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De la guerra cultural contra el «hombre nuevo»

Fuentes: Cubarte

El imperialismo cultural tiene rangers y mercenarios tan efectivos como Rihanna o Chocolate Nestlé. Te entran por los ojos, los poros y por las fisuras, en medio -y por el mismo medio- de la gozadera. Con tan fulminante sutileza, que primero parezco un puritano, un conspirador o un estúpido – por afirmar esto-, que un […]

El imperialismo cultural tiene rangers y mercenarios tan efectivos como Rihanna o Chocolate Nestlé. Te entran por los ojos, los poros y por las fisuras, en medio -y por el mismo medio- de la gozadera. Con tan fulminante sutileza, que primero parezco un puritano, un conspirador o un estúpido – por afirmar esto-, que un simple guevariano y guerrillero contra la cultura dominante.

La cultura que, embebida de la meta-ideología liberal, prefiere frívolo y apolítico al «animal politikón», desconectado de la «cosa pública», consumidor más que ciudadano. Que empapela con mitos naturalizados todo lo que toca. Sobre todo, en el «tiempo libre», ese chance que nos da la fábrica de explotar -como nos «sopló» el eterno Marx-, para hacer lo que nos venga en gana, pero es cada vez más lo que le da la gana al mismo «general» de la transnacional. Una verdad oceánica en el sistema mundo y en consecuencia válida también para Cuba, inevitablemente inmersa en esa madeja de dominación cultural capitalista, pese a nuestra resistencia.

Una red que obstruye y contamina nuestra propia gestión de los «valores societales escasos», reconducida y reproducida en nuestros predios USB-mediante y por no pocos actores culturales. Un «chapoleteo», consciente o no, que se junta al olvido y banalización de Ernesto Che Guevara. Intervinculado con ciertos colonialismos, esnobismos y resacas de aquel «The End of History and the Last Man», con su supuesto congelamiento de los «grandes relatos ideológicos» y de las «grandes narrativas de la historia».

Un saco donde se pretende maniatar la tesis guevariana del «hombre nuevo». Su propuesta de un sujeto emancipador de todos los esclavos y de todas las dominaciones, incluida la de más lastre, la cultural. Tesis expuesta esencialmente en su carta a Carlos Quijano publicada en 1965 en la revista uruguaya Marcha, conocida más por «El socialismo y el hombre en Cuba». Contundente «mandarriazo» al ladrillo fundacional del liberalismo-capitalismo: «la naturaleza humana». Propuesta contra la cultura que iconiza al hombre «como el lobo del hombre», irremediablemente individualista, egoísta y ambicioso. Frente a la que el Che proyecta, desde su contextualizado humanismo revolucionario, otro mundo cultural, sabia y contexto, transformándose y transformador; por un -y de un-sujeto nuevo, transicional, hacedor y haciéndose, creación histórica y heroica.

Para el Che, el individuo «actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo» es un «producto no acabado» y que traslada las «taras del pasado» al presente en su conciencia individual y «hay que hacer un trabajo continuo parar erradicarlas». Un trabajo que ha de ser esencialmente educativo y cultural. Pues como el advierte, «Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobe el individuo sin que éste se percate.»

Es decir, como premisa de los cambios sociales en pos del nuevo modo de vivir, se hacía imprescindible la transformación interna de los seres humanos y para ello la sociedad en su conjunto debía convertirse en una gran escuela. En tal sentido, eran necesarias nuevas instituciones, como agentes socializadores, y en su opinión esta institucionalidad de la Revolución no se había logrado. Se estaba creando la estructura, el esqueleto, pero faltaba la «sustancia proteica» y «el ropaje». Para él -como se ha evidenciado hasta hoy- era este un proceso complejo y de tiempo.

Un rol importante en dicho proceso juegan las vanguardias culturales. Por ello, su destaque al papel de los intelectuales y artistas en las revoluciones socialistas. Libres del «pecado original», con métodos distintos a los convencionales y con espíritu crítico, que señalasen los reductos de las «taras del pasado» y también nuestros propios errores, contraproducentes y contra-reproductores de una nueva conciencia y un nuevo comportamiento. De ahí, que no se debían crear «asalariados dóciles del pensamiento oficial, ni becarios que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas».

La libertad será plena, solo si brota de una «cultura otra», de una realización personal integrada al bien común, con un nuevo paradigma del trabajo, opuesto al heredado de la vieja sociedad. Si para el Che, en el socialismo «se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad»; es preciso propiciar «su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción. También en la producción de valores y sentidos, de subjetividades socialistas, donde no resulten periféricos valores como el humanismo, el colectivismo, la modestia y la solidaridad. Esos que se sintetizan en la figura del Che, como afirmara Fidel al dar la noticia de su desaparición física, y tienen su antítesis comportamental en el reggaetonero cubano Chocolate Nestlé.

En esta guerra simbólica y por los sentidos, las elites burguesas iconizan al Che, lo transmutan en logo, vaciado de significados cuestionadores del statu quo capitalista, un Che inútil para la emancipación de los subordinados. De ahí sus prácticas hegemónicas para sublimar su caudal ideológico de la cultura política de los jóvenes- entre los que se incluyen los nuestros-, deslegitimando su figura y/oponiéndolo a competir con contrincantes más glamurosos y enajenantes.

Celebreties, socialités construidos como la Rihanna, no para emancipar a los barbadenses, los caribeños, los del sur político, sino para sedimentar esperanzas de «cenicienta» y evacuar -por su superficial y controlado capilar rebelde-, todo lo que ponga en riesgo los intereses de los nuevos reyes Rupert Murdoch, Robert Iger o Robert S. Kapito, verdaderos guionistas de la «Sociedad del espectáculo».

Estrategia más viral en la guerra cultural que se nos hace, porque su viabilidad y amenaza significativa -como ha advertido Rolando González Patricio- se deriva «del camuflaje actual con que opera» y su presentación «como un supuesto progreso, una necesidad, un acomodo inevitable a nuevas circunstancias».

En el mismo flujo, el imperialismo cultural vende entre sus mitos -con el respaldo de las más encumbradas academias, tanques pensantes, editoriales y mass medias – el mito de la obsolescencia o falsedad práctica de la tesis guevariana del «hombre nuevo». Dándose una batalla entre su cultura acumulada y la nuestra -en construcción-, que como aquella protagonizada por el Che, es también asimétrica.

Batalla que «no hay más remedio que prepararla y decidirse a emprenderla». Para lo que urge, como «arte de la insurrección», el arte guerrillero, la teoría y praxis ejemplar del «Guerrillero Heroico» en el campo donde se libra la más importante confrontación ideológica.

Tesis, actualizables hoy para una «guerrilla cultural»:

1) Las culturas populares pueden ganar la batalla contra las II.CC.HH.

2) En lo extra-institucional-burgués, en lo local-comunitario, en los «nichos identitarios» de proyección multicultural, radican los «focos insurreccionales» de la batalla contra la hegemonía desintegradora de las Industrias Culturales Hegemónicas (II.CC.HH.)

3) Para los pobres y humildes del mundo es fundamental la liberación cultural, la más invisibilizada y gravitacional de las dominaciones.

Para lo que se necesitan vanguardias culturales inteligentes, ágiles y de actuar consciente y coordinado. Pues, como diría el Che, esta será también «una lucha larga, cruenta». Posiblemente más cruenta de lo que ya ha sido, pues la fiera capitalista deviene fascismo cuando presiente a sus presas con actitud y aptitud de enfrentarla y en peligro sus intereses de clase. Tal como ha acontecido en Venezuela.

Urge entonces, internalizar aquella fórmula guevariana de la Tricontinental:

· No despreciar ni subestimar al adversario.

· Enfocar a su cabeza, los Estados Unidos de Norteamérica y las II.CC.HH.

· Sacar al enemigo de su ambiente y de su juego, obligándolo a luchar allí donde no es hegemónico, entiéndase donde aún no ha decodificado a las tradiciones culturales, impuesto sus reglas, ni serializado a los actores culturales.

En todos los escenarios, con el espíritu indoblegable de «Hasta la victoria siempre»

 


Nota:

– Ver de Rolando González Patricio, Hegemonía y guerra cultural: aproximaciones a una estrategia de resistencia desde América Latina y el Caribe, en: http://www.areitodigital.net/hegemoniayguerracultural.OTO-INV.05.htm

 

Fuente original: http://www.cubarte.cult.cu/es/article/49998