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Condenan la rabia digna

Fuentes: Diagonal

Me cuesta olvidar la cara de Ernest Ma­ragall cuando la tarde del 14 de junio del 2011 fue rodeado por un grupo de manifestantes que empezaron a increparle. Su rostro expresaba una extraña mezcla de temor y sorpresa. Sí, yo diría que el estupor congelado en sus labios reflejaba muy bien la pregunta que le […]

Me cuesta olvidar la cara de Ernest Ma­ragall cuando la tarde del 14 de junio del 2011 fue rodeado por un grupo de manifestantes que empezaron a increparle. Su rostro expresaba una extraña mezcla de temor y sorpresa. Sí, yo diría que el estupor congelado en sus labios reflejaba muy bien la pregunta que le atenazaba: «¿Pero de dónde han salido estos energúmenos?». Tenía razón. Éramos energúmenos que sólo sabíamos gritarle. Seamos realistas. Es difícil debatir con parlamentarios que reparten precariedad e injusticia con sus recortes y privatizaciones. Por eso la noche del 14 al 15 de junio, cientos y cientos de personas se concentraron ante el Parlament con el fin de impedir que se aprobaran los presupuestos del año 2012 y toda su batería de medidas antisociales.

El Tribunal Supremo ha decidido, finalmente, condenar a ocho de los implicados a tres años de cárcel cada uno por un delito contra las instituciones del Estado. Nos falta perspectiva histórica para poder analizar lo que esta acción real­mente supuso y qué procesos desencadenó. Una noche inesperada, la línea que separa gobernantes y gobernados, ellos y nosotros, fue desbordada. Por unos breves momentos, el miedo cambió de bando. El periódico La Van­guardia, que lleva siglos apoyando al poder y sabe de qué habla, marcó la estrategia a seguir: «Algo muy grave ha pasado esta semana en Barce­lona. Una turba de insensatos, carente de principios y de cultura política, ha agredido a la principal institución del país. Catalunya debe reaccionar». La campaña que se desató contra el movimiento 15M fue brutal. Una auténtica máquina mediático-institucional se encargó de aislar y destruir la fuerza anónima que había aparecido. A pesar de ello, la manifestación que a los pocos días recorrió Barcelona al grito de «el carrer es nostre, no pagarem la seva crisi» («la calle es nuestra, no pagaremos su crisis») fue una de las más concurridas y potentes de los últimos años. Pero ¿quién se acuerda?

Operación de limpieza

Sin embargo, ellos no olvidan y ahora condenan la rabia digna. Su mayor éxito es justamente el cambio de escenario político que se ha producido en Catalunya. En síntesis, la gran operación política del Govern consistió en construir la unidad política «pueblo catalán» mediante la expulsión de un enemigo interior identificado como los «antisistema».

Evidentemente, denunciar esta decisión política no significa apoyar el nacionalismo español.

Con el bloqueo del Parlament, el movimiento del 15M intentaba salir de su propio encierro en la Plaza de Catalunya para que su gesto inicial de «basta ya» pudiera apuntar a los procedimientos mismos de legitimación. La ideología no cumple hoy ninguna función esencial de legitimación. En cambio, los procedimientos que se reúnen en ‘lo democrático’ sí son esenciales. El asedio del Par­lament perseguía bloquearlos. Era un acto de desafío. Por esa razón, cuando la fuerza del anonimato -ese pueblo hecho de pueblos- fue vilipendiada, ni pidió perdón ni imploró que no lo criminalizaran. «Yo también estaba en el Parlament… y volvería a hacerlo». Tenían que condenar la rabia digna y compartida. «Se ha hecho justicia. Concuerda con el sentimiento mayoritario del pueblo de Catalunya», afirma satisfecho el portavoz del Govern. Sin embargo, la pancarta que encabezaba la manifestación de apoyo a los condenados decía: «Teniu els diners, la premsa i la justícia… però a nosaltres mai ens tindreu» («tenéis el dinero, la prensa y la justicia… pero a nosotros nunca nos tendréis».)

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/26256-condenan-la-rabia-digna.html