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Comienzan a aprobarse los Grados de la Convergencia Europea

Se acabó la universidad

Fuentes: Rebelión

Con el comienzo de este nuevo curso hemos podido asistir al «fin final» de la Facultad de Filosofía de la UCM. En la Junta de Facultad extraordinaria convocada el 29 de septiembre para someter a votación la propuesta de Grado en Filosofía elaborada por la comisión académica, ha salido el «sí». Algo que, por otra […]


Con el comienzo de este nuevo curso hemos podido asistir al «fin final» de la Facultad de Filosofía de la UCM. En la Junta de Facultad extraordinaria convocada el 29 de septiembre para someter a votación la propuesta de Grado en Filosofía elaborada por la comisión académica, ha salido el «sí». Algo que, por otra parte, era de esperar.

La postura de los representantes de alumnos ha sido más o menos como sigue: hemos defendido el no al Grado, habiendo participado honestamente, sin embargo, en su elaboración. Sabíamos que se iba a elaborar de todos modos, y por eso participamos en él, para que el día de votarlo al menos pudiéramos enfrentarnos al menos malo. Pero hoy se trataba de aprobarlo o no, y obviamente no podíamos aceptarlo: no podíamos porque no es un Grado capaz de formar ni a medio profesor de filosofía, puesto que las condiciones que se han impuesto para la elaboración del mismo (lo hemos visto porque hemos participado), han sido castrantes: de 3200 horas lectivas pasamos a 1800, se pierden las asignaturas anuales, se condena a los profesores a no poder explicar ya NADA (puesto que se les reduce de un modo escandaloso el tiempo para poder dar clase, y además se les condena a vivir entre cacharros tecnológicos pseudoeducativos que lo mismo son útiles que inútiles u obstaculizadores). Pero además, ni siquiera tiene garantizado sobrevivir a la ANECA, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad. Esto es así porque no cumplimos ningún criterio de eficiencia en cuanto a las tasas de matriculados-abandonos-insertos en el mercado de trabajo (por cierto, sí, «operador descualificado» cuenta como inserción laboral de nuestra carrera según el Consejo Social, de modo que nos sale un 60%; pero, si no, rondaríamos el 5 o el 10), y en cuanto pasen el peine, se nos acabó incluso este muerto viviente devaluado que es el nuevo Grado, el mejor Grado posible (porque el Decanato ha trabajado lo indecible para sacar el mejor Grado, un trabajo además muy complicado, dada la pluralidad de intereses particulares y departamentales que había que tener en cuenta y que neutralizar para poder sacar el Grado más equilibrado, contando con la formación del alumno).

Hemos defendido el no, con unos cuantos argumentos, los cuales se podrían resumir en el siguiente: somos una Junta responsable de las decisiones que toma, y si no estamos de acuerdo con el marco en el que nos hemos visto obligados a elaborar el Grado podemos, y debemos, rechazarlo. No podemos aprobarlo porque hoy era el punto límite en el que se juntaban los espacios, el institucional y el no institucional, porque se trataba de decir sí o no a la implantación ya real de Bolonia. No podíamos traicionarnos a nosotros mismos, no podíamos traicionar a los cientos de alumnos que se encerraron durante un mes en la facultad el fin del curso pasado, no podíamos traicionar a las 15.000 personas que recorrieron las calles de Madrid el 8 de mayo contra el Plan Bolonia. Creíamos que rechazándolo se montaría un escándalo porque la UCM no podría tolerar no ofrecer una titulación de filosofía (la Facultad de Filosofía de la UCM es de largo la más poblada de las facultades de filosofía) viéndose obligada a darnos alguna alternativa, algún plazo, alguna condición excepcional… algo. En todo caso tendríamos un problema, una incertidumbre, algo de aire y alguna vía abierta para luchar con la esperanza de conservar unos estudios de filosofía que no sólo lo parezcan. Pero así tenemos ya una certidumbre, la de que nuestra existencia tiene los días contados, y encima es una existencia miserable.

Pero es verdad que podía ser que no lo hicieran, que no nos dieran ninguna alternativa, y que simplemente, al decidirnos por el «no», les sirviésemos en bandeja nuestra extinción no ya en 10 años sino en 1, haciéndoles un favor. Total, el objetivo confeso de la Conferencia de rectores es que de aquí a nada queden cuatro facultades de filosofía… Ése era el argumento de algunos profesores de los que están de acuerdo con nosotros. Otro argumento de quienes nos apoyan y han votado sí ha sido que podríamos habernos negado a la elaboración misma del Grado, que ahora ya no tenía sentido el «no»; pero como decimos, creemos que nuestra postura ha sido en todo momento coherente, por lo dicho anteriormente.

En cualquier caso: todos han votado que sí salvo los alumnos y un profesor. Los profesores críticos con Bolonia han tenido intervenciones buenísimas y han demostrado que estamos ante un hecho histórico, dado que es la primera vez que se admite que la existencia misma de la Universidad dependa de cómo esté el mercado de trabajo; y han pedido que constara de alguna manera la oposición de la Junta de Facultad al marco en el que se ha visto obligada a aprobar el Grado. Además, han constatado que, a pesar de ser éste el mejor Grado posible (notablemente mejor que los propuestos hasta el momento por otras facultades de filosofía), es un Grado donde no van a poder hacer aquello para lo que han empleado todas sus energías, toda su vida, todo su tiempo, todas sus ilusiones: la enseñanza.

A pesar de todo ello, ha salido el «sí». Quizás por miedo a la incertidumbre de cómo nos quedaríamos, quizás por consideración al (de verdad) increíble trabajo del equipo decanal… Bueno, en todo caso nos estamos refiriendo sólo al «sí» de los que se han preocupado por saber en qué consiste la reforma del Plan Bolonia, que son pocos, porque hay una mayoría de cucarachas que no hablan, que no defienden su postura, que ni siquiera sabrían defenderla, y que no paran de votarla.

Está hecho pues. Ahora a ver qué nos queda. La lucha contra el Master de Formación del Profesorado que nos quieren implantar para acceder a las oposiciones de Enseñanza Secundaria, sigue siendo vital por ejemplo. Y más cosas. Pero en todo caso ahora el escenario ha cambiado, porque ya tenemos un grado made in Bolonia.

Por primera vez no ya nuestra salud, sino nuestra supervivencia misma depende de cómo se caliente y se enfríe el mercado de trabajo. Esto es gravísimo en general, pero si pensamos en aquellos estudios cuya finalidad primordial no es satisfacer las demandas del mercado de trabajo, la cosa es muy grave. Es razonable establecer mecanismos reguladores para que si el mercado de trabajo va a demandar x ingenieros de electrónica, la universidad no produzca el doble. Ahora bien, la facultad de física, o la de historia, o la de filosofía, no están para satisfacer las demandas del mercado. Al margen del indudable interés en sí mismas y por sí mismas, como conservación, transmisión y generación de conocimiento importante en sí mismo, que estas carreras tienen, resulta vital su papel como formadoras del cuerpo de profesores de secundaria y universidad que han de educar a la sociedad en física, historia o filosofía. Y resulta que esto no depende del mercado de trabajo sino que -algo bien distinto- depende de la voluntad política de que esos estudios permanezcan en la educación. El mercado es azaroso, la voluntad política no (salvo cuando ésta no hace sino expresar la voluntad del mercado, claro). Y sucede que esa voluntad política es de sentido contrario, como podemos comprobar en las últimas reformas de la secundaria, que la condenan a ser prácticamente un jardín de infancia con una pluralidad absurda de asignaturas que ha acabado con las materias, y que se ha olvidado por completo de que saber historia, física o filosofía era algo que, al menos desde la Ilustración (aquello que cada vez queda más lejos, no se sabe si para volver a la edad media o para algo incluso peor) era la condición de posibilidad de alcanzar la mayoría de edad, y por lo tanto la tan cacareada ciudadanía.

Nos quitan el futuro laboral suprimiendo la voluntad política de que haya saberes en la educación y después nos exigen, para proponer un Grado, que especulemos con la tasa de inserción laboral que tendrá nuestro Grado: si es suficiente, en función de criterios exclusivamente de eficiencia económica, entonces el Grado será viable, si no, no. Y no lo será la próxima vez que pasen el peine de la calidad, en 5 o 6 años. La ANECA, probablemente, no aceptará un 50 % de inserción laboral en el mercado basura de las telepizzas o los operadores de telefonía móvil, pues para esos trabajos, no se exige ser graduado. Entonces se argumentará que el Grado de Filosofía que acaba de aprobarse no compensa en el mercado laboral y, consecuentemente, se suprimirá.

La trampa es evidente. Se podía entender que nuestras autoridades agacharan la cabeza cuando la alternativa era la guillotina o la gripe, pero sucede que ahora ya la alternativa es la guillotina o la soga; y eso es lo que se tuvo que elegir en la Junta de Facultad de Filosofía de la UCM el 29 se septiembre de 2008. Una Facultad, recordemos, que ha supuesto en momentos decisivos la vanguardia de la lucha contra el Plan Bolonia y las ansias neoliberales de desmantelamiento del sistema educativo. Una facultad que, por mucho que nos duela, ha agachado la cabeza, y esta vez no para andar más debilitada o más reducida, como había venido pasando, sino para que se la corten. Ha sido dramático comprobar cómo nuestros mayores se han desvivido por sacar adelante el mejor Grado posible para poder seguir siendo capaces de formar en filosofía a las generaciones siguientes, ver cómo han sido incapaces de lograrlo debido a las condiciones «de calidad» impuestas por el ministerio, el rectorado y la ANECA, y acabar por constatar cómo al final no han tenido fuerzas para no agachar la cabeza. Algunas de las cabezas que ya ruedan son cabezas llenas de lágrimas.

Sólo una resistencia organizada, una coordinación intensa entre las facultades (impedida por la nueva «autonomía universitaria», que es la negación material de la autonomía) y una intensa alergia a morir de rodillas podrían salvarnos. Hay que parar los grados donde sea posible. En la UCM se ha aprovechado el inicio de curso y la consiguiente desmovilización estudiantil para aprobarlos. Pero aunque logren imponerlos la lucha va a seguir. Creen que hemos parado, esperan que nos hayamos rendido, pero no saben que, salvo nuestra endémica incapacidad para organizarnos en verano, estamos más despiertos que nunca, más espabilados que nunca, y con más experiencia que nunca. Cuanto más brutales sean sus golpes, más inteligentes e incisivas serán nuestras respuestas. Un temblor recorre al capitalismo internacional, su despótico dominio sobre todas las instituciones está poniéndose en entredicho, muchas batallas empiezan a alumbrar el horizonte, y la de la educación va a ser sin duda una muy importante. Allí vamos a estar: siendo más que nunca, más espabilados que nunca, y mucho, muchísimo más cabreados de lo que nunca nos hayan visto. Todas las universidades del estado pueden saber ya que nuestra facultad va a seguir siendo una alianza en la lucha contra el desmantelamiento de la educación. No, no han acabado con nosotros, han acabado con nuestra paciencia.

Tradicionalmente la traición se paga cara; nuestras autoridades académicas, especialmente los rectorados, se han negado a hacer política y a seguir sus principios y lo que consideran conveniente para la universidad, se han resignado a ser meros gestores, meras correas de transmisión de los dictados de la patronal europea y española, así nos han brindado el fin de la universidad. Y eso, digámoslo por fin alto y claro, se llama traición.

«Una época no se puede obligar ni juramentar para poner a la siguiente en la condición de que le sea imposible ampliar sus conocimientos (sobre todo los muy urgentes), purificarlos de errores y, en general, promover la Ilustración. Sería un crimen contra la naturaleza humana, cuya destinación originaria consiste, justamente, en ese progresar. La posteridad está plenamente justificada para rechazar aquellos decretos, aceptados de modo incompetente y criminal.»

(¿Qué es Ilustración? I. Kant)