la programación cultural de la radio y la televisión. Los retos son muy grandes, hay muchos problemas.

¿Pudiera profundizar en esas tareas y en esos problemas?

Hay necesidad de replantearse el papel de las instituciones culturales con respecto a la creación y a los creadores. Es algo por lo que están clamando los propios creadores en las reuniones previas al Congreso de la UNEAC. Nos hemos reunido con artistas e intelectuales, con consejos de dirección, con secciones sindicales, con la UNEAC, con los funcionarios del Ministerio de Cultura. Hemos estado visitando las provincias, las instituciones, las casas de los creadores y nos hemos encontrado una lógica aspiración a que se actualice la legislación. Hay un nuevo escenario en el país, con cambios económicos, sociales, se ha elevado el nivel cultural del pueblo cubano, e incluso han aparecido desigualdades indeseables. Esto en lo tocante a los creadores y a la Ley de Derecho de Autor, por ejemplo.

Hay reclamos, además, de actualizar la relación entre las instituciones y los creadores, de redefinir para qué sirven las instituciones, cómo representan, cómo acogen, quién decide si se promueve una obra o no, cuáles son las facultades que tiene una institución, los derechos y deberes en relación con los creadores, cuáles son los derechos y deberes de estos con respecto a las instituciones, cómo pueden los artistas e intelectuales tener una participación más activa en la toma de decisiones, cómo pedir cuentas por el trabajo de los funcionarios, cómo reclamar una atención que tiene que ver con quejas, opiniones, sugerencias, ¿quién atiende las reclamaciones? ¿cuándo? Es importante que se atienda a todos, independientemente de que sea un creador de primer nivel o la recepcionista de una biblioteca. Todos tenemos derechos, la Constitución nos ampara, la Revolución se hizo para que el pueblo tuviera derechos y los ejerciera, y los funcionarios están obligados a atender, a respetar, a dar curso y en la medida de lo posible a resolver los problemas, teniendo en cuenta que algunas soluciones pasan por la economía en momentos en que el país sigue estando en un período difícil.

Es saludable cada cierto tiempo repensar lo hecho, calibrar cómo ha evolucionado la sociedad porque cuando tú introduces un cambio en un sector, eso repercute en el sistema entero. Se trata de un sano ejercicio del buen gobierno.

¿A qué atribuye usted la llamada «indigencia crítica» que lastra los medios en Cuba?

A varios factores. Está el abuso de prácticas institucionales para limitar la crítica, no podemos obviar que por muchas razones y durante mucho tiempo molestaba el cuestionamiento. El enemigo usa, es cierto, nuestros errores y nuestras críticas.

También nuestro silencio

También. Usa todos los vacíos que dejamos. La crítica puede ayudar a resolver nuestros problemas, los silencios nunca resuelven nada. Puestos a escoger, optamos por la crítica. Debe quedar atrás esa práctica de silenciar los problemas, alrededor de la cual no siempre está la buena intención de ayudar a la Revolución, sino también la de cuidar cargos o posiciones, posturas acomodaticias y lesivas al clima ético de una sociedad.

Institucionalmente la crítica no siempre se permitió, ni se comprendió ni se estimuló. Eso crea una actitud reflejo en quienes están obligados por su trabajo a ejercerla. Por cierto, no se trata de una tarea de un gremio, la crítica es una condición consustancial al ser humano.

Se creó una especie de síndrome de autocensura: «me voy a buscar problemas si entro en un tema escabroso», «para no buscarme problemas voy a comulgar con la medianía». Se va formando entonces un vacío muy peligroso y aunque la sociedad crezca económicamente, decrece moralmente en ese clima. Los silencios son fatales en una sociedad, los olvidos, la autocensura o la censura desmedida porque la hay en todas las sociedades divididas en clases, donde hay Estado hay censura.

A veces se disfraza bien

Se disfraza bien muchas veces a partir del mercado, pero volviendo a Cuba, ha sido beneficioso para salir de esa trampa, el llamado al debate a partir del discurso de Raúl del 26 de julio en Camagüey. El propio Raúl, que está al frente del Partido y el Estado, y con toda la autoridad moral que le asiste, le ha dicho al pueblo que éste es el momento de discutir «a camisa quitada» nuestros problemas. Hay un documento del Buró Político, además, que respalda la crítica en los medios, pero ¿qué hemos encontrado? Hay recelo, hay inercia, hay gente que ya no está preparada porque son muchos años y les cuesta trabajo pasar la barrera psicológica. Pero si leemos la prensa y si leemos también esa gran prensa no institucional, los correos electrónicos (que vinieron para quedarse), vemos que la gente está participando. Se nota una muy saludable activación del espíritu cívico de los cubanos. En los debates a partir del discurso de Raúl han participado más de cinco millones de personas y se han hecho un millón 200 mil planteamientos.

¿Cuando se habla de un reacomodo del país, que entiende usted como posible y conveniente?

Las dos cosas están íntimamente ligadas. Recuerdo una frase de Marx que luego retomó Lenin, una frase profundamente revolucionaria y dialéctica que dice «toda contradicción porta en su seno su propia solución». Julio Verne lo decía de otra manera con aquello de «todo lo que un hombre puede soñar, otro hombre lo hará realidad». Las aspiraciones de la sociedad cubana, expresadas en las discusiones a propósito del discurso de Raúl, en la calle, en las familias y en los núcleos del Partido, son posibles y necesarias. Son aspiraciones al bienestar material, a que usted pueda sustentarse y sustentar a su familia con el fruto honesto de su trabajo. Son aspiraciones al desarrollo personal y social, a mayor acceso al conocimiento, a una vida más plena, basada en principios revolucionarios. Todo redunda en una sociedad más eficiente, más participativa, que reconozca y respete la diferencia, que no se disgregue ni se ponga al servicio de una potencia extranjera.

Lo que es necesario hacer en el país pasa por la eficiencia, la participación, por garantizarle a las personas una mayor cuota de responsabilidad, derivada de que se sientan co-responsables de las decisiones.

Aspiramos a una sociedad que hable de sus problemas en voz alta, sin temor, en la que los medios reflejen la vida sin triunfalismo, en la que los errores sean ventilados públicamente para buscar soluciones, en la que la gente pueda expresarse honestamente, donde la economía funcione, donde los servicios funcionen, donde los cubanos no se sientan ciudadanos de menor categoría en su propio país por algunas medidas que en su momento fueron imprescindibles, pero que hoy son obsoletas e insostenibles, una sociedad donde haya mucha información y variada, donde haya productos culturales de alto nivel, donde podamos estar en comunicación con el mundo de una manera natural y sepamos defender las esencias de nuestra identidad y las conquistas de la Revolución misma.

No es la tarea de nadie en particular, de ningún genio. Será el pueblo de Cuba, el Partido, fuerza rectora de la sociedad, somos los revolucionarios los que estamos obligados a hacerlo y los que podemos hacerlo. Dicen los chinos que «el viaje más largo empieza con un paso». Ese paso fue la discusión a que nos llamó el Partido para renovar un consenso y a partir de aquí ir resolviendo los problemas, que son muchos y muy complicados pero éste es un pueblo con una cultura y una conciencia política muy alta.

¿Qué no puede faltar en la política cultural cubana de los próximos años?

Toda política cultural forma parte de un proyecto mayor. No se trata de un divertimento que se aplica a un grupo humano, la política cultural es el mecanismo a través del cual la sociedad en su conjunto estimula la creación, la promoción, el acceso, la participación de los diferentes estamentos en la gestión cultural para que eso se revierta en bien de la propia sociedad. Todo lo que hagamos tiene que ir a favor de la plenitud del hombre y la sociedad, y hay que tener en cuenta que en Cuba las políticas son para todos.

Hay que pensar en cómo fortalecer la enseñanza artística y en cómo proteger y promover mejor las culturas populares.

Entiendo entonces que hay insatisfacciones al respecto

En todo. Estamos en un momento por el que toda sociedad atraviesa en el cual hay un grupo de formas de hacer que requieren un salto a otro nivel. Se trata de ese momento de quiebra y de transformación revolucionaria, que es dialéctica. El mundo no se va a acabar porque haya muchas quejas. Hay una especie de malestar compartido que es temporal en la medida en que los moldes que nos aprisionan se rompan y encontremos una nueva expresión para lo que hemos formado nosotros mismos.

Este país tiene un nivel cultural que envidiarían potencias mundiales, por lo tanto, este país está insatisfecho con su radio y con su televisión porque quiere que sean más cultas, que reflejen mejor la realidad y las aspiraciones de la gente. El graduado de arte, por ejemplo, tiene una preparación mayor que los que se graduaban antes, y tiene unas aspiraciones diferentes, por lo tanto las instituciones tienen que ir evolucionando con el nuevo material humano.

Hay muchos problemas, materiales, de salario, de derecho, que son como bombillos rojos y nos indican la necesidad de cambios. No hay que ponerse bravo, no se trata de un cuestionamiento al trabajo de nadie, no estamos negando de dónde venimos ni los aportes fundacionales de otros, no es dejar de reconocer a los que se han sacrificado sobre todo durante el Período Especial por mantener las conquistas sociales.

Se necesita oír mucho para poder actualizar esas políticas. El primer paso para tomar una decisión honesta que tiene que ver con otros seres humanos es saber escuchar y ser humilde, si usted parte de esa premisa, la gente contribuye, participa, y los errores tienen que ser menores.

Sabemos que la cultura cubana es una cultura de pensamiento, hay una serie de figuras que avalan esta afirmación, pero además como país caribeño el baile está hondamente inscrito en nuestra identidad. ¿Qué opciones se abrirán al respecto para el cubano de a pie, el que no tiene acceso a los dólares?

Todo lo que se ha hecho es insuficiente, exige ser repensado para entrar en una nueva fase. He estado en la inauguración, por ejemplo, de casinotecas en zonas muy humildes de La Habana, muy populares, y vi con qué agrado la gente recibía esas instalaciones. Mientras eso ocurre, los carnavales languidecen.

No se han podido resolver todavía espacios regulares, sistemáticos, pero hay todo un plan, un programa. El rock, por ejemplo, tiene su público, hay que respetarlo, forma parte de la identidad nacional, y necesita sus espacios.

Está el tema de los bailables, que no pueden limitarse a los fines de años y las fechas patrias. Todo esto pasa por recursos, debemos recordar las tensiones que ha vivido el país, ahora mismo el precio del barril de petróleo está casi a cien dólares, y a eso se suman los daños por los eventos climatológicos.

De todos modos, nos falta una mirada sistémica a nivel de territorio, las soluciones han estado parceladas: «esto es de cultura», «esto de gastronomía», «esto de educación». Y hemos visto los problemas de una manera muy tradicional, no hemos potenciado un pensamiento colectivo para avanzar, con honrosas excepciones. Cuando usted va, por ejemplo, a Granma, y ve lo que se está haciendo en Bayamo, uno se asombra de que en una provincia con relativamente modestos recursos se observe un panorama tan alentador con las instituciones culturales y los establecimientos gastronómicos que se han abierto, la mayoría en moneda nacional, el entorno culto que se está creando, el recién inaugurado Guiñol (uno de los mejores de Cuba), el recién inaugurado teatro. ¿Por qué ahí se logra y en otros lugares no? Habría que indagar en la cultura de los funcionarios, en su sensibilidad, pero también en el accionar del pensamiento colectivo. Estoy seguro de que allí hay una especie de «parlamento cultural» que toma decisiones, donde la UNEAC es importante, la Asociación Hermano Saíz es importante, la Unión de Historiadores lo es. Los artistas, los intelectuales participan, tienen que ver. Estuvimos allí el Día de la Cultura Cubana una serie de compañeros, entre ellos Abel Prieto y Ricardo Alarcón, y sentimos un clima de satisfacción. No es que no haya problemas, pero la gente tiene confianza. Hay problemas que tienen soluciones locales, en ciudades grandes ya es un poco más complicado, pero de todos modos la participación es decisiva.

En cuanto al patrimonio azucarero, ¿qué ha pasado?

Una debacle. A pesar de haber estado previsto en la tarea Álvaro Reinoso la protección del patrimonio, la preservación de las tradiciones, el cuidado de los archivos, la realidad no funcionó así.

Hubo una llamada de alerta de la Unión de Historiadores de Cuba y el Partido de inmediato se volcó a resolver el problema. Unimos fuerzas el departamento de ciencia, el de cultura y el agropecuario, convocamos al Ministerio del Azúcar, al Consejo Nacional de Patrimonio, a la Unión de Historiadores de Cuba. Se presentó un informe muy crítico de la situación porque por burocracia, inercia, falta de control, falta de denuncia social, se dañó una parte del patrimonio. Volvemos a la importancia de la prensa y de la sociedad activada: ese problema venía caminando, saltó por los historiadores, pero debió haber saltado por la prensa local primero o por la nacional, debió haber saltado en las rendiciones de cuenta del Poder Popular, por los núcleos del Partido. No quiere decir que no haya ocurrido, pero no tuvieron el efecto esperado, por tanto algo falló en los mecanismos.

Se perdió irremisiblemente una parte del patrimonio, por suerte no la mayor ni la más valiosa. A partir de eso se hizo un recorrido nacional, ahora estamos haciendo el segundo en el mismo año, lugar por lugar, análisis, medidas inmediatas para salvar los archivos e ir revirtiendo la situación. En cuatro o cinco meses se ha detenido el proceso de deterioro y se mantiene una labor sistemática con el Partido al frente para poder llegar a un estado irreversible a favor del patrimonio. Es un ejemplo de lo que no debió pasar, pero también es un ejemplo de respuesta rápida ante un problema esencial para la memoria de este país.

¿En lo relativo al patrimonio eclesiástico?

A partir de análisis convocados por el Partido, se creó una comisión estatal presidida por Carlos Lage que ha venido haciendo un levantamiento de la situación del patrimonio documental, entendido por documentos en cualquier soporte, y se presentó recientemente en las mayores instancias de decisiones del país, una especie de programa por etapas para el cual se destinaron recursos.

Se incluye en este programa el patrimonio eclesiástico, que llena un inmenso vacío para los historiadores y para la nación porque los archivos de nacimientos y defunciones se hallaban en las parroquias. Hay un trabajo mancomunado, se han destinado recursos importantes en distintas esferas para que en cinco años la situación esté estabilizada. Esto incluye la participación internacional en proyectos de salvaguarda del patrimonio.

¿Qué espera del venidero Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba?

Una nueva UNEAC, que en alguna medida nos recuerde la de los inicios, pero que sea la de hoy. Una UNEAC viva, que permita que ese enorme reservorio cívico, ético y cultural de nuestros artistas e intelectuales se revierta en el erfeccionamiento de nuestro país, en el futuro de la verdadera cultura cubana. Que no sea una agencia de viajes, ni una agencia de comercialización, ni un lugar para beber, que no favorezca capillas que luchan por cuotas de poder, ni cree caldos de cultivo a egoísmos. Creo en una UNEAC viva, valiente, cívica, escuchada y respetada.