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Socialismo y sociedad de consumo. Ponencia en el Congreso Internacional Marx y los desafíos del siglo XXI. La Habana en 2008

Cuba y los desafíos culturales del siglo XXI

Fuentes: Rebelión

Los seres humanos nos sentimos más tranquilos y seguros cuando alguien nos vende una clasificación en la que cabe el mundo. Esa tendencia innata hacia el esquematismo nos permite resolver la humana necesidad de hallarle respuesta a todo. Dicen que en La Habana hay tres grupos fundamentales de adolescentes según la música que escuchan: esta […]

Los seres humanos nos sentimos más tranquilos y seguros cuando alguien nos vende una clasificación en la que cabe el mundo. Esa tendencia innata hacia el esquematismo nos permite resolver la humana necesidad de hallarle respuesta a todo. Dicen que en La Habana hay tres grupos fundamentales de adolescentes según la música que escuchan: esta lo marca todo, la ropa, las amistades, el estilo de vida. Los roqueros o los friquis -que parecían cosas distintas en los ochenta, ahora parecen ser lo mismo–, los miquis y los punkie (estos últimos, a medio camino entre los friquis y los miquis, más aceptados por los segundos, con quienes comparten el culto a la moda), y los reparteros, conocidos también como repa. Los reguetoneros están más cerca (o forman parte) de los repa. Por lo general, los friquis también escuchan trova, aunque para los trovadictos hay un término especial, no exento de ironía: los profundos.

Pero me interesa especialmente, por su trascendencia socio-clasista, la oposición de miquis y reparteros. Los primeros son hijos de familias de mayores recursos, viven obsesionados por la moda y la ropa de marca, el pulóver muy apretado al cuerpo; las muchachas prefieren el color rosado o el amarillo, ostentan el dinero y las posibilidades materiales que puedan tener. Gustan de la música tecno, house o disco, pero aceptan otros tipos de música, incluso el reguetón, basta con que esté de moda. Fueron los iniciadores de las llamadas fiestas house, en casas particulares, para las que había que pagar un cover de cinco o diez cuc (a veces más) y en las que se vendía cerveza o bebida de marca, fiestas a las que los muchachos llegaban en los carros de sus papás.

De origen más humilde, los reparteros o repa -la palabra alude a quienes viven en repartos periféricos, y escuchan música salsa y reguetón–, son despreciados por los miquis y en general, nombrados en sentido peyorativo por otros sectores juveniles, aunque en realidad comparten todos los espacios educacionales de aquellos. Tienen su propia estética en la forma de vestir, sus señas de identidad. En realidad, no es una tendencia exclusivamente de adolescentes o jóvenes. Se les atribuye cierta agresividad, sobre todo cuando media el alcohol. A diferencia de los miquis y de los friquis, los repa en su mayoría son hijos de padres (o son padres) no profesionales y a veces pertenecen a familias disfuncionales. Pero uno los encuentra incluso en el Instituto Preuniversitario Vocacional V. I. Lenin, una escuela que exige altas calificaciones a sus pupilos.  En realidad, la oposición o el rechazo de cierto sector capitalino hacia los muchachos de la periferia que se identifican más con la música salsa ya existía en los setenta; entonces se calificaban de pepillos a los primeros y de guapos o cheos a los segundos.

En Cuba conviven e interactúan todos los grupos -los adolescentes se reúnen según sus preferencias y hábitos socio-culturales–, pero no hay bordes muy definidos ni definitivos para sus elecciones musicales y conductas grupales. Tratándose generalmente de adolescentes, la permanencia en uno u otro grupo es variable. Por lo general, esas diferencias extremas se borran con los años. Entre los reparteros existe además una capa de «nuevos ricos» -con más deseos de parecer, que razones para ser–, que adora las cadenas, los anillos y los dientes de oro, la música alta en el carro, lleno de baratijas luminosas y si son hombres, de muchachas bonitas y plásticas. Ya sabemos que los miquis escuchan y bailan cualquier cosa, si está de moda, y si el acompañante y el ambiente son adecuados. Hay un punto final donde lo miqui y lo repa se tocan, como siempre sucede con los extremos. El refinamiento de los primeros se disuelve frente al dinero contante y sonante.

Andrés Berazaín, un trovador de los novísimos, narra su «encuentro» con una chica miqui, en su canción «Pobre corazón»:

      Esa muchacha, con sus ojos verdes Benetton, / un Chanel de excusa por olor, / y su vestido corto Cristian Dior. ¡Qué facha! / Lleva un celular / para cuando llame su papá, / tiene carro y lo saca a pasear / vive muy feliz en Miramar. ¡Qué estampa! / Pobre corazón, que no se da cuenta / Me la encontré, por supuesto, fuera de pecera. / Y me le acerqué como si fuera el galán de sus telenovelas. ¡Qué pena! / Pero como yo no soy ni Brad Pitt ni Alain Delon, / y solo llevaba por dinero un poco de mi buena intención, ¡desilusión! / Nunca más la he visto, / porque en su planeta yo no existo, / seguro que baila al ritmo repetido que rigen la moda, / y su pobre corazón; / es el rosado que la ayuda en su especulación.

Andrés me comentó que para su composición tomó como referentes musicales la Chica Plástica del panameño Rubén Blades y la Barby Super Star del español Joaquín Sabina. Viejas canciones que ahora adquirían todo su sentido en Cuba. En realidad, existe una mirada crítica mayoritaria entre los jóvenes cubanos frente a ese tipo de comportamiento ostentoso: creyentes, suelen llamar a los varones que «se creen mucho«. Como resultado, hay miquis que no se autodefinen como tal. Puede afirmarse que en la cancionística y en el refranero popular cubanos -culturalmente machistas–, siempre existieron mujeres «fatales» interesadas sólo en el dinero, pero en los noventa comienza a resurgir una tendencia social que -entre tantas carencias–, privilegia el consumo; a pesar de ello, no se hablaba aún de un grupo social (capitalino) tan sofisticado y numéricamente significativo como es el miqui.

El diario cubano Juventud Rebelde, publicaba un reportaje el domingo 11 de noviembre de 2007 con el asombroso título de «¿Un macho menos ‘macho’?», mientras que en Internet aparecía como «Aumentan hombres (cubanos) que usan atributos femeninos»:

      Hoy está claro que los productos y servicios en función de la belleza se venden más después que los medios han legitimado el surgimiento de un «nuevo hombre» -que no es un hombre nuevo- al que no le importa violar los límites acuñados por la cultura falocéntrica. (…) Pero, ¿qué se ha entendido por metrosexualidad? Fue el periodista inglés Mark Simpson, en 1994, quien la definió como la actitud de aquel hombre joven, habitante de una metrópoli, que gusta de una vida sofisticada, cuida su cuerpo, no tiene prejuicio para hacerse la manicura, y viste ropa de diseñador. Según Simpson, el metrosexual está enamorado de sí mismo y se obsesiona por estar siempre a la moda. (…) Al borde del narcisismo, ser metrosexual no implica una orientación sexual específica.

El reportaje periodístico no ofrece una explicación única de su aparición en Cuba -quizás sea mejor decir, prudentemente, en La Habana–, y muestra el abanico de respuestas obtenidas: ¿rebeldía juvenil?, ¿verdadero cambio de concepciones estéticas y de comportamiento?, ¿moda, influencia del mercado? Más adelante consigna:

      La banalidad de algunos, permeados casi siempre por la publicidad, los ha llevado al extremo de pensar que serán más bellos según el producto que consuman: Gillete, Palmolive, L’Oreal, Loewe, Bvlgari, Biotherm Homme, Vichy Homme, Lancome, Channel… También en Cuba hay hombres que son capaces de multiplicar panes y peces para lucir un poco mejor, aun cuando los precios de estos productos harían quebrar el bolsillo medio (1).

Y aquí surge un elemento decisivo: el culto al cuerpo es inútil sin afeites y ropas caras, de marca. El «metrosexual» cubano suele ser un exhibicionista -un especulador, se diría en el barrio–, no sólo de su cuerpo, también de su poder adquisitivo.

En una ocasión, una joven y bella colega de trabajo, mencionó a un amigo del que todos hablaban porque era «muy poderoso»: «llega a las fiestas en un Porsche». Sentí curiosidad ante lo que me parecía inusitado, casi imposible, ¿un Porsche en Cuba? ¿cómo lo obtuvo? Y claro, la primera pregunta que hice fue tonta: pero, ¿quién es su papá?, ¿dónde trabaja? Mi colega tardó unos minutos en entender mi pregunta; «eso qué importa, hay muchas maneras de hacer dinero en Cuba», respondió. El malentendido tenía como base diferentes experiencias de vida: en mi época los «hijos de papá» andaban en Ladas, porque los padres eran funcionarios o profesionales destacados, tenían ropa quizás de marca -si aquellos viajaban–, pero no necesariamente dinero en el bolsillo. Aquellos papás malcriaban a sus hijos, pero eran revolucionarios (en el peor de los casos, simulaban serlo). Sin embargo, la composición social actual de los papás es sorprendentemente diversa: hay hijos de funcionarios, es cierto, pero sobre todo son hijos de gerentes, de negociantes improvisados, de empleados de firmas extranjeras, a veces de músicos exitosos, y entre estos, hay «estrellas del día», cantantes del momento o locutores de algún programa de éxito en la televisión. Los poderosos papás de ahora no necesariamente son revolucionarios, a veces todo lo contrario. Y el Porsche del que se hablaba con admiración era por supuesto de los cincuenta, quizás del 60 o del 61. El Lada era un símbolo de la inserción social de la persona, de sus méritos o responsabilidades; los «almendrones» -carros americanos o europeos de los cuarenta y cincuenta–, son símbolos de un éxito self made, que no depende de las instituciones, del sistema. Ahora el nivel social incluye la exhibición de «almendrones» meticulosamente reconstruidos, devueltos al esplendor del primer día, de carros «cómicos», es decir, modernos, asociados a empresas mixtas o extranjeras, y de Ladas recomprados (ilegalmente) a sus antiguos dueños revolucionarios, siempre al «éxito» económico de su dueño.

No es casual que los empresarios extranjeros hayan captado de inmediato el filón nostálgico y simbólico de la recuperación de aquella década, en un contexto internacional de agotamiento de valores y estéticas de vanguardia. Lo que fue sin dudas un símbolo de la resistencia revolucionaria -mantener esos carros en funcionamiento frente al bloqueo–, se presentaba ahora como su contrario: la resistencia del pasado a desaparecer. Los promotores cubanos del turismo siguieron la lógica del mercado, y crearon incluso una línea de taxis en divisa para que el visitante pudiese cumplir su sueño más insólito: evadir el presente abrumador en una máquina del tiempo que lo paseara por una ciudad detenida en su evolución arquitectónica, en autos que fueron lujosos cuatro, cinco o seis décadas atrás. Si en aquella ciudad se movían decenas de miles de profesionales y una cifra similar de estudiantes universitarios, si entre los transeúntes observados o filmados en cámaras de video -como los personajes de Spielberg, los turistas del tiempo toman muestras de esa misteriosa isla donde todavía habitan los dinosaurios, para tener constancia del descubrimiento–, no existían analfabetos y la mayoría poseía un extraño noveno grado de instrucción general, o apenas fallecían cinco por cada mil nacidos vivos, o la expectativa de vida de sus habitantes era de 78 años, eran datos que las imágenes no reflejaban.

Lo mismo sucedía con la música: un avispado comerciante había reunido a un grupo de maravillosos intérpretes ancianos -en un país de maravillosos intérpretes de todas las edades– y los había hecho famosos. La música, los autos, los edificios y ¿por qué no? el empecinado socialismo -una «ideología del siglo XX» ya en desuso–, se complementaban para que el turista pudiese vivir el pasado de forma «real». Paradójicamente, los símbolos del socialismo -un Patria o Muerte o el rostro del Che en una pared, la pañoleta en el uniforme escolar–, aún cuando no pertenecían a las décadas de culto, reforzaban la ilusión de un tiempo detenido. Superposición de tiempos pasados, en un pastiche postmoderno. Algunos incluso se apresuraban a venir antes de que -como pensaban que ocurriría–, todo se desvaneciera con la muerte de Fidel, y los dinosaurios desaparecieran.

¿Qué sentido tenía decir que en las calles de La Habana o de Santiago, por ejemplo, podían encontrarse miles de excelentes músicos jóvenes graduados en las Escuelas Nacionales de Arte? La escenografía abarcaba toda la primera mitad del siglo XX, hasta los sesenta; el pueblo cubano ostentaba los índices educacionales y de salud que anhelaba la sociedad latinoamericana del siglo XXI. Pero, ¿qué importaba? Como los peninsulares del siglo XVI en América, veían sin ver. Tras ellos, los pintores-artesanos encontraron una mina de oro reproduciendo en sus cuadros en serie, en artesanías de madera o de papel maché, los viejos modelos de autos, y algunos tópicos del teatro vernáculo ya desaparecido, ahora escenificado en plena calle para el incauto (o no) «gallego», o en una versión más actualizada, para el italiano(a).

Los trabajadores más viejos del hotel Meliá Cohiba -inaugurado en 1994–, coinciden en señalar al primer gerente español como la persona que tuvo la idea de diseñar el cabaret Habana Café como un espacio retro de los cincuenta, con un Chevrolet del 57, una moto Hart Davidson y una avioneta, auténticas joyas de la época dispuestas entre las mesas. Cierto que en una esquina hay fotos de las manifestaciones estudiantiles y de la represión policial de los cincuenta, pero entre tanto esplendor de época, entre el glamour de los cantantes nacionales y extranjeros que aparecían sonrientes en centros nocturnos, o a su llegada al aeropuerto y las luces de neón de una ciudad que simulaba estar eternamente de fiesta, aquellos episodios son más bien notas aisladas de una obstinada prensa roja. No se trata de entender el mundo, sino de sentirlo. Para convertir el pasado en nostalgia, se llena el recuerdo de fragmentos sin articulación posible, y se evita su reconstrucción racional.

Hace unos años, en una esquina de la ciudad de Estocolmo, tropecé con el KGB Bar. En su interior, desgajados de su contexto, sin orden, se amontonaban banderas, carteles, bustos, medallas, del desaparecido orbe soviético. Pedazos de historia, piezas de un viejo retrato que ahora, desde la anarquía, incitan a la nostalgia. A pesar de su apariencia, el extraño bar no era un museo, sino más bien un templo. No atesoraba explicaciones o verdades sino emociones, añoranzas de una identidad perdida. Era apenas una evidencia muda, un espacio que transformaba, entre libaciones alcohólicas, el pasado en mito. El arquitecto cubano Juan Luis Caveda, quién participó en la adaptación del diseño original del hotel Meliá Cohiba, me comentaba:

      No, mire, yo creo que aquí en el Habana Café se gastó dinero de más, porque han puesto una cantidad de fotos, una cantidad de cosas que nadie mira; yo nunca he visto a ningún extranjero mirar, ni las fotos, ni la máquina de escribir vieja, ni el molino de café viejo, lo que más llama la atención son los carros y las motos, por la escala que tienen, pero lo otro, no lo ven, ni el reloj que hay por allá, ni el letrero que dice ‘Coca Cola, cinco centavos’, ni el anuncio de la cerveza Cristal, no sé, han querido hacer como un museo, pero no es un museo porque la gente no va ahí a ver las cosas, la gente va a sentarse a comer, a tomar, a ver un show.

Probablemente a Caveda se le escapa que el efecto de nostalgia elude cualquier concreción, y se produce no ante un objeto específico, sino ante un ambiente evocativo. Ante la muerte por decreto mediático de las ilusiones en torno a la posibilidad de un futuro mejor, esas estéticas cultivan la nostalgia por el pasado (todo pasado fue mejor), una nostalgia desmovilizadora, de puertas cerradas: el pasado puede libarse, soñarse, pero al final hay que despertar, volver al presente. Cuba simula ser un parque temático del pasado -de todos los pasados que tuvo el siglo XX–, y esos empresarios la venden no como museo, sino como bar, no para la intelección de su presente y su futuro, sino para el deleite nostálgico en una estación detenida, a punto de desaparecer.

A veces la nostalgia por ese pasado pierde su justificación mercantil, como cuando se restaura una institución como el Country Yatch Club -antiguo centro de recreación de la aristocracia habanera–, para diplomáticos, residentes extranjeros y celebraciones nacionales, y alguien decide situar en la galería de entrada las fotos color sepia de aquellos aristócratas desplazados, mientras festejaban, paseaban en sus yates o participaban en eventos náuticos. Hay autores francamente contrarrevolucionarios que delimitan las dos épocas, el antes y el después del 59, por su supuesta actitud social ante La Fiesta: derroche, despreocupación y alegría antes; austeridad, seriedad y tristeza después. Uno de ellos, José Manuel Prieto, escribe sobre sus años de Revolución desde el «exilio»: «Éramos buenos, no cabía duda, pero nos moríamos de aburrimiento.» Y a propósito de su reconciliación como lector de Tres tristes tigres, el clásico de Guillermo Cabrera Infante, sintetiza su mensaje, que coincide con los nuevos valores de ese grupo generacional: «los hombres a salvo en el reducto de su piel; anteponer lo personal, la motivación que puede ser tildada de frívola y egoísta, pero que cuenta con la gran ventaja de ser tuya y de nadie más» (2). También los llamados metrosexuales se sienten literalmente a salvo en el reducto de su piel, ¿lo están?

Otro autor, Antonio José Ponte, considera que el pequeño recinto -por cierto, también un bar, parece que la nostalgia y el alcohol, como en los boleros, espontáneamente se asocian–, que recoge la historia del emblemático Hotel Nacional, es un «museo de la fiesta», y se detiene en las fotos de los huéspedes famosos, que han sido colocadas por décadas:

      En esas paredes puede seguirse la historia de esplendor y decadencia del hotel. Los años treinta trajeron al Nacional no sólo a estrellas de cine y personajes como los duques de Windsor, sino también a mafiosos estadounidenses que adoptaron el hotel como cuartel de invierno. Las siguientes dos décadas constituyen, a juzgar por la afluencia, el período de mayor florecimiento. Y a partir de los sesenta, luego del triunfo revolucionario, la cosecha de figuras ocurre cada veinte años en lugar de decenio a decenio. (Se necesita el doble de tiempo para aparentar continuidad en el flujo de huéspedes de rango. Pero ni aún así la suma de años recientes tiene comparación con las del pasado.) (3)

No sé si en efecto en las décadas de Revolución se hospedaron en ese hotel menos personajes famosos, pero la comparación obliga a definir a qué tipo de «estrellas» el autor se refiere: si por tales entiende a los actores y actrices de Hollywood, o a los nobles y burgueses del jet set europeo, o a la mafia del Norte, tiene toda la razón; si se trata de hombres y mujeres de verdadera relevancia en el mundo del arte y la escena, cabría apuntar que los convocados cada año desde 1959 por Casa de las Américas, por el Ballet Nacional, por el ICAIC, por el Instituto del Libro o directamente por el Gobierno Revolucionario, son muchos más, tantos que la casi totalidad de los escritores, bailarines, actores y cineastas latinoamericanos y europeos de importancia, de derecha o de izquierda, surgidos o consagrados en esas décadas, pasaron por La Habana. Invitados que, probablemente, no eran tan «divertidos».

Es cierto que el socialismo trazó objetivos demasiado «serios» en el horizonte personal; quizás el mejor ejemplo de la conversión «exigida» sea el de Tina Modotti: de gran dama de la farándula, sexualmente libre, musa de artistas, creadora ella misma, pasa a ser la «monja» consagrada, la Madre Teresa de la Internacional Comunista (de «la futilidad pequeño burguesa» al sacrificio de una vida entregada a la clase obrera). Julio Antonio Mella, su pareja cubana, en cambio, que murió joven, conserva el encanto del hombre culto, atlético, bien parecido, sin prejuicios. Que los soviéticos producían acero en proporciones inusitadas, aviones y naves espaciales y no podían hacer zapatos hermosos y de calidad, es una verdad ya manida. Que el capitalismo envuelve la vida cotidiana de aspiraciones (insaciables, siempre insatisfechas) fútiles, asociadas al mercado, al consumismo y desconectadas de proyectos colectivos, también es conocido. «Alegres pero profundos», es el slogan que la Unión de Jóvenes Comunistas promovió en Cuba para contrarrestar esa contradicción de propósitos. El pero trataba de marcar la diferencia, porque los jóvenes cubanos -por tradición e idiosincrasia–, no podían imaginarse en la tristeza. La acumulación excesiva de frivolidad que José Manuel Prieto detecta en la Cuba de los cincuenta, probablemente produjo la explosión de trascendentalismo de los sesenta; y ya lo sabemos, si la Revolución alguna vez es destruida, se desencadenaría en Cuba una desenfrenada pasión por lo frívolo, un individualismo feroz centrado en el cuerpo, en la piel, que bien pudiera desentenderse del destino nacional.

Suele interpretarse el concepto de Modernidad como un eufemismo cultural del Capitalismo y de hecho, autores marxistas y antimarxistas lo utilizan abierta o solapadamente en esa acepción. Pero el Socialismo es también un producto de la Modernidad, es decir, del Capitalismo, aunque sea su negación. Hubiese querido en este punto hablar de negación dialéctica, de superación, pero la práctica de los socialismos históricos ha demostrado que -hasta el momento–, el nuevo orden social se ha mantenido en el molde preestablecido por el capitalismo, diseñado para reproducir de forma espontánea los viejos contenidos. Solo un esfuerzo conciente, sacrificial, heroico, mantuvo -en el caso de Cuba, mantiene–, el nuevo contenido en ese espacio reducido, donde inevitablemente tiende a deformarse.

Es preciso insistir en ello: el socialismo se ha intentado construir en el molde cultural del capitalismo. No existe una cultura alternativa porque el Mercado globalizado lo abarca todo, y penetra por los poros abiertos de la piel nacional. Lo más que se ha hecho es intentar dotar a ese espacio ya modelado de «nuevos» contenidos. Pongo ejemplos cubanos: en lugar de la NBA en el baloncesto, la LSB (Liga Superior de Baloncesto); en lugar de la Coca Cola, la Tropi Cola; en lugar de la cadena Mc Donalds, la «cadena» El Rápido; en lugar de la alfombra roja convertida en pasarela para entrar al Kodak Theatre de Los Ángeles durante los premios Oscar, la alfombra roja que en ocasiones se colocó a la entrada del cine Charles Chaplin de La Habana, durante la premiación del Festival Latinoamericano. En Cuba, a pesar de sus cincuenta años de Revolución y de sus innegables logros educativos y sociales, el imaginario colectivo de una zona no despreciable de la sociedad todavía se identifica con el modelo norteamericano.

La moda atraviesa todas las aduanas, y modela los gustos, las costumbres, los valores, las formas de recreación. Nos convierte en seguidores de los cantantes, actores y deportistas de éxito -el éxito es dinero–, e imitadores inconscientes de sus formas de vestir y comportarse. Y los cantantes, actores y deportistas «socialistas» terminan siendo versiones opacas de aquellas estrellas, no importa su calidad. Es cierto que esa preeminencia es posible por el dominio que posee el capital sobre los grandes medios de comunicación -sobre la industria de los sueños, sea Hollywood para el mundo o las diferentes televisoras hispanas (Venevisión, O Globo o Univisión) que producen telenovelas–, y su capacidad para sembrar normas de conducta y sueños de vida. Pero, cuando el socialismo toma posesión de los medios nacionales, ¿los utiliza racionalmente? ¿es capaz de desembarazarse del molde cultural capitalista?

Esta fue una de las mayores preocupaciones teóricas que tuvo el Che Guevara. Su decepción del «modelo» soviético y este europeo estaba signada por la certidumbre de que esos países avanzaban sobre raíles culturales capitalistas (el cálculo económico, el estímulo material, y a veces la solidaridad internacional condicionada), aún cuando el fundamento económico era «socialista». Entonces aparece el factor cultural: la guerra definitiva, la que puede transformar o no el socialismo en un estadio natural, duradero, es cultural. Porque el socialismo no sitúa la ganancia individual como motivación; su horizonte es la justicia social, la solidaridad entre todos los seres humanos. Y esas no son categorías económicas. Para el socialismo, según el Che,

      no se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad.

Es decir, de darle un sentido nuevo a la relación de lo individual y lo colectivo. En sus escritos y apuntes «económicos», el Che -creador del concepto y la práctica del trabajo voluntario en días y horarios de asueto–, vuelve una y otra vez sobre la misma preocupación: ¿cómo incentivar al trabajador con métodos socialistas? ¿cómo educarlo en una concepción colectivista y no individualista de la vida?

Desde luego que no es posible construir un nuevo orden mental (cultural) desde la pobreza. Para que el ser humano pueda cultivar su espíritu es necesario que primero tenga garantizadas algunas condiciones mínimas de vida y un acceso ilimitado al conocimiento. En la medida en que estos sean mayores, también serán mayores sus necesidades espirituales y materiales. Pero el consumismo, a diferencia del consumo racional, inevitablemente creciente (al igual que crecen las necesidades y los avances tecnológicos genuinos), sitúa al individuo no como sujeto, sino como objeto del consumo. El bloqueo económico a Cuba incentiva la insatisfacción material en una población con altos niveles de instrucción. Es muy sospechoso que en el contexto de una intensa campaña mediática que enarbola un «tránsito» hacia el capitalismo en Cuba, teóricos «de izquierda» como Heinz Dieterich aconsejen al gobierno cubano renunciar a sus proyectos sociales -a su defensa de la ética–, para proporcionar a sus miles de profesionales un nivel de vida similar al de la clase media del primer mundo. Por otra parte, el modelo cultural capitalista es inviable desde el punto de vista ecológico, una sentencia que en los últimos años ha dejado de ser una simple conjetura a largo plazo, para convertirse en una amenaza concreta, visible a la vuelta de la esquina.

La urgencia individual que todos sentimos frente a los problemas económicos que enfrenta la Revolución, puede ocultar o desvirtuar la comprensión de la herencia cultural que nos legó el llamado Período Especial, o más exactamente, el derrumbe del socialismo este europeo y soviético. La carencia de dinero en el bolsillo del ciudadano común, es decir, de moneda dura, en condiciones de doble circulación monetaria, el crecimiento del sector terciario en divisas, la disminución de los productos subsidiados y la inversión de la pirámide social, así como la disfuncionalidad progresiva del discurso revolucionario -ante la desaparición del horizonte histórico del socialismo conocido, de una parte, y las diferencias sociales engendradas por la contradictoria realidad nacional, de otra–, han hecho que la sociedad cubana empiece peligrosamente a girar en torno al tener o no tener, al dinero que se tiene o al que no se tiene, y a las estrategias individuales (individualistas) para su obtención. No olvidemos que todo el sentido de la llamada cultura moderna nos induce hacia el consumismo. El capitalismo tiene su expresión cultural en el consumismo, es decir, en la máxima fetichización de la mercancía y consecuentemente, en la enajenación humana. En los últimos 17 años, la conciencia social en Cuba se ha reproducido en condiciones francamente adversas para el socialismo.

Es ya inevitable la cada vez mayor interacción de la población cubana con el sistema reproductor de valores del capitalismo. Es necesario construir estrategias culturales eficientes para la reproducción de valores socialistas. No pueden estas sustentarse en largas y aburridas explicaciones sobre cómo deben ser sacrificadas nuestras vidas: el socialismo debe pensarse como una relación cualitativamente nueva entre lo individual y lo colectivo, en la que la satisfacción espiritual (aquí incluyo lo material) de las cada vez más ricas y diversas individualidades que el socialismo crea no contradiga, sino que confirme el interés colectivo. ¿Puede hacerse en condiciones de bloqueo económico, de subdesarrollo, de asedio mediático? Los retos que el socialismo cubano enfrenta en las décadas por venir no son simplemente económicos: son, en primer lugar, retos políticos, es decir, culturales.

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