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Presentación de la novela Komatsu PC-340 en Dénia, el 11 de agosto de 2011

Narrar para cambiar el mundo

Fuentes: Rebelión

Hola a todos y a todas, gracias por haber venido a esta presentación. Cuando uno se enfrenta por vez primera al prodigio de que le publiquen su novela, a menudo se siente extraño en estos eventos en los que todo parece girar alrededor del ombligo del escritor. Como si escribir no fuera otra cosa que […]

Hola a todos y a todas, gracias por haber venido a esta presentación.

Cuando uno se enfrenta por vez primera al prodigio de que le publiquen su novela, a menudo se siente extraño en estos eventos en los que todo parece girar alrededor del ombligo del escritor. Como si escribir no fuera otra cosa que un oficio, que ojalá pudiera uno desempeñar para ganarse la vida. Imagino una presentación de una escalera recién barrida y fregada, de un puesto del mercado bien acicalado por la mañana para poner naranjas y melones a la venta por primera vez, del primer enfermo atendido a pesar de la privatización del consultorio… Pero no sabe uno muy bien por qué, editores, familia, amigos, todo el mundo ve natural congregarse alrededor del escritor que simplemente ha hecho como buenamente ha podido su trabajo.

¿Será porque escribir, narrar, es un oficio que tiene algo de particular? ¿Algo que lo hace especialmente notorio, relevante, en nuestras vidas? Llevo desde marzo, cuando salió a la luz Komatsu PC-340, dándole vueltas a este asunto. Y creo haber descubierto algo.

La magia de una novela estriba en que su relato sustituye todos los demás en la mente del lector atento. Por un instante, las palabras escritas se convierten en un río que arrasa con todos los componentes de la conciencia del lector. Su flujo es invasivo, llena, porque encaja a la perfección en la mente y la memoria. Somos relato. Organizamos lo que sabemos y lo que transmitimos, siempre, en forma de relato. Quien domina los relatos, llena las mentes, domina el mundo. Hay relatos para todo: de relatos están formadas las instrucciones para hacer las cosas, las coartadas morales, la toma de cualquier decisión o el disfrute de cualquier aventura, que no se completa hasta que puede ser contada. Quien siembra de relatos las mentes, educa, forma, explica cómo se relata y qué es lo bueno y qué lo malo.

Nuestras vidas son relatos que van a dar a la mar, que es el morir. Vivimos entre historias y cuentos. Son relatos la tele y los periódicos, los blogs y las redes sociales están llenos de historias y se comprenden con estructura de relato. La radio, el cine, la escuela, las conversaciones de amigos, la mayor parte de los parlamentos de las asambleas de trabajadores o de indignados, los parloteos en los vestuarios de los antidisturbios que acaban de reprimir una manifestación de jóvenes sin esperanza…

Yo me gano la vida como profesor de lengua y literatura en secundaria y vivo día a día la importancia de dominar los relatos para dominar el mundo. Los profesores vivimos en la impotencia del que cuenta una historia sensata sobre lo que las cosas son, labrada en milenios de disciplina y esfuerzo colectivo, que se ve desbaratada día a día por los chascarrillos provenientes de un chorro fantástico, un estruendo sin fin, que invade los cerebros sin dar la menor tregua.

Tiene su aquel, por tanto, el trabajo de labrar narraciones. Conecta íntimamente con lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Y precisamente ahí se encuentra la responsabilidad del escritor. No puede compararse, por ejemplo, con la inmediatez de la responsabilidad del médico, por ejemplo, pero sí con la del educador, la del periodista o la del político cuando llenan con sus cuentos el espacio público.

Ricardo Senabre, crítico literario de El Cultural, la revista de dan los viernes con el diario El Mundo, comparó Komatsu PC-340 con la novela social que floreció en España a finales de los años cincuenta y durante los sesenta del siglo XX. Y se permitió asegurar que esta novela compartía con las de los López Salinas y compañía «sus notorias insuficiencias, disculpadas antaño por la presencia de una novelística combativa que parecía necesaria». Claro, ahora ya no tiene lugar una literatura cuyo fin sea transformar las cosas, ahora vivimos en la democracia ideal, el mejor de los mundos. Y oye, vamos leyendo las novelas de éxito y parece que hay una poderosa normalidad subyacente que, o bien es un ahora reconfortante frente a un pasado en el que cabían todas las ignominias, o bien es una mierda tal, hecha de individuos siempre despreciables, moralmente ambiguos o directamente chungos, que es obvia la imbecilidad de cualquier esfuerzo destinado a conseguir que las cosas cambien.

Un servidor, sin embargo, sigue teniendo como norte una canción que escribió Gabriel Celaya cuando, al parecer, sí que reposaba este país sobre injusticias que necesitaban que alguien les metiera mano… Se titula «La poesía es un arma cargada de futuro» y es el manifiesto de la literatura social.

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, 
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, 
fieramente existiendo, ciegamente afirmado, 
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente 
los vertiginosos ojos claros de la muerte, 
se dicen las verdades: 
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas 
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, 
piden ser, piden ritmo, 
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto, 
con el rayo del prodigio, 
como mágica evidencia, lo real se nos convierte 
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren 
y canto respirando. 
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas 
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, 
y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta 
a la vez que latido de lo unánime y ciego. 
Tal es, arma cargada de futuro expansivo 
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto perfecto. 
Es algo como el aire que todos respiramos 
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo 
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. 
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. 
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

En fin, como obrero de la prosa, o ingeniero, según se mire, no busco el fruto perfecto, sino más bien el relato que sirva para desvelar los cimientos de porquería sobre los que se asienta nuestra normalidad. Cuando atravesamos Madrid por los túneles de la M-30 es conveniente no olvidar, entre otras cosas, que nueve trabajadores murieron al construirlos, en un proceso en el que varios centenares quedaron marcados por heridas que los acompañarán toda su vida. Conviene saber también que hacer las cosas tan mal y tan rápido hizo posible un fabuloso negocio en el que se esquilmaron las finanzas municipales de Madrid para los próximos treinta años, mediante una especie de hipoteca que tendrán que pagar los ciudadanos gobierne quien gobierne la ciudad, aun a costa de guarderías, bibliotecas, parques o instalaciones deportivas de base. Estas obras prosperaron sirviéndose de la impresentable situación político legal de la extranjería en España, la explotación ilegal de los seres humanos a los que se reduce a semiesclavos sin papeles, luego sin derechos, y para los que tenemos reservadas unas prisiones vergonzosas que se llaman Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) donde se encarcela en unas condiciones penosas y humillantes por el mero hecho de no tener los papeles en regla. En fin, ahora, con la crisis económica y el movimiento de indignación popular que afortunadamente parece que no decae, nos lamentamos del volumen de los desbarajustes ambientales y sociales causados por los años de una bonanza económica que sabemos que se basó tanto en el desequilibrio, la corrupción, la irresponsabilidad y la injusticia.

¿No hay razones para renunciar al lujo cultural de los neutrales y dedicarse a un verso plano y directo que sea para el pobre y necesario como el aire que respiras? Ahora me ha dado por mirar a los pies. Nos calzamos cada día y uno no sospecha la magnitud de los crímenes y los despropósitos que uno fomenta cuando compra un par de zapatos. He decidido que mi próximo relato sirva para mostrar otro cachito del mundo real-real que está ahí, nos constituye, y parece que todas las voces se ocupan de mantenerlo oculto.