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Los levantamientos árabes serán de género

Fuentes: Jadaliyya.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Los derechos de las mujeres y la reglamentación de las normas de sexo y género en el mundo árabe llevan mucho tiempo atrayendo la atención de activistas locales e internacionales además de políticos y ONG asimismo locales e internacionales. Este año, los actuales levantamientos en el mundo árabe han puesto de relieve algunas de las formas dominantes en las que se enmarcan, se clasifican por género y se politizan los derechos sexuales y corporales. Estas formas pueden agruparse bajo tres amplios capítulos, cada uno de los cuales se merece un amplio estudio: Uno, la ecuación de género respecto a las mujeres y/o las minorías sexuales y de género. Dos, el temor a los islamistas. Tres, el uso de la violencia sexual y de género para disuadir o desacreditar las protestas y a los revolucionarios. Tal enfoque selectivo sobre los derechos corporales y sexuales confunde las dinámicas de poder y los contextos que están siempre en juego cuando se discute sobre una cuestión particular política, histórica o económica.

Es una vieja queja que el estudio de «género» es de hecho un estudio sobre gente que no son hombres heteronormativos blancos (i.e. no están racializados). Esa ecuación oculta que el género no es algo de lo que uno pueda salirse. No es una lente analítica que pueda mantenerse y desplegarse según las prácticas genitales y/o sexuales del grupo o tema en estudio. Así hemos visto a periodistas y académicos escribir sobre los «manifestantes» sin mencionar el género hasta llegar a las «mujeres manifestantes». El mismo despliegue de género se utiliza para hablar de ciudadanía en general, donde la palabra «ciudadano» aparece como una categoría universal y sin marcas hasta que los estudios «femeninos» y/o ciudadanos «LGBTQ» [lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y otros] (y, a propósito, no ciudadanos) alteran esa quimera. Cuando leemos acerca de «mujeres manifestantes», ¿estamos asumiendo que todos los análisis previos sobre «manifestantes» iban sobre hombres? Si es así, ¿por qué no se tiene esto en consideración para el análisis? ¿Es que los hombres no tienen género? ¿Es la ciudadanía una categoría sin género e indiferenciada excepto cuando se habla de ciudadanas? Si creemos que es importante atender a las cuestiones de género para entender cómo las mujeres viven sus vidas, entonces, ¿por qué no extendemos la misma cortesía a los hombres? La ecuación de género con los varones no heteronormativos es tan vieja como la génesis misma de los «estudios de género». Estamos viendo cómo esta ecuación se desarrolla de nuevo en la cobertura y análisis de los levantamientos árabes, donde un estudio de «género» se ha convertido en sinónimo del estudio sobre las mujeres y los LGBTQ árabes.

Los estudios sobre la masculinidad es un campo robusto y creciente y debemos estar vigilantes a la hora de cuestionar las formas en que se despliega y se oculta el análisis de género. Todo el mundo tiene género, al igual que todo el mundo, ricos y pobres y clases medias, pertenece a una «clase». En realidad, el actual despliegue de una analítica de género es similar al estudio de las quejas, experiencias y ansiedades de clase de solo la mitad de la población egipcia o siria, por ejemplo. La asunción de que la clase socio-económica es solo una analítica para estudiar a aquellos que no son miembros de las clases privilegiadas reproduce las dinámicas políticas, económicas alianzas e intereses nacionales e internacionales. De la misma forma, la división de justicia de género desde la justicia económica se presta en sí a debates acerca de las «cuotas» femeninas en diversos parlamentos que no tienen en cuenta la necesidad de la diversidad económica entre sus parlamentarios.

Una segunda modalidad imperante a la hora de enmarcar por género y politizar los levantamientos es el temor a los islamistas. Como los islamistas ganan terreno en Egipto, Túnez y Siria, continúan enconándose las preocupaciones por sus potenciales políticas de género. Aunque esas preocupaciones e interés son ciertamente importantes, ¿por qué en estos momentos tienen tanta acogida solo cuando se refieren a islamistas? Después de todo, ¿es que tenemos acaso en toda esta época partidos y potencias políticas árabes no islamistas que tengan unas maravillosas y progresivas políticas de género?

Este temor selectivo a los islamistas se basa en asunciones consabidas sobre el Islam (terrorífico) frente al laicismo (confortable/cálido y confuso) y otras religiones (¿eh?). Así la victoria de los islamistas en las elecciones egipcias es causa de ansiedad (acerca de lo que podrían hacer) entre las feministas y activistas de género internacionales, además de grupos e individuos tales como The Center for Secular Space y Hillary Clinton. Pero escupir a las niñas de ocho años o apedrear a las mujeres (sí, apedrear), que viola el código de género del judaísmo ortodoxo, solo se merece una cabecera en los periódicos no un discurso sobre los derechos de la mujer y el patriarcado en Israel o en el judaísmo. Pero estoy segura que si a las mujeres se las escupiera o apedreara en las calles de Homs si no llevan el hijab, todo giraría en torno al Islam y a los peligros que el levantamiento sirio supone para las mujeres sirias.

De forma parecida, la victoria de los islamistas en las elecciones tunecinas crea temores por lo que puedan hacer en relación con los derechos de las mujeres y de los LGBTQ, pero el libro de cabecera de Rick Santorum que avivó la campaña/cruzada anti-gay y anti-feminista en EEUU no dice nada acerca de las políticas de género de la cristiandad. Además, muchos árabes laicos rechazan las elecciones tunecinas y egipcias sobre todo porque ganaron los islamistas, y muchos tratan también de desvalorizar el levantamiento sirio etiquetándolo de «islamista». Curiosamente, muchos de esos pensadores condenaron rápidamente (y de forma justa) la negativa de Israel y los EEUU a trabajar con Hamas tras la victoria electoral de este movimiento. Parafraseando a Fawwaz Traboulsi: «Ganaron los islamistas. ¡Aguántate!» Traboulsi destaca también el punto de que ahora que están en el poder, se deberá responsabilizar a los islamistas por todas las promesas fantásticas que han hecho durante décadas. Ahora veremos, por ejemplo, si el Islam, o esta rama del Islam, es verdaderamente la respuesta al crónicamente atascado sistema de saneamiento en El Cairo. Por su parte, algunos periodistas de los medios dominantes se han obsesionado con encontrar a las mujeres por las calles de Siria. Cuando las encuentran se ponen a describir sus ropas con una atención y un detalle como si fuera algo que tuviera significados profundos. Así pues, las mujeres que se manifiestan en Siria van «vestidas o no a la occidental», tienen o no «aspecto laico», y algunas de ellas (lo crean o no) tienen novio y beben alcohol.

La igualdad y la justicia de género deberían ser objeto de las políticas progresistas sin que importe quién está en el poder. Un temor selectivo a los islamistas cuando se trata de los derechos de las mujeres y de los LGBTW tiene más que ver con la islamofobia que con la preocupación auténtica por la justicia de género. Lamentablemente, los islamistas no tienen una licencia exclusiva para practicar el patriarcado y la discriminación/opresión de género en la región. El estado laico lleva haciéndolo así durante el último medio siglo.

La tercera cuestión enumerada en las primeras líneas para entender los discursos dominantes relacionados con los levantamientos es la utilización de la violencia sexual y de género para desanimar o desacreditar las protestas y los revolucionarios. El régimen de Mubarak y el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) han utilizado la violencia sexual para desanimar y desacreditar a los manifestantes y revolucionarios egipcios.

A las mujeres que se manifestaban y a las activistas se las sometió a «pruebas de virginidad», a brutales palizas y acusaciones de inmoralidad. En realidad, donde quiera que se haya producido un levantamiento, el régimen en cuestión ha propagado un discurso de inmoralidad entre las mujeres y los hombres que se manifestaban. En el Yemen, las fuerzas de seguridad trataron de disuadir a las mujeres de que se unieran a las protestas atacándolas directamente. En Bahrain, se lanzó un grito por la «moralidad pública» contra los hombres y mujeres que luchaban para derrocar una monarquía represora. Esas declaraciones pretenden desacreditar las protestas y los manifestantes tildándolos de fosas sépticas de inmoralidad y licencia sexual. A su vez, el espectáculo de las fuerzas de seguridad egipcias golpeando públicamente y arrastrando a una mujer por la calle es un aviso para navegantes. Implicaba claramente que mujeres y hombres debían quedarse en sus casas lejos de la impunidad con que las fuerzas de seguridad (laicas) pueden violar el cuerpo de un/a manifestante.

Los regímenes árabes no son los únicos actores que utilizan la violencia sexual y de género para desacreditar a los manifestantes y revolucionarios en el mundo árabe. Como reveló toda la histeria desatada alrededor del asalto sexual de Lara Logan en los días en que EEUU estaba todavía tratando de asegurar la longevidad Mubarak, los manifestantes eran en realidad una turba peligrosa y reaccionaria de maníacos sexuales. Además, los «derechos de la mujer» en Egipto y Túnez han ido hermanados con el tipo de feminismo de estado propugnado por sus respectivas primeras damas, una cínica utilización de los derechos de género por parte de regímenes autoritarios que así eran etiquetados de «reformistas» por sus aliados occidentales.

En realidad, mirando la prensa estadounidense, parece que la realidad diaria de la violencia sexual es importante solo en cuanto pueda utilizarse en relación a otras causas y proyectos políticos. Además, un énfasis selectivo en alguna violencia sexual y de género descontextualiza esas violencias de las infraestructuras de opresión más amplias bajo las que vive el pueblo. Por ejemplo, los intentos israelíes de «dulcificar» su colonización de Palestina ponen de relieve cómo Israel salva a los palestinos gays de su cultura islámica. De esta forma, el estado israelí hace cuanto puede por representar a los palestinos como fundamentalistas islámicos homófonos para desacreditar su más de un siglo de resistencia contra los asentamientos coloniales y el apartheid. Estos son los marcos que se han utilizado para discutir sobre «género» en los levantamientos árabes: Uno, género significa mujeres y gays. Dos, islamistas (y no islamistas) son terroríficos y peligrosos para las mujeres y las minorías sexuales. Tres, la legitimidad de un levantamiento popular y/o lucha revolucionaria pueden valorarse por cómo amenazan a «sus mujeres» y a «sus gays». Estos tres marcos son altamente selectivos y politizados. Además, cada uno de ellos reproduce e invita a las prácticas del patriarcado, islamofobia, autoritarismo y colonialismo. Al utilizar esos marcos, se divorcia la justicia de género de las luchas por la justicia económica y política, y el potencial revolucionario de este matrimonio a tres bandas se ve de nuevo asfixiado.

Maya Mikdashi está a punto de doctorarse por el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia. Es codirectora del documental «About Bagdad» y cofundadora de Jadaliyya Ezine.

Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/4506/the-uprisings-will-be-gendered