Existe una alta probabilidad de victoria de las derechas en las próximas elecciones generales, con un cambio del largo ciclo sociopolítico e institucional progresista, hacia una etapa política regresiva y autoritaria.
No todo está perdido para las izquierdas y fuerzas progresistas. También existe la posibilidad de una derrota de las derechas. Hay distintas variables que pueden condicionar el proceso político y socioelectoral en un sentido u otro.
Por un lado, es manifiesta la contundencia de una ola reaccionaria mundial, representada por el imperialismo militarista estadounidense y el ascenso ultra europeo, que apuestan por la involución antidemocrática, la regresión social y el neocolonialismo, junto con el antifeminismo, el racismo y el negacionismo climático. Constituye el mayor riesgo para la democracia y sus fundamentos de libertad real de la ciudadanía, igualdad, cohesión social y convivencia intercultural.
Por otro lado, existen suficientes energías sociopolíticas y democráticas para contrarrestar esas dinámicas derechistas y posibilitar un impulso democratizador y de avance social, laboral y feminista. Su activación y su refuerzo dependen de la voluntad y la determinación de las fuerzas progresistas y las izquierdas sociales y políticas.
Todo ello lo analizo en mi reciente libro “Cambio de ciclo. Desafíos para las izquierdas”. Estamos ante una encrucijada histórica, en la que se ventila o bien el agotamiento de este ciclo progresista de más de tres lustros, desde 2010, de cambio sociopolítico, primero, político-electoral, después, y, finalmente, institucional, o bien, la prolongación de una nueva etapa de progreso, con el imprescindible impulso reformador igualitario, de regeneración democrática y renovación ideológico-cultural. Que el dilema se resuelva en el segundo sentido es el desafío para el refuerzo, la reconstrucción y la colaboración de las izquierdas, en torno a un proyecto transformador.
Escenarios posibles
Me detengo en esa doble tendencia contradictoria, los escenarios hipotéticos y las condiciones necesarias que pueden posibilitar una nueva etapa progresista.
Son evidentes los indicios sobre el ascenso de las derechas, que prefiguran su deseado giro reaccionario. Por un lado, está la derrota de las izquierdas en las recientes elecciones autonómicas en Extremadura, Aragón y Castilla y León, en esta última con algunas particularidades. Así, en esta región, las derechas de PP (35,5%) y Vox (18,9%), que absorben el electorado de Ciudadanos, han incrementado sus votos en más de cinco puntos porcentuales (hasta el 54,4%), con tres escaños más. Mientras tanto, el PSOE (30,7%) ha subido solo siete décimas, pero con dos escaños más, que corrigen su tendencia descendente anterior en Aragón y Extremadura. Además, la debacle de las dos candidaturas de la izquierda alternativa, encabezadas por IU (2,2%) y Podemos (0,7%), ambas sin ningún escaño y un descenso compartido de más de dos puntos, aventura su complicada perspectiva. Todo ello, hace que en su conjunto se consolide la derechización política con una ultraderecha reforzada y una mayor ventaja sobre las izquierdas, que deben porfiar en su renovación y refuerzo. El siguiente reto será Andalucía.
Por otro lado, la mayoría de estudios demoscópicos, a excepción del CIS de Tezanos, indican que entre ambas derechas conseguirían la mayoría absoluta parlamentaria en las próximas elecciones generales. Es el escenario que PP y Vox y su potente grupo mediático consideran, de forma machacona, inevitable, buscando la resignación y la desafección progresista.
La última encuesta de la consultora 40dB, sobre la unidad de la izquierda alternativa y la estimación de voto (analizada en otra parte), ratifica ese diagnóstico: PP, 30,2%; PSOE, 27,7%; Vox, 18,8%; Sumar, 5,9%; Podemos, 3,3%; Otros y blanco, 14,1%.
Esta perspectiva de involución regresiva y autoritaria, percibida con inquietud por amplios sectores democráticos, suscita voluntad cívica para combatirla y superarla. De ahí viene la renovada subjetividad entre la izquierda social por la aspiración a la unidad de la izquierda alternativa, incluida la nacionalista, como factor determinante para posibilitar, junto con la renovación socialista, la perspectiva de la victoria electoral progresista.
Ambos espacios, la socialdemocracia (sanchista) y la izquierda transformadora (con sus tres bloques, el nuevo Sumar, Podemos e izquierdas nacionalistas y territoriales), tienen sus dificultades. Sus limitaciones lastran la credibilidad necesaria para garantizar la consolidación y ampliación de sus campos sociales y electorales, frente a la derechización en curso. Son obstáculos para superar.
No se trata solo de estimular la ilusión y la esperanza de ganar; sino de promover las estrategias adecuadas para conseguirlo, activar la ciudadanía democrática, ofrecer confianza transformadora. Y, en todo caso, prepararse para el escenario más negativo de una etapa de involución derechista: la posibilidad de que las fuerzas democráticas y de izquierda tengan que resistir en una travesía del desierto institucional. El temor social se expande, con razón, ante duras amenazas. Frente a la parálisis y la adaptación individual, hay que convertirlo en motivación colectiva democratizadora y antifascista.
Dilemas políticos
Las izquierdas, principalmente la socialista como formación dominante, tienen profundos dilemas políticos. La actual estrategia socialista no garantiza su remontada electoral. Es la mayor incertidumbre, en un contexto de fuerte poderío de las derechas y sus grupos de poder. El pragmatismo sanchista, en situación defensiva, puede ser insuficiente. Necesita una reorientación y un impulso.
Su lógica de hacer de la necesidad virtud, le ha permitido adaptarse a cambios tácticos y discursivos para responder a demandas básicas de sus socios. Estas concesiones eran imprescindibles para, en un primer momento, ensanchar su base socioelectoral, luego, acceder al poder gubernamental y, después, para conservarlo. En minoría parlamentaria, son rasgos específicos del sanchismo, derivados inicialmente de una firme y masiva presión ciudadana por su izquierda, luego debilitada, y por el nacionalismo periférico. Cuando esos condicionantes democratizadores disminuyen pesa más la influencia de poderes fácticos, y predomina la inercia de cierto continuismo socioeconómico e institucional.
La experiencia histórica nos da algunas claves interpretativas de la estrategia socialista. En primer lugar, el factor desencadenante de esta nueva etapa fue el fuerte impulso cívico, contra la austeridad y por la democracia, frente al bipartidismo gobernante, del primer lustro (2010/2014). A continuación le sigue la consolidación de un amplio campo socioelectoral a su izquierda (2014/2019), representado por el primer Podemos y sus aliados, así como por el emplazamiento soberanista.
En ese contexto, con un PSOE dividido y debilitado, Pedro Sánchez apuesta por la confrontación política con las derechas, con cierto giro social hacia la izquierda y sus pactos de gobiernos de coalición progresista (2020 y 2023). Su finalidad es ampliar su espacio socioelectoral, consolidar sus posiciones de poder institucional y gestionar una agenda levemente reformadora.
En segundo lugar, ante la dependencia parlamentaria respecto de las derechas nacionalistas (especialmente Junts), en las elecciones generales de 2023, se ve forzado al giro impuesto por el nacionalismo catalán: amnistía de los condenados por el procés y mayor financiación autonómica. La consecuencia añadida es la ralentización de la reforma social, sin frenar el deterioro -autonómico- de los servicios públicos y habitacionales, y sin avances significativos en la regeneración democrática. Un balance escaso para las mayorías populares.
No obstante, la reacción derechista, con el particular ascenso ultra, es visceral. Se apoya en el nacionalismo españolista excluyente, el neoliberalismo regresivo y el antifeminismo neoconservador.
Si a ello le unimos los casos de corrupción y acoso sexista en el interior socialista y la instrumentalización racista de la inmigración, tenemos el contenido de la ofensiva mediática de las derechas que persiguen deslegitimar y derribar al gobierno progresista. Mientras, el presidente Sánchez busca en el plano internacional -proPalestina y diferenciación con Trump-, alguna ventaja discursiva contra las derechas.
Ambivalencia socialista y unidad de las izquierdas
El Partido Socialista, con una base social mayoritaria de izquierdas, tiene un carácter ambivalente. Por una parte, está condicionado por el nacionalismo periférico y un amplio campo a su izquierda, que presionan por una reforma social, democrática y territorial.
Por otra parte, está influido por su imbricación con el poder establecido, incluido el europeo, y su estrategia de ampliar su electorado con sectores centristas, mediante una política moderada, como sus colegas europeos.
La tensión y combinación de las dos dinámicas se traduce en el continuismo estratégico, con algunos bandazos coyunturales. El efecto problemático es la frustración cívica ante la persistente desigualdad social y la gravedad relacional, medioambiental, geopolítica…
La dirección socialista confía en la deslegitimación del PP y Vox, a través de la confrontación discursiva y simbólica, sin reformas sociales y democráticas de calado. Pero ello le dificulta la activación de las bases sociales de izquierda.
Esa respuesta continuista, con el simple emplazamiento político, es insuficiente para consolidar un electorado progresista mayoritario. Sería imprescindible conseguir credibilidad transformadora y arraigo social y demostrar firmes compromisos democráticos.
Por último, la cooperación entre las izquierdas alternativas, aun con las expectativas sociales levantadas, es incierta. Tiene una triple dificultad, por la primacía estratégica, política y orgánica priorizada por cada uno de tres núcleos dirigentes de los citados bloques. Persiste el corporativismo elitista de grupo y el débil respeto al pluralismo entre las dos tendencias básicas, la más moderada y la más radical, y su articulación territorial. Conllevan los efectos perniciosos de su división, en particular, para el acceso a la representación parlamentaria y la imposibilidad de la reedición gubernamental progresista.
La respuesta no es solo el apaño de listas y siglas. Su futuro depende de la dinámica generada, con un potente y unitario proceso participativo y de movilización social. Sus liderazgos -la izquierda social y política en general- están sometidos a prueba. Veremos su capacidad y su renovación.
Antonio Antón. Sociólogo y politólogo.
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