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Siria

¿Guerra relámpago o guerra mundial?

Fuentes: Rebelión

Nuevamente retumban los tambores de guerra en el siglo XXI. Los líderes imperialistas se aprestan a un ataque relámpago que nos recuerda el estilo bélico hitleriano de Blietzkrieg, que se traduce en las actuales guerras preventivas o punitivas. El belicismo se perfecciona con la letalidad y malignidad de armas y equipos concebidos por los estrategas […]

Nuevamente retumban los tambores de guerra en el siglo XXI. Los líderes imperialistas se aprestan a un ataque relámpago que nos recuerda el estilo bélico hitleriano de Blietzkrieg, que se traduce en las actuales guerras preventivas o punitivas. El belicismo se perfecciona con la letalidad y malignidad de armas y equipos concebidos por los estrategas de Washington, Tel Aviv, Londres, París y Berlín.

Distintos diccionarios conceptúan la guerra como rompimiento de paz entre potencias, pugna, disidencia, lucha o combate. El estratega alemán, Carl von Clausewitz la definió en el siglo XIX: «la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento y la continuación de las relaciones políticas, con otros medios… Este comercio político no termina por la intervención de la guerra, un acto de violencia que intenta obligar al enemigo a someterse a nuestra voluntad».

Para hablar de la guerra habría entonces que referirnos a ideólogos imperiales de la geoestrategia, que significa la expansión en el planeta que habitamos a partir de intereses definidos por las potencias. Los estadounidenses Mahan, Spykman y Cohen; los británicos Mackinder y Fairgrave han descollado en la promoción de una estrategia belicista materializada a partir del 11 de septiembre de 2001. Pero no son los únicos. Añadamos las predicciones neofascistas de Fukyama sobre el denominado Fin de la Historia.

Los privilegiados ante cada contienda son el complejo militar industrial estadounidense, israelita, británico, francés y alemán, que satisface sus ansias de lucro con cada conflicto instigado o que estalla sobre la faz de la tierra. Los favorecidos son las residencias de los máximos representantes imperiales. Las víctimas, sin duda, los pueblos agredidos e intervenidos.

¿Qué se necesita para declarar una guerra mundial? Por lógica elemental, se trataría de un conflicto donde interviene una extensa cifra de contendientes, representativos de muchos Estados y varios continentes. Sin embargo, los teóricos estiman que la guerra se mundializa a partir de contradicciones entre las potencias. Repasar la historia del siglo XX nos acercaría a una predicción sobre el peligro que se avecina.

Durante la I Guerra Mundial los principales contendientes fueron Alemania, Austria-Hungría, Italia, Turquía, Inglaterra, Francia, Rusia, Japón, Estados Unidos y Grecia; con participación de Bulgaria, Serbia, China, Australia y Nueva Zelanda, los territorios colonizados por Alemania en Togo, Camerún, África Suroccidental (hoy Namibia) y África Oriental: Ruanda, Burundi y Tanzania. Fueron disueltos 4 grandes imperios.

Durante la II Guerra Mundial estuvieron involucrados representantes de cuatro continentes: Europa, el norte africano, Asia y Estados Unidos. El fascismo alemán y sus aliados de Italia y Japón ocuparon el continente europeo, Etiopía, la Unión Soviética, Singapur, Egipto, Túnez. La coalición integrada por Francia, Inglaterra y Estados Unidos fue beneficiada y el fascismo destronado.

La singularidad de las guerras del siglo XXI es que las grandes potencias todavía no contienden entre sí, por eso los estrategas e historiadores no las denominan mundiales. En previsión de la catástrofe no es ocioso enumerar la cifra de países involucrados: los 28 miembros de la OTAN, encabezados (desde luego) por Estados Unidos y varios socios de la citada Organización que facilitarían el despliegue hacia los sitios conflictivos apoyados por los aliados árabes; el omnipresente Israel; los agredidos u ocupados: Afganistán, Irak, Pakistán, Libia, Líbano, Palestina y los Estados que se hallan en la mira imperial: Siria, Irán y Rusia. En este multicolor ejército de agresores, hoy se añaden los mercenarios de diversas nacionalidades, tarifados de la guerra en cualquier rincón del orbe.

Es inminente la guerra relámpago, que emplearía armas inteligentes, sofisticadas y letales de los países que ignorarán, una vez más, los principios de coexistencia pacífica, respeto a la soberanía, independencia y autodeterminación de los pueblos. Pero para ser justos, el próximo conflicto no solo responde al concepto del Medio Oriente Ampliado concebido durante la era Bush y extendido en la era Obama.

Sería injusto olvidar los planes de sucesivos gobiernos sionistas, que desde los años ochenta del siglo XX aceleraron un plan eficaz, instigador de la política estadounidense hacia el mundo árabe, musulmán y persa. Desde el mandato de Sharon a Eitan la estrategia hacia el Medio Oriente se basa en la división de la región en pequeños Estados, el fraccionamiento y enfrentamiento de las etnias y religiones y la disolución de los Estados existentes. Los países más ambicionados son los de mayores recursos monetarios y de hidrocarburos. La égida de convertir a Israel en un imperio podría constituirse en un futuro no lejano en una amenaza para Estados Unidos, después de que el primero se haya posesionado de su entorno.

¿Qué se necesita para declarar la existencia de un holocausto?

En la Primera Guerra Mundial se estimaron unos 19 millones de fallecidos, en la Segunda, entre 55 y 65. ¿Cuántos se contabilizan ahora después del persistente genocidio contra los palestinos, los conflictos internos instigados por las potencias, las masacres de iraquíes, afganos y paquistaníes; la ocupación de Libia y la escalada contra Siria? Las cifras se ocultan, pero el resultado es evidente.

Resulta impensable vaticinar una cifra de víctimas del genocidio, de los torturados, bombardeados y desplazados. Todos los delitos de lesa humanidad y agresión codificados por las convenciones del Derecho Internacional Humanitario resultarán insuficientes para detener la escalada terrorista y supuestamente combatir el terror de los países indeseados para los polos imperiales. La consigna estadounidense se repite: salvar al pueblo libio de los crímenes humanitarios, salvar al pueblo sirio de las armas químicas, ¡salvar con mercenarios, bombas y drones!…

Aún conservan el frío del avión las maletas de los observadores que viajaron en nombre de las Naciones Unidas para comprobar si el gobierno de Damasco utilizó armas químicas. Poco importará el resultado de su investigación. Las fuerzas imperialistas tampoco atendieron las pesquisas del Organismo Internacional de Energía Atómica y otros enviados de la ONU sobre las armas de destrucción masiva antes de agredir a Irak.

Presenciaremos, una vez más, todas las normas de convivencia y humanidad pisoteadas, el inicio de una guerra relámpago y punitiva, que multiplicará el holocausto, esta vez contra los pueblos árabes ¿y quién sabe cuántos más? ¿Cuántas guerras seremos capaces de soportar antes de que nuestro planeta se extinga por la vesania y la impunidad imperialistas?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.