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Reflexiones accidentales sobre el Movimiento 15 de Mayo

Fuentes: Rebelión

1. El movimiento 15-M ha logrado desde un primer instante dos victorias incuestionables que parecían inalcanzables a corto plazo: la reapropiación por parte de la ciudadanía del espacio público y de la política. La estrategia de ir más allá de la simple manifestación y de ocupar las plazas durante un período prolongado ha provocado un […]

1. El movimiento 15-M ha logrado desde un primer instante dos victorias incuestionables que parecían inalcanzables a corto plazo: la reapropiación por parte de la ciudadanía del espacio público y de la política. La estrategia de ir más allá de la simple manifestación y de ocupar las plazas durante un período prolongado ha provocado un efecto contagio y se trata, sin duda, de la chispa inicial de la autoorganización creciente que se vive actualmente en muchos barrios del Estado Español. La ocupación del espacio público, hoy en día, no es simplemente una cuestión táctica, sino un ataque frontal al modelo de ciudad realmente existente, en la que el espacio público se ha convertido en una interzona de una capa metropolitana inacabable donde el ciudadano pasivo, el ciudadano-consumidor pasa para acudir al último bar de moda o al centro comercial. Por lo tanto su recuperación es en sí misma la negación de un modelo de ciudadanía y la reivindicación de otro: el del ciudadano crítico. La recuperación del plano político por parte de amplias capas sociales, supone sin duda también un ataque frontal a un paradigma. El lema de Democracia Real Ya!, ¡No somos mercancía en manos de políticos y banqueros!, se ha revelado acertado y capaz de conectar con un sector importante de la sociedad. Sin duda, estamos ante una crítica feroz al corazón del poder: el sistema de representación y la oligarquía financiera que lo sustenta. Por esta razón ha resultado tan emocionante observar cómo las plazas se convertían en ágoras donde ciudadanos de distintas edades y procedencias discutían los problemas actuales y hacían política en el sentido más etimológico del término, rompiendo la barrera infranqueable que hoy en día parece elevarse entre dos personas desconocidas. Intuyo, por mi experiencia personal, que esta reapropiación de la política se ha llevado a cabo más en los corrillos informales o espontáneos que en las famosas asambleas.

2. Se ha eludido uno de los mayores peligros que existían en el nacimiento del movimiento 15-M, el de convertirse en un movimiento antipolítico, con tintes nihilistas. Una prolongada negación cuya única salida era la ocupación como forma de rechazo sin más. Aunque todavía existen en las plazas elementos que defienden esta postura, por el momento se ha sorteado este riesgo, con una increíble madurez colectiva, y se ha llegado a la conclusión de que una resistencia sin propuestas no es una resistencia válida. La protesta se ha dirigido al sistema de representación existente, considerada una democracia de baja intensidad. A los pocos días, la noción de democracia se ha ampliado a cuestiones también sociales y el poder financiero se ha señalado como el principal responsable de la actual situación, utilizando la política como un medio de legitimación social. Lo que podía haberse quedado en una simple indignación intrascendente contra la partidocracia, se ha convertido en una protesta contra una forma de ejercer el poder y en la afirmación de que otra forma de ser ciudadano, en definitiva otra forma de estar en el mundo, es posible. La negación de la separación artificial entre economía y política es el cuestionamiento de uno de los principales postulados del neoliberalismo.

3. Entre las posibles formas de organización revolucionaria que existen el 15-M ha elegido la de la Comuna, y no es casual. Situar a la democracia en el centro de las reivindicaciones es la única forma, actualmente, de cuestionar al poder. Para ello es necesario establecer la plaza como confederación de todas las rabias, en primer lugar, y después de todas las propuestas. En ello el 15-M ha actuado de manera inteligente, acogiendo en su seno múltiples luchas de distintos sectores sociales para ampliar su base social, bajo el lema central de democracia real y ello debe ir incluso a más en los próximos meses. El actual desequilibrio entre el capital y el trabajo, debido a la internacionalización del capital, impiden que el trabajo pueda contrarrestar este desequilibrio de manera sectorial. La única manera de luchar de manera efectiva es globalizar la lucha del trabajo, llevándola al espacio público e implicando a sectores no afectados directamente. La lucha de clases actual se da en el espacio público. La lucha por un mayor gasto público o contra los recortes sociales constituye lucha de clases. Politizar las luchas laborales y sacarlas del ámbito puramente económico, hoy en día no es solamente necesario, si no imprescindible. Esta es la lucha por la democracia de hoy, la gran reivindicación del siglo XXI.

4. Existe en el 15-M un debate de fondo que se manifiesta más en los hechos que en las palabras y que está en el centro de la cuestión: el debate sobre la representatividad política. La mitificación de la asamblea ha llevado por momentos a que la celebración de ésta se tratara más de un ritual que de un espacio real de discusión política. La excesiva ocupación de tiempo en cuestiones prácticas y logísticas en lugar de en el debate político trae consigo el riesgo de que el 15-M se encierre en sí mismo, en un momento en que ser inclusivo es la única actitud revolucionaria posible. Ello no debería reproducirse en los barrios si se quiere ampliar la base social de la protesta y convertirla en una alternativa real. Las asambleas de las plazas ocupadas se han burocratizado demasiado rápidamente con la creación de multitud comisiones y de subcomisiones, por la obsesión de someter a debate todas las decisiones, incluso aquellas de índole práctica. En esta dirección existe una peligrosa sacralización del consenso, a veces mal entendido, que lleva a que en ocasiones una minoría pueda ejercer el poder mediante el bloqueo de decisiones con la coartada del consenso. Esta tensión entre asamblearismo y democracia, consenso frente a la voluntad de la mayoría es, sin duda, el debate estratégico de fondo. Ello nos lleva a una discusión sobre la delegación y la representatividad política. Existe un matiz importante entre los gritos ¡No nos representan! y ¡Nadie nos representa! Debe afrontarse más pronto que tarde el debate sobre si existe posibilidad de alguna forma de representatividad política o si, por otro lado, se niega toda delegación de soberanía individual y, además, puede abordarse sin fracturas importantes en el 15-M. Por otro lado, la asamblea y sus comisiones no son la única forma de organización posible; los grupos autónomos o los comités también son formas legítimas de organización y para ciertos asuntos más eficaces.

5. La izquierda transformadora organizada se ha visto completamente desbordada por la eclosión del 15-M y ello, probablemente, no solamente tenga que ver con su praxis si no también con parte de su concepción teórica. La revuelta que vivimos estos días no es producto de una masa dirigida, ni siquiera del pueblo tal y como lo entendemos; es una de las primeras revueltas de la multitud. La multitud constituida por una sociedad reticular de nodos interconectados que confluyen en un instante en una reivindicación central compartida. La clase trabajadora constituye un nodo muy importante de esta multitud y decisivo para que la revuelta siga adelante, pero no es el único. No porque no haya una gran mayoría de gente que objetivamente es trabajadora, sino porque subjetivamente no lo es. Muchos de los activistas que han acudido a las plazas estos días no definen su identidad ni su comportamiento en la esfera del trabajo. Es más, el trabajo es para ellos algo secundario, la subjetividad la producen desde otros ámbitos. Esta confederación de nodos interconectados es lo que Toni Negri ha llamado multitud y que nosotros aquí llamamos ciudadanía crítica. Solamente mediante su interconexión consciente el crisol de nodos es capaz de erigirse en sociedad civil crítica y realizar demandas conjuntas, aceptando su heterogeneidad. La izquierda transformadora puede y debe participar en esta red y hacer que algunas de sus demandas alcancen la aceptación de otros nodos, pero tendrá que olvidar su vanguardismo y evitar instrumentalizar el movimiento para no ser rechazada. Tampoco debe tener prisa en plantear el debate de la futura relación del 15-M con las instituciones, ya que este debate llegará con el simple paso del tiempo. Sí tiene que influir en que las demandas sean lo más inclusivas y generales posibles, basándose en los puntos que despertaron la simpatía del movimiento en amplias capas sociales: reforma de la ley electoral y abolición de los privilegios de la clase política, fin de la impunidad del terrorismo financiero y del fraude fiscal, paralización inmediata de los recortes sociales.

6. Como bien señalaba una periodista de El País, comparando la acampada de la Puerta del Sol con el cuento de Julio Cortázar «La Autopista del Sur», crear un espacio de encuentro y de convivencia es la mejor manera de establecer complicidades entre nodos aparentemente alejados. Una de las mejores noticias del movimiento 15-M ha sido la ruptura de la barrera generacional, que le lleva a no convertirse, como muchos otros movimientos progresistas, en un gueto juvenil. Ojalá, tras el necesario relevo de los barrios, esto siga así y el 15-M pueda seguir incluyendo en su seno a muchas voluntades, a muchos gallos apaleados que mediante la praxis puedan ir transformando la sociedad mediante la reivindicación y la autoorganización social.

Aitor Romero Ortega tiene 26 años y es ingeniero industrial, participante en las movilizaciones del movimiento 15-M en Barcelona.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR

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