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Vitoria, 39 años después

Bienvenido, Francisco, Pedro María, José y Romualdo, in memoriam (con un recuerdo para Salvador Puig Antich)

Fuentes: Rebelión

Una breve nota, un breve recuerdo. Desde donde no habita el olvido. Ayer, 2 de marzo, 41 años del asesinato de Salvador Puig Antich, el último preso ejecutado en España a garrote vil. Hoy, 3 de marzo, se cumplen 39 años del asesinato de tres trabajadores vitorianos (dos trabajadores más morirían días después). No relato […]

Una breve nota, un breve recuerdo. Desde donde no habita el olvido.

Ayer, 2 de marzo, 41 años del asesinato de Salvador Puig Antich, el último preso ejecutado en España a garrote vil. Hoy, 3 de marzo, se cumplen 39 años del asesinato de tres trabajadores vitorianos (dos trabajadores más morirían días después).

No relato los hechos. Están en la mente y recuerdo de todos. La policía del fascismo golpeó, mató, asesinó, con toda la fuerza, salvajismo e inhumanidad de la que era capaz. Arias Navarro, el conocido como carnicero de Málaga, era entonces primer ministro. Juan Carlos I encabezaba la jefatura del Estado (no tuvo ni la decencia de asistir a los funerales). Fraga Iribarne, el protector político inicial del presidente de gobierno Mariano Rajoy (el mismo que tiene la desfachatez de hablar de promesas sin sentido refiriéndose al primer ministro griego), era entonces ministro de Gobernación (estaba de viaje, salvo error por mi parte, y su cartera estaba en manos de Martín Villa, el corresponsable político máximo de lo sucedido). Desconozco los nombres de los mandos policiales que ordenaron directamente la actuación criminal de las fuerzas represivas. Exigir la disolución de esas fuerzas no fue ninguna memez estúpida de la izquierda comunista de aquellos años.

Ninguna responsabilidad política hasta el momento por todo lo sucedido. Salvo error por mi parte, ningún policía sancionado o enjuiciado por aquellos crímenes. Ningún político del Régimen. Nada, silencio. La transición-transacción intentó tapar también lo sucedido. Iba en el lote. Como si nada hubiera pasado. Intentado por todos los medios que sea considerado un acto de venganza, o incluso de inhumanidad y falta de generosidad, recordar lo sucedido y pedir justicia. El tiempo, piensan, creen, incluso afirman a veces, lo tapará todo. Nadie hablará ni pensará en ellos cuando algunos, muchos, hayamos muerto. Una nota insignificante frente las conquistas gloriosas de la demediada democracia monárquica. Que en ellos, que en Bienvenido, Francisco, Pedro María, José y Romualdo, como en tantos otros y otras, habite el olvido. La historia la escriben los vencedores y es evidente quienes han vencido. No hemos sido todos como suele afirmarse.

Pero no, no será así. La memoria acuñará bien esta moneda de atropello, injusticia y crimen. La historia no será escrita esta vez por los destructores de la razón, la equidad y la justicia. Los de abajo, como Benjamin o Fernández Buey pensarían y escribirán, lucharán y exigirán desde abajo, desde el principio esperanza y justicia.

No fueron los únicos trabajadores/as asesinados. Por supuesto. Los focos siempre ubicados sobre determinadas víctimas (que lo son en general -no en el caso de Carrero Blanco por ejemplo- y sin atisbo para ninguna duda en este punto), olvidándose de muchas otras, impiden conocer, intentan que olvidemos o desconozcamos los otros muertos de la transición-transacción y sus extensas prolongaciones. Para que no existan, para que nadie hable de ellos, para que el círculo del olvido se cierre para siempre. Y a otra cosa: eficacia, posmodernidad, competitividad, acumulación de riqueza en manos de unos pocos, etc.

Un personaje de Todo que ganar [1], Miren, ante la incomprensión de Indar, la protagonista, cuando habla de aquellos asesinatos -«No entiendo cómo la gente puede olvidar algo asÍ», le responde: «Si te refieres a la gente de aquí, no lo han olvidado; más bien prefieren no acordarse a menudo. La mayoría aún cree que ganó con la denominada Transición, que llegó la democracia y reparó las injusticias. Si te refieres al resto del Estado, dudo que tuviera demasiada repercusión dadas las circunstancias».

Miren se equivoca en su última consideración. A pesar de aquellas circunstancias, las muertes obreras de Vitoria, y muchas otras muertes, nos golpearon en lo más hondo. A los trabajadores y trabajadoras, a la ciudadanía insumisa de toda España. Sin excepciones. Nadie pensó si eran obreros vitorianos, gallegos, catalanes, andaluces o aragoneses. Nadie. No se pensó en esa clase, con esas coordenadas de distinción.

Y sus muertes, por supuesto, siguen golpeándonos. Ni hemos olvidado ni olvidaremos. ¿Por qué deberíamos hacerlo? Nunca cometeremos esa acto de traición.

Nota:

[1] Juako Escaso, Todo que ganar, Txalaparta-La Oveja Roja, Tafalla-Madrid, 2015, p. 95.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.