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Gobernanza Genital: entre el clítoris y la mondá

Fuentes: Rebelión

Los políticos ya no meten solo el corazón. En Colombia, los genitales están adquiriendo un relevante protagonismo. Un populismo pornográfico vacila entre la derecha y la izquierda. Una banalidad anatómica que sigue dividiendo las orillas políticas.

Todos recordamos el escándalo logrado por la expresión de Gustavo Petro: «una mujer libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro, y si sabe acompasarlo, será una gran mujer». La justicia le ordenó retractarse por vulnerar derechos fundamentales, al hablar de los clítoris ajenos, perpetuando el machismo estructural e institucional, reproduciendo la violencia simbólica y mandándolo a educarse con un taller de género.

Abelardo de la Espriella, que pasó de tigre a burro, como buen ejemplar del patriarcado sacó su celular en una plataforma comunicacional y le hizo zoom a su miembro mientras le decía insistente a una periodista, «¿Qué ves aquí? Amor, acércala… ¿qué más ves?», mientras manifestaba veladamente que su pene le había ayudado a conquistar «unos votos bien bacanos del electorado femenino”.

El candidato que se presenta como un defensor de la legalidad y de la decencia republicana, acosó de forma pública a una mujer, pues así lo describió la periodista, como parte del pan y circo electoral. Su presunta responsabilidad penal no puede reducirse a una broma o a un acto propio de la mamadera de gallo que el mismo candidato ratifica como su forma de ser. Para él, su oda a la mondá, es humor espontáneo.

Para el costeño la mondá no es una grosería, es una cosmovisión. La etimología de la palabra, como toda buena historia macondiana, tiene varias versiones. Veamos la aburrida y la fabulosa. 

La primera, es un acortamiento de la palabra monada del verbo mondar. Monda sin tilde es pelar, como quitarle la cáscara a un banano. La segunda, es un mito fundacional digno de Gabriel García Márquez, donde cobran vida las leyendas locales mestizas, cuando prostitutas francesas arribaban al Caribe y en medio del éxtasis pasional con hombres afros, exclamaban Mon Dieu, Dios mío!!!. De la pronunciación de los acentos puede percibirse la tilde que hoy acompaña fonéticamente a la palabra.

La mondá no es un simple vocablo, es un vulgarismo de segunda categoría. La Real Academia Española no está preparada para definir un patrimonio inmaterial de la costa, pero no de todos los colombianos. Primero deben enviar un antropólogo, después a un sociólogo, luego a un psicólogo y finalmente a un lingüista.

El cachaco, criatura angustiada del altiplano, necesita veinte palabras para describir una situación complicada. El costeño adecúa la mondá a cualquier contexto yya todo el mundo entiende de qué se está hablando. Es síntesis. Es eficiencia comunicativa, resiliencia ancestral y un desparpajo total sin consecuencias locales. Para el rolo, la mondá es escándalo. Para el costeño, es cultura. 

Esta tiradera debería salirle cara al Bukele colombiano el 31 de mayo. Debería costarle más que el coscorrón del finado Vargas Lleras. Ya sus competidores ideológicos más cercanos se la cobraron. Paloma Valencia, con la gravedad de quien acaba de descubrir que el acoso sexual existe, declaró que las mujeres periodistas no tienen por qué aguantar bromas sexuales, insinuaciones ofensivas ni ataques personales. ¡Standing ovation!. Su llanta de repuesto Juan Daniel Oviedo, la sacó del estadio, al afirmar: «decir que ganó el voto femenino por lo grande que lo tiene habla únicamente de su pequeñez». Un poema. 

La izquierda libera al clítoris y la derecha del Therian hace oda a la mondá. La diferencia, según puede apreciarse, no es anatómica. Es ideológica. El colectivo feminista fervorosamente le cantará: “el violador eres tú, pues la culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía”.

Definitivamente, señor Abelardo de la Espriella, usted sí que necesita acompasar su mondá con su cerebro para ser un gran hombre.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.