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¿Cuál es el papel del blanco en la lucha antirracista?

Fuentes: Carta Maior (Brasil)

Traducción del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

En los últimos días, fruto de la movilización antirracista internacional resultante de las protestas por el cruel, injusto e inaceptable asesinato de George Floyd por policías en los EUA, a menudo me han hecho esta pregunta en los últimos días.

De alguna manera, he intentado responderla desde hace más de 30 años con mi trabajo académico y mi activismo antirracista, como la brasileña blanca que soy.

En un mundo ideal sin racismo, esta pregunta ni siquiera llegaría a formularse, pues la apariencia y el fenotipo no tendrían importancia en las trayectorias individuales.

En el mundo en que vivimos, lejos de ese mundo ideal, construido sobre la base de la desigualdad racial, la discriminación y el racismo, que provocan un gran sufrimiento, en formas diversas, a la gran mayoría de los brasileños, es preciso que cada uno de nosotros se pregunte de forma habitual sobre su papel, bien en la conservación o, principalmente, en la transformación de esas estructuras y prácticas discriminatorias.

La persistencia del racismo estructural en la sociedad brasileña (que reproduce la riqueza mayoritariamente blanca y la pobreza predominantemente negra, entre otras muchas consecuencias nefastas), se basa en la falacia, ya experimentada por muchas generaciones a lo largo del último siglo, de que el crecimiento económico –o la industrialización, la urbanización, el retorno a la democracia, la enseñanza pública universal etc.–, traerían iguales beneficios para negros y blancos en Brasil.

El primer paso en la construcción de una actitud antirracista es que nos reconozcamos como parte del problema, identificando y deconstruyendo el racismo tanto en lo cotidiano, en nuestras pequeñas y grandes actitudes, como en nuestras convicciones y expectativas, en nuestros proyectos de país y de futuro.

Esa actitud implica, por parte de los blancos que buscan tener una perspectiva antirracista, la desnaturalización de la discriminación y de la desigualdad. Es la permanente actitud de afirmar “eso no es normal”. Necesitamos utilizar lentes antirracistas que nos permitan escudriñar el racismo estructural presente y reproducido en los espacios de poder en la sociedad, en la política, en el sistema económico, en los medios de comunicación, en la educación, en las prácticas religiosas etc. Esta percepción, que es inmediata por parte de las personas negras en estos espacios, muchas veces nos pasa desapercibida. Con la visión nublada por nuestros privilegios, no siempre percibimos lo que tenemos delante nuestra desde hace mucho tiempo.

Existe una demografía del racismo que es fácilmente perceptible cuando entramos en determinados ambientes, principalmente más exclusivos y jerárquicos. Si queremos ser blancos antirracistas, tenemos que rechazar esa composición monótona y casi monocromática de espacios de la judicatura, del poder ejecutivo, del Congreso Nacional, de las cámaras municipales y de las asambleas legislativas. También debemos rechazarla cuando dirigimos nuestra mirada al sector privado o a la administración pública, dónde se repite la misma monocromía. En los medios de comunicación, también.

A este primer paso de la desnaturalización del racismo estructural sigue, según mi modo de ver, una segunda actitud necesaria: buscar los caminos a través de los cuales estas diferentes estructuras y espacios institucionales puedan comprometerse vigorosamente con la promoción de la igualdad racial o la diversidad, según la terminología más light de estas primeras décadas del siglo XXI.

Las instituciones no son espacios inmutables e impermeables. Si así fuese, no tendríamos que explicar la adopción de las políticas de acción afirmativa en el acceso a las universidades en Brasil, adoptadas hace casi 20 años y ampliadas a lo largo del tiempo. Quién, de mi generación, fue alumno (probablemente blanco) en una universidad pública en Brasil, ciertamente se acuerda de convivir en un ambiente mayoritariamente, sino casi exclusivamente, blanco, en que los pocos alumnos negros eran en general identificados como extranjeros. Entre los docentes la monocromía blanca también predominaba. Las universidades brasileñas, hasta el final de los años 1990, más parecían formar parte de país europeo. En cerca de 20 años este escenario, en lo que concierne a los estudiantes, se transformó como resultado de las luchas y demandas del movimiento negro, que permanecen hasta hoy. Una lucha que comenzó mucho antes, pero ganó eco y se visibilizó en aquel momento particular del país.

Estas conquistas fueron importantes, pero no suficientes para traer una transformación más duradera y estructural de los mecanismos racistas que perduran en la sociedad brasileña y en nuestras universidades. Muchas insuficiencias fueron y continúan siendo apuntadas: ¿los alumnos negros, beneficiarios de las cuotas, consiguen mantenerse financieramente en la universidad? ¿Consiguen sentirse acogidos en nuestras instituciones? ¿Tienen profesores negros? ¿Consiguen concluir sus cursos e insertarse en el mercado de trabajo? ¿O en la post-graduación?

¿Y qué decir de los jóvenes negros que ni siquiera consiguieron terminar la enseñanza media y, por lo tanto, no pueden ni intentar ingresar en la enseñanza superior? ¿O qué decir de los jóvenes negros que abandonaron la escuela, que comenzaron a trabajar pronto, que sufrieron violencia policial, que murieron en acciones violentas?

Y ahí percibimos que los avances de los últimos 20 años fueron un pequeño paso. Permanece toda una agenda de cambios a realizarse. Percibimos que este esfuerzo demanda una solidaridad mucho mayor de los blancos que buscan ser antirracistas con los negros brasileños que luchan cotidianamente, de las más diferentes formas, para estar vivos, para hacerse presentes en todos los espacios, levantar su voz y liderar los cambios. Necesitamos estar juntos.

¿Y qué significa estar juntos? Significa, por un lado, reconocer el protagonismo de los negros en sus luchas, demandas, movilizaciones y propuestas. Por otro, significa reconocerse como parte del problema, de la reproducción del racismo cotidiano presente en nuestras estructuras, pero también como parte de la solución. Es preciso ser y actuar de forma antirracista en las acciones del día a día y, a la vez, en la construcción de la utopía.

Necesitamos, como blancos con una perspectiva antirracista, convertir nuestra responsabilidad histórica haciéndonos agentes de transformación e incorporando de manera permanente estrategias para alcanzar mayor igualdad racial en Brasil. Se trata de un objetivo democrático y, por qué no decirlo, revolucionario, en un país que reiteradamente convive con patrones de desigualdad racial cristalizados. Quién sabe si así, en algún momento, podremos referirnos a Brasil de una manera diferente a aquella con la que Malcolm X se refirió a los EEUU en los años 1960 (y que continúa valiendo en 2020): “No veo la democracia americana. Lo que veo es la hipocresía americana”.

Rosana Heringer es doctora en Sociología y profesora de Educación en la Universidade Federal de Rio de Janeiro.

Fuente: https://www.cartamaior.com.br/?/Editoria/Sociedade-e-Cultura/Qual-e-o-papel-do-branco-na-luta-antirracista-/52/47934

La presente traducción puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autora, a su traductor y a rebelión.org

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