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Asturias. Pequeña y vieja nación

Fuentes: Rebelión

Toda unión nacional ha de ser querida y consentida. La unión nacional española no es ni lo uno ni lo otro. Esta unión ha sido y es de signo españolizante. En muchos sitios, en muchas periferias, a los niños se les pegó con dura estaca «por hablar mal». Un pueblo que crece azotado por no […]

Toda unión nacional ha de ser querida y consentida. La unión nacional española no es ni lo uno ni lo otro. Esta unión ha sido y es de signo españolizante. En muchos sitios, en muchas periferias, a los niños se les pegó con dura estaca «por hablar mal». Un pueblo que crece azotado por no hablar «como Dios manda» es un pueblo que siempre ha de recordar en sus cicatrices a ese Dios, a esa lengua y a los que mandan. En muchos sitios, en muchas periferias, saben lo que es una mordaza en la boca, el nudo al cuello, la espalda marcada por los golpes. Los abuelos de nuestros abuelos sabían en su niñez algo del proceso de «castellanización». Les robaron el Pasado. A ellos, a las comarcas y a las provincias. El saqueo fue de nombres, querencias, ideas de orgullo y tradiciones. El peor botín que hicieron de sus vidas fue el de llevarse todas las posibilidades de seguir viviendo. Y entonces viene la emigración. A la ciudad. A otra tierra. A otro país. Ahora, en numerosas partes ya no queda nada. La gente se va a vivir a la ciudad, claro. Y la ciudad es un poco igual en todas partes. La versión politizada de aquella nostalgia, de la querencia de la vieja y pequeña nación siempre es un pobre eco del antiguo torrente del pueblo, ya seco. Pero es necesaria. Un reguero débil y «estadísticamente significativo», una suave voz de resistencia, que ahogada todavía aquí o allá aún pugna por decir «somos de esta manera», pero «no sabemos muy bien explicar cómo, y por qué». La voz politizada se llama nacionalismo. «Hacer nación», han dicho algunos. Los que se encaraman a la Tribuna son muy parecidos a los que mandan en Madrid, y los gobernadores civiles y otros delegados tentaculares de ese Madrid que tiene ojos y descargas eléctricas en todas partes. Pero las diferencias siguen ahí, a medio hacer, a medio recordar en medio de una urbanización, esto es, globalización, imparable. Negarlas con el discurso es el primer paso para suprimirlas con la cámara de gas, la bala de goma que después es de plomo, el muro de hormigón y alambre, que después llaman tumba sin nombre.

Hablemos en nombre de la nación pequeña y vieja, Asturias, esa que a golpe de palos en la niñez y de sangrías de emigrados en la juventud, fue perdiendo su savia. No tanto del nacionalismo de los políticos del orgullo, de la rica periferia «superior», de la nación (más) europea, única y umbilical, rodeada de la cochambre española, pobre-sucia-atrasada-ignorante. También la pequeña nación orgullosa y «superior» tiene sus derechos colectivos. También deben hacerse, aunque los negocios les vayan bien y sientan alguna tentación por la exclusividad. Pero ¿quién habla en nombre de esa otra nación pequeña, oscurecida por generaciones enteras de cultura oficial y sopapos en la escuela? Sus minorías dirigentes viven bien de la manera en que viven. Su capital es de provincias, y los paseos y cafés pueden ser muy del gusto de los burgueses, esos que, nuevamente lo digo, «son un poco como en todas partes». A sus tertulias de café y tostada no llegan los gritos de comunidades que se mueren. Se muere el campesinado, testimonio secular de la autosuficiencia económica de la familia, museo de las esencias más europeas de la península (al menos en el Norte). Pagaron por extinguir sus vacas, por tirar su leche a las alcantarillas, por proletarizar de una vez a los hijos y a los nietos. Tampoco se perciben los gritos de los marineros, que ya no pescan, que ya no les dejan pescar. La dura autosuficiencia comunitaria también aquí se les ve arrebatada de las manos. Las industrias, feas, sucias y contaminantes, por fin han desaparecido a favor de los «servicios». Norte, despabílate y mira al Levante. A ver si allí tienes ese sol y esas playas que dan dinero. Obreros y obreras del mundo, ya nadie os quiere, porque en este estado sólo van hacer falta putas y camareros.

De la pequeña y antigua nación ya nadie se acuerda. Se ha perdido de vista el punto de vista de la Totalidad. Este es, desde siempre, un punto de vista que tiene algo de romántico. Pero no reaccionario. Reconstruir una totalidad perdida es un proceso que mira hacia delante, que trata de hacer puentes entre la realidad y el deseo, y que revienta barreras. Ese es un enfoque revolucionario, para el que una Constitución coyuntural y amedrentada no es gran cosa. Para este romántico proceso de construir naciones, la Totalidad es cosa imaginada y mejorada sucesivamente por una estrategia de acción política y cultural. La totalidad imaginada engloba el momento objetivo y el subjetivo, y cuenta siempre con los deseos, empezando por deseos de simples minorías y conciencias adormecidas. Les llaman románticos y visionarios a los que son meras minorías, pero quieren mirar con gran panorámica sobre el ayer, el hoy y el mañana, que todo eso está integrado en el punto de vista de la totalidad. Son esos puntos de vista los que dotan a las acciones políticas y culturales su hondura y su eficacia.

La nación asturiana a construir existe en cierta forma, en la medida en que las minorías y los educadores sienten la necesidad de ella y este sentir puede ser transmitido. Un proceso tal no es simplemente semiótico. Es dialéctico, o para decirlo de forma completa: puede convertirse en semiótico precisamente por tratarse de un proceso dialéctico.

La totalidad de la pequeña nación asturiana se entiende inserta en una unidad organizada de otras comunidades, diversas en muchos puntos, y fraternas en no pocos. El estado español aparece como entidad suprema y centralizadora, que aporta sus formas a entes sociales existentes sin solución de continuidad, a lo menos, desde la prehistoria en unos casos, desde el medievo en otros, y desde la edad moderna en algún otro. El estado español, heredero directo de los aparatos de dominación que la monarquía y la dictadura han centralizado en Madrid, con la apoyatura tradicional (para su propia desgracia comunitaria) de Castilla, a la que se han agregado las minorías dirigentes y las burguesías de otras periferias prácticamente castellanizadas, está muy lejos de desempeñar «una misión civilizadora» sobre las bárbaras periferias que hubieran vivido, de no ser por un estado central, «en las cavernas» o «subidos a los árboles», como han señalado algunos preclaros filósofos apologistas del estado.

Ni siquiera los bárbaros astures y cántabros vivieron en cavernas, salvo excepciones, cuando la antecesora de toda estructura estatal nuestra, Roma, impuso sus formas sobre las etnias celtas e íberas que habitaban los territorios bajo la forma de sistemas comunitarios diversos. Las culturas perdedoras dejan pocos rastros, pero no siempre mueren. Bajo la capa de latinización, fundamental, se escondieron estructuras de vida que fueron vitales en el medievo. Otra dominación formal, también de signo imperial-mediterráneo, la musulmana, tampoco anuló del todo esas formas de comunidad, a veces reconocible hasta el mismo siglo XX. Hoy, en el estado español, en medio de un verdadero enjambre de pseudomorfosis imperialistas, se agitan todavía restos de comunidades y modos de existir que no pueden abrirse paso del todo a pesar de estos moldes culturales que les han sido impuestos, y que además, bajo amenaza de cárcel e inconstitucionalidad, son advertidas de forma cruel: o callas o mueres, se les dice. Y es que, tras las falsas formaciones de Roma, de Toledo, de Córdoba, de Castilla, y de Madrid, las pequeñas comunidades han pasado de gentilicias a territoriales, y de esta condición, han devenido cada vez más políticas. Ya lo hubieron de ser tras la actuación nefasta de los Austrias. Las monarquías semi-naturales de la península medieval, ya de por sí aglutinantes de pueblos e imperialistas a su escala, al unirse bajo dirección castellana, esto es, bajo una condición «imperativa» de la existencia, guerrera, hundieron a las naciones que quedaron bajo su órbita de influencia. Los portugueses, italianos, flamencos, etc. lograron sacudirse de este yugo de pueblos en que se convirtió la monarquía de Madrid. No así ocurrió con otras naciones culturalmente ajenas a esa condición imperativa, guerrera y fanática. Fueron naciones que pudieron vivir a su modo, pequeñas, a pesar de sus obligaciones oficiales: contribuir con sangre a los ejércitos, con impuestos, al rey, a sus arcas, con naves a su marina. Pero al margen de eso, Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña, y muchas otras comarcas rurales de la mitad Norte, vivieron en plena «autonomía» que equivalía, a veces, a un verdadero abandono. A su suerte vivieron, con resistencia callada, olvidados de una Corte, que a su vez estaba siendo olvidada por el mundo.

Un nuevo pacto de pueblos se vislumbra en lontananza, cuando la reacción «imperativa» y españolista quede vencida de manera irreversible. Este pacto de pueblos no se alcanza sin lucha (esperemos que verbal, política y cultural), es el pacto de quienes se saben vecinos y algo semejantes, y muy hermanos. Pero hay fallos graves de sincronización en esa unión de pueblos federados contra la visión exclusiva y unitarista de España. La campaña que Madrid y su ultraderecha lanza contra los nacionalismos vasco y catalán está siendo muy eficaz en sus tradicionales feudos. En Madrid y otras ciudades del sur y del interior, se exacerba el nacionalismo español represor de todo derecho, no ya a la independencia, sino a la diferencia. En escuelas, institutos y universidades se enseña a la juventud lo mismo que oyen en su casa y en la radio y TV nacionales: esos nacionalismos son todos unos cómplices de la violencia, y una ideología basada en el odio. Pero el odio contra el odio de estos nacionalismos disgregadores no va dirigido en realidad contra dos naciones periferias dotadas de un mayor grado de conciencia o de identidad. El nacionalismo español también predica para los ya conversos, y su mensaje, muy larvado ahora, se hace patente a poco que el analista aplique el oído con atención: no a los conversos del españolismo, sino a los posibles fermentos de nacionalismo «pequeño» que, a ejemplo vasco y catalán, pudieran surgir o renacer en cualquier parte. La ultraderecha parece decir a sus cómplices: «¡Mátalos cuando aún son pequeños! ¡Mátalos ya, no sea demasiado tarde cuando crezcan, que con dos sarpullidos ya tenemos bastante!». Pero esos niños y embriones de nación pequeña rescatada ya no se pueden ignorar. En Galicia no es posible vivir sin negar su carácter de nación, y ese difuso sentimiento, varias veces renacido y sepultado, algún día hará oír su voz. En Asturias, un parecido sentir nacional reclama la autodeterminación, o el reconocimiento histórico hacia un mayor autogobierno, desde ámbitos mucho más minoritarios en la dinámica electoral, pero no se puede decir lo mismo en la vida cultural y social de sus habitantes. El haber sido el primer estado medieval europeo-occidental de la península, desde el siglo VIII, en relación diplomática simétrica con el Imperio de Carlomagno, hace que ponga en solfa para muchos intelectuales asturianos la pretendida historicidad de otras comunidades autónomas privilegiadas por este extraño argumento constitucional. Una historia que se remonta nada más que al mero reconocimiento los embrionarios estatutos de la II República, pero a la que también se podría replicar (por si más una docena de siglos desde la Monarquía asturiana no fuera bastante) con la revolución popular asturiana de 1934, la más importante desde la rusa de 1917 bajo muchos puntos de vista. Una independencia de facto frente a esa república con gobierno fascistizante que envió generales como Franco a matar obreros. Esa revolución en la que Asturias quedó «independiente» a la fuerza con respecto a otras partes del país que supuestamente iban a colaborar en la insurrección armada de clase obrera, que por cierto, se hizo en nombre del proletariado internacional, y no por un prurito de superioridad. Algunas autonomías «históricas», de haber arrimado el hombro entonces, se hubieran librado de esos cuarenta años de Franco que tanto les reprimiera después.

Todos están despertando. Cántabros que no quieren ser castellanos de costa y montaña verde. Leoneses que están siendo olvidados por Valladolid y por Quintanilla de Onésimo. Sentimientos comuneros para Castilla, y andalucismo reivindicativo. Y me olvido de más renacimientos. Esta unión forzada de pueblos diversos tiene algo que aprender del nacionalismo más reivindicativo. Aprender que una conciencia y una identidad nace del mismo fondo del pueblo, allí pervive, y después, debe lucharse culturalmente: a través de la educación fomentar ese «nosotros» si es que no está muerto. Nada malo tiene, en una política pluralista, escuchar y compartir, además, un «vosotros». La ultraderecha nos engaña diciendo que el nacionalismo (¿y ellos no se incluyen?) siempre es excluyente, que traza una raya entre Nosotros y Ellos. Pero la lógica política a nivel peninsular no ha de ser así: ha de haber un «Nosotros» y un «Vosotros» en pie de igualdad. Sólo de esta manera se salva la nación vasca, catalana, gallega y todas las demás que son embrión o renacen de su sueño, como Asturias.

El «culturalismo» de las Comunidades Autónomas coincidió con el traspaso de competencias en materia de política lingüística, etnográfica, paisajística, y demás. En efecto, hubo a partir de entonces el dinero público y la obligación política de recuperar ese patrimonio cultural que el estado centralista y franquista había olvidado, arrasado y perseguido. El auge de la antropología cultural y social, coincidió con esas coyunturas políticas, introduciendo en España sus escuelas y tendencias, claramente idealistas muchas de ellas. Esa etnología y antropología, practicada a veces por meritorios aficionados y eclécticos estudiosos de lo local, quizá es vista por Gustavo Bueno y otros, como incompatible con las tendencias universales de la historia, y con el modelo que podríamos llamar «clasicista» de la Historia Universal. Las pequeñas naciones quizá no dieron a un Platón, ni siempre su modo de vida repercutió con las corrientes centrales de la Historia Universal, pero estuvieron ahí, y culturalmente siguen estando ahí. De eso se trata. Los ástures, cántabros y váscones, por poner unos ejemplos, no fueron simples partes materiales incorporadas a la estructura formal de Roma, luego transfigurada linealmente en eso que se llamó Cristiandad Occidental. Todo pueblo, pequeña nación y círculo cultural tiene un tempo histórico -secular- de supervivencia, por encima y debajo de las formas que venidas de fuera, le trastocan y le incorporan a la historia universal, como fue Roma, el Latín o el Cristianismo, pero que también se digieren desde dentro con el tiempo, y que le dan fuerza vigorosa en su colisión contra nuevas imposiciones externas: los musulmanes hubieron de luchar más bien contra esas formaciones nacionales pre-estatales concretas (culturales), que en contra de abstracciones: Cristianismo, Occidente, Barbarie septentrional, etc. pues las abstracciones no empuñan la espada, y las naciones (aun las que poseen escasa conciencia y formación política), en cambio sí. Ante un estado musulmán (Córdoba, como capital hubo de inventarse otro estado (Reino de Asturias), pero antes ya hubo una Cultura en el sentido antropológico, y una Cultura en el sentido espiritual (literatura clásica, hagiográfica y teológica) que existían en cierto modo para plantar batalla al musulmán. La base cultural (etnográfica, la de ástures y otros pueblos norteños) fue enriquecida por superestructuras de origen clásico (teología cristiana, latín, política neogoticista y teocéntrica) y se vieron aclimatadas desembocando dentro del océano de Castilla, primero, y de España. El renacimiento astur por parte de estudiosos y artistas no tiene nada de «mistificador».

No es ningún desatino «espiritualista» cultivar la lengua de nuestros antepasados, recuperar los viejos oficios, volver a plantar robles donde antaño los hubo, o crear escuelas de gaita. Es lo más material que hay en la vida del ser humano, lo que el hombre hace, medido a escala de siglos y aun de milenios, que puede olvidarse y reprimirse, pero no siempre morir del todo. La historia no conoce bien ciertas cuestiones, sobre todo las que tienen que ver con las destrucciones. Para explicar, en cambio, las pervivencias, tenemos un hoy desde el que hacer catas en el pasado. No sabemos explicar bien por qué la lengua de los ástures y cántabros quedó liquidada ante el latín, mientras que la de los váscones se conservó. La romanización fue escasa en todo el norte ibérico y sin embargo, el primer estado original, de cuño occidental, habría de surgir en el enclave astur-cántabro, y para un estado hacía falta una lengua política, el latín, no una lengua tribal o gentilicia.

Hay, «en provincias» y no sólo Madrid, un españolismo que se dice de izquierdas. Este es muy pintoresco porque viene de boca de ciertos barones del PSOE, condición ésta que recuerda de veras una etapa feudal. Ibarra y Bono son, creen ellos, la voz de los pobres, pero presiden como «primeros ciudadanos» -sin miedo a la contradicción- territorios feudales del reino de España. La voz de una España todavía imperial que, por paradoja, exige solidaridad con estas regiones subdesarrolladas. Extremadura y Castilla-La Mancha, cuyos caciques tienen ahora en un puño a la rosa amén de todos los aparatos de poder «transferido», mientras que a sus gentes (a sus votantes) se les siguen «otorgando derechos» con el mismo talante con que en el sistema feudal, y luego caciquil, se concedían mercedes generosamente.

La lucha por la nación pequeña y antigua, concentrada en múltiples puntos de la geografía ibérica, es un importante ariete que desarmará defensas y hará caer muros. El estado español es hoy, en manos de la derecha, y de los barones, un búnker defensivo, con todo su aparato jurídico-policial y medático. Los tres poderes ya no son independientes precisamente por obra y gracia de esa obsesión unitarista. Todo vale para defender este estado opresor: jueces estrella, guerra sucia, campañas de terrorismo periodístico y militante, etc. todo ese vergonzoso entramado caerá de un plumazo de poder darse una acción concertada desde múltiples puntos de resistencia popular. El paso desde un nacionalismo periférico conservador y elitista, hacia otro de signo popular y proletario es, en realidad, en gran salto adelante que precisa la totalidad social española para así romper de una vez sus viejos moldes y pseudomorfosis. El salto para, a partir de ahí, evolucionar hacia formas nuevas, desde luego plurales e imprevisibles.

El infeliz matrimonio entre estado y nación es en sí un hecho histórico y nada más lejano podemos encontrar de este hecho que una suerte de universal, autosuficiente y eterno. La totalidad social que los estados-nación impusieron es siempre una reunión plural de ingredientes que, en sí mismos totalizaron previamente a territorios, gentes, culturas, etc., a lo largo de los siglos. Corona, capital de burocracia, ejércitos, iglesia y sistema educativo, todos estos fueron los agentes que -manejados por una sola mano- «vertebraron» esas totalidades en la edad dorada del absolutismo. La anomalía española no es tanta anomalía si nos olvidamos de la obsesión de comparar nuestra centralización abortada (o nunca desarrollada plenamente) con la historia de Francia. Mírese hacia Centroeuropa, e incluso el Reino Unido, y se verá que fueron las coronas y la política lingüística los elementos aglutinantes. Pero en esos países a veces se respetaron unas formas «tradicionalistas» de signo medieval, territorial, etc. que eran difícilmente negables y que en España se quisieron borrar bárbaramente, en ausencia de la base capitalista necesaria para poder hacerlo. Las formas que emperadores y reyes europeos solían concernir a las relaciones entre corona (centro) y periferias, por medio de pactos e incorporaciones que, al tiempo que formalmente eran respetadas, escondían un auge del capitalismo y por tanto un movimiento centralizador a nivel material.

* Carlos Javier Blanco Martín. Doctor en Filosofía.

Este texto es una versión modificada de un trabajo publicado en internet en «Nómadas. Revista de ciencias sociales y jurídicas», nº 10, bajo el título de «El problema de la Unión Nacional», a cuyos redactores el autor desea expresar todo su agradecimiento.