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Asesinato de Soleimani y la cultura del miedo de Trump

Fuentes: Rebelión

El asesinato del general iraní Qasem Soleimani -un militar muy carismático en el Oriente Medio- como resultado de una acción descabellada e irresponsable ordenada por el presidente Donald Trump, ha estremecido a esa región. Miles de iraníes inundan las principales calles de Teherán y en el vecino Irak la gente tiembla después del ataque del […]

El asesinato del general iraní Qasem Soleimani -un militar muy carismático en el Oriente Medio- como resultado de una acción descabellada e irresponsable ordenada por el presidente Donald Trump, ha estremecido a esa región.
Miles de iraníes inundan las principales calles de Teherán y en el vecino Irak la gente tiembla después del ataque del viernes 27 de diciembre con drones estadounidenses al aeropuerto de Bagdad.
Sin aportar pruebas convincentes para atribuirle a pro iraníes ataques a su sede diplomática en Bagdad, ni importarle admitir que fue un acto terrorista con todas las consecuencias nefastas que pueda acarrear para la paz en la región, el Pentágono anunció a bombo y platillo que el presidente Donald Trump dio la orden de matarlo.
Sería una atrocidad si el riesgoso crimen fuera una necesidad de política interna de Trump ante el juicio político que se avecina y las próximas elecciones. Hay que hurgar en el porqué de tan condenable orden que, como advirtiera Philip Gordon, ex coordinador de la Casa Blanca para Medio Oriente y el Golfo Pérsico en el gobierno de Barack Obama, es una declaración de guerra hacia Irán.
Lo que resulta más sorprendente es que el ataque haya ocurrido precisamente ahora. Es sintomático que el Pentágono hiciera énfasis en que el ataque fue disuasorio, uno de los conceptos que adornan la política del miedo de Trump.
¿Realmente Trump espera que su acción dramática haya intimidado a Irán? No parece. Más bien se acerca a su necesidad de demostrar a sus aliados de la región, como Israel y Arabia Saudita, que el poder de disuasión de Estados Unidos sigue siendo grande y deben confiar en él.
Sin embargo, es casi inconcebible que no haya una respuesta dura por parte de Irán para la cual hay dudas si el Pentágono está preparado para hacerle frente a sus inevitables consecuencias dada su fracasada política guerrerista en la propia Irak y Siria.
El primer ministro de Irak, Adil Abdul-Mahdi, condenó la muerte de Soleimani, y en declaraciones recogidas por la agencia estatal Iranian Nes dijo que el ataque supone «una escalada peligrosa que es la mecha de una guerra devastadora en Irak». He ahí un gran problema derivado directamente de la acción terrorista en el aeropuerto de Bagdad.
Las repercusiones internacionales deben ser tomas en cuenta por la Casa Blanca y el Pentágono. Rusia pronosticó una escalada de tensiones en Oriente Medio. Reino Unido pidió suavizar las posiciones para que lo sucedido no desemboque en un conflicto de mayores proporciones. China pidió moderación, pero Trump respondió con un reto chovinista: celebró la muerte de Soleimani con la publicación en Twitter de la imagen de una bandera estadounidense.
Fue un reto. Un asalto al pensamiento racional al influjo de la cultura del miedo, de la cual Irán es blanco desde que Trump llegó a la Casa Blanca.

Todos lo recuerdan: había prometido en su campaña electoral romper el tratado nuclear con Irán pergeñado por Barack Obama e hizo creer al mundo que Estados Unidos se retiraba porque el pacto era insuficiente cuando la casi totalidad de los firmantes: Reino Unido, Francia, Alemania, China y Rusia, opinaban todo lo contrario. Fue un clásico asalto al pensamiento racional con objetivos inquietantes.

También se recuerda como casi simultáneamente a la firma del decreto de Donald Trump para romper con el acuerdo nuclear, el ejército de Israel atacó con misiles el oeste de Damasco y una base de la fuerza aérea siria donde murieron siete colaboradores iraníes.
Lo más absurdo es la justificación de que los bombardeos se ordenaron bajo la presunción de la inteligencia sionista de que, después de la firma de la salida de Estados Unidos del acuerdo nuclear, Israel sería blanco de ataques con cohetes y que Irán tomaría represalias. No sucedió nada de lo pronosticado y los argumentos para romper el acuerdo se hicieron polvo.
¿Por qué contra opiniones tan contundentes Trump insistió en abandonar el pacto, y solo fue apoyado por Israel y Arabia Saudita? Trump buscaba imponer así la cultura del miedo que, además, ni es nueva ni propia del mandatario estadounidense. La realidad concreta es que los desaciertos de la política exterior de Trump son una apocalíptica admisión de que Estados Unidos ha perdido el control del equilibrio del mundo y no lidera los cambios.
Gyorgy Lukács, autor de El Asalto a la Razón, dedicado a la formación de las bases ideológicas y culturales del nacionalsocialismo alemán, redactado en 1950, escribía que el asalto al pensamiento racional nace del miedo a la propia decadencia, y genera una tendencia constante y creciente a rechazar la razón misma y buscarle sustituto en la creación de mitos y el culto a la intuición.
Talmente parece que habla de Trump. Ciertamente, como ha explicado en varias oportunidades el académico panameño Guillermo Castro, Estados Unidos ingresa en una fase de su historia en la que se desgaja de todo instrumento de equilibrio – como los tratados de París, y acuerdo nuclear con Irán -, y pasa a ser percibido como un factor de riesgo por sus propios aliados principales.
La cultura del miedo, dice, no puede embargar al mundo ni sepultar al pensamiento racional. La grandeza de Estados Unidos no debe tener la connotación de la guerra, ni la manera que el actual gobierno la enfoca es una alternativa para la paz sino un elemento de confrontación militar, financiero y comercial.
No hay que engañarse: los dos períodos de postguerra con los que sueña Trump al querer recuperar el ámbito del expansionismo de Estados Unidos, desembocaron en el caos. El primero parió la gran depresión de 1929, y el segundo las crisis sistémicas después de agotado el Plan Marshal, con hitos históricos en los peores momentos de la guerra fría y la carrera armamentista en las crisis de 1968 y 1973 (energética).

Uno y otro están en la génesis del período histórico en el que vivimos y, en buena medida, en la cultura del miedo que expone a la intemperie la fragilidad capilar aparentemente prematura de un modo de producción que acaba de cumplir apenas poco más de dos siglos de existencia y encamina sus pasos hacia la capilla ardiente.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.