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Acabar con la impunidad de la masacre del 3 de marzo de 1976

Fuentes: Rebelión

Se cumplen 31 años del plan sanguinario, brutal del Estado, la patronal, las fuerzas de hecho que negociaban la transición del franquismo al actual régimen, para acabar con el movimiento sindical, social y político que se había generado desde muchos meses antes en Gasteiz. No les tembló la mano para planificar, ordenar, ejecutar a sangre, […]

Se cumplen 31 años del plan sanguinario, brutal del Estado, la patronal, las fuerzas de hecho que negociaban la transición del franquismo al actual régimen, para acabar con el movimiento sindical, social y político que se había generado desde muchos meses antes en Gasteiz.

No les tembló la mano para planificar, ordenar, ejecutar a sangre, dolor y fuego una masacre que acabó con la vida de cinco asalariados, con decenas de personas heridas de bala, golpes, gases y miedo.

No acabaron ahí. Durante varios días impusieron un estado de excepción. Impedían que cualquier grupo de personas pudiese charlar en las calles. Controlaban los lugares habituales de reunión de la gente en lucha. Persiguieron, denostaron y detuvieron a quienes encabezaron aquellas justas luchas.

Tenían que terminar con un moviendo de gente asalariada, estudiantes, mujeres, que reivindicaban mejores condiciones de vida, de trabajo, las libertades, los derechos democráticos. Un movimiento sociopolítico, plural, autoorganizado, con muchas ganas de darle la vuelta a muchas situaciones injustas.

Llevamos 31 años reivindicando que desaparezca la gran mentira escrita por quienes pergeñaron aquel plan terrorista. El Estado de derecho sigue manteniendo esa mentira en la actualidad como su propia versión de los hechos: la multitud enardecida por los líderes atacó a la policía y esta se tuvo que defender.

La versión mentirosa del Estado de derecho se enfrenta a la verdad atestiguada por cientos de personas que la vivimos, la padecimos, que la seguimos reivindicando nada menos que 31 años después: la policía recibió órdenes de arriba para acabar de raíz con un movimiento emancipatorio que crecía y se extendía a buen ritmo.

Aquel que era Jefe del Estado de Derecho del reino de España entonces lo sigue siendo ahora. Además ha asegurado su sucesión por dos generaciones más. Así lo quiso Franco, así lo han respetado ¿Un Jefe de Estado no que tiene ninguna responsabilidad sobre los crímenes que cometen el gobierno y la policía de su Estado?

Los gobiernos de allá y de aquí, de entonces y los sucesivos no han tomado ni una sola medida para poner a cada cual en su lugar tras la masacre. Se lamentaron y se lamentan de las muertes pero no han hecho nada para evitar que se repitan. Incluso alguno de los responsables políticos de aquel plan terrorista, como Fraga, es hoy presidente de honor de un partido político que se autodefine como democrático, íntegro.

De la judicatura nunca supimos dónde se metió para no ver la sangre y el dolor, ni escuchar lo tiros, los golpes, los insultos, los acosos, las amenazas, las mentiras, para callar vergonzosamente.

Los policías que ejecutaron la masacre no tuvieron que rendir cuentas a nadie. Un teniente de los grises de los que participaron en la paliza más brutal de la historia fue mortalmente tiroteado por ETA. Las sucesivas policías han ido asumiendo aquel modelo de brutalidad y crueldad para mantener la impunidad de sus propias acciones represivas.

Aquellos que eran patronos de las fábricas en huelga han muerto o están gozando plácidamente de sus últimos días sin responder por su participación activa o pasiva en aquel crimen.

Los sindicatos más fuertes se desentendieron de la exigencia de responsabilidades en los primeros aniversarios, cuando ya tenían suficiente parroquia.

La mayor parte de la población que vivimos aquella lucha y su represión final no hemos olvidado ni las conquistas, ni sus costes, ni a los responsables de aquel terrorífico final.

Si crimen de estado fue el que perpetraron un 3 de marzo de 1976, crimen de estado es mantener su impunidad. Pero la impunidad no tapa los crímenes, los aumenta.

Para contrarrestar la impunidad de estos crímenes tenemos que continuar reivindicando la legitimidad de aquellas huelgas, de aquellas movilizaciones, de aquellas formas de organización. Reivindicando el buen nombre de quienes las encabezaron y organizaron. Honrando a quienes arrebataron la vida, la salud, o la cordura.

* Javier Ruiz. Huelguista de Forjas Alavesas en 1976.