Esta podría ser la crónica de un engaño de dimensiones colosales, oceánicas. Porque hay lugares que huelen a historia. Otros, a futuro. Lemoiz, en cambio, “huele a podrido”. Y no solo porque nos recuerde a la frase de William Shakespeare en su famosa obra “Hamlet”, refiriéndose a la decadencia moral y a la corrupción que se vivía en el Reino de Dinamarca, sino porque lo dice la geología, la química, el olfato y hasta el sentido común de cualquiera que haya seguido el culebrón por el que ha tenido que pasar esta localidad costera de Bizkaia desde los años setenta del pasado siglo.
Y es que sólo hace falta seguir el itinerario por la carretera que bordea los restos del ecocidio que se perpetró hace medio siglo, a pesar de que no se pusiera en funcionamiento la Central Nuclear de Lemoniz, para darnos cuenta de la magnitud del despropósito que hemos heredado: un paísaje apocalíptico más propio de una película de catástrofes o de zombis, salvo que en este caso los zombis no salen de las ruinas: son los proyectos fallidos que vuelven una y otra vez envueltos en propaganda, disfrazados de “oportunidad económica” y vendidos como “progreso”.
Pero dejemos el cine y sigamos con otra de las artes en la que las instituciones que dirigen nuestros destinos, en este caso el propio Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia, son expertos cualificados: el teatro, en este caso en forma de drama.
El primer acto de esta obra inacabada se puede resumir de esta forma: cuando el progreso venía en forma de reactor nuclear y amenazas de comer berzas.
Sí, hace cuarenta años, la élite política vasca, con el “partido-guía” a su cabeza, nos explicó que, si no aceptábamos una Central Nuclear en la cala de Basordas, acabaríamos comiendo berzas. El chantaje emocional de toda la vida, pero con sotana tecnocrática.
La sociedad dijo no, y ganó. Pero como ocurre siempre en este país, ganar no significa “librarse del muerto”: la empresa responsable (Iberduero) no pagó nada del despropósito consumado, la ruina quedó ahí, oxidándose, el paisaje destrozado, y el “muerto” pasó, con la elegancia de un trilero, a manos de las instituciones vascas. Es decir: a los ciudadanos. En otras palabras: quien contamina no paga. Quien paga es quien protesta. Un clásico.
Después llegó el segundo acto de esta “gran obra”. Por el patio de butacas, por los palcos, tras los bastidores, apareció en escena un invitado que se ha hecho permanente: el lindano. Como ahora lo hace el benceno, de Petronor. Así, mientras nos entretenían con el reactor nuclear, por la puerta de atrás entraban miles de toneladas de lindano. Un pesticida tan amable que no provoca “dolorcitos de cabeza”, sino cáncer letal. Un regalo químico que lleva décadas filtrándose hacia el embalse de Urbieta, la presa construida junto a los restos de la Central de Lemoiz, hacia los suelos, hacia el propio mar.
Y ahora, varias décadas después, cuando aparecen restos en el monte Jata, las instituciones ponen cara de sorpresa. Como si no supieran que ese vertedero era un coladero sin impermeabilizar. Como si no supieran que la Diputación lo vendía como “modelo de gestión ambiental”. Como si no supieran que media Bizkaia está sembrada de puntos contaminados por lindano. Y el Gobierno Vasco y la Diputación de Bizkaia convertidos en unos artistas en hacer desaparecer el lindano.
El tercer acto tiene algo más de modernidad tecnocrática. Se vincula a este nuevo modelo de milagro económico que consiste en multiplicar panes y peces como si un nuevo Mesías acabara de aterrizar por el desolado paisaje de la costa vasca y su cada vez más deteriorado ecosistema pesquero en favor de puertos deportivos. Este acto tiene por título “La piscifactoría salvadora”.
Es decir, después de la nuclear fallida y del lindano omnipresente, llega la tercera revelación: la piscifactoría industrial. Nos la venden como la panacea: empleo a manta, riqueza, autoconsumo, futuro azul, sostenibilidad de catálogo, incluso si te apuras, como “economía circular” por aquello de darle vueltas al mantra de que todo lo que proponen nuestras autoridades es “por nuestro propio bien”.
Pero basta con mirar a Galicia para entender el truco: una de las mayores piscifactorías de Galiza, situada en Cabo Vilán, que procesa 1.200 toneladas de rodaballo al año, ocupa 705 m² de dominio público + otros 87.000 m² supuestamente privados (porque si uno los contempla da la sensación de que también son públicos), pero solo tiene en plantilla unos 32 trabajadores y recibe importantes ayudas de la Xunta (es decir de los contribuyentes galegos). Conclusión: muy pocos empleos, mucha ocupación de espacio público marítimo-terrestre, subvenciones públicas a manta y un negocio redondo para unos pocos.
Y ahora van y quieren replicarlo en Lemoiz. En un enclave contaminado, frágil, arrasado y sin garantías ambientales. Pero con un relato precioso, espectacular: “crearemos entre 350 y 550 empleos”. Como siempre, números inflados para justificar decisiones tomadas en despachos donde nunca entra la brisa del Cantábrico.
Seguimos con la tragedia. Cuarto acto: ¿qué comen los peces que te comes de una piscifactoria? Aquí llega la parte gourmet del engaño porque los peces de granjas son tratados como “cerdos acuáticos”. No comen “pienso sostenible”. Comen harina de anchoveta peruana, aceite de sardina africana, restos de pescado de países empobrecidos, antibióticos, químicos, y lo que caiga.
La acuicultura industrial es un agujero negro que devora ecosistemas enteros para producir un pescado que luego nos venden como “km 0”. Y encima, con opacidad total: ni supermercados, ni empresas, ni productoras de pienso quieren explicar qué demonios están metiendo en esas cubas. Pero quieren que nos lo comamos. Literalmente.
Último acto: el eterno mantra del progreso. Antes era “si no hay nuclear, comeréis berzas”. Ahora es “si no hay piscifactoría, no habrá pescado”. El discurso es el mismo: miedo, chantaje y propaganda.
Mientras tanto: Iberdrola (la sucesora de Iberduero) no paga la restauración de todo el entorno gravemente dañado y encima ya nos cargaron a los contribuyentes el cese lucrante. Igual que Astillero de Murueta cuando abandone, si es que lo hace, sus instalaciones. Igual que Petronor cuando deje su legado tóxico para generaciones futuras. Y mientras tanto, el lindano sigue filtrándose y el benceno entra hasta el tuétano de nuestros huesos. Y mientras tanto también, las instituciones miran hacia otro lado y los ciudadanos seguimos financiando, con nuestros impuestos, negocios privados.
Así que la pregunta ya no solo es (y vuelvo a “Hamlet) ¿ser o no ser? sino ¿a qué huele Lemoiz? Por que todo parece indicar que huele a ruina industrial, a contaminación histórica, a negocio privado disfrazado de interés público, a opacidad institucional, y a un futuro hipotecado.
Pero sobre todo huele a podrido. A un modelo político que convierte cada rincón de la costa vasca en un tablero de Monopoly para cuatro empresas amigas. A un sistema que llama “progreso” a cualquier cosa que genere beneficios para los de siempre. A un relato que pretende que olvidemos quién destrozó Basordas, quién enterró lindano, quién permitió vertidos, quién no controló nada y quién pretende ahora vendernos pescado de laboratorio como si fuera soberanía alimentaria.
Y a modo de epílogo: Las preguntas que nadie quiere responder: ¿Quién va a pagar la recuperación ambiental de Lemoiz? ¿Las de Murueta, Abanto y Muskiz? ¿Las empresas responsables? ¿El Gobierno que las amparó? ¿Las instituciones que miraron hacia otro lado?
No. Te lo digo bien claro: tu, yo, todos nosotros. A menos que los ciudadanos digamos “basta”. Porque si no, dentro de otros cuarenta años, cuando alguien pregunte qué pasó en Lemoiz, la respuesta será la misma de siempre: “Nada. Pasó lo de siempre.”
Txema García, periodista y escritor
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