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El fracaso del proyecto sionista

Fuentes: CAPJPO-EuroPalestine

Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Caty R.

Cualquiera que sea el número de bombas arrojadas sobre Líbano y Palestina, cualquiera que sea el número de muertos, de palestinos y de libaneses saqueados y torturados, cualquiera que sea la arrogancia del conjunto de los gobiernos israelíes y la impunidad de la que gozan, hay un hecho evidente: el proyecto sionista está en un atolladero.

«Nuestros líderes y sus criados intelectuales parecen incapaces de comprender que la historia no se puede borrar como una pizarra para escribir en ella nuestro futuro e imponer nuestro modelo de vida a los «pueblos inferiores»» Edward Said.

Con malos comienzos, el Estado de Israel, nacido de una mentira («una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra»), -muy cómodo para las grandes potencias que se lavaban la conciencia por sus crímenes contra el pueblo judío con poco gasto y al mismo tiempo disponían de un peón en esta parte estratégica del planeta-, habría podido elegir integrarse en el mundo de Oriente Próximo donde decidió instalarse. Una elección que habría podido asegurarle un desarrollo económico, científico y cultural extraordinarios.

En lugar de eso, Israel siempre eligió otras vías: la de la brutalidad y el desprecio. Apostó por la desaparición de los palestinos, por el lavado de los cerebros (los de su población y los de todo el mundo), e intentó reescribir la historia. Y perdió.

El proyecto sionista está en un atolladero y los actuales ataques desenfrenados del ejército israelí a Líbano y a los territorios palestinos ocupados es el resultado y la prueba de este fiasco.

El fracaso del negacionismo

El sionismo se empeñó en la desaparición del pueblo palestino pensando que bastaba con negar su existencia y después echarlo y desesperarlo hasta que abandonase todos sus derechos. Procuró, en vano, deshumanizarlo. La negación del otro es una constante en toda empresa colonial.

Pero ni el negacionismo ni la limpieza étnica dieron los frutos esperados. El pueblo palestino existe. Ha conseguido resistir a 40 años de ocupación y 60 de expulsiones, destrucciones y boicoteo. Ni las matanzas ni las humillaciones han conseguido erradicar a la población palestina. Es más, se ha desarrollado, cultivado y curtido utilizando como armas, además de las piedras, la demografía y la educación.

Ni peores ni mejores que otros, los palestinos, enfrentados a la corrupción de más de un dirigente y a un cierto repliegue en los valores religiosos -que se puede observar por todas partes en un mundo espantado por tanta barbarie-, siguen luchando. A pesar de todas las estratagemas, presiones, represiones y argucias desplegadas para incitar a la división o a la colaboración, los israelíes no han conseguido quebrantar la unidad ni instaurar el caos. Los palestinos resisten.

Israel: una sociedad maltrecha

La población israelí vive siempre en pie de guerra. Mientras que las exigencias se plantean en nombre de la «seguridad de Israel», los israelíes jamás han conocido la seguridad. Como todo ocupante, viven inmersos en el miedo. Los jóvenes y los menos jóvenes padecen esta situación, obligados a dedicar tres años de su vida (dos para las chicas) a la guerra, y a regresar a ella regularmente como reservistas. La violencia doméstica, consecuencia inevitable de los comportamientos que pretenden deshumanizar a los palestinos en los territorios ocupados, no deja paralelamente de crecer en Israel, como señalan alarmados numerosos sociólogos israelíes.

La situación económica es desastrosa. Israel sólo sobrevive gracias al maná estadounidense. Su economía gira totalmente en torno a la guerra en detrimento de todos los demás sectores; y la guerra no atrae a los inversores.

Las divisiones y desigualdades entre diferentes grupos de población y sectores de inmigrantes: judíos orientales, askenazíes, rusos y palestinos del 48, son patentes. Aunque reciben mejor trato que los árabes israelíes, los judíos orientales son ciudadanos de segunda (hasta el punto de que eso los hizo volverse masivamente hacia el Likoud y los partidos religiosos tradicionales, mientras que los askenazíes nutrían tradicionalmente a las formaciones de la izquierda laica). La inmigración de un millón de rusos (judíos o supuestos judíos) originó un clan poco apreciado por los otros grupos sociales. En cuanto a los 250.000 esclavos no judíos traídos para sustituir a la mano de obra palestina, no van a reforzar precisamente la cohesión de la sociedad israelí. Lo único que sustenta hoy la cohesión es el miedo al «enemigo común», fomentado con esmero por los dirigentes israelíes. El famoso «ellos o nosotros» utilizado hasta la saciedad, es el nexo de unión.

Israel se despojó, como de una costra malsana que le impedía cambiar de vida, de casi de todas las tradiciones judías de la diáspora (prescindió del yiddish, de la cultura judeoárabe, de las especialidades culinarias y hasta del humor judío, el arte de burlarse de sí mismos, ligado a «la mentalidad del gueto» y por tanto inadmisible en Israel). Y ¿cómo las ha reemplazado? ¿Sólo con el reconocimiento de la fuerza, con la cultura militar?

Muchos israelíes se hartan de este ambiente, lo que se traduce en un número nada despreciable de fugas. Por supuesto las cifras se esconden cuidadosamente, pero el hecho está ahí: un número considerable de israelíes, a menudo entre los más capacitados académicamente, se expatría, provocando una inquietante fuga de cerebros, asunto sobre el que Israel se abstiene de hacer comentarios y prefiere poner énfasis en los nuevos emigrantes, los que hacen su Alya. ¿Compensan el número de israelíes que se van, sin bombo y platillos, anunciando la mayoría de las veces que van provisionalmente a estudiar o trabajar en el extranjero (principalmente a Estados Unidos, Canadá y Europa) y no vuelven, o sólo lo hacen brevemente para ver a sus familias? Es muy dudoso.

Una imagen desastrosa ante el mundo

Israel también ha perdido en términos de imagen.

Estamos ya muy lejos de las simpatías, ampliamente extendidas en el mundo occidental, de que gozaba el valiente pueblecito que deseaba, después de tanto sufrimiento, instaurar el socialismo desarrollando los kibutz, el país que alardeaba de grandes principios de democracia, igualdad y laicidad.

Israel es hoy el país el más odiado del mundo. Repelen su brutalidad, su desprecio a los demás, su voluntad de crear el caos en todo Oriente Próximo, su estigmatización permanente de los árabes y su descaro ilimitado cuando se trata de agitar el espantajo de la religión… de otros.

Estado religioso fundado sobre la desigualdad, sobre la noción de pueblo elegido, que no concede los mismos derechos a sus ciudadanos según sean judíos o no, fagocitado por peligrosos fanáticos religiosos que no sólo hacen de las suyas en los asentamientos de los territorios palestinos sino también en los niveles más altos del aparato del estado y del sistema educativo, Israel es un estado integrista, dotado de la bomba atómica, que sólo inspira simpatía a los aprendices de brujo.

El chantaje del antisemitismo: un verdadero bumerán

La simpatía hacia Israel de los que tienen intereses allí o los que se arriman sistemáticamente al sol que más calienta, no debe hacer olvidar la aversión creciente, incluso de los que se callan, por la vergonzosa ley del embudo y la increíble impunidad. Aversión que, por una desafortunada mezcolanza, puede recaer sobre todos los judíos, particularmente en países como Francia donde se ve mucho a los judíos famosos que se salen en defensa de la política israelí y muy poco a los que se desmarcan.

Así, el estado que se presentaba como un remanso de paz y seguridad para todos los judíos del mundo, ha enfangado a su población en la inseguridad permanente y se ha convertido en «la mayor fábrica de virus del antisemitismo», según la expresión del militante israelí de Gush Shalom, Uri Avnery.

Israel está atrapado en una lógica satánica: sus dirigentes necesitan apelar al antisemitismo para presentarse como «las» víctimas, con el riesgo instaurarlo, de fomentarlo. Con esto pretenden distraer la atención de su crueldad con los palestinos, o por lo menos inhibir las críticas, e incitar a más judíos a que vayan instalarse en Israel, de manera «preventiva». Pero el chantaje del antisemitismo, ese terrorismo intelectual y moral, esas constantes mentiras fomentadas por los políticos y los medios de comunicación, exasperan a un número cada vez mayor de ciudadanos. Y la inmensa mayoría de los judíos de la diáspora, que no tienen ganas de instalarse en Israel, corren peligro de sufrir las consecuencias, sin que los pirómanos se preocupen de extinguir los fuegos que encendieron.

La manipulación permanente del genocidio de los judíos por los sionistas también acaba por gastarse y perder eficacia. Todos los que militan para que aquellos crímenes contra la humanidad no se repitan nunca, rechazan que el Holocausto transforme el estudio del nazismo y el ascenso del fascismo en «temas tabú». Actualmente la recuperación de la memoria histórica ha dado paso a la prohibición de averiguar cómo fueron posibles aquellos horrores. Hitler = Satanás, y punto. Prohibido analizar, comparar, descubrir que Hitler no era un lobo caído del cielo que los dirigentes del mundo entero, por ingenuidad o por atolondramiento, dejaron entrar en el redil. Ni hablar de plantearse que el ascenso del fascismo no se hizo en un día, sino que duró una decena de años durante los que las atrocidades y el exterminio de judíos, comunistas y miembros de la resistencia fueron encubiertos por los obsequiosos regímenes democráticos que, en general, veían en el nazismo una buena muralla contra el contagio comunista. El lobo Hitler fue cebado tranquilamente, ninguna potencia occidental rompió sus relaciones diplomáticas con él antes del final del 39 y entonces ya existían los campos de concentración. Silencio. Tema tabú. Nadie quiere remover el montón de basura. Pero, ¿hasta cuando el genocidio de los judíos, el genocidio de nuestros padres y nuestros abuelos, tendrá como principal función encubrir las artimañas criminales del Estado de Israel?

Nuestros «filósofos» y otro plumíferos, elocuentes partidarios del derecho de injerencia cuando se trata de someter a los pueblos, unánimes para justificar la agresión contra Líbano y satanizar a Hezbolá, igual que aprobaron la estrangulación del pueblo palestino, satanizaron a Hamás y aplaudieron la agresión contra Iraq, siempre podrán cantarnos la canción del «choque de civilizaciones» y de la «superioridad de la cultura judeocristiana». El hecho es que la razón del más fuerte no siempre es la mejor. Israel, enfrentado a las derrotas que infligen a su poderoso y sofisticado ejército los pueblos que se niegan a someterse a su yugo, lo está comprobando. Que nuestro Sarkozy y compañía, tan diligentes para hacerles el caldo gordo a los ocupantes, y para rodearse de titiriteros como Finkielkraut y Klarsfeld, tomen nota. Quizá no hayan hecho la mejor elección.

La voluntad de autodeterminación de los pueblos no deja de asombrarlos.

Fuente: http://www.europalestine.com/article.php3?id_article=2288


Caty R. es miembro de los colectivos de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción es copyleft y se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y la fuente.