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Entrevista a la novelista alemana Brigitte Burmeister

«Nadie debe justificarse por haber creído en el socialismo»

Fuentes: El Público

Cuando se celebran los 20 años de la caída del Muro de Berlín, aparece por primera vez en castellano ‘Bajo el nombre de Norma’, la gran novela sobre las heridas abiertas por la reunificación alemana en 1989

Celebrada en 1994 como una de las muestras más logradas de la narrativa de la unificación alemana, Bajo el nombre de Norma da cuenta de las consecuencias íntimas del terremoto histórico que se vino encima de una ciudadana alemana del este corriente en 1989. El libro se publica ahora en España (451 editores), 20 años después de la caída del Muro y la desaparición de la República Democrática Alemana (RDA). Su autora, la romanista Brigitte Burmeister (Posen, 1940), ha seguido su propio camino literario al margen de corrientes y etiquetas. Es una entusiasta del movimiento literario francés nouveau roman, al que la autora reconoce como su principal impulso literario. La escritora se cita con Público entre los últimos vestigios de la frontera entre las dos alemanias y confiesa estar sumergida en una monografía que prepara sobre su autor favorito, Claude Simon.

Una casa del barrio de Mitte, en el centro de Berlín, es el escenario principal de la historia. Apenas se reconocen hoy los lugares que describe

La calle pertenece ahora al barrio gubernamental. Cuando vivíamos en ella, el mundo se terminaba ahí. Había un puente por el cual pasaban los trenes que iban al oeste, y debajo un muro de hierro. Sólo a través de una rendija se podía ver que la calle terminaba en un solar de hierba. Ahora está lleno de todos esos edificios parlamentarios. Se ha convertido en una zona diferente.

¿Cómo ve la novela 15 años después de su publicación?

La veo muy histórica. Está volviendo a interesarme, porque evidentemente ya he olvidado muchas cosas, tanto de la novela como de la realidad, y me alegro mucho de haber dejado escritas muchas cosas de entonces. Creo que reproduce una imagen bastante exacta de una determinada perspectiva. Pero nunca he afirmado, y no lo voy a hacer ahora, que mis personajes sean típicos de la población de la RDA. Desde la distancia, parece como si fuera una población bastante homogénea, lo cual es completamente falso. Así que mi perspectiva no es ni representativa ni típica, pero es fiel a la verdad, auténtica.

El concepto «novela de la unificación» es controvertido. Heiner Müller o Christoph Hein rechazaron que se les encasillara como cronistas. ¿Y usted?

Tampoco me veo como cronista. Si acaso, cronista de un pequeño fragmento de vida que se desarrolló exactamente en el lugar de mi novela, un determinado círculo social, un determinado vecindario, una determinada generación

En la novela también hay personajes de generaciones anteriores.

«Me alegro de haber dejado escritas muchas cosas de entonces»

Sí, como esas dos señoras, vecinas mías, que son del siglo XIX y representan a una cierta pequeña burguesía berlinesa que se ha extinguido. Ya entonces fui consciente de eso y pensé que no había que dejarlas desaparecer sin hacer ruido. Además, tuve la suerte de que tenían una amiga, creo que era judía, que en los años treinta emigró a EEUU y escribió cartas. Pude utilizar esa correspondencia para la novela. Lo que sigue pareciéndome interesante es la técnica de desmontaje influida por la nouveau roman, el haber incorporado la biografía de Saint-Just que traduce la protagonista y esas cartas de California, de manera que son extrañas entre sí, pero están integradas. Creo que funciona bastante bien.

A propósito de Saint-Just, usted se doctoró con un tema de la Ilustración francesa. ¿Cómo encajaba la Ilustración en el discurso oficial de la RDA?

En la Academia de las Ciencias, donde trabajé, se daba una situación muy especial. Había un famoso romanista, Werner Krauss, quien había estado en la cárcel durante el nazismo y es también conocido en España. Este investigador era toda una autoridad y escribió un gran libro sobre Baltasar Gracián. Krauss creó un grupo de investigación sobre el XVIII, al que yo me uní. El siglo XVIII no se manipulaba, sino que se consideraba muy importante, ya que impulsó en Europa la liberación intelectual del dominio de la Iglesia y de la monarquía y contribuyó al desarrollo de un pensamiento independiente y digno. Esa herencia ilustrada cumplía desde luego una función crítica, pero también subversiva, en relación con la propia RDA.

El discurso oficial de la Alemania unificada forzó a muchos ciudadanos del este a justificarse. ¿Cómo lo vivió usted?

Estuvo fuera de lugar. No hubiera tenido nada en contra si se hubiera tratado de escucharse realmente. Si hubieran dicho: nosotros, los del oeste, no sabíamos mucho de vosotros, y ahora queremos recuperarlo porque ahora estamos todos bajo el mismo techo. Pero los prejuicios estaban ahí, y cuando uno contaba algo de su vida que no coincidía con el discurso, no se le creía. Por supuesto que hubo gente que tenía que justificarse, gente que había traicionado o perjudicado a otros, que había ejercido poder, abiertamente o en secreto, en perjuicio de otros. Pero la gente que creyó en el socialismo no tiene que justificarse por ello, sino explicarse. Se envenenaron muchas cosas en esa época, en los primeros años después de la unificación. La obligación de borrar el propio pasado me parece psíquicamente muy cuestionable, simplemente porque otros digan que fue una porquería.

Cuando cayó el Muro, no todo el mundo saltó a la calle, como parecía sugerir la televisión. ¿Qué hizo usted?

Yo me perdí la noche. Estaba en casa de una amiga en el barrio de Köpenick y nos pasamos la noche discutiendo de política, pero no encendimos la tele ni la radio. A la mañana siguiente, el mundo del que habíamos estado hablando se había resquebrajado considerablemente.

«Borrar el propio pasado me parece psíquicamente muy cuestionable»

Para la gente que creció en la RDA, ese discurso de la segunda dictadura alemana supone un llamamiento a pensarse las cosas dos veces. Está claro que no era una democracia. Era una dictadura en el sentido de que había una opinión dominante que toda la población tenía que compartir. Pero la idea de que se ejerció para ello una presión fortísima es falsa. Quizá fuera verdad en la primera fase, la del estalinismo en los años cincuenta, pero después hubo una división: la gente tenía una opinión oficial y otra oficiosa, la opinión privada y la que uno transmitía a sus conocidos o compañeros de trabajo.

Lo que parece evidente es que compararlo con el nazismo es un error.

Claro, porque había diferencias fundamentales. La principal era que la mayoría de ciudadanos de la RDA rechazaba el régimen del partido único SED. Muchos eran partidarios del socialismo, entendido como un orden social en el que todos trabajan pero nadie es explotado por unos pocos, en el que hay igualdad de oportunidades y justicia. Pero en la práctica no era así. La idea era buena, pero su realización mala. Poco a poco fuimos entendiendo que la idea en realidad no se podía realizar, que necesariamente conducía a una situación de represión de la opinión, porque se daba por sentado que una cierta capa de población sabía qué estaba bien y qué no. La falta de democracia anidaba en el propio sistema. Ahora lo veo de forma más clara.

Usted publicó su primera novela en 1987. ¿Cómo vivió el cambio de papel de la literatura en el nuevo Estado?

Con los años me di cuenta de que la consideración social de la literatura había cambiado. En la RDA, la literatura era una forma de realización social junto al partido, pero también contra el partido. La gente desarrolló una manera de entenderse a través de textos literarios, reinterpretándolos en clave personal para expresar su crítica, su malestar, su sufrimiento. Yo pensaba que ese no era el papel de la literatura, la literatura tiene que construir imágenes concretas de la vida y contar buenas historias. Ahora las publicaciones se suceden a un ritmo vertiginoso, sólo se mira el número de ejemplares. Algo se ha quedado por el camino.

Desde el estado al mercado

Con el fin de la RDA Brigitte Burmeister tuvo que hacer frente a una sociedad que ya no entendía ideas como «tener una misión como escritor», «alianza irreductible entre lectores y autores», «país de lectores» o «ser requerido por la sociedad».

La literatura pasaba a tener la misma importancia que en el resto de las democracias occidentales, dictada por la ley del mercado. De hecho, es en 1987, con la publicación de su primera novela, cuando visita por primera vez un país occidental. Todo ello ha provocado que esta autora primero escribiese para el Estado y ahora para el mercado.

Mientras sus novelas tratan de los problemas de identidad, Burmeister no suele mostrarse nostálgica, aunque confirma que la RDA era un país mucho más tranquilo que la agresividad capitalista que se instauró con la caída del Muro. 

ANÁLISIS

Imagina personas que no van a leer esta novela

 

BELÉN GOPEGUI – 25/03/2009 08:00

«¿Ah, sí? ¿Está bien?», preguntarán con el rostro de quienes se quieren interesados pero apenas eso. Quizá si se la encuentran, ya es difícil, en una mesa de novedades, lleguen a abrirla, y la hojeen. «Dos mujeres, la RDA, una forma de escribir donde los recuerdos se funden con los pensamientos. ¿Para qué leerla? Pocos más lo habrán hecho, qué partido le puedo sacar. ¿Me importa el vecindario de un edifico grande y viejo del Berlín Oriental? Ni siquiera hay espías. Cuenta, sí, la historia de una mujer que fue confidente de la Stasi, pero es, lo dice la solapa, una historia inventada, creada, supongo, por el personaje para que el lector se cuestione sus expectativas. ¿Y qué necesidad tengode ponerlas en cuestión?»

Imagina lectores que no son indiferentes a los libros, que horas antes podrían haber hablado del poder de la literatura, la pasión del idioma y el temblor cuando la carne se hace lenguaje y desafía al deseo y duele. Lectores que adoran la complejidad tanto como repudian el dogmatismo. Las grandes ideas les parecen abstractas y simplificadoras; por eso las desdeñan y eligen los amados detalles, Nabokov, ya sabes, lo particular frente a lo general, lo exacto, delicado y único frente al prejuicio, el estereotipo, lo predecible. Ellos, y ellas, no niegan, cómo podrían, que si algo caracteriza la lectura que Occidente ha hecho de la vida en la llamada Alemania Oriental, o en la Unión Soviética, es, precisamente, su falta de complejidad, su dogmatismo, la escasez del detalle en contraste con la abundancia de ideas abstractas y simplificadoras. Pero, ¿qué importa? La RDA cayó, Occidente se impuso y hay, pongamos, escritores, secretarios generales de la OTAN, consejeros delegados de empresas de comunicación, que no necesitan entender ni imaginar; ni siquiera necesitan una belleza distinta de la que ofrecen las, diremos, consignas publicitarias. Les sobra todo, incluso el derecho de negarse a elegir entreel blanco y el negro.

Burmeister describe con libertad y da cabal idea de las cosas hoy, cuando la mayoría de los narradores simplemente reproduce el molde que otros hicieron. «Subí por la escalera oscura y silenciosa, sí, y no lóbrega y desierta como pone en una de tus últimas cartas», dice la narradora. Y llama relamidos a nuestros barrios, nuestras ropas y casas. Pero no hay en Bajo el nombre de Norma ningún juego de ellos frente a nosotros sino la materia con que se hace la vida y unas reglas a veces muy distintas, a veces semejantes, para hacerla. «Jamás», leemos en su novela, «hubo tanto comienzo y ya todo parece estar perdido». Novelas como esta, novelas que no sean tibios planteamientos, comienzos huecos, novelas con nudo deseamos para ir más adentro, y más allá, de las escuetas aseveraciones, para que ya no todo parezca estar perdido.