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Entrevista a Matilde Muñoz, feminista y militante del FRAP

«Creíamos que no se podía derrocar al franquismo sin un enfrentamiento total con él»

Fuentes: Ctxt [Foto: Matilde Muñoz (R. M. R.)]

Como tantos y tantos jóvenes que nacieron durante la dictadura, Matilde Muñoz (Madrid, 1948) comenzó su militancia en la Universidad. También, como tantos y tantos universitarios, fue derivando hacia organizaciones que estaban a la izquierda del Partido Comunista y, en su caso, la deriva terminó en el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). Quizá haya más de uno que debería colocarse en los ojos alguna de aquellas gafas de pasta gorda y oscura que se usaban entonces para leer esta entrevista y digerir que, en aquellos años, militaban en las filas del FRAP cientos y cientos de personas de muy diversa procedencia. Unas veces, del movimiento estudiantil, como Matilde Muñoz, pero también del movimiento obrero, del movimiento vecinal o del feminismo. Podían ser personas que trabajaban en una fábrica, mujeres amas de casa, trabajadoras por horas en barrios ricos o también, y no fueron pocos, hijos de los que vivían en esos barrios ricos y caros de la ciudad. Al final, esas siglas terminaron vinculadas al término terrorismo; sin duda, las ejecuciones de aquel 27 de septiembre de 1975 contribuyeron a ello.

En esta entrevista, Matilde Muñoz habla con claridad de su militancia en el FRAP y también de la estructura de aquella organización; salen a relucir hechos que fueron determinantes, como la manifestación de un Primero de Mayo en que todo cambió, o su detención con tres días de torturas a manos de Billy el Niño en la Puerta del Sol de Madrid. Vivencias de primera mano sobre la lucha antifranquista en los tiempos más duros de la dictadura.  

Llama la atención sus antecedentes familiares. Porque usted procede de una familia muy conservadora.

Nací en 1948, y mi padre murió cuando tenía cuatro años. Mi padre era un fascista, presumía de que había hecho la guerra con la Legión Cóndor, que nunca había cogido un fusil, que siempre había llevado pistola y que limpiaba los pueblos después de que entraran las tropas de los sublevados; eso significaba que se dedicaban a coger y a entregar a los rojos; iban de casa en casa. Tenía el carné de la Falange y era además el jefe de casa, vivíamos en Madrid. 

Hoy casi nadie sabe lo que era el “jefe de casa”. 

El jefe de casa era un señor que, en las ciudades, controlaba la vida de todos los vecinos, y reportaba a la policía. Están esas hojas en las que él escribe: “Hoy, el del cuarto D ha recibido la visita de un sobrino de Murcia; el sobrino se ha quedado dos semanas…”, por ejemplo. Llevaba el control de todo lo que hacían los vecinos. 

Y usted salió de izquierdas. 

Mi primera rebeldía fue por la discriminación que yo vivía en mi casa respecto a mi hermano mayor. Él tenía una libertad absoluta, y yo ninguna; siempre tenía que dar cuentas de adónde iba, con quién, y además a su servicio. Esa fue mi primera rebeldía y la que me hizo feminista desde muy pequeña. Mi hermano me pegaba palizas por rebelde, era la única manera que tenía de intentar corregirme. Era un fascista. Luego, en la Universidad, empecé a unir esa rebeldía con toda la cuestión política y, en seguida, empecé a militar en la FUDE (Federación Universitaria Democrática Española), que era la organización universitaria que había nacido con el Partido Comunista. Y por eso me tuve que ir de casa. Mi hermano me denunció, vino la policía y se llevó agendas, libros… Para castigarme me mandaron a un convento de clausura en Calatayud, y allí estuve seis meses. Volví a Madrid para examinarme, y ya me quedé. En aquel momento [final de los años sesenta], la mayoría de edad de las mujeres era a los veinticinco. Te podías casar a los veintiuno con el permiso de tu familia; intenté casarme con mi novio, pero no me dejaron. Recurrí a un abogado, a Ruiz Jiménez, para ver cómo podía independizarme de mi familia, y me dijo que no tenía nada que hacer. 

¿En qué consistía su militancia? 

En la Universidad hacíamos panfletos; teníamos una multicopista que habíamos quitado a un departamento de la facultad y la guardábamos escondida en la capilla. Mis primeros panfletos fueron para el concierto que hizo el cantante Raimon en la Facultad de Políticas y Económicas, a finales de los sesenta. Estábamos todo el día en asambleas; discutíamos sobre la línea que debíamos llevar; estaba la lucha contra el sindicato único vertical, y la cuestión era si reformarlo desde dentro, o no. Todo el día de movilizaciones, una detrás de otra; un correr con la policía detrás, pero también delante…. Porque yo también he corrido detrás de los grises. En la universidad, éramos una organización clandestina, nos movíamos con otro nombre al que llamábamos “nombre de guerra”. Parte de mi militancia también consistió en llevar y traer paquetes desde España a Turín. Estaba allí por una beca que me habían dado, gestionada por Enrique Tierno Galván. A veces pasaba por Ginebra, para hacer una entrega a un camarada. Parte del comité ejecutivo del PCE(m-l) vivía en Ginebra; nunca he sabido lo que había en esos paquetes ni los nombres de las personas con las que contactaba, pero tampoco lo preguntaba.

También perteneció a la Unión Popular de Mujeres. 

Era una organización de mujeres impulsada por el PCE(m-l). Teníamos un periódico que se llamaba Liberación; hacíamos trabajo en fábricas y en barrios. Yo estuve sobre todo en Palomeras Bajas [barrio del distrito Puente de Vallecas, en Madrid] con mujeres increíbles que trabajaban fregando escaleras, como ellas decían. En esa época empezaron los desahucios, y éramos las mujeres las que nos poníamos delante de la casa cuando llegaba la policía; parábamos los desahucios con nuestros cuerpos. Ahí estaba Juana Doña, que nos enseñaba muchísimas cosas de la guerra y de después; una mujer humana como pocas he conocido, cariñosa, tranquila, que iba siempre perfecta, impecable, arreglada de pies a cabeza. Dio la cara hasta el final, después de haber estado casi veinte años en la cárcel. 

Y también perteneció al FRAP desde el principio. ¿Qué fue el FRAP y por qué se fundó? 

El FRAP se funda institucionalmente en 1973, en una reunión en París, pero ya desde mucho antes se estaban formando comités pro FRAP. El FRAP era Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, en el que se incorporaron todas las organizaciones impulsadas por el PCE(m-l), como las organizaciones de barrio, de fábrica, de mujeres, los comités antifascistas y antimperialistas; también se incorporó la Unión Socialista Española (USE), de Álvarez del Vayo [político español socialista que, entre otras cosas fue ministro de Estado durante la Guerra de España], que fue nuestro presidente; la USE era una organización, muy pequeña, pero simbólicamente muy importante; Álvarez del Vayo era una persona, con mucho prestigio y mucha historia, que estaba en el exilio. 

Todo esto fue muy satisfactorio hasta 1973, que fue un año crucial para nosotros. De cara a la manifestación del Primero de Mayo en Atocha, el FRAP decidió que ya no íbamos a correr con la policía detrás; es decir, íbamos a defendernos; y la consigna fue que cada uno se llevara algún instrumento para defenderse de la policía. Hubo enfrentamientos directos, y murió uno de la político social acuchillado [la Brigada Político Social era la policía secreta de Franco, encargada de perseguir a los que luchaban contra la dictadura]. Aquello fue muy gordo; en la manifestación detuvieron a muchísima gente, pero después siguieron las detenciones por todas partes. 

Abro un paréntesis: cuando se funda el FRAP, en ese primer momento, ¿se habla ya de la lucha armada? 

Sí; nosotros creíamos que teníamos que llevar a cabo acciones y una era esa, a la que me acabo de referir, que en una manifestación no íbamos a salir corriendo, sino que nos enfrentaríamos a la policía. Y después vinieron el resto de acciones. En los seis puntos del FRAP estaba derrocar al franquismo a través de la acción revolucionaria. Y en aquel contexto, para nosotros era imprescindible que fuera armada; no creíamos que se pudiera derrocar al franquismo sin un enfrentamiento total con él; naturalmente, eso no pasó porque fuimos derrotados.

¿Una organización armada es lo mismo que un grupo terrorista?

No, yo siempre he explicado que nosotros no éramos terroristas. El concepto de terrorismo es otra cosa. Una cosa es crear un ejército popular, que era el objetivo del FRAP, y otra cosa es el terrorismo que tiene la idea y la concepción de que, a través de determinadas acciones violentas, tú debilitas al enemigo y así te fortaleces. Y con eso nosotros no estábamos de acuerdo en absoluto. Esas acciones no sólo no debilitaban al enemigo, sino que con ellas se impulsaba el terror del enemigo hacia nosotros. Hay una diferencia enorme entre lucha armada y terrorismo. Jamás hemos estado de acuerdo con poner una bomba en algún sitio. Es verdad que todos brindamos cuando Carrero Blanco saltó por los aires, pero, al mismo tiempo, estábamos muertos de miedo, porque los que estábamos en la cárcel pensábamos “a ver qué va a pasar ahora”. 

Además de aquel 1 de mayo del 73, ¿en qué se tradujo la lucha armada del FRAP? 

Después, hubo una organización de grupos armados. Es decir, de grupos que estaban absolutamente separados de la organización política, que tenían su propia lógica, dinámica y decisiones, y en los que estaba gente que se había prestado voluntaria para estar en esos grupos; nosotros les llamábamos grupos de combate; es verdad que murió un policía, dos policías, tres policías. Pero sobre todo fueron muchos robos de armerías; se robó mucho dinero en El Corte Inglés, de material para las imprentas, y de todo lo que necesitaba la organización, porque como no nos financiaba nadie, no llegaba dinero de ningún sitio; sólo teníamos las cuotas que pagábamos, y eso no daba para mucho; se necesitaba dinero para la gente que tenía que irse, ayuda para la gente que estaba en la cárcel, a las familias, a los liberados.

Es decir, que por un lado estaba el núcleo político que defendía la lucha armada, y luego estaban los grupos de combate. ¿Estaban conectados?

No, no en absoluto. Los grupos estaban completamente separados de la organización, sobre todo por razones de seguridad; es decir, de los que trabajábamos políticamente; yo nunca he estado en ninguno de esos grupos, pero estábamos de acuerdo en que existieran. También es verdad que en el momento en que se hicieron determinadas acciones, hubo gente que no estuvo de acuerdo, personas que pensaron que esos atentados eran contraproducentes; ahí hubo una discusión interna muy fuerte, y mucha gente se fue. 

¿Cuántos militantes tuvo el FRAP? 

Ni idea, no se puede saber; no nos conocíamos, éramos clandestinos; cada uno sabía lo que tenía cerca, pero de los demás no se sabía nada. Había mucha gente. Pero, honestamente, desde 1971 a 1973 yo puedo decir que éramos la fuerza con mayor número de activistas; no sé si de militantes, pero sí de activistas. Seguramente el PCE tenía más militantes que el FRAP, pero no tenía más activistas. Cuando ibas a un barrio, a una fábrica, a lo que fuera, lo que veías era gente del FRAP, las organizaciones del FRAP, los carteles del FRAP, las banderas del FRAP, las pegatinas. Ibas en el metro, y lo que veías era eso, porque nosotros estábamos moviéndonos todo el día. No sé de dónde sacábamos el tiempo, porque trabajábamos, teníamos una casa, familia y amigos, pero sacábamos tiempo.

Decía que el 1 de mayo del 73 fue una fecha trascendental para ustedes. ¿Qué pasó después? 

Después del Primero de Mayo del 73 se producen muchísimas detenciones; detienen no se sabe a cuánta gente, en la manifestación y después. Arrestaron a gente de sanidad, porque para esa movilización se habían creado una una serie de grupos que estaban preparados para atender a los que pudieran resultar heridos o golpeados, también dentro de los hospitales, por ejemplo, en la Fundación Jiménez Díaz. Allí el FRAP era muy fuerte, tenía mucha gente dentro y se había quedado un turno de confianza para atender a los que llegaran de la manifestación y hacer todo lo que fuera necesario sin meter a la policía en medio.

Veo que estaban muy organizados. 

Sí. La manifestación había sido convocada públicamente; nosotros estábamos organizados de manera que cada uno tenía una misión. Por ejemplo, todos los que estábamos en los activos no podíamos estar dentro la manifestación. Teníamos que evitar el riesgo de ser detenidos para poder coordinar a todos los grupos que actuaban dentro de la protesta como comandos; esto es, un grupo aparecía en un sitio concreto, otro grupo saltaba en otro sitio diferente. Todos esos comandos tenían una dirección de abogados y sanitarios; cada comando que aparecía en puntos distintos para avivar la manifestación sabía qué sitio tenía, en dónde se encontraban y qué tenían que hacer si pasaba algo. Cada uno sabía lo suyo y no lo de los demás. Cada comando tenía unas veinte o veinticinco personas. Eran los encargados de llevar banderas, todo eso.

Después de la manifestación detuvieron a cientos y cientos de personas. Hay que tener en cuenta que, por muy clandestinos que fuéramos, la policía nos seguía de cerca y su método era coger a uno y dejar a tres sin detener porque así les podía tener controlados y seguirles para ver con quién contactaban. Por mucho que nosotros nos protegiéramos, las caídas eran inevitables.

¿Cómo se protegían? 

En primer lugar, no sabíamos nada de las personas con las que militábamos. Pero al final, la gente se conoce, la gente de un barrio, de una fábrica o de la universidad se conoce. Todos teníamos un nombre falso, las citas nos las dábamos de una vez para otra; no teníamos que llevar las cosas apuntadas. Teníamos también las citas de seguridad, que consistían en que tenías que pasar por un determinado sitio todos los días a una determinada hora, y así se sabía que se podía contactar contigo. Teníamos normas de comportamiento y también teníamos un código de vestimenta, que no estaba escrito, pero que seguíamos; nosotras íbamos todas muy monas vestidas, nada de ir en plan roja, no. Incluso a las manifestaciones, si podíamos ir con taconcitos y con faldita, pues mucho mejor, porque llamábamos menos la atención. No destacar, pasar desapercibido. En momentos de peligro, dejabas de ver a tu familia y a tus amigos, y te ibas de tu casa por seguridad. Estabas siempre dispuesta a hacer lo que fuera para defenderte y para defender a los de tu alrededor.

¿Cómo fue su detención? 

En el 73, después de ese Primero de Mayo, todo fue un desastre increíble, porque la gente se había quedado suelta, los grupos se habían quedado sin contactos y no sabían qué hacer; una cosa tremenda, porque no era solo la gente que detenían, es que a su alrededor había todo un mundo en peligro. Hubo gente que se fue por su cuenta, otros no; pasó de todo; se desorganizó todo, aquello fue la debacle. Pero, a través de todos estos mecanismos que teníamos, empezamos a contactar a la gente. Yo me quedé encargada en el comité de organización que se ocupaba de ir conectando, recogiendo y reorganizando a la gente que se había quedado descolgada después de las detenciones del Primero de Mayo. Eso duró muy poco, porque el 1 de septiembre me detienen junto a otros compañeros en una cita que teníamos en la calle; nos cayeron encima no sé cuántos secretas; nos metieron en un taxi; yo intenté salir corriendo, me agarraron del vestido, y me lo rompieron. Nos llevaron a la Puerta del Sol [a la Dirección General de Seguridad] y nos quitaron todo lo que llevábamos. Y yo, encima, sujetándome la falta para no enseñar las bragas.  Nos metieron en las celdas, que estaban abajo, sin luz, solamente una bombilla encima de la puerta; la puerta, de hierro, con una ventanita enana, y una cosa de cemento con una manta repugnante encima y nada más. 

Yo sentía pasar a camaradas detenidos; la que habían detenido conmigo se puso a cantar canciones rojas a todo volumen. Enseguida me llevaron arriba; tú no veías luz exterior, porque uno de los objetivos era que perdiéramos completamente el sentido del tiempo.  El recibimiento fue en un despacho completamente a oscuras. Allí, Billy el Niño, sin preguntarme cómo me llamaba ni nada, me llenó la cara de bofetadas, de un lado a otro, hasta que empecé a sangrar por la boca y la nariz, y entonces ya se cansó. A partir de ahí, empezaron los interrogatorios en habitaciones siempre a oscuras, con un flexo en una mesa. Tenían un álbum lleno de fotos que te iban enseñando para que reconocieras a alguien; yo no reconocí a nadie. Luego me propusieron que si colaboraba con ellos me dejarían libre, que sólo tenía que seguir haciendo mi vida y contactando con la gente del partido. Y lo otro era todo amenazas, que no iba a salir viva… Me pusieron corrientes eléctricas en los pies, me tuvieron de pie varias horas, tiesa sin apoyarme en nada, y si doblaba las rodillas me daban con una vara. El policía que estaba conmigo estaba hasta el moño, yo creo que estaba más cansado que yo. La humillación es continua, te hacen sentir que no eres nada, que estás en sus manos, que van a hacer de ti lo que les dé la gana. Así se pasaron los tres días; luego nos llevaron a las Salesas [en la plaza de las Salesas de Madrid estaba el Tribunal de Orden Público], nos tomó declaración un juez, le dije que me habían torturado y dijo: “Sí, sí, todos llegáis con esta historia”. 

Y de las Salesas, a la cárcel. 

Llegué a la cárcel de Carabanchel tres días después de la detención y aquello fue maravilloso. Ahí estaban tus compañeras que te recibían con besos, con abrazos. La zona de mujeres era el psiquiátrico, porque estaba donde el antiguo hospital. Allí no había celdas de aislamiento. Me pude duchar, cambiar de ropa, porque yo seguía con mi vestido roto, naturalmente. Estuve seis meses, hasta que me dieron la libertad provisional. Al salir, estábamos un periodo sin hacer nada de militancia, en un periodo que nosotros llamábamos de cuarentena. Y luego, en el verano del 74, me mandaron a Italia, como representante del FRAP.

Estaba allí cuando se produjo la ejecución de cinco personas, el 27 de septiembre de 1975. 

En el 75 empezaron las primeras penas de muerte, que no solamente eran para los del FRAP; era también para Eva Forest, a la que acusaban de haber colaborado en la organización del atentado a Carrero Blanco, era la mujer de Alfonso Sastre; Lidia Falcón y toda una serie de personas a las que se acusaba de haber colaborado en la bomba de la calle Correos [atentado de ETA en septiembre de 1974; murieron trece personas y hubo cincuenta heridos]. Empezaron a pedir penas de muerte para todo el mundo. Y ahí empezamos a pedir solidaridad con los presos políticos. Logramos formar un comité unitario; estaban los partisanos que habían luchado en la guerra de España, estaba Sandro Pertini, que luego fue presidente de la República italiana. Durante un mes entero logramos que todos los días hubiera una manifestación delante de la embajada de España, en Roma. Al final se les conmutó la pena a todos, menos a cinco, tres del FRAP y dos de ETA. 

Y llegó aquel 27 de septiembre de 1975 en el que el régimen franquista ejecutó a cinco personas después de dos consejos de guerra. 

En ese momento hubo también una represión monstruosa, una desbandada general; gente que salió de la organización por miedo, porque vieron que ya se estaba hablando de palabras mayores. No se trataba de detención y tortura y ya, no; los militantes vieron cómo ejecutaron a compañeros a los que les hicieron dos consejos de guerra en los que no dejaron que se presentara ninguna prueba porque los abogados podían probar la falsedad de todo, pero no las admitieron. Fue una pantomima y fue un juicio militar al que no dejaron entrar a los observadores internacionales que nosotros llevábamos. Las acciones fueron reivindicadas por el FRAP, pero en el juicio no pudieron demostrar que fueran ellos. Pero los fusilaron igual. Fusilaron a nuestros camaradas sin demostrar su culpabilidad. 

¿Qué fue después de su vida? 

Me junté con un camarada del partido con el que he estado 45 años, con Ricardo Gualino, que estaba en la dirección del partido y pasó cuatro años en la cárcel. Ricardo y yo regresamos a España, y seguimos militando en el PCE(m-l), el FRAP ya se había disuelto. A mí me amnistiaron en el 77, pero a él le detenían cada dos por tres, con peligro de expulsión del país. Y nuestra casa era clandestina, solo sabía mi madre donde vivíamos. Así que en el 81 dijimos que ya estaba bien, decidimos salir del país y nos fuimos a Italia; se acabó la militancia. Fue duro. Pero sigo siendo activista. Es mi vida y es mi pasión.   

Fuente: https://ctxt.es/es/20230301/Politica/42430/Ritama-Munoz-Rojas-entrevista-FRAP-Matilde-Munoz-franquismo.htm