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Iniciativa debate público

Cambalache

Fuentes: Rebelión

El mundo fue y será una porquería, ya lo sé. Pero nunca como ahora, eso sí que no. Los medios de comunicación hablan de los rescates como un mantra que se repite hasta la saciedad; como si solo existiera esa solución a la crisis. Una crisis que han provocado los propios gobiernos, prostituidos por el […]

El mundo fue y será una porquería, ya lo sé.

Pero nunca como ahora, eso sí que no.

Los medios de comunicación hablan de los rescates como un mantra que se repite hasta la saciedad; como si solo existiera esa solución a la crisis. Una crisis que han provocado los propios gobiernos, prostituidos por el poder financiero que los amamanta en el burdel de Bruselas.

Rescatar… ¿a quién? ¿A las familias? ¿A los parados? ¿A la juventud sin futuro? ¿Al pequeño empresario? ¿Al estado del bienestar? No, señores, no. No se rescatan países, sino entidades financieras, y más concretamente, entidades financieras alemanas y francesas a las que la banca privada debe dinero. La fórmula es compleja y sutil, pero muy efectiva:

Primero se convence/soborna a los gobiernos para que supriman la regulación de los mercados. De este modo, los grandes capitales pueden actuar sin trabas y acaparar cada vez más riqueza, que a su vez, sirve para comprar más poder con el que seguir legislando a su medida. Así hasta que las grandes fortunas se vuelven más poderosas que cualquier Estado. Pero como su codicia no tiene límites, siguen inflando artificialmente sus activos mediante productos financieros fantasma -también llamados derivados- hasta que estalla la burbuja. Es entonces cuando, bajo la coacción de que son «demasiado grandes para caer», los gigantes financieros recurren a la intervención estatal. Pero no a la clásica intervención de los activos -nacionalización-. No. Aquí es donde la crisis actual se diferencia de las anteriores. Los banqueros ya no se suicidan como en el 29, ni se les imponen medidas como las new-deal de Roosevelt, que establecían impuestos de casi el 90% sobre los beneficios. La relación de poderes ha variado, y ahora el contrato es mucho más ventajoso para los colosos de las finanzas. No aceptan las nacionalizaciones. Exigen préstamos multimillonarios, a un interés más que razonable, a los que llaman rescates.

El dinero de esos rescates a los grandes bancos sale de los presupuestos de los Estados, es decir, de nuestros bolsillos. Después de un desembolso tan soberbio (el 13% del PIB de la Unión Europea, según cifras del mismísimo comisario Trichet) los Estados no pueden cubrir las necesidades de sus países, por lo que se ven obligados a emitir DEUDA pública para afrontar los gastos corrientes. Y con eso se completa el milagro. Se ha convertido la deuda de unas entidades privadas en deuda de los ciudadanos. Es el negocio perfecto: cuando ganan, ganan solo ellos; cuando dejan de ganar, perdemos todos.

Pero, ¿realmente dejan de ganar? Pues tampoco. Hemos dicho que se ha completado el milagro, pero la estafa continúa. Con el dinero de esos préstamos/rescates -nuestro dinero-, esos mismos bancos compran la DEUDA pública emitida por los Estados. Los mismos chorizos que nos acaban de atracar nos esperan en la casa de empeños para comprarnos los enseres que nos vemos obligados a malvender. ¿A qué precio? Al que ellos digan, porque las empresas de tasación -agencias de calificación- también son suyas. Esta criminal obra de ingeniería financiera es la que usurpa la soberanía de los pueblos. Convierte a los países en sociedades anónimas y a los bancos en sus principales accionistas. Con todo esto, las entidades rescatadas siguen arrojando pingües beneficios en sus balances contables, y en algunos casos con cifras récord.

¿Y qué pasa con los Estados? Pues que, si con sus emisiones no consiguen cubrir sus necesidades, o si su calificación pone en riesgo la regularización de la DEUDA con esos bancos, deberán también ser rescatados sí o sí. En estos rescates, sin embargo, las condiciones del préstamo son mucho más duras. Los Estados deberán abonar un interés muy superior, y además deberán aceptar severísimos cambios en sus legislaciones para favorecer el saqueo: amputaciones de derechos a trabajadores y pensionistas, drásticas reducciones a los servicios públicos y el gasto social, privatización de activos estatales, etc. En suma, un chantaje difícil de asumir por la ciudadanía. Una ciudadanía a la que los medios de desinformación (obviamente, también al servicio de la todopoderosa oligarquía financiera) deberán anestesiar convenientemente con la monótona letanía de que las medidas son «muy dolorosas, pero necesarias». Cualquier manipulación mediática será válida si sirve al propósito de mantener a las masas controladas y garantizar la llamada «paz social», que no es sino un eufemismo para referirse a la paz de los poderosos.

Nos han metido demasiadas mentiras en la cabeza como para que seamos capaces de comprender esta realidad, y han demonizado conceptos sencillos y prácticos. Parece que está proscrito hablar de algo tan sensato como la nacionalización de esas empresas que amenazan con quebrar. La sola mención de esa palabra hace aflorar el viejo fantasma del comunismo, a pesar de que una lógica de parvulario lo recomendaría sin dudarlo. Todo ello nos lleva a pensar que todo estaba previsto desde mucho tiempo atrás. Ni nosotros somos tan listos, ni ellos tan torpes.

Entretanto, la ciudadanía sale a las calles a protestar pacíficamente. Tan pacíficamente que a muchos les ha parecido una fiesta. ¿Qué hemos logrado concretamente, aparte de dejarnos muchas horas y mucha ilusión? ¿Qué pedimos, aparte de un montón de generalidades imposibles de asumir por el poder establecido? ¿Por qué han cesado las protestas si los recortes van a continuar y hasta van a incrementarse? ¿Quién dirige el 15M? ¿Qué frivolidad es esa de «toma las playas»?

En ocasiones tenemos la amarga sensación de que esto ha servido a alguien de válvula de escape, de descompresión del descontento y la rabia. Y por desgracia, parece que lo han conseguido. Nos entretienen con fórmulas tan viejas como el mundo -las asambleas-, pero poco estructuradas, mal coordinadas y, lo que es más importante, sin carácter vinculante. En la vieja democracia ateniense la democracia consistía en eso, pero la gran diferencia es que en esas mismas asambleas se adoptaban medidas y modelos a seguir o desarrollar, se hacía política. En todo este cuento como de hadas hemos olvidado dos puntos importantes. Primero: no hay relación alguna entre las conclusiones de las asambleas y los centros de poder; es decir, no sirven de nada. Y segundo: nunca antes se había buscado la unanimidad para cada uno de los acuerdos, pues además de ser inviable, ofrece armas a cualquiera que pretenda boicotear las iniciativas.

Hay más asuntos que nos sorprenden. Parece que empiezan a existir pedigrís en la indignación. Se oyen frases como «esto no lo ha dicho DRY», «aquello no lo apoya Acampada tal o cual», pronunciadas como apreciaciones excluyentes. Y, sin embargo, no parece que ellos mismos propongan nada que dé resultados. Es como si se pretendiera huir de medidas concretas. Dicen que quieren tomar las riendas de su vida, y que la gente participe en política. Perfecto. Hay una herramienta que en España está absolutamente deformada por una Ley Orgánica que la convierte en inútil: la Iniciativa Legislativa Popular. ¿Se quiere de verdad hacer algo? Pues vamos todos a exigir la reforma completa de la L.O. 3/1984, y con esto dotamos al pueblo de medios para su autogestión. Solo con esto se puede cambiar todo lo demás, pero sin que nadie controle nada (incluyendo las distintas corrientes o sensibilidades del 15M). Un solo ciudadano podría promover un referéndum vinculante para crear o deshacer cualquier ley o medida, siempre que lograra el apoyo de un cierto número de conciudadanos. Todas las propuestas se podrían hacer realidad, una tras otra. Pero, si no se logra habilitar la herramienta que lo permita, ¿cómo se pretende hacerlo? ¿De verdad alguien puede creer que la gente va a dedicar su tiempo a debatir cada dos por tres con sus vecinos unas propuestas que nadie escuchará excepto los presentes? ¿Realmente -y sin menospreciar a nadie- se debe prestar la misma atención a alguien que no tiene conocimientos sobre una materia concreta que a alguien que ha dedicado su vida a ella?

En todas las tribus que en la Historia de la Humanidad han sido ha habido siempre jerarquías, chamanes o consejos de ancianos y de sabios. Y ahora queremos descubrir la piedra filosofal confundiendo igualdad con igualitarismo. Se pretende escalar cimas con un movimiento horizontal. Pues no. No puede tener el mismo valor la opinión de Miren Etxezarreta que la de una estudiante de 18 años, ni la de Santiago Alba que la de un cajero de banco. Todos tenemos voz y todos tenemos voto. Pero a la hora de aprender -y conviene aprender, antes de decidir- es mejor escuchar la opinión de un experto. Ya lo decía Santos Discépolo en la Década Infame: «Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor!»

Mucha gente de buena voluntad y largo hartazgo ha puesto su confianza y esperanza en un movimiento que parecía funcionar y que ha sido lo más emocionante que nos ha ocurrido a muchos en toda nuestra vida. No lo estropeemos. Valga esta crítica como algo constructivo, y empecemos a reaccionar. O cambiemos el modelo.

http://iniciativadebate.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.