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Contra la caricatura de una obra y un pensador esenciales

Fuentes: El Viejo Topo, Febrero de 2012

«¿Ha habido alguna vez un pensador más caricaturizado?». Con esta pregunta finaliza el profesor de teoría cultural de la Universidad de Manchester su Por qué Marx tenía razón . La repuesta al interrogante penas ofrece discusión: no, probablemente no. Las razones de esa interesada caricatura son también conocidas. Eagleton nos habla de ellas. Esta última […]

«¿Ha habido alguna vez un pensador más caricaturizado?». Con esta pregunta finaliza el profesor de teoría cultural de la Universidad de Manchester su Por qué Marx tenía razón . La repuesta al interrogante penas ofrece discusión: no, probablemente no. Las razones de esa interesada caricatura son también conocidas. Eagleton nos habla de ellas.

Esta última crisis, señala, ha implicado como mínimo que la palabra «capitalismo», camuflada por lo general bajo algún pseudónimo evasivo -era moderna, Occidente, sociedad industrial- haya vuelto a ser moneda corriente «y cuanto la gente empieza a hablar del capitalismo, podemos estar seguros de que el sistema capitalista pasa serios apuros».

No es esta la única nota perspicaz, brillantemente formulada, es marca garantizada de la casa TE, de Por qué Marx tenía razón . Un prefacio, diez capítulos, la conclusión y las notas componen el que probablemente sea el último -o uno de los últimos- libro del gran e incansable Terry Eagleton. Las razones del ensayo: «Este libro se originó a partir de una única y llamativa posibilidad: ¿y si todas las objeciones que se plantean más habitualmente a la obra de Marx estuvieran equivocadas? ¿O, cuanto menos, aun no siendo desatinadas del todo, sí lo fueran en su mayor parte» (p. 11).

Algunas de las objeciones, en su mayor parte conocidas, que Eagleton refuta o discute (no se esconde ante las más punzantes pero no pretende confeccionar un catálogo tipo Leporello-Don Giovanni) serían las siguientes: en el capítulo 1º, «El marxismo está acabado. Tal vez tuviera cierta relevancia en un mundo de fábricas y de revueltas por hambre, de mineros de carbón y de deshollinadores, de miseria generalizada y de concentración de las masas obreras. Pero no tiene sentido alguno en las actuales sociedades occidentales postindustriales, caracterizadas por una diferenciación por clases cada vez menor y por una creciente movilidad social» (¡Qué risa, doña Sofía!). En el segundo, la objeción es que «el marxismo tal vez esté muy bien en teoría. Pero siempre que ha sido llevado a la práctica se ha traducido en terror, tiranía y asesinatos en masa de una magnitud inconcebible». En el tercero, se refuta que el marxismo sea una forma de determinismo. En el cuarto, que el marxismo sea un sueño utópico. «Cree en la posibilidad de una sociedad perfecta, sin penurias, sufrimiento, violencia ni conflictos». En el quinto, «el marxismo lo reduce todo a la economía. Es una forma de determinismo económico». En el sexto, que Marx fuera un materialista chato. «Creía que no existía nada más que la materia. No le interesaban en absoluto los aspectos espirituales de la humanidad». En el séptimo, el concepto de clase social: «nada hay más obsoleto en el marxismo que su tediosa obsesión por la clase». En el octavo, se discute que los marxistas aboguen siempre y en toda circunstancia por la acción política violenta. «Rechazan la sensata ruta de la reforma moderada y paulatina y optan sin embargo por el caos sangriento de la revolución». En el noveno, que el marxismo crea en el Estado todopoderoso y, finalmente, en el décimo, que los movimientos radicales más interesantes de las últimas cuatro décadas hayan surgido todos, sin excepción, «fuera del ámbito del marxismo».

No se trata aquí de dar cuenta de las argumentaciones críticas de Eagleton ante estas objeciones pero sí apuntar, a título de ejemplo, con algunos de sus comentarios. Sobre la no-espiritualidad del marxismo, apunta: «Lo espiritual tiene ciertamente que ver con lo ultramundano. Pero no con lo ultramundano tal como lo conciben los clérigos. Se trata, más bien, de ese otro mundo que los socialistas aspiran a construir e el futuro en lugar de este otro que claramente ha pasado ya su fecha de caducidad. Es evidente que quien no sea ultramundano en este sentido no se ha parado aún a observar detenidamente el mundo que lo rodea» (p. 155). Sobre la fijación marxiana en las clases sociales, señala Eagleton: «[…] solo aquellos y aquellas para quines la clase se reduce a una cuestión de propietarios de fábricas ataviados con levita y de obreros enfundados en sus monos de trabajo podrían adherirse a una idea tan simplista. Convencidos y convencidas de que la clase está tan muerta como la guerra fría, recurren en vez de ella a la cultura, la identidad, la etnia y la sexualidad. En el mundo actual, sin embargo, estos factores están tan interconectados con la clase social como siempre lo han estado» (p. 172).

En las conclusiones de su estudio (pp. 225-226), algunas de ellas discutibles o necesitadas de algún matiz, como no podía ser de otro modo, Eagleton recuerda tesis marxianas que vale la pena recordar. Estas por ejemplo: Marx tenía una fe apasionada en el individuo y grandes recelos ante los dogmas abstractos; no le interesaba el concepto de sociedad perfecta; aspiraba a fomentar la diversidad, no la uniformidad; entre sus enseñanzas no figuraba que hombres y mujeres fuésemos juguetes impotentes en manos de una Historia en mayúsculas; concebía el socialismo como una profundización de la democracia y no como un enemigo de ésta; su modelo de vida buena estaba basado en la idea de la autoexpresión artística; no convirtió la producción material en un fetiche; su ideal era el tiempo libre, no el trabajo; si prestó una atención tan constante a lo económico fue precisamente con el propósito de disminuir el poder de ese ámbito sobre el conjunto de la humanidad; sus opiniones sobre la naturaleza y sobre el medio ambiente estaban, en su mayor parte, asombrosamente avanzadas a su tiempo. Por lo demás, sostiene Eagleton y no se le va mucho la mano ni la pasión le ciega, no ha existido nunca «más acérrimo adalid de la emancipación de las mujeres, la paz mundial, la lucha contra el fascismo o la libertad anticolonial que el movimiento político alumbrado por su obra». No se trata de que no tengamos que revisar lo que sea revisable, que es todo, pero no es poco ni está mal lo apuntado, nada mal.

Eagleton, que en absoluto cultiva los jardines de la idiotez o de la insensatez, no pretende insinuar ni defender que Marx no diera jamás un paso en falso. No soy, apunta, «de ese género de izquierdistas que, por un lado, proclama devotamente que todo es susceptible de crítica y, al mismo tiempo, cuando se les pide que propongan aunque solo sean tres puntos importantes que se puedan reprochar a las tesis de Marx, reaccionan con malhumorado humor» (p. 11) (¿Por qué «izquierdista»?).

Como el mismo Eagleton admite, no se ha propuesto exponer la perfección, veracidad y corrección für ewig de todas las ideas de Marx sino solo -no es poco- su plausibilidad. Lo ha conseguido en mi opinión y eso, si se me permite la anotación marginal, a pesar de no se probablemente un lector devoto de Marx (puede verse la bibliografía consultada) ni un practicante devoto de la filología marxiana, y de apuntar en nota reflexiones, con alguna ironía incluida, de alta tensión político-epistémica. Esta por ejemplo: «En sus Glosas marginales a Wagner, Marx utiliza un torno sorprendentemente freudiano al afirmar que los seres humanos distinguen primero los objetos en el mundo en términos de dolor y placer, y luego aprenden a distinguir cuáles de ellos satisfacen necesidades y cuáles no. Para él (y coincidiendo con Nietzsche), el conocimiento empieza como una forma de dominio sobre esos objetos. Tanto Marx como Nietzsche, pues, lo asocian con el poder» (p. 232). Mucha coincidencia entre Freud, Marx y Nietzsche se apunta en el fragmento.

PS: Eagleton nos regala un buen argumento para abonar (sensatamente) la tradición: de la misma que ningún freudiano se imagina que Freud jamás cometiera errores (la generosidad de Eagleton con los freudianos es aquí evidente), de igual modo que «ningún aficionado del cine de Alfred Hitchcock defiende todas las tomas y todas las líneas de los guiones del maestro», ningún marxista, sin dejar de serlo (es decir, reconociéndose en la tradición), tiene por qué defender que el revolucionario de Tréveris no se durmiera nunca en ninguna página de El Capital ni en textos afines y no afines. Ni la ciencia, ni la filosofía, ni la revolución social ni las prácticas transformadora se alimentan con ese condimento. Eagleton recuerda las palabras que Ludwig von Mises dedicara al marxismo: «[se trata] del movimiento de reforma más poderoso que la historia jamás haya conocido, la primera tendencia ideológica no limitada a un sector de la humanidad, sino apoyada por personas de todas las razas, naciones, religiones y civilizaciones». Si arrojamos algunos pelillos a la mar con «reforma» y «tendencia ideológica», ¿no vamos a conceder que en ocasiones el pensamiento reaccionario está informado, es potente, ve lo que hay que ver y da en la diana?