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Un malentendido llamado Nietzsche (II)

Fuentes: Rebelión

«Desde que amplios círculos se han apoderado de Nietzsche, ha sufrido el destino que amenaza a todo escritor de aforismos; algunas de sus ideas, aisladas del conjunto y con ello sujetas a interpretaciones arbitrarias, se han convertido en lemas y consignas de todas las tendencias, que resuenan en la lucha de opiniones, en la disputa […]

«Desde que amplios círculos se han apoderado de Nietzsche, ha sufrido el destino que amenaza a todo escritor de aforismos; algunas de sus ideas, aisladas del conjunto y con ello sujetas a interpretaciones arbitrarias, se han convertido en lemas y consignas de todas las tendencias, que resuenan en la lucha de opiniones, en la disputa de los partidos.» (Lou Salomé, 1894)

 

¿Conviene forzar a un autor (sea Nietzsche o cualquier otro) a expresarse mutilado o con medias palabras? ¿Minimizarlo a dos o tres textos arbitrariamente seleccionados según el lecho de Procusto académico? ¿Alegorizarlo hasta niveles acientíficos y grotescos? ¿vaciarlo de sus auténticas entrañas? En suma: ¿es productivo amordazarlo? Sí, pero en el proceso nuestro autor se asfixia, se nos hace irreconocible, desaparece. Debemos ser ya no abogados de Nietzsche, como reclamaba erróneamente en su metáfora jurídica Camus, sino sus fiscales públicos. Un gran biógrafo de Nietzsche como Ross decía con razón que Nietzsche ha tenido la desgracia de pasar a la posteridad como una suerte de «filósofo académico» cuando él habría deseado hacerlo como apóstol u oficial de artillería, poeta lírico o compositor, revolucionario o reformador, incluso como tribuno! Primera tarea es, ex ante, «liberar» a la Filosofía de su aislamiento térmico con la Política; en segundo lugar, «liberar» al propio Nietzsche de la jaula de hierro interpretativa y dominante, del falso bronce académico burgués (que odiaría), de «situarlo» en las coordenadas de tiempo y espacio, de acercarlo a sus verdaderas intenciones de intervención en su Mundo de vida histórico. Recuperar de Nietzsche sus auténticas mémoires involuntarias e inadvertidas. [1]

Nietzsche no es en absoluto un pensador filosófico-político inconsistente o confuso. Ni un sabio olímpico, alejado de los oficios terrestres de la Política y la lucha de clases. Tampoco un ensayista fragmentario, anárquico e inclasificable. ¿Es posible encontrar a través de todos los Nietzsches posibles una coherencia metapolítica, un hilo rojo de Ariadna? ¿No existirá una complicidad secreta, vergonzosa, oculta en la asimilación amistosa de Nietzsche en el courant intelectual de la ideología dominante? ¿Es Nietzsche el autor perfecto para combatir estructuralmente al pensamiento de la revolución? La carrera profesional y filosófica de Nietzsche, su vita activa, coincide, vis-a-vis, con la conmocionante («una época excitante» en sus propias palabras) y revolucionaria era de Bismarck, de comienzo a fin. Su primer idilio con el Reichskanzler duró poco tiempo, Nietzsche nunca comprendió la maquiavélica política conservadora de la Revolution von oben. El mismo Nietzsche lo reconoce, enfrentándose a sus epígonos posmodernos: «Yo no sería posible sin un contratipo de Raza, sin alemanes, sin estos alemanes, sin Bismarck, sin 1848, sin ‘Guerras de Liberación’, sin Kant, incluso sin Lutero.» La oposición nietzscheana, como lo intuyó Lukács, era por la derecha más radical: Bismarck era extremadamente liberal. La Constitución del Imperio Alemán (redactada por Bismarck mismo) introdujo intempestivamente una legislatura bicameral, sufragio universal masculino, y un vibrante sistema de partidos inspirado en los modelos británicos y estadounidenses de gobernanza, pero la innovación legislativa más progresista de Bismarck fue combinar estos con un paquete integral de Welfarism, de bienestar social que impulsó a través del Reichstag, cincuenta años antes del «New Deal» de Franklin Roosevelt y casi treinta años antes de la protección social universal de Beveridge en Reino Unido. Las leyes de seguridad social bismarckianas garantizaban el funcionamiento seguro médico alemán de clase, pensiones de vejez e invalidez, accidente seguro y seguro de desempleo. Cuando dejó el cargo en 1890, el Estado alemán y su Kultur jugaban un papel sin precedentes en la vida cotidiana burguesa de sus ciudadanos, forma que casi todos los estados modernos en Occidente asumiría en el transcurso del próximo siglo. La forma-Estado bismarckiana ya no era el declararse un simple guardián de la propiedad privada (Nietzsche siempre reclamo el Estado más mínimo posible), de la Ley del Valor, de defensa contra la opresión extranjera y la injusticia doméstica; se transformó en el Capitalista «ideal», garante contra la malevolencia del azar del Mercado capitalista, protector de las vicisitudes de la Naturaleza y la crueldad de la decadencia y mortalidad humana. Fue contra este fenómeno «progresista» y decadente que Nietzsche planificó fanáticamente su lucha (meta) política. Recordemos también que el régimen de Bismarck era calificado por el viejo Marx como «un Despotismo militar envuelto en formas parlamentarias con un ingrediente feudal y al mismo tiempo influenciado por la Burguesía.» El entonces diputado August Bebel, tornero autodidacta, quién luego sería uno de los fundadores de la Socialdemocracia alemana, decía que «este Reich, penosamente forjado a sangre y fuego, no es lugar propicio para la libertad burguesa y menos aún para la justicia social. El sable ha ayudado al alumbramiento del Imperio y el sable lo acompañará a la tumba». Otro diputado socialista, Wilhelm Liebcknecht (el padre de Karl, compañero de Rosa Luxemburg) calificaba al nuevo Reich como una «compañía principesca de seguros contra la Democracia».

Nietzsche previó este malentendido sistémico en plena vida productiva. Afirmaba que «tengo un miedo espantoso de que algún día se me declare santo. No quiero ser un santo, prefiero antes ser un bufón.» Desacralizar a Nietzsche, desmontar el catecismo del Nietzschéanisme. Debemos «desaprender» lo que sabemos de Nietzsche, hasta este punto ha llegado la tradición interpretativa nietzscheana, estructuralista y posmoderna. Y en muchos casos la hermeneútica de la inocencia nace, incluso, en las propias traducciones y en el impreciso e ideológico aparato escolar de citas. Salomé intuitivamente lo comprendió ya en 1894, señalando que «lo mejor, lo absolutamente original e incomparable que tiene para ofrecer Nietzsche, a pesar de todo, quizá no se ha visto y haya pasado desapercibido; y hasta es posible que se haya recluido en una oscuridad más profunda que antes», todo a causa de «la inocencia y la ausencia de crítica de los ‘creyentes’.» Ni siquiera uno de ellos ha seguido de verdad sus huellas concretas, concluía una apesumbrada Salomé. Como dice uno de sus primeros admiradores y difusores académicos, Brandes, Nietzsche se merece por completo «ser estudiado en profundidad, ser discutido y… ser combatido.» El Nietzsche real, el de carne y hueso, exige una tortuosa contralectura, una lectura a contrapelo o, paradójicamente, una lectura tal como la deseaba Nietzsche para el cual » en realidad lo que está en juego no es algo meramente individual, sino la cuestión más seria y decisiva de todas: recuperar la Esencia germana de la corrupción del Sokratismus bimilenario». Ahí están los cuatro grandes demócratas a combatir: Sócrates (con influencias judías), Cristo, Lutero y el odiado Rousseau. Por supuesto que ahí está, como un centro de gravedad, la mítica Voluntad de Poder, pero inevitablemente el Nietzsche terrestre (pese a sus fervientes hagiógrafos) nos recuerda que este principio-hipótesis lo establece en oposición a todas las teorías democráticas de la Vida, como cualquier mortal puede comprobarlo leyendo Zur Genealogie der Moral. La Kritik a la Cristiandad no lo es por sí misma, como nos lo vuelve a recordar el Nietzsche de carne y hueso en El Anticristo, sino que debe ser necesariamente una Crítica de «la Fatalidad que se ha deslizado del Cristianismo… a la Política.» [2] Su crítica a las enseñanzas cristianas, nos advierte el Nietzsche concreto desde El Caminante y su sombra, es simultáneamente también una Kritik de aquellas que se han «expandido a la Teoría política», [3] a saber: liberal, democrática, anarquista, comunista y socialista; la tímida Democracia liberal es el Cristianismo «naturalizado». La fórmula utilitaria burguesa de la «Felicidad para el mayor número de personas» (das Glück der Meisten), el Nietzsche real del Zarathustra, la considera un impedimento monstruoso contra el advenimiento de Übermensch. Podríamos seguir así hasta el infinito cansando al lector. El objetivo de la gran Política nietzscheana no es otro que liquidar la «Estupidez parlamentaria» de cuajo, como lo reflexiona en 1885 en su Nachlass. Act est fabula.

Desmontar todas las capas sedimentadas del palimpsesto ideológico que recubre a Nietzsche, incluso las más cercanas, [4] reordenar las coordenadas para su correcta ubicación y pone sobre el tapete sus puntos y nudos ideológicos esenciales. Estas tareas urgentes se encuentran como ejes centrales en esta propuesta de nueva lectura, en realidad, de una lectura profunda a secas. Nietzsche ya había comprobado que «la falta de sentido histórico es el defecto hereditario de todos los filósofos», nunca tan actual como en el caso del Nietzschéanisme. Parafraseando a Sloterdijk, parece que los nietzscheanos son gente que «prefiere suponer apodícticamente a leer con precisión». Si nos referimos al sentido en el siglo XIX Nietzsche aborrece la pequeña Política, todo lo que conlleva el decadente Estado de partidos y la tibia Democracia liberal de la época, su utopía es el retorno a una época trágica de Señores y Siervos, incluso instaurando la institución de la esclavitud y la guerra. Síntomas de la décadence de Occidente, de la degeneración de la Modernidad son «el advenimiento de la Democracia, los tribunales internacionales en lugar de Guerra, la igualdad de derechos para las mujeres, la Religión de la Piedad.» [5] Si fue la Modernidad burguesa la que escindió la Economía y la Política, la que creó al bourgeois y al citoyen en esferas separadas y autónomas para asentar su dominio como clase, es obvio que Nietzsche quiere abolirlas definitivamente. Cuando Nietzsche se refiere a sus ideas políticas siempre habla de la «Gran Política» (gross Politik) para diferenciarla de la keine Politik, la politiquería de la Democracia semiliberal, el sufragio universal masculino y el sistema de partidos y sindicatos. Si Nietzsche en su juventud intenta construir un partido (el Wagneriano, basta leer su Nachlass) lo hace para que nunca más existan partidos políticos, ni sufragio universal. Al final de su vida activa, Nietzsche seguía, en sorprendente continuidad, manteniendo su instinto político, proponiendo crear «un Partido de la vida, suficientemente fuerte para la gran Política: la gran Política hace que la Fisiología se convierta en ama y señora de todas las otras cuestiones. Quiere crear un Poder suficientemente fuerte para criar a la Humanidad como un todo superior, con implacable dureza frente a lo degenerado y parasitario en la vida, – frente a lo que corrompe, envenena, calumnia, lleva a la ruina… y ve en la aniquilación de la vida el distintivo de una especie superior de almas.» El significado y la connotación de «fisiologizar» la Política dejan pocas dudas hacia dónde apuntaba el rebelde Nietzsche.

La Judeofobia radical de Nietzsche (dato innegable) es otro tema tabú en la bibliografía oficiosa, ignorada o dejada de lado por la Hagiografía oficial. Debemos hacernos desde el sentido común una pregunta obvia: ¿por qué en esa época se relacionaba en Alemania a Nietzsche con el Anti-Semitismo (y no con otras corrientes a la izquierda, por ejemplo)? Porque había razones más que suficientes para establecer esa afinidad electiva: las obras más conocidas de Nietzsche rebosaban de Judeofobia y signos claros de tendencia hacia el Antisemitismo. Ya en El Nacimiento de la Tragedia lo judío se presentaba como la Némesis de lo trágico griego: «Victoria del Mundo judío sobre la Voluntad debilitada de la Cultura griega»; el Mundo judío «aniquila» la Grecia trágica. Incluso Sócrates era instintivamente judío, así como la Prensa moderna in toto: «los judíos, poseen en Alemania la mayoría del Dinero y de la Prensa». Contra el poeta Heine declara bélicamente: «¡Contra la indigna frase judía del Cielo en la Tierra!». Más adelante afirmaría que «alguien me ha dicho en alguna ocasión que es usted judío y que, por serlo, no domina del todo la Lengua alemana», le recriminaba a Strauss en su Primera Intempestiva. En una crítica judeófoba al Capitalismo en 1871, señala que en el trasfondo de las crisis se esconden «los ermitaños del Dinero, apátridas, verdaderamente internacionales, los cuales, con su carencia natural de Instinto estatal, han aprendido a abusar de la Política, como instrumento de la Bolsa, y del Estado como Sociedad, al utilizarlos como aparatos de enriquecimientos de sí mismos», para concluir que «señalo como una característica peligrosa del Presente político el uso del Pensamiento revolucionario al servicio de una egoísta ‘Aristocracia del Dinero sin Estado’ […] comprendo la enorme expansión del Optimismo liberal como el resultado de la Economía financiera moderna que tiene éxito en manos extrañas.» «Los judíos son el ‘peor’ de los pueblos» escribía en su Nachlass ya en 1875. Hasta el admirado Bismarck sufre su influjo: «Prusia está perdida (si sigue en esta línea), los liberales y los judíos lo han arruinado todo con sus comadrerías… han destruido la Tradición, la Confianza, el Pensamiento». ¡Han destruido hasta el mismo Pensamiento! Y los ejemplos pueden extenderse hasta el infinito. Nietzsche en un año tardío como 1887 seguía estando asociado a Wagner (la figura antisemita más popular en Europa a fines del siglo XIX) [6] y a su Ideología judeófoba, era considerado su alter ego. Wagner sostenía que la Democracia liberal era un producto «importado», una mercancía política franco-judía; sin tapujos acusaba de la Decadencia alemana al «Mundo hebreo-liberal». La Modernidad para Wagner -opinión compartida por Nietzsche, no se conoce crítica pública o privada a las tesis antisemitas wagnerianas- no era más que una moda francesa importada por judíos liberales y diseminada por la prensa y las revistas culturales. El «Partei Wagner» ocupa una extraña posición ideológica en la Alemania del 1870’s; aunque comparte con los nacional-liberales la aversión a los católicos, detesta la fe en el Progreso, la fiebre científica, el espíritu mercantil del «Presente», los costos extras del Modernismo burgués; se opone a toda extensión de la Educación pública; es marcadamente antisemita y opone al Optimismo de las ciencias y de la Economía Política el Pesimismo de la Filosofía schopenhaueriana. Además rechaza el Anarquismo y el Socialismo, subproductos del Ressentiment generado por la Modernidad capitalista. Uno de sus primeros divulgadores del 1900, Henri Lichtenberger, que trabajó durante un tiempo en el Archiv, señala sin tapujos que El Nacimiento de la Tragedia era sencillamente «propaganda wagneriana». [7] Biográficamente (una de las dimensiones de toda correcta hermenéutica, recordemos, junto con la filología y la doxografía) Nietzsche mantiene un Stimmung, una conducta práctica indisimulada contra el movimiento obrero; teóricamente una utopía reaccionaria se funda sobre una matriz de feroz elitismo en pos de una nueva y revolucionaria Aristocracia espiritual, la Aristokratismus der Gesinnung, los raros «hombres excepcionales» y una forma-Estado que coincida y permita su surgimiento y conservación. No estaba equivocado Bloch cuando afirmaba que el «impulso» (Impuls) natural de Nietzsche, más que el de cualquier otro filósofo, era el intento de «captar su Tiempo en consignas», en slogans filosófico-políticos, por lo tanto, la herencia de nuestro Tiempo supuestamente en una Totalidad. [8] Nuevamente coincidimos con el diagnóstico precoz de Salomé, que afirmaba que Nietzsche «parece hallarse en medio de aquellos que más lo elogian como un extraño y un ermitaño cuyo pie solo se equivoca en su círculo y de cuya encubierta figura ninguno alza el manto.»

Este es el último aspecto pedagógico de todo auténtico ensayo, como decía Marx, tratar de ayudar a los dogmáticos para que se den cuenta del ‘sentido’ de sus tesis. L a genuina crítica filosófica no pregunta qué es lo vigente, sino qué es lo verdadero. En el caso del gigantesco malentendido llamado Nietzsche, nunca tan válido aquel pensamiento de Valéry decía con razón «no me leerás si antes no me has comprendido».


Notas

[1] Con sus propias palabras: «Poco a poco se me ha ido revelando lo que hasta ahora fue toda gran Filosofía: a saber, la confesión de su autor y una especie de mémoires involuntarias e inadvertidas.» (Nietzsche, KSA, 5, p. 19.)

[2] Por las dudas: «das Verhängniss […], das vom Christenthum aus sich bis in die Politik eingeschlichen hat».

[3] Por las dudas: «- zu einer politischen Theorie erweitert.»

[4] El otrora influyente Althusser afirmaba sin titubear que su propio linaje materialista radical se fundamentaba en una serie de autores: «Epicuro, Spinoza, Marx, por supuesto, Nietzsche… Heidegger»; véase: Louis Althusser, «Philosophie et marxisme: Entretiens avec Fernanda Navarro (1984-1987)», en: Sur la philosophie, ed. Olivier Corpet, Gallimard, Paris, 1994, pp. 58-59. Sobre Heidegger político, remitimos al lector a nuestro obra: Heidegger. Nazismo y Política del Ser; Montesinos, Mataró, 2017.

[5] Por las dudas: «die Heraufkunft der Demokratie, der Friedens-Schiedsgerichte an Stelle der Kriege, der Frauen-Gleichberechtigung, der Religion des Mitleids.»

[6] Véase: Carlo Alberto Defanti: Richard Wagner. Genio e Antisemitismo; Lindau, Torino, 2013; en especial el capítulo «Wagner, Nietzsche e gli ebrei».

[7] El trabajo clásico y hagiográfico sobre Nietzsche de Lichtenberg sigue siendo su La philosophie de Nietzsche, Félix Alcan, París, 1898; traducción española: La filosofía de Nietzsche, Jorro Editor, Madrid, 1910. Ver además: «L’individualisme de Nietzsche», en: Entre camarades, Société des Anciens Elèves de la Faculté des Lettres, Université de París, París, 1901 (pp. 341-357). Sobre Henri Lichtenberg, el pionero introductor de Nietzsche en Francia y colaborador durante un período de tiempo del trabajo en el Archiv con Elisabeth Förster-Nietzsche, véase: Le Rider, Jacques, «Nietzsche ind Frankreich. Der Meinungswandel E. Förster-Nietzsches und Henri Lichtenbergers», en: Nietzsche Studien, vol. 27, 1998. y su trabajo más completo Nietzsche en France, PUF, París, 1999.

[8] Ernst Bloch: «Der Impuls Nietzsche»; en: Erbschaft dieser Zeit [1935]; Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1962, pp. 358-366.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.