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Ganar las guerras para perder el mundo

Decrecer es decrecer (III)

Fuentes: Rebelión

El 9 de marzo, y de forma sorpresiva, Trump declaró la victoria en su guerra contra Irán, no sabemos si influenciado por una conversación mantenida con su homólogo en la especie humana: el señor Putin, o después de que su servicio de inteligencia —que ya por esas fechas había mostrado sus grandes dotes marcando como objetivo una escuela de niñas— le advirtiera de que continuar la guerra durante mucho más tiempo podría originar graves consecuencias internas dentro de Estados Unidos. Después de las palabras de Trump, el petróleo bajó unos céntimos.

Es obvio que Estados Unidos no puede perder las guerras, y cuando las pierde lo hace «ganando» con claridad. Sin embargo, al margen de quién o quienes acaben ganando realmente estos conflictos que arrastran miles de millones en armamento y cuestan cientos de miles de vidas, además de un irreparable destrozo medioambiental, lo cierto es que el reloj sigue corriendo y los auténticos problemas a los que las civilizaciones contemporáneas deberían enfrentarse son agravados deliberadamente y, en el mejor de los casos, aplazados para mejor (peor) ocasión.

Si la mayor preocupación que nuestras civilizaciones tienen —englobadas dentro de otra que podríamos llamar capitalismo globalizador— es que suba el precio de los combustibles, entonces es mejor hacer valer la frase hecha de «apaga y vámonos» porque, paradójicamente, son esos combustibles una fuente de infinita destrucción: se destruye todo para apropiarse de ellos cuando escasean y se destruye todo a través de su consumo, teniendo en cuenta que son los combustibles aquello que sustenta gran parte de la actividad humana más nociva para el mundo en el que vivimos.

Hemos elegido —o han elegido por nosotros— el camino más recto hacia el abismo, y por eso las guerras no se hacen para cambiar este destino sino para afianzarlo y darle sentido. Las guerras son, en definitiva, la expresión del capitalismo belicista extremo.

Quien quiera ver en las guerras exclusivamente una fuerza liberadora que trata de imponer unos principios morales, como puede ser «la democracia de Occidente», se equivoca. Puede ser también, por qué no, que exista un fanatismo ideológico —parecido al moralista— en los patrocinadores de los conflictos bélicos, pero la cuestión es más compleja. Son muchos los factores que intervienen en la actualidad en la creación de planes de guerra (ya sea con armas o de cualquier otra forma), si bien a nuestro juicio sobresalen dos: el primero de ellos es muy simple y consiste en la obtención de determinados recursos, mientras que el segundo, mucho más complejo, es fuertemente simbólico, si por simbólico entendemos el poder que ha de perpetuarse también una vez finalizada la guerra.

Esta segunda causa es la más peligrosa y, tal vez, la menos comprendida, porque no se trata solo de afianzar un imperio (de mayor o menor dimensión) sino, sobre todo, de crear la imagen de un poder sobre los territorios de influencia que sea capaz de alargar su existencia y permanencia de diferentes maneras y con múltiples estrategias, que a su vez se mueven en un amplio espectro comunicacional y de dominación (propaganda, religión, ideología, etc.)

En esta dirección, la obtención de una paz que reafirme la guerra que acaba de terminar, y por lo tanto la justifique, o que incluso justifique el genocidio, entra dentro del mismo espectro simbólico bélico y es lo que hay detrás, sin ir más lejos, de la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el 17 de noviembre de 2025, donde de forma clara se pretende perpetuar la ocupación israelí y así pasar página a las brutalidades cometidas anteriormente.

La paz que se alimenta de este poder triunfante, fruto de guerras anteriores, no es lo mejor que le puede pasar a una guerra, y esto se vio con claridad en la España del 39, porque cerrar heridas no evita que el cáncer siga siga su curso si es el cáncer (en la actualidad el capitalismo) lo que las provoca.

Hay que parar la guerra (las guerras) no ya porque la devastación no conduzca a nada positivo sino porque son la expresión más elocuente de la ceguera que, a su vez, es consecuencia del poder simbólico que se obtiene con las guerras: con las guerras se extiende una incapacidad global para comprender, asimilar y resolver los auténticos problemas. En consecuencia, no es la conciencia del mundo una conciencia que tenga por obligación desear la paz (a secas) sino el desmantelamiento del significado profundo de las guerras —capaz de seguir alimentándose durante la paz que precede o sigue a las guerras—.

Si las guerras se pudieran reducir a una sola premisa: la lucha por los recursos, esto podría determinar, a su vez, una afirmación retórica inteligente: ¿por qué no tratar, entonces, de vivir con menos recursos? (a sabiendas de que esta lucha no solo los destruye, como ya vemos en la guerra contra Irán, sino que acelera la producción de nuevas guerras).

Es urgente descifrar el poder simbólico de las guerras, y esta tarea es una guerra cultural en la que el decrecimiento juega un papel primordial. La equivalencia no es prosperidad = paz, sino paz = conciencia. De tal modo que (re)conociendo, en tiempos de paz, de qué forma se puede habitar un territorio sin necesidad de agredir al territorio mismo o a otros territorios (y los seres vivos que lo habitan), se pueda (re)comenzar una era auténticamente pacífica en términos de responsabilidad conciliatoria con el mundo en el que nos encontramos.

El cambio cultural que se necesita, como vemos, es inmenso y profundo, e implicaría una movilización política de carácter general y global. Los organismos internacionales han quedado obsoletos (empezando por la ONU) y si no hay una (re)fundación de los mismos, es probable que sigamos escuchando las mismas voces siempre que dotan a la guerra de una carácter simbólico, religioso e incluso mágico, tal y como se viene haciendo hasta ahora.

«Quiero ser clara: no debe derramarse ni una lágrima por el régimen iraní». [1] Estas palabras de Von der Leyen en mitad de los bombardeos sobre Irán reflejan con absoluta claridad de qué manera lo bélico-simbólico ha alterado nuestras conciencias y de qué forma quieren imponer su lenguaje supremacista quienes controlan, o dicen controlar, la deriva geopolítica del planeta: es Irán (un lugar también simbólico) donde se cometen las atrocidades, es Irán donde se matan o se violan a las niñas (no con tomahawk ni en la isla de Epstein), es Irán donde se articulan todas las maldades que puedas imaginar (también el genocidio de Gaza), es Irán donde se planea secuestrar presidentes o se les condena a muerte desde un despacho (no en la Casa Blanca), es Irán donde se persigue a inmigrantes o se les deja morir en el Mediterráneo (no en Europa), y así hasta un largo etcétera en el que el relato se cambia arbitrariamente a medida de la moral que necesitamos: necesitamos creer que las manifestaciones en Irán no fueron diseñadas por Israel, necesitamos pensar que acabar con Irán es bueno, y así un largo etcétera, porque, a pesar de tener ejemplos claros de que nada es como lo cuentan (Irak, Siria, Libia, Ucrania, Ecuador, Sudán, y un largo etcétera) es preciso ocultar la primera y esencial razón para la guerra: el robo de recursos.

Es de un cinismo extremo ofrecer el auténtico y único relato, el de la democracia liberal, como lugar donde se da fin a la Historia, por ser la democracia liberal la forma «superior» de gobierno humano, tal como llegó a sugerir Fukuyama en su conocido ensayo ¿El fin de la historia? [2], publicado en 1989, y esto solo viene a demostrar que la democracia liberal (bien conducida a través de los poderes económicos) es incapaz de resolver las ecuaciones más simples entre la demanda (los productos en el mercado mundial) y lo que realmente necesitamos.

Pero la clave para dar fin a los conflictos entre naciones es la misma que se ha de tener en cuenta a la hora de resolver el conflicto con el propio planeta, es decir, con el medio ambiente sin el cual no podríamos existir. Y se trata de una clave simple: necesitar menos. «No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más», afirmaba Séneca, y en el fondo es tan simple como eso.

Solo en la pobreza colectiva podemos imaginar un planeta sano capaz de recuperarse del cáncer que la especie humana ha introducido. Porque la riqueza —ya lo estamos viendo— solo conduce a mayores deseos de apropiación de recursos, y porque la riqueza es siempre injusta pues se asienta en la desigualdad, es decir, en la pobreza de otros.

No estamos hablando de volver a tiempos donde el agua o los productos más básicos escaseen sino de avanzar hacia una cultura donde las democracias puedan ser conscientes de los límites.

El decrecimiento es sacrificio, pero sobre todo es contención, autogestión, solidaridad y cooperación. Estos son los valores que deberían sustituir al lenguaje simbólico de las guerras. No hay otro camino.

Notas:

[1] RTVE, 9 de marzo de 2026. https://www.rtve.es/noticias/20260309/von-der-leyen-dice-no-deberia-derramarse-ni-lagrima-por-regimen-irani/16971858.shtml  

[2] 2015. Fukuyama, Francis. ¿El fin de la historia? y otros ensayos. Alianza, Madrid.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.