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No todo sigue igual

Fuentes: Rebelión

Los resultados del 21-D han dado pie a los portavoces del secesionismo, y a sus corifeos (los «mamporreros» según Paco Frutos), para afirmar, en el mejor de los casos, que Rajoy ha fracasado estruendosamente, ya que no se ha conseguido derrotar al bloque independentista. Moraleja (o, mejor, tabarra cotidiana), la única manera de dilucidar el […]

Los resultados del 21-D han dado pie a los portavoces del secesionismo, y a sus corifeos (los «mamporreros» según Paco Frutos), para afirmar, en el mejor de los casos, que Rajoy ha fracasado estruendosamente, ya que no se ha conseguido derrotar al bloque independentista. Moraleja (o, mejor, tabarra cotidiana), la única manera de dilucidar el conflicto es un referéndum de autodeterminación. Dejando de lado las consabidas cuestiones legales (nimiedades; como que no es posible en el actual marco constitucional), es más que evidente que dicho referéndum no serviría de gran cosa, dada la fractura social. Hablemos claro. Si fuera ganado por los secesionistas, sería el primero y el último, imponiendo de forma irreversible su dictado sobre una gran parte de la población catalana (poco importa que suponga, o no, el 50%); contrariamente, si lo perdieran, tendríamos referéndum todos los años bisiestos. Y eso porque al secesionismo lo que más le importa es sentar el precedente.

Quizá yo tenga ideas anacrónicas, pero a mí me enseñaron que, en un sistema parlamentario, el partido ganador es el que consigue más diputados. Y los demás pierden, más o menos en función de sus resultados. Pues bien, desde ese punto de vista clásico, el partido ganador ha sido C’s y, consecuentemente, todos los demás han perdido. Ante este hecho innegable, se pueden levantar todos los análisis alternativos que se quiera. Por ejemplo, que el conjunto de los partidos independentistas suman mayoría, y que los que no lo son, han resultado derrotados.

Pero la negación por parte del independentismo de la realidad electoral va más allá. No puede haber otro candidato que Puigdemont, porque el «poble» lo ha elegido a él. Un razonamiento totalmente ridículo, porque, de nuevo, en el sistema parlamentario, no se vota candidatos, sino listas. Y si lleváramos dicho razonamiento al límite, cabría preguntarse: si Puigdemont era el candidato de las tres listas independentistas, ¿por qué se han presentado por separado? En cualquier caso, es muy preocupante para la salud democrática del país, que se sustituyan las esencias del parlamentarismo por un modelo caudillista.

Alternativamente, se podría hablar de que las derechas, independientemente de su color identitario, son las ganadoras; consecuentemente, las izquierdas habrían perdido, lo cual hace inviable repetir la nefasta fórmula del tripartito, para frustración de algunos. Es cierto que la victoria de C’s se podría calificar un tanto de pírrica, ya que sus posibilidades de poder formar gobierno son mínimas, pero por muchas vueltas que se le dé a la cuestión, es innegable que C’s ha sido el partido más votado y que ha obtenido más escaños.

Se puede trazar incluso un paralelismo con lo que sucedió en las elecciones del 16 de noviembre de 2003 cuando, a pesar de su victoria, CiU se vio desplazada del poder por la formación del gobierno tripartito (PSC, ERC, ICV), cosa que dio ocasión a que la Madre Superiora, haciendo gala de una de sus habituales sandeces, dijera que era «como si hubieran entrado ladrones en casa y nos hubieran revuelto los armarios». O algo parecido. Pregunta: si en aquel entonces el nacionalismo atribuyó la victoria al partido más votado ¿por qué no lo hace ahora?

Considero a Inés Arrimadas con la suficiente inteligencia como para no emular a la distribuidora de misales, pero no voy a ir más allá en esa cuestión, porque lo que me interesa, en estas líneas, es analizar el significado histórico del triunfo de C’s, con independencia de que pueda más o menos agradar.

Remontémonos a más de un siglo. Concretamente a 1907. Se produce la victoria de «Solidaritat Catalana», que les supone obtener 40 actas de las 44 en juego. Dicha coalición integraba casi todo el espectro político catalán, desde el republicanismo federal (Salmerón) a los carlistas e integristas, pasando por la «Lliga Regionalista» que, a la postre, es la que se llevaría el gato al agua. El pretexto de la formación de ese «tutti frutti» era oponerse a la llamada Ley de Jurisdicciones, que se entreveía como una amenaza a los derechos democráticos. Solo los partidos dinásticos (liberal y conservador) y los radicales de Lerroux, quedaron al margen. Pues bien, dichas elecciones supusieron un definitivo punto de inflexión en las mayorías catalanas a Cortes. Nunca más los partidos dinásticos recobraron el control electoral; y nunca más, hasta ahora, un partido declaradamente no catalanista había vuelto a ganar en Cataluña unas elecciones, ya fueran a las Cortes Generales o al parlamento autonómico. Por supuesto que considero al PSC dentro del ámbito catalanista, según ellos mismos se reclaman.

Pregunta: ¿es sí o no el triunfo de C’s un hecho histórico, independientemente de la opción política que pueda tener el ciudadano al que se le dirige la interrogación? Y si lo es, resulta curioso que los medios nacionalistas hayan ignorado esa realidad.

¿Qué ha pasado en Cataluña para que se rompiera una dinámica de 110 años? Sin lugar a dudas, la fractura social, agudizada en los últimos meses de 2017, pero latente desde hace ya años. Durante 4 décadas el nacionalismo ha jugado la partida en plan tahúr. Ha repetido hasta la saciedad la consigna de «un sol poble», pero ha reducido a gran parte de la ciudadanía a una condición de no existencia identitaria. La marginación de la realidad castellanohablante ha sido escandalosa y la apropiación de la administración catalana por un puñado de familias (las llamadas «300»), ha conducido a un sistema que solo se puede calificar de oligárquico. A mi entender ha sido la brutalidad con que se condujo el independentismo a partir de septiembre pasado, culminando el proceso aludido, lo que ha sacado de su letargo a esos electores, en bastantes casos abstencionistas, que se han volcado en la opción que negaba el catalanismo sin paliativos. Y eso contrasta con el fracaso de la «operación Iceta» que ha dejado, bien a las claras que, hoy por hoy, el catalanismo está muerto. El país está fracturado en dos vasos no comunicantes: separatismo y constitucionalismo. Y ni siquiera con una docena de rufianes, el independentismo va a poder pescar en las ahora embravecidas aguas constitucionalistas.

¿Habrá aprendido el nacionalismo la lección? Pues yo diría que no. Hace algunos días que ese «chico de los recados» que se ha buscado Puigdemont, de nombre Eduard Pujol, en un debate televisivo, insistía en lo de «un sol poble»; eso sí, no sin que se le recordara que aquella misma tarde se había negado a hablar en castellano en un acto informativo. ¿Es representativo? Lo veremos, pero dudo mucho que el parlamento recién elegido, de mayoría soberanista, se avenga a negociar aspectos fundamentales para la democratización de Cataluña, como serían una ley electoral justa o acabar con el espantajo de la inmersión lingüística.

En resumidas cuentas, la fractura está servida. Y de momento, para quedarse. Queda por ver quién pagará la factura.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.