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Reseña de "Simón Radowitzky: Del atentado a Falcón a la Guerra Civil Española"

Amor y anarquía

Fuentes: Página 12

El 14 de noviembre de 1909 Buenos Aires sufrió el más efectivo atentado anarquista en su historia. El coronel, que luego se convertiría en el mártir iluminador de la naciente Policía Federal Argentina, Ramón Lorenzo Falcón y su secretario privado fueron en carro a la muerte, como gustó narrar Borges otro atentado que había acabado […]

El 14 de noviembre de 1909 Buenos Aires sufrió el más efectivo atentado anarquista en su historia. El coronel, que luego se convertiría en el mártir iluminador de la naciente Policía Federal Argentina, Ramón Lorenzo Falcón y su secretario privado fueron en carro a la muerte, como gustó narrar Borges otro atentado que había acabado con la vida del caudillo riojano Facundo Quiroga en 1835. Esa mañana, el coronel Falcón volvía del cementerio de Recoleta (a donde regresaría para ser enterrado él mismo) donde había asistido al sepelio de un funcionario penitenciario. Cuando la carroza abierta en la que era conducido junto con su secretario dobló en la esquina de Quintana y Callao con rumbo sur, un hombre se acercó a la diligencia y arrojó una bomba casera en un paquete que causó una terrible explosión, desfondando el vehículo y asustando al caballo que enloquecido sólo pudo ser detenido por el conductor una cuadras más adelante. Como resultado, el secretario del policía cayó en plena calle por el fondo hueco y Falcón sufrió terribles heridas en las piernas producto de las esquirlas. Si bien recibieron pronta atención médica, los dos murieron poco tiempo después.

En tanto, el autor del atentado, un joven ruso de 18 años que apenas hablaba castellano, corrió intentando buscar refugio. Viéndose rodeado apoyó el caño de una de las pistolas que llevaba encima e intentó disparar al corazón, consciente de que en su situación, la última acción autónoma de reafirmación plena de su libertad que podía hacer era suicidarse. El disparo lo dejó convaleciente, pero con vida y no tardó en ser apresado para ser enviado a la Penitenciaría Nacional que se ubicaba en el actual Parque Las Heras.

Un año antes del atentado, en 1908, el criminalista socialista italiano Enrico Ferri (que luego abrazaría la causa de Mussolini), de paso por Buenos Aires para dar unas conferencias, había protagonizado un debate con el referente y patriarca local del movimiento, Juan B. Justo, sosteniendo que pensar en un socialismo en la Argentina era algo ridículo o una «flor exótica», cuanto menos dado que por estas pampas el modelo agroexportador no había desarrollado una clase verdaderamente obrera industrial. Al diagnóstico del italiano le faltó contemplar la vertiente anarquista del movimiento social proletario. El ejemplo que desmintió el diagnóstico del doctor Ferri fue Simón Radowitzky, el muchacho emigrado de una vida de miseria en Rusia, que ya venía participando de revueltas proletarias contra el zar y que habría recibido su bautismo de fuego en 1904, cuando contaba apenas 14 años, en ocasión de una protesta fabril que terminó en represión. Acostumbrado a estos trajines, la represión brutal que comandó Ramón L. Falcón el 1º de mayo de 1909 en una marcha obrera por el Día del Trabajador es probable que no lo sorprendiera. Seis meses después de los sucesos de la llamada Semana Roja, en el primer atentado dinamitero (tradición importada de los martirios nihilistas contra el zar y la realeza imperial rusa) que vería la Argentina, los destinos del joven anarquista y el verdugo se cruzarían durante unos segundos fatales que cambiarían ambas historias.

En Simón Radowitzky: Del atentado a Falcón a la Guerra Civil Española, el periodista Alejandro Marti realizó un trabajo de investigación y reconstrucción de época detallado hasta lo microscópico, acerca de la vida y el tiempo del anarquista que con su atentado puso en lo más alto al movimiento libertario nacional, llevándolo a una cumbre que es probable nunca más volvería a alcanzar. El relato de su vida tal como se desprende del seguimiento de esta obra, imprescindible para quienes quieran informarse de todo lo relativo a Radowitzky y en general el anarquismo alrededor del Centenario, es cautivante y lo asemeja a una especie de superhéroe: recibió dos disparos en el pecho y sobrevivió a ambos, vivió veinte años en condiciones infrahumanas en el presidio de Ushuaia, participó en las grandes batallas del anarquismo del siglo XX lo que le valió, además de su gran condición humana, el reconocimiento como uno de los personajes más queridos del movimiento.

Luego de pasar un tiempo en la Penitenciaría Nacional, Radowitzky fue trasladado a otro de los grandes infames presidios que supimos tener, el de Ushuaia, donde purgó unos veinte años de condena. Había escapado de la pena de muerte por poco, luego de que se comprobara que no tenía edad legal para ser ejecutado.

En la cárcel del Fin del Mundo intentó un escape que fue frustrado cuando había pasado a Chile. Volvió a vivir sin ver la luz del día y siendo sometido a torturas diarias durante el resto de su condena. Fue puesto en libertad mediante una amnistía de Hipólito Yrigoyen que cedió ante la presión de movimientos libertarios internacionales y en especial a la influyente Salvadora Medina Onrubia, esposa de Natalio Botana, dueño del diario Crítica, y además una comprometida libertaria que mantendría una fluida relación epistolar con Radowitzky durante el resto de su vida.

El ruso-argentino había pasado más años en la cárcel que en libertad y como condición de la amnistía no se le permitió volver a pisar Buenos Aires, sino que fue directamente desterrado a Montevideo. Desde allí entró en contacto con compañeros de ruta que habían militado por su libertad y sufrió eventuales nuevas detenciones. Se sospecha que pudo haber actuado en Brasil en una famosa manifestación que terminó con una paliza del anarquismo carioca al germen del fascismo de ese país, golpe que desbarató su crecimiento. En 1937 viajó a España para sumarse a los esfuerzos republicanos, actuando en Barcelona que durante un tiempo logró convertirse en una utópica Comuna Anarquista.

Cuando los desacuerdos internos entre comunistas soviéticos, trotskistas y anarquistas empezaron a mellar la República (George Orwell lo relató con un exquisito y desalentador escepticismo inglés en su crónica Homenaje a Catalunya) y la guerra terminó con la aplastante victoria falangista de Franco, Radowitzky tuvo que huir primero a un campamento de refugiados en Francia y luego a México, donde vivió los últimos años de su vida, todavía comprometido con la causa libertaria.

Mientras Ramón L. Falcón tuvo el privilegio póstumo de ser inmortalizado en la escuela de formación de cadetes de la Policía Federal Argentina y con una importante avenida de la ciudad de Buenos Aires, el anarquista no tuvo ninguna bendición estatal. Pero cada tanto, manos anónimas tachan el nombre del represor de los carteles que anuncian su avenida y escriben el de Simón Radowitzky.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3977-2010-09-06.html