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Iniciando el segundo año de la Revolución

Egipto en la encrucijada

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

«Los egipcios harán oír su voz y si su voz no se oye será solo porque la sangre derramada no ha sido aún suficiente…»

Con estas palabras, Saad Zaghloul, uno de los revolucionarios nacionalistas egipcios más célebres del siglo XX, dio voz a las furiosas e incontenibles aspiraciones de un pueblo en lucha por la reconquista de su libertad. Muchos se hacen eco hoy de ese sentido de furia justa de Zaghloul un año después del amanecer de la tercera revolución egipcia en menos de un siglo. Más allá de la indignación ante el ritmo despacioso con que se está procesando al ex presidente Hosni Mubarak y a sus apparatchiks, los egipcios se enfrentan a diario con el implacable plomo y acero de la brutalidad contrarrevolucionaria, orquestada por todos los que tienen intereses firmemente creados en la resurrección de la autocracia. Este trauma se extiende a los miembros del ejército en activo, que se sienten atrapados entre la desobediencia a las órdenes directas de sus superiores para que ataquen a los indefensos manifestantes y la violación de su lealtad intrínseca a sus compatriotas. Que esa situación esté teniendo lugar es una horrenda demostración de los ataques que las fuerzas reaccionarias están llevando a cabo contra tantos de los objetivos de la Revolución del 25 de enero.

Solo aquellos empeñados en autoengañarse, especialmente en los círculos en los que aún prevalece el pensamiento orientalista, son quienes están cuestionando la fortaleza del pueblo egipcio, consolidada más allá de cualquier medida por las turbulencias y esfuerzos del pasado año. Soportando la enorme dureza de un ambiente económico punitivo, los egipcios han seguido inquebrantables en los compromisos contraídos en la Plaza Tahir, como demuestra la enorme participación de votantes en las elecciones parlamentarias celebradas entre noviembre de 2011 y enero de este año. Sin embargo, aunque la fidelidad de las masas sigue siendo incorruptible, es mucho menos encomiable la conducta de quienes hoy en día retienen las riendas del poder en Egipto. Entre el catalogo cada vez mayor de delitos perpetrados contra los egipcios de a pie en el año que dura ya la Revolución, hay actos que son espeluznantes incluso considerados bajo la tiranía de Mubarak. Desde las dos docenas de manifestantes asesinados en octubre en Maspero frente a la sede de la radio y televisión egipcia en El Cairo, hasta llegar a las denominados «pruebas de virginidad» a que sometieron a las manifestantes detenidas, el flagelo de la injusticia impune ha persistido en ausencia de Mubarak. Tal situación se hizo patente de la forma más vergonzosa posible en noviembre ante los ojos del mundo, cuando a los llamamientos de los manifestantes desarmados en la Plaza Tahrir y en algunos lugares más, se respondió con balas y gas letal. Los frutos de esta represión se parecían asombrosamente a las escenas de enero y febrero de 2011, donde hubo docenas de civiles muertos y cientos de heridos, incluidos todos los que sufrieron ataques deliberados a los ojos, con la intención de dejarles ciegos, por parte de las fuerzas del ministerio del interior.

Cada uno de esos indecentes atentados comparten una similitud básica: todos ellos emanaron del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), el órgano compuesto por los altos oficiales del ejército designados por el entonces presidente Mubarak y que ha gobernado Egipto extra-constitucionalmente desde la renuncia de aquél el 11 de febrero de 2011. En la exultante alegría ante la caída de Mubarak, por la cual Egipto se evitó el ardiente verano ahíto en sangre de la vecina Libia, algo de esa situación se propagó al CSFA, cuyo entrenamiento en el arte de la guerra no les había preparado precisamente para las tareas políticas y burocráticas de la gobernanza. Pero las acciones del CSFA han dado motivo para que se les considere cada vez más como los responsables de que se estén frustrando los objetivos de la Revolución y de hacer cuanto está en su mano para evitar la descomposición del cadáver del viejo régimen.

Entre lo más revelador de sus actos estuvo su intento de socavar permanentemente las bases del gobierno civil a través de una serie de condiciones supuestamente no negociables que le habrían garantizado al CSFA un poder de veto sobre todas las ramas esenciales del poder que posibilitan el ejercicio del gobierno civil, incluyendo la autoridad para declarar la guerra. Efectivamente, este desafío flagrante a la soberanía del pueblo fue uno de los factores fundamentales que provocaron que millones de egipcios volvieran a las calles en las protestas de noviembre, constituyendo otro síntoma del enfoque grosero y resueltamente retrógrado con que el pasado año se trató de ensuciar la reforma de la constitución. La intención, al igual que sucedió con el apresurado y profundamente inadecuado referéndum para la enmienda constitucional de marzo de 2011, era la de entronizar, a través de cambios perdurables en el sistema de gobierno de Egipto, el poder de los gobernantes sobre los gobernados. En opinión de muchos, tanto de dentro como de fuera del país, el destino que el CSFA deseaba para la revolución civil era transformar al Egipto del siglo XXI en una réplica chapucera de la estratocracia de la Turquía del siglo XX. Que los altos generales de Turquía utilizaron su intrusión en la política para perpetrar con éxito cuatro golpes militares contra gobiernos democráticos entre 1960 y 1997 es un hecho que no pasó desapercibido para el pueblo egipcio, ni quizás tampoco para el patrón más entusiasta e interesado del CSFA, el gobierno de EEUU, que continúa vigilando el proceso de la voluntad popular en Egipto con profunda inquietud.

Utilizando de forma impenitente métodos directamente sacados del manual para dictadores, el CSFA presenta cada una de sus acciones como si estuviera respaldando los deseos del pueblo, en defensa de la seguridad del pueblo y de absoluta conformidad con los objetivos de la Revolución popular. Así, incluso aunque nieguen las libertades políticas, aparece como si estuvieran sirviendo a la Revolución. Aunque asesinen a manifestantes pacíficos y les dejen permanentemente inválidos con las balas del ministerio del interior, pretenden estar sirviendo a la Revolución. Incluso cuando en la calle acosan y humillan sexualmente a las madres, hermanas, esposas e hijas de los mártires de la Revolución, dicen estar sirviendo a la Revolución. Es revelador que bajo el gobierno del CSFA, una institución que temblaría de horror ante el mero pensamiento de herir a un ciudadano de piel blanca de un estado occidental, los supuestos servidores del pueblo se han aplicado con ganas, con celo absoluto, a atacar, detener, torturar y asesinar a sus compatriotas. Ante los cráneos de los civiles egipcios en Maspero que quedaron impunemente aplastados bajo las correas de los tanques, uno solo puede concluir que la ausencia de justicia en Egipto se ha hecho incluso más groseramente evidente.

Además de esa gran cantidad de transgresiones, nos encontramos con las alarmantes estadísticas que muestran que la cifra de juicios militares a los que se ha sometido a los civiles (en los cuales se prescinde de los derechos legales básicos y las protecciones constitucionales) durante los doce meses del CSFA excede el número total de esa clase de juicios a lo largo de las presidencias de Anwar El-Sadat y Hosni Mubarak juntas. Incluso entre los más fervientes de los defensores libertarios, puede darse una ocasional aceptación reticente de las restricciones temporales de la libertad en interés de la seguridad nacional. Sin embargo, al parecer, el inexorable incremento en el uso de juicios militares contra ciudadanos normales no tiene conexión alguna con la preservación de la ley y el orden ni con la protección de las fronteras estatales. Muy al contrario, acudir de forma rutinaria a los juicios militares es justo otra de las tácticas de autocracia abrazadas con avidez por el CSFA como medio de impedir el legítimo disentimiento.

En ese desfile de represión, las desacreditadas y despreciadas fuerzas policiales, las autoras de las peores obscenidades de Mubarak, encontraron nuevos alicientes. En los primeros meses de la Revolución, cuando la ciudadanía rompió los grilletes del miedo, la policía se replegó con relativa timidez evitando cometer muchos de sus abusos habituales. Sin embargo, cualquiera que observara, aunque fuera de forma casual, la casi carnal manifestación de la brutalidad policial durante las protestas de noviembre señalaría que han recuperado su autoconfianza de forma pletórica. Lo mismo puede decirse de sus cómplices a sueldo de fuera de las fuerzas policiales, que se infiltraron en las masas de manifestantes con el propósito de incrementar la violencia policial. Dada la propensión a la maldad flagrante exhibida a diario por esos que los egipcios denominan «los matones», tanto de uniforme como vestidos de civil, uno no puede sino sorprenderse ante el hecho de que todos esos que cometieron delitos al servicio de Hosni Mubarak sigan en sus posiciones de privilegio y poder y se les permita saludar cada nuevo día con nuevos delitos contra sus compatriotas. Es aún más ofensivamente irónico señalar el decreto del CSFA del 24 de enero, que postulaba que la vilipendiada ley de emergencia iba levantarse excepto en casos de «matonería» o «perturbación de la paz», una excepción dirigida contra los manifestantes, más que contra la policía y los bandidos civiles que emplean a su servicio.

Se han trazado supuestas analogías con el papel del ejército tras la Revolución de 1952. Sin embargo, un examen básico de las dos etapas muestra que no hay ninguna comparación válida que justifique el enfoque del CSFA a la hora de gobernar el estado. A diferencia de la década de los cincuenta, no hay ningún ejército extranjero de ocupación en suelo egipcio, ningún enfrentamiento competitivo de Guerra Fría entre superpotencias, ningún estado de guerra que implique a las fuerzas en la frontera oriental y ningún rey depuesto acechando el momento oportuno para volver al poder del exilio, sino un ex presidente que ha tenido que dimitir y que ahora se halla en una prisión egipcia. Además, a diferencia de las secuelas de la revolución de 1952, cuando miembros del gobierno militar devinieron en los objetivos de complots reaccionarios, los actos más llamativos de violencia e intriga contrarrevolucionaria se están perpetrando actualmente con total conocimiento del CSFA. En vista de esta cruda realidad, uno tiene derecho a dudar de la sinceridad con la que el CSFA saludó lo que calificó de «la victoria del pueblo» sobre el viejo régimen, cuya caída se tomó la molestia de celebrar con un desfile militar en la Plaza Tahrir una semana después de la dimisión de Mubarak.

En efecto, la cadena de acontecimientos bajo el gobierno del CSFA representa una profunda amenaza para la dignidad del ejército egipcio, que ocupa un lugar especial de respeto y afecto en el corazón del pueblo. Personal militar, tanto oficiales como soldados, se encontraban entre la multitud de egipcios que se levantaron contra la dictadura de Mubarak en enero y febrero de 2011, marchando con decisión con el remolino de la masa de millones de ciudadanos para denunciar a su comandante en jefe desgarrando los carteles y pancartas en que se mostraba su imagen. Es una afrenta nauseabunda para esos servidores del pueblo que se les ordene ahora entrar en connivencia con la policía de Mubarak contra sus propios familiares. Como la historia egipcia ha presenciado más de una vez, los soldados no desean servir a los ocupantes de palacios dorados o a los portadores de títulos de auto-bombo, desean servir a su país. La peor pesadilla para un soldado es que se le ordene enfrentarse a sus propios conciudadanos, un terror que obligó a muchos oficiales del ejército a negarse a presentarse al servicio durante las protestas de noviembre.

Las recientes elecciones parlamentarias han añadido un factor nuevo a la situación. En un movimiento que testifica la naturaleza completamente disfuncional y reactiva del proceso de transición, Egipto tiene ahora un nuevo parlamento, pero no ha reformado la constitución y no tiene presidente. En vez de buscar una agenda real para llevar a cabo una reforma metódica, se están creando los distintos componentes del sistema egipcio de gobierno por rutas diferentes, determinando el CSFA a su antojo las direcciones a tomar. Sin embargo, el parlamento, que se abrió el lunes de esta semana, es el primero de toda una generación cuyos miembros no pudo determinar de antemano el ahora disuelto Partido Democrático Nacional. Cosechando los beneficios de su red inmensamente fuerte de activistas y de organizaciones de beneficencia, y la base organizativa comparativamente débil de partidos más centristas (la mayoría de ellos etiquetados como «liberales», independientemente de la exactitud de tal designación), el bloque electoral liderado por los Hermanos Musulmanes, bajo el nombre de Partido por la Justicia y la Libertad, consiguió casi el 50% de los escaños. Aunque se había asumido desde hacía tiempo que la Hermandad conseguiría el número más alto de escaños, la enorme amplitud de su éxito ha sorprendido a muchos, tanto dentro como fuera de Egipto. Incluso más inesperado aún fue el aumento del Partido salafí Al-Nour, que ocupa ahora un quinto del parlamento. Que la expresión de la voluntad democrática de Egipto haya recompensado a movimientos políticos cuyo papel en el estallido de la Revolución del 25 de enero fue periférico resulta algo curioso para algunos en el mejor de los casos, y ha confundido a los movimientos políticos centristas que se veían a ellos mismos como los legítimos guardianes del sello revolucionario.

Sin embargo, el ascenso de los partidos religiosos se corresponde simplemente con las realidades fundamentales del Egipto de hoy. En medio de una época económica extrema y con la policía fomentando deliberadamente la anarquía, ansiosa por sembrar el miedo en los corazones de la gente, los votantes egipcios han optado por la seguridad en la certeza. El Partido por la Justicia y la Libertad, y el sustancialmente más radical Partido Al-Nour hicieron campaña elaborando plataformas sencillas, apelando a la afinidad de los votantes con políticas sucintamente articuladas y declaraciones claras de intenciones. Esto se llevó a cabo en agudo contraste con el enfoque poco metódico de los partidos centristas, que alcanzaban la cifra de varias docenas y que se vieron agobiados por su propia falta de claridad. Aunque la Hermandad inspiraba respeto por su transmisión de vagos aunque potentes mensajes electorales, demasiados partidos centristas se estorbaron ellos mismos dando una impresión equivocada. Frente a la tozudez del CSFA y la brutalidad policial, estos políticos hablaban suavemente de negociación y cooperación, palabras que se quedaban vacías de significado en medio de la sangre, las balas y los botes de gases lacrimógenos de la Plaza Tahrir, donde muchos de sus electores estaban acampados. Con un entorno tal, es más fácil comprender por qué la enorme manifestación de espíritu revolucionario entre las masas no encontró en esos partidos la adecuada acogida que hubiera podido canalizarse en los colegios electorales.

La Hermandad Musulmana, como tal, aparece ahora colocada como la fuerza política civil dominante, eclipsando a los que levantaron la antorcha del 25 de enero, con una agenda política propia. La pregunta que se plantea es si la Hermandad va a actuar en interés nacional, arriesgándose a una confrontación con el CSFA, o continuará con la trayectoria de colusión con el gobierno militar que tanto le ayudó en su meteórica ascensión del pasado año. Adhiriéndose resueltamente a los principio de autopreservación y autoengrandecimiento que ayudaron a mantener el movimiento vivo y coleando durante sus años de proscripción, la Hermandad ha elegido sus batallas con sumo cuidado. Cuando los vientos dominantes han requerido su participación en el movimiento de protestas, hincharon las filas de los manifestantes. Sin embargo, cuando la connivencia con el CSFA les ofreció oportunidades para conseguir ventajas políticas, abandonaban las protestas, dejando a quienes participaban en las mismas expuestos a la artillería de la represión. Así pues, puede esperarse que la Hermandad trace una ruta en el gobierno que le permita continuar presentándose como partidaria del cambio, aunque siga flirteando con los elementos reaccionarios. Las consecuencias que esto pueda tener en la trayectoria política de Egipto son inciertas.

En este día en que los egipcios marcan un año del comienzo de su más reciente revolución, el país se encuentra en una encrucijada. Los enemigos de la Revolución están intentando por todos los medios arrebatarle la gloria, y las crecientes tensiones reverberando por todo el territorio se extienden a las esferas política, económica, social y religiosa. Los habituales llamamientos a la libertad, la dignidad y la justicia social que una vez dominaron la calle parecen ahora resonar en la distancia, cayendo en oídos sordos o ahogados por los cráneos aplastados y la disminución de manifestantes. El período «temporal» de transición se ha convertido al parecer en un túnel interminable, donde continuamente se están cambiando los límites fijados por el CSFA pero sin un final real a la vista. Aunque el deseo manifestado ha sido el de asegurar un veloz traspaso del gobierno militar al civil, sigue habiendo una ausencia de capacidad para avanzar de forma metódica. Esto, unido a una frágil unidad de propósitos entre los partidos políticos, se ha convertido en frustración nacional, ansiedad individual y agotamiento por la incesante lucha en las calles. Más que un momento gozoso por los posibles logros, millones de ciudadanos se sienten preocupados y con gran incertidumbre por el futuro. La fascinación de una revolución sin líderes se ha convertido en la frustración de una revolución incompleta, de cuyos sacrificios se burlan los residuos del antiguo régimen que aún siguen aferrados a sus respectivos centros de poder.

Sin embargo, con cada protesta, se recupera de nuevo la fuerza de la Revolución. Aunque siguen sin cumplirse la mayor parte de las demandas de los revolucionarios, con los críticos acusando al CSFA de continuar tratando a todo el país como si fuera su feudo, sin embargo, la continuación de las protestas obligó al CSFA a acelerar el proceso electoral e hizo aún más improbables las perspectivas de supremacía constitucional permanente de la cúpula del ejército. Es esto, y solo esto, lo que mantiene la esperanza viva de un gobierno civil auténtico. Sin la voluntad del pueblo de sacrificar sus cuerpos por el país, no habría nada que pudiera detener el avance de la contrarrevolución, y menos aún los gobiernos occidentales, que miran con petrificado disgusto la perspectiva de una democracia genuina en el Mundo Árabe, no vaya a ser que las decisiones electorales del pueblo choquen con los objetivos políticos y de las corporaciones de Occidente.

Cuando yacía en su lecho de muerte en 1927, se dice que Saad Zaghloul expresó a su esposa la cruda perspectiva de la libertad en su país: «Tápame, Safiya, porque no hay esperanza». Tras haber movilizado a masas sin precedentes para que resistieran frente a la ocupación militar extranjera y la corrupción monárquica interna en la Revolución de 1919, Zaghloul se resignó finalmente ante el hecho de que ya no podría nunca contemplar un Egipto verdaderamente libre. Para él, la trascendental marcha de la libertad iba a acabar en un callejón sin salida. Sin embargo, aunque los fuegos de la Revolución pudieran debilitarse durante un tiempo, nunca se extinguieron, y la bandera que levantó en alto ha pasado a otra generación, al igual que se la habían pasado a él.

Sigue faltando aún cierta distancia para poder culminar el viaje que empezó hoy hace un año. A partir del roto armazón de la tiranía, hay un edificio que espera ser levantado. Esa es la tarea del pueblo egipcio. Las grandes pirámides no se construyeron solas, ni tampoco el esplendoroso faro de la isla de Pharos, ni el histórico canal que une los dos mares en las fronteras norte y oriental de Egipto. Esas maravillas se lograron mediante la dedicación, el duro trabajo y el sacrificio del pueblo egipcio. Por tanto, solo podrá llevarlo a cabo un nuevo sistema de gobierno popular concebido en el útero de la revolución. Es la actual generación egipcia, consciente del melancólico pronunciamiento de su antepasado, Saad Zaaghloul, la que tiene que enfrentar el actual desafío.

Tamer O. Bahgat es un abogado trasnacional que está al frente de una firma legal internacional en Londres. Tiene gran experiencia en derecho internacional y corporativo y está especializado en reformas constitucionales y económicas.

Khalid El-Sherif es un jurista con experiencia en reformas regulatorias y derecho internacional privado y está especializado en el desarrollo en el Mundo Árabe.

Fuente:

http://www.counterpunch.org/2012/01/25/egypt-at-the-crossroads/

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