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¿Qué está sucediendo en Euskal Herria?

Fuentes: Rebelión

Prácticamente desde comienzos de siglo XXI, cuando en medio de la aplastante represión aplicada por el Gobierno del PP contra todo lo que tuviera alguna relación con la conciencia vasquista, se empezó a sentir la capacidad de recuperación de la izquierda abertzale tras tantos cierres, prohibiciones, ilegalizaciones, razzias, redadas y detenciones de decenas de militantes, […]

Prácticamente desde comienzos de siglo XXI, cuando en medio de la aplastante represión aplicada por el Gobierno del PP contra todo lo que tuviera alguna relación con la conciencia vasquista, se empezó a sentir la capacidad de recuperación de la izquierda abertzale tras tantos cierres, prohibiciones, ilegalizaciones, razzias, redadas y detenciones de decenas de militantes, torturas, encarcelamientos y hasta muertes, desde entonces y con una mezcla de docta ignorancia y desconcierto oculto tras el chauvinismo y la prepotencia engreída de quienes desde la villa y corte observan lo sucede «en provincias», la pregunta sobre qué sucede «en el norte» asciende del desdén al estupor, y de aquí a la inquietud..

En realidad, y sin retroceder mucho en el tiempo, esta pregunta ya se la hicieron a su modo los jacobinos de París cuando vieron la tenaz resistencia pasiva y activa de los vascos de Iparralde a la expansión del nacionalismo francés disfrazado de revolución democrático-burguesa a finales del siglo XVIII. También se la hicieron los gobernantes madrileños al ver la oposición vasca a sus intentos anexionistas a comienzos del siglo XIX, del mismo modo que la volvieron a plantearla los políticos y periodistas liberales españoles obsesionados por acabar cuanto antes con la resistencia armada de la mayoría inmensa de los vascos a las agresiones centralistas durante ese mismo siglo, en esas guerras que la historiografía española ha llamado «carlistas». Luego, la misma pregunta atronó furiosamente en el nacionalismo militarista español a finales de ese siglo ante la resistencia incluso de los moderados fueristas vascos a aceptar el centralismo extremo de Cánovas, resistencia que forzó llegar a un pacto de ganancia mutua y de engaño al pueblo vasco, pacto que adquirió la forma de Concierto Económico. Por la misma época, el crecimientos del nacionalismo cultural defensivo en Nafarroa, con Campión y otros intelectuales vascos antes de la irrupción del nacionalismo político defensivo de Sabino Arana, empezó a irritar al nacionalismo ofensivo español, de modo que no tuvo ningún problema en llevar a la cárcel a Sabino Arana y, más adelante, reprimir al nacionalismo vasco en general. En esas condiciones, el socialismo estatal era decididamente estatalista y españolista, abogando abiertamente por la supremacía legal absoluta del castellano sobre el euskara. A lo largo de este tiempo, la pregunta sobre qué estaba pasando en las «provincias vascongadas» y en Navarra, era constante.

Cuando la sublevación militar franquista en 1936 puso urgentemente sobre la mesa política la cuestión de las naciones oprimidas dentro de la II República, volvió la interrogante a la que nos referimos, en especial viendo las tremendas contradicciones internas en el PNV; su desastrosa y traidora pasividad inicial, responsable de la caída de Gipuzkoa; su nula decisión de movilizar todos los considerables recursos militares y económicos de Bizkaia; sus pegas a la creación de un Ejército vasco digno de tal nombre y, sobre todo, sus contactos con los franquistas y fascistas italianos hasta llegar a la repugnante rendición de parte de sus tropas en Santoña. Pero la pregunta era tanto más desconcertada cuanto que este comportamiento típico de una dirección burguesa deseosa de rendirse cuanto antes, y que había esperado hasta el último segundo para ver si lograba librarse de la guerra, chocaba con la muy demostrada heroicidad de los gudaris vascos, capaces de resistir hasta la inmolación sin apenas armas y traicionados por parte de sus dirigentes. Del mismo modo, a los pocos años la sorpresa sobre lo que sucedía en tierras vascas volvió a zarandear a quienes vieron cómo en 1947 estallaba una Huelga General contra el franquismo en el País Vasco, amplia cuando no masivamente secundada por la población trabajadora y que demostraba que, a pesar de la barbarie exterminadora del régimen, las organizaciones antifranquistas habían recuperado parte de su consistencia. Pero luego vino el abandono del PNV, su pasividad política y colaboración con los EEUU; la práctica desaparición del PSOE, que tuvo que esperar al dinero de la II Internacional, la permisividad del régimen franquista y a la tolerancia de los EEUU desde comienzos de los ’70 para poder engrosar sus filas con advenedizos, oportunistas y trepadores. En los años ’50 sólo quedaban aislados actos heroicos de débil lucha armada anarquista y comunista, rescoldos de lucha política y sindical, y desánimo en amplias masas sometidas a la plomiza represión franquista. Los comunistas fieles a la URSS obedecieron la orden de Carrillo de abandonar toda lucha radical y de empezar a preparar las condiciones de su claudicación en toda regla desde finales de los ’60.

Pero entre finales de los ’50 y mediados de los ’60 algo comenzó a cambiar en un país azotado por las torturas, enflaquecido por el exilio de decenas de miles de luchadores, perseguido en lo esencial de su identidad nacional e indefenso ante las rápidas transformaciones causadas por el Plan de Estabilización de 1959. Surgió un movimiento de liberación nacional y social que si bien desbaratado y desorganizado una y otra vez por la policía española, se recuperaba con nuevas fuerzas al poco tiempo. Tal capacidad de regeneracionismo sorprendió a propios y extraños, sobre todo al grueso de las izquierdas estatales que creían en y deseaban la pronta extinción de ese sorprendente fenómeno incomprensible desde cualquier teoría al uso en aquél entonces. Los años ’70 fueron los de la definitiva separación de rumbos estratégicos entre la leal oposición a su Majestad y la izquierda abertzale, separación que muy pronto se convirtió en enfrentamiento a muerte cuando el PSOE creó a los GAL nada más iniciarse los años ’80, y los poderes fácticos decretaron el olvido de los muchos asesinatos de abertzales realizados por la derecha española antes y durante la UCD. Mientras que a mediados de esa década mucha gente luchadora estatalista se hundía en el tristemente famoso «desencanto», preludio de la ulterior moda postmoderna, y otros apoyaban masivamente a Herri Batasuna en las elecciones europeas de 1987, se preparaban las condiciones para las conversaciones políticas entre el Estado y ETA en Argelia. Y de nuevo resurgía la sorpresa y la pregunta sobre qué sucedía en el País Vasco. Y así, en una especie de Guadiana que desaparece y aparece, otro tanto volvió a ocurrir en la segunda mitad de los ’90, cuando en Abril de 1995 se conoció la Alternativa Democrática. ¿Y ahora? ¿Qué sucede ahora?

Si algo caracteriza a la situación vasca actual es la confluencia creciente, pero aún no definitiva, de fuerzas sociales, políticas, sindicales, culturales, deportivas…., es decir, algo parecido a cómo muchos riachuelos y torrentes briosos van confluyendo en un río cada vez más ancho y profundo; un río que crece en la medida en que se acerca a la mar, que recibe más y más aportaciones y que, por su propio ejemplo e impulso, va facilitando y animando a que se integren en él otros caudales que hasta entonces permanecían expectantes y hasta pasivos. O sea, volviendo a la realidad social e histórica, Euskal Herria está viviendo la emergencia, la salida a la superficie político-institucional y oficial, de poderosas dinámicas de fondo que si bien han existido siempre, iban adquiriendo nuevas características internas y externas según cambiaba la sociedad vasca en los últimos años.

Por un lado, las transformaciones socioeconómicas, políticas y culturales generadas desde la destrucción deliberada del grueso de la infraestructura productiva siderometalúrgica, con su «cultura del hierro» que durante casi un siglo fue la base sobre la que se sostuvo la síntesis social y referencial vasca, realizada por el Estado español en Hegoalde desde la década de los ’80, esta destrucción y desertización industrial, además de otros cambios adyacentes, forzaron la readecuación de las viejas formas de lucha y la aparición de otras nuevas. Así, progresivamente desde inicios de la década de los ’90, e incluso antes en reivindicaciones permanentes del Pueblo Vasco como su autodeterminación y dentro de ésta, la necesidad de la independencia, fue formándose una conciencia colectiva expansiva sobre la urgente solución de problemas acuciantes como el euskara y la cultura, la economía, las condiciones de vida popular y obrera, el medioambiente, los presos, la educación y un largo etcétera. Solución urgente que, cada vez más, sólo aparecía como factible si era el pueblo el que se implicaba activamente, tomando él mismo la iniciativa y desbordando y superando la pasividad de las instituciones autonómicas y la acción totalmente en contra de los derechos colectivos e individuales permanentemente realizada por el Estado español.

Por otro lado, mientras que este torrente de fondo presionaba cada vez más en múltiples esferas cotidianas, en barrios, pueblos, escuelas, talleres, fábricas, universidades, en la misma medida tanto la izquierda independentista como el Estado español, y a otra escala los autonomistas y regionalista, movían fichas, se adecuaban y, sobre todo el independentismo, respondía a la creciente brutalidad represiva. O sea, la fuerza subterránea expansiva hacía moverse a las superestructuras políticas, en especial al Estado, que reaccionaba con una ofensiva represiva generalizada cuyo objetivo no era otro que segar la hierba popular en sus mismas raíces, arrancar de cuajo las bases sociohistóricas, nacionales y lingüístico-culturales del Pueblo Vasco y no sólo, como hasta entonces, atacar a la izquierda abertzale tanto en su núcleo como en sus áreas de influencia y legitimidad. Es decir, no sólo quería acabar con el pez, sino también vaciar de agua la pecera, desolar el estanque vasco. Hay que decir que fue el PSOE el que diseñó lo esencial de este ataque generalizado desde finales de los ’80, lo puso en marcha desde comienzos de los ’90, apoyó incondicionalmente su ampliación y endurecimiento por parte del PP durante los ocho años que estuvo en el Gobierno de Madrid, e insiste en su vigencia durante estos meses que él mismo está de vuelta en el Gobierno central.

Por último, durante este tiempo la fuerza sociopolítica decisiva ha sido y es la izquierda independentista vasca, la única que desde finales de los ’70 advirtió acertadamente del fracaso de la supuesta «transición»; adelantó una primera propuesta de solución democrática, la alternativa táctica de KAS; la mantuvo contra viento y marea en situaciones día a día peores y más restrictivas; denunció la colaboración de gobiernillo vascongado y de la foralidad navarra con el Estado español y su represión; supo avanzar hasta forzar al PSOE a las conversaciones política en Argelia a finales de los ’80 y supo evitar la trampa de último momento ideada por el PSOE; pudo recomponer sus fuerzas tras la primera oleada de la nueva estrategia represiva socialista en la primera mitad del los ’90, llegando en ese momento a elaborar la segunda propuesta de solución al conflicto español en Hegoalde, la Alternativa Democrática como otra fase en el largo proceso de la liberación vasca; supo aplicarla en su esencia antes y durante la experiencia de Lizarra-Garazi y la tregua unilateral de ETA; logró con tremendos sacrificios, costos personales y centenares de detenciones, recomponerse interna y externamente durante la segunda fase represiva, en la segunda mitad de los ’90 y comienzos del siglo XXI, hasta elaborar otra tercera propuesta de solución democrática tras una valoración crítica y autocrítica de las razones del fracaso de la experiencia de Lizarra-Garazi, pero también de sus aciertos y aportaciones válidas innegables. Esta tercera propuesta ha sido profusamente debatida entre una militancia abertzale sabedora de sus fuerzas y de las necesidades de su pueblo, y luego presentada en un acto público impresionante con más de 15.000 asistentes realizado el pasado 14 de Noviembre en el velódromo de Donostia.

Como vemos, existe una nítida continuidad sustantiva, de constantes definitorias esenciales, mantenida durante tres décadas, desde finales de los ’70 del siglo XX hasta finales de 2004, por la izquierda socialista e independentista vasca. Constantes que se han ido enriqueciendo y adaptándose, superando autocríticamente lo viejo y los errores inevitables e integrando críticamente lo nuevo, de manera que, en la actualidad, podemos hablar con orgullo de que hemos logrado vencer una a una todas las cada vez más obcecadas embestidas del Estado español, que, es necesario decirlo, ha dispuesto y dispone desde la misma época franquista, del apoyo práctico del Estado francés. Muy en síntesis, han sido cuatro los secretos que explican esta dialéctica de la permanencia y el cambio en la izquierda revolucionaria vasca: uno, que siempre ha dicho explícita y públicamente cuales son sus objetivos, estrategias y tácticas, manteniendo una coherente sinceridad y fidelidad que le ha permitido ser la única fuerza sociopolítica no cuestionada en cuanto a la veracidad de sus afirmaciones, algo reconocido incluso por sus más acérrimos enemigos, la extrema derecha española. Es esta coherencia dolorosamente ganada la que garantiza sin duda alguna el cumplimiento por ella de lo asegurado en sus declaraciones oficiales, algo que ninguna otra fuerza puede demostrar hoy en día, tras treinta años de cambalaches, secretismos, incumplimientos y traiciones despreciables.

Otro, en cada una de las sucesivas fases de cambio adaptativo a lo largo de la permanencia del proceso, siempre se han valorado como decisivas y vitales determinadas características de autoorganización de nuestro pueblo y de su clase asalariada. La inmensa mayoría de las conquistas realizadas durante estos decenios, por no decir todas ellas, han sido realizadas mediante la autoorganización popular en múltiples formas y maneras diferentes según los problemas concretos a solucionar. Muy pocas, realmente muy pocas, han sido con la reducida ayuda económica y/o institucional del gobiernillo vascongado, y menos aun por parte de los gobiernillos forales navarros. Peor aún, cuando se han dado esas ayudas ha sido con la oculta o clara intención de desviar, desactivar y dividir esas luchas. El grueso, por no decir la totalidad, de las instituciones impuestas por la supuesta «transición» han presionado desde hace treinta años con todos sus medios, desde el boicot en los ayuntamientos hasta la censura parlamentaria pasando por el desprecio burocrático sin olvidar la represión y la tortura practicada por la Ertzaintza, para derrotar las autoorganizaciones populares y sociales. Los ejemplos son tan abrumadores y las excepciones tan contadas y hasta perversos en sus objetivos inconfesos que no merece la pena citarlos.

Además, las adaptaciones enriquecedoras introducidas por la izquierda abertzale durante estos treinta años también han respondido de forma activa y movilizadora a los cambios negativos, a las restricciones de derechos, a la tendencia al alza en el capitalismo actual a reducir autoritariamente y controlar y reprimir policialmente –¿alguien habló de justicia?– los más elementales derechos colectivos, sin los cuales no existen nunca lo individuales, de las clases y naciones oprimidas y de la explotación sexo-económica de las mujeres. No se puede negar esta tendencia capitalista mundial, que en zonas importantes como los EEUU, por ejemplo, llega al neo-fascismo, que también fue practicado por el PP y sigue activo con el PSOE contra derechos vitales como la Ley de Partidos, etc. Este retroceso es más acentuado allí en donde se sufre opresión nacional como en Euskal Herria porque se le suman componentes específicos como son los ataques a su identidad, a su lengua y cultural, a su historia. Más aún, cuando por diversas razones en esos pueblos oprimidos las mujeres juegan un papel destacado en la lucha progresista y revolucionaria, cuando así sucede, la tendencia autoritaria se refuerza con el envalentonamiento del machismo más sexista y violento, asesino. Pues bien, una característica constante vasca ha sido y es la de potenciar decididamente, por un lado, la reconquista de los espacios de libertad perdidos, cerrados, encarcelados, y, por otro lado, intentar crear nuevos espacios, áreas y prácticas libertarias colectivas e individuales nuevas, creativas de horizontes y expectativas factibles novedosas. No siempre se ha conseguido, y no sólo por la omnipresente que no omnipotente represión, sino también por nuestros propios errores y deficiencias, pero se sigue intentándolo.

Tampoco hay que olvidar el salto cualitativo realizado al dar el paso definitivo hacia la creación de una práctica nacional en su sentido territorial único y no meramente referencial en lo histórico y lingüístico-cultural. Es decir, por primera vez en nuestra historia el Pueblo Vasco se está dotando de estructura de acción y pensamiento que operan nacionalmente en cuanto territorialidad única, en cuanto síntesis unitaria de siete territorios nacionalmente homogéneos sometidos a la dominación de dos Estados extranjeros, el español y el francés. Verdad es que en otros momentos de nuestro pasado, hubo en momentos críticos, generalmente invasiones, guerras defensivas y períodos de especial represión, una muy fuerte solidaridad y ayuda mutua entre dichos territorios, que sirvió para mantener viva la llama de la identidad nacional en situaciones verdaderamente críticas; pero nunca hasta ahora se había dado el paso este paso crucial e irreversible. Además, tal avance viene reforzado por otro simultáneo consistente en reconocer y respetar la rica pluralidad de colectivos humanos que forman nuestro Pueblo en sus siete territorios, incluidos los nuevos emigrantes. Hasta el presente y en contra de lo que diga la propaganda estatal, ninguna fuerza política que no sea la izquierda abertzale ha dado este paso democrático en el reconocimiento de la riqueza de los colectivos que forman nuestro Pueblo.

Esta cuádruple característica de permanencia en lo esencial y adaptación creativa a lo novedoso, se ha plasmado en los últimos tiempos en la formación de Eztabaida Gune Nazionala o El Foro de Debate Nacional, en el que casi 200 personas representante de muchas y variadas agrupaciones, asociaciones y fuerzas de todo tipo, han debatido durante meses sobre los problemas estructurales que afectan a Euskal Herria, llegando a la conclusión de que hay que abrir dos procesos simultáneos de autoorganización y construcción nacional. El primero de ellos tiene un doble objetivo como, por un lado, es Nazio Garapen Biltzarra o Asamblea Nacional para el Desarrollo, que tiene que elaborar un Plan Estratégico de Construcción Nacional destinado a elaborar planes concretos en áreas vitales como la lengua y cultura, las necesidades socioeconómicas y laborales, la opresión de sexo-género, la política deportiva, la educación popular, etc.; y, por otro lado, el Larrialdietarako Batzordea o Comisión de Crisis destinada a responder nacional y unitariamente, que no parcial y sectorialmente, a cualquier ataque puntual exterior. Y el segundo objetivo es la Mesa para la Resolución del Conflicto que tiene como objetivo consensuar una Propuesta Política que facilite la consulta abierta a nuestra sociedad como la única forma democrática de resolución del conflicto histórico y de superación de sus consecuencias violentas, que se presentará públicamente en el Aberri Eguna del 2005.

Para concluir, lo que está sucediendo en Euskal Herria es que el poderoso y creciente río formado por las confluencia de muchos esfuerzos colectivos e individuales, está creando una sinergia, una pedagogía ejemplarizadora que anima a otro sujetos para que sumen a ella, de modo que cada vez aparece más próxima la desembocadura en la mar de los derechos democráticos elementales, negados y perseguidos desde hace mucho tiempo.

EUSKAL HERRIA (22/XI/2004)

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