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El fin del gran relato de la postmodernidad

Decrecer es decrecer (V)

Fuentes: Rebelión

Resulta paradójico que aquello que vaticinó el fin de los grandes relatos y el triunfo de la relatividad, la fluidez, el subjetivismo, la irracionalidad, el presente continuo y la desjerarquización de roles, valores y discursos estéticos que hasta ese momento venían conformando el imaginario social prevalente —entre otras muchas variables que surgen empujadas por un capitalismo que intenta redefinirse dentro de una sociedad cada vez más compleja— sea, precisamente, lo primero que sucumbe ante al advenimiento de la nueva era de las certezas absolutas (construidas artificialmente).

Estas últimas certidumbres, amparadas por la emergente IA, también nacen de la postverdad que forma parte de la propia postmodernidad pero sería injusto decir que el permanente cuestionamiento crítico de la realidad y del mundo es la causa del regreso a una aparente y simulatoria racionalidad —automatizada y deshumanizada en muchos de sus aspectos—. La postmodernidad acoge movimientos tan potentes y revolucionarios como el feminismo o la diversificación de las identidades y la búsqueda de una justicia asentada en la igualdad, ofreciendo una resistencia positiva al fenómeno de la globalización y la uniformización del ser humano que impone este sistema feroz y autodestructivo del que no podemos escapar. Sin estos valores que la postmodernidad ha aportado, el conservadurismo de la economía liberal hubiera triunfado más rápido y con más autoridad de lo que en realidad lo ha hecho.

Y he aquí, entonces, que la caída del gran relato de la postmodernidad —a la que frecuentemente se le acusa de ser la culpable del fin de la lucha de clases desde una perspectiva postmarxista, o de no ofrecer un discurso que pueda ser asimilado por las masas (ni siquiera la supuesta clase media a la que se le atribuyó la capacidad de movilización, una vez que el proletariado pasó a estar manipulado por las élites)­—, es interpretada como un fracaso de la cultura occidental que ve cómo los vaticinios del fin de la historia, y en consecuencia de la utopía o de un progreso lineal, devoran el metarrelato que genera el propio vaticinio, abriendo paso al vacío de la dictadura ideológica en la cual se acepta de forma universal (y visceral) el regreso del autoritarismo como forma de gobernanza política.

Sin embargo, este fracaso tiene un origen mucho más simple y prosaico que la antropofagia de la postmodernidad: la creciente y desmedida capacidad de poder que ha adquirido una diminuta porción de la población humana frente al resto. En un mundo cada vez más tecnológico y que avanza hacia la culminación totalitaria de los preceptos de la revolución industrial, resulta que son ya muy pocas personas las que deciden el devenir de los acontecimientos, las cuales, a su vez, se ven libres de control, al tiempo que generan mecanismos para aumentar exponencialmente su poder. Lo que se está imponiendo, en definitiva, es la autocracia de los mercados, capaces de tener bajo su mando al poder político, legislativo, judicial, religioso e informativo.

Paradójicamente, y tal y como avisábamos al principio de este texto, el metarrelato de la postmodernidad ha muerto y esto lo que significa es el esclarecimiento y triunfo del relato del capitalismo último, al borde de un previsible cambio de era en la que la crisis climática y el agotamiento de recursos determinen la deriva de la humanidad y también de otras muchas especies.

En este contexto de no lugar, o de sala de espera en la que aguardamos que nos digan qué remedio existe para el cáncer que ya sabemos que tenemos, resulta que la utopía se ha desvanecido, pero no porque la postmodernidad lo apuntara como síntoma de una realidad cada vez más confusa y menos accesible a la comprensión sino porque no hay resquicios para la revolución en sociedades reprimidas y con falta de autoconsciencia, es decir: no hay esperanza de cura sino solo asimilación de lo que depare el destino.

La utopía es expulsada de la escena y no es el decrecimiento, en la actualidad, un metarrelato alternativo que pueda generar la ilusión de un cambio. No lo es porque decrecer va en contra de la intuición y aquello que ha definido el sentido experiencial del ser humano, grabado mutación tras mutación en nuestros genes.

Pero sí es un antirrelato, no solo un antirrelato frente al capitalismo —aquello que provocó sigue alimentando el enorme cáncer que sufre el planeta— sino frente a las falsas utopías que generan expectativas de salvación sin sacrificios añadidos, y en este punto, de nuevo, la IA como vector de utopía sin conciencia humana.

La postmodernidad se muere y el decrecimiento, como filosofía que nos obliga a reconocer y asumir la realidad (la verdad) de los sucesos, se abre paso como gran metarrelato de vanguardia y en construcción permanente: única vía segura para hacer frente al fascismo y a la maquinaria interpuesta por las élites. No consumir más allá de lo imprescindible no es utópico, simplemente es subversivo, y es esta la subversión que necesita el sistema para transformarse en un organismo sano. Nuestra irrefrenable tendencia al consumo alimenta a los ricos, alimenta a las élites, alimenta al poder, alimenta el antropocentrismo y dificulta cualquier intento de rehabilitar la justicia social y ecológica en el mundo, primer paso para la reconstrucción de la conciencia como especie. Es nuestro consumo de información basura, nuestro consumo de relaciones tóxicas, nuestro consumo de veneno en los alimentos o la ordenación del trabajo y del tiempo de ocio en función del poder adquisitivo de bienes de consumo rápido, entre otros muchos consumos, lo que hacen de la vida un espejismo, y lo que ha causado la pérdida de consciencia sobre el presente y sobre lo que significa el presente en relación al pasado y al futuro.

Y es justo la reivindicación de la con(s)ciencia lo que el decrecimiento reclama como principio ético y moralizante capaz de catalizar la crítica a la modernidad y a la postmodernidad desde un nuevo paradigma del activismo social: la conciencia como individuos y la autoconsciencia como sociedad-en-el-planeta. Un camino que vaticinamos lleno de trampas y laberintos pero que ha de arrancar más pronto que tarde, que nadie lo dude.

La postmodernidad se muere, viva el decrecimiento.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.