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El 15M es la punta del iceberg de la indignación

Fuentes: Nuevo Claridad

¿Qué movimiento es el de los «indignados e indignadas» que ha provocado la simpatía de la mayor parte de la población? El pasado 15 de mayo, estalló un movimiento de protesta en la calle exigiendo democracia real ya. Su amplitud sorprendió a todo el mundo pero quizás su característica más destacada, en ese primer momento, […]

¿Qué movimiento es el de los «indignados e indignadas» que ha provocado la simpatía de la mayor parte de la población? El pasado 15 de mayo, estalló un movimiento de protesta en la calle exigiendo democracia real ya. Su amplitud sorprendió a todo el mundo pero quizás su característica más destacada, en ese primer momento, fue la rapidez con la que se extendió por todo el Estado.

El ejemplo incluso fue seguido en numerosas ciudades de otros países y continentes, aunque fuese protagonizado, fundamentalmente, por jóvenes españoles. El método de lucha elegido, las acampadas urbanas en plazas públicas, es uno de los signos que revela la influencia y el impacto político internacional que han tenido las revoluciones árabes, especialmente las de Túnez y Egipto.

El descontento sale a la luz

La movilización del 15 M puede decirse que fue semiespontánea. En primer lugar porque la respuesta fue muy superior a la esperada, incluso por los propios convocantes; en segundo lugar, por su continuidad, no prevista, a través de las acampadas, y porque no la convocaba ninguna fuerza política o sindical de las mayoritarias y tradicionales. No tan espontánea en cuanto a su preparación, que llevó semanas, por no decir meses, a los colectivos que la convocaron (Democracia Real Ya, Jóvenes sin Futuro…). Incluso tuvo el precedente movilizaciones previas de distintos colectivos (vecinales, juveniles, laborales…), pero ninguna de ellas consiguió aglutinar el descontento reinante de la forma que lo hicieron las manifestaciones del 15 M.

El estallido del 15 M no puede entenderse sin tener en cuenta algunos acontecimientos previos. El 29 de septiembre de 2010 los sindicatos convocaron una huelga general contra la reforma laboral que había impuesto el Gobierno Zapatero ese verano. Aunque con retraso, con muchas carencias y con un convencimiento un tanto infantil por parte de los dirigentes de que la simple convocatoria de la huelga haría retroceder al Gobierno, dio cauce al malestar reinante entre los trabajadores ante la política de ataques constantes a sus derechos. Pero la huelga, que fue sólo un éxito relativo gracias al respaldo casi total de la clase trabajadora industrial y tuvo un seguimiento mucho menor en el resto de los sectores productivos, no tuvo continuidad. Los dirigentes se negaron a seguir esa vía, la de la lucha, y volvieron a la política de acuerdos regresivos.

En esa situación, con un Gobierno del PSOE llevando a cabo una dura política de recortes del gasto social y de ataques a los trabajadores, unos dirigentes sindicales que taponaban la vía de la lucha, y una Izquierda Unida que era incapaz de ofrecer una alternativa que presionara a los sindicatos mayoritarios en esa dirección (algunos compañeros planteamos infructuosamente formar un frente electoral en las elecciones municipales entre IU, los sindicatos y otras fuerzas de la izquierda que podría haber levantado una alternativa fuerte a la izquierda del PSOE), no había cauce de expresión y de lucha a través de las organizaciones tradicionales.

Por esa razón, el estallido del 15 M se dio al margen de los partidos, y tiene el mérito de haber roto el ambiente dominante, casi asfixiante, de atonía política general que dominaba la situación durante los últimos años como producto del desencanto que ha provocado la política del PSOE. El aislamiento de los dirigentes respecto a las masas, los jóvenes y los trabajadores, era (y es) tan extremo que no servían de cauce para expresar el malestar y la indignación acumulados en la sociedad. Ese es uno de los mayores méritos del 15 M, haber dado expresión a la transformación molecular de la conciencia, que bajo la superficie se estaba produciendo en la sociedad. El 15 M es sólo la punta del iceberg de la indignación existente entre los trabajadores, entre la inmensa mayoría de la sociedad.

El 15 M ha puesto el dedo en la llaga. Ha puesto en cuestión la realidad y a las organizaciones. Ha demostrado que la realidad no es como la pintan en los telediarios o en los reality shows, y que hay mucha gente dispuesta a movilizarse para cambiarla, como también lo ha puesto de manifiesto la movilización de los profesores de la educación pública en Madrid y el respaldo social que ha encontrado. El 15 M ha puesto en evidencia a los partidos, a los medios de comunicación y a muchas instituciones desde la banca y el parlamento, hasta la judicatura y las fuerzas represivas.

Sus protagonistas

Pero a diferencia de lo ocurrido en Túnez o Egipto, en el movimiento no ha participado la mayoría de la sociedad, ni siquiera la mayoría de la clase trabajadora. Ha sido, y es, un movimiento protagonizado, fundamentalmente, por jóvenes entre 19 y 30 años, en su mayoría estudiantes, o jóvenes que habiendo terminado sus estudios están en el paro o en condiciones de precariedad y temporalidad total. Esto no es sólo una percepción visual de quienes estamos participando en el movimiento sino que está respaldada por el único estudio que se ha publicado hasta la fecha sobre la composición del 15 M (Fundación Alternativas. Público. 17.VII.11).

A pesar de las limitaciones del movimiento es de destacar que llegase a tener, sobre todo en las primeras semanas, hasta un 80% de simpatía social. Que un grito contra los banqueros y la dictadura de los mercados financieros, contra los políticos que están a su servicio, contra la corrupción y contra la manipulación de los medios de comunicación, tenga tal respaldo social, revela el enorme potencial de cambio que encierra la sociedad española.

Según el mismo estudio citado, entre los participantes en este movimiento un 64% se situaría más en una posición «reformista» (mejorar la calidad de la democracia) y un 36% en una posición más rupturista. Y en cuanto a su posición ideológica la sitúa en un 2,84 frente a un 4,56 de la media española, en una escala de 0 extrema izquierda y 10 extrema derecha.

Es un movimiento muy heterogéneo en el que conviven muchas tendencias ideológicas desde el reformismo más ingenuo al anarquismo y sectarismo más estéril pasando por muchos, muchos «indignados», que buscan sinceramente una salida a la crisis económica y a la crisis política de la izquierda. Se definen como «apartidistas» expresando con ello, más que una opción, un rechazo visceral al burocratismo y a la falta de democracia interna que ha dominado en las organizaciones de la izquierda, resultado de las prácticas socialdemócratas y estalinistas de las décadas pasadas.

¿Un movimiento apolítico?

Algunos, de forma totalmente contradictoria, se definen «apolíticos» cuando lo que este movimiento representa es precisamente la entrada de miles de personas en la vida política, aunque no en la política burguesa, sino en la búsqueda de una alternativa con la que se sientan representados e identificados. La heterogeneidad del movimiento queda bien reflejada en el amplio espectro de voto que comparten sus integrantes (abstención, voto blanco, nulo, IU, UPyD, voto a pequeñas formaciones extraparlamentarias, ecologistas o nacionalistas…) o en la anécdota de que hasta la tercera mujer más rica de España, Rosalía Mera, manifestó su simpatía por el 15 M.

Sus esbozos programáticos son reformistas, a veces confusos (no podía ser de otra forma en un movimiento nuevo) y no se diferencian mucho de los que tiene IU aunque en algunos aspectos sean más frescos y rotundos.

Sus métodos asamblearios, basados en la asamblea casi permanente y el debate interminable buscando tomar decisiones por consenso (unanimidad), son lentos y escapan un poco de la capacidad de la mayoría de los trabajadores con responsabilidades laborales, familiares… Pero también son una escuela en la que muchos adquieren una primera y vital experiencia política.

Por todas estas características y circunstancias (programa, métodos de lucha, composición…) para nosotros es un movimiento interclasista pero con un componente claramente mayoritario de izquierdas. Con esto no queremos quitarle un ápice de su valor en la situación actual, pero debemos saber exactamente qué tenemos entre manos. No es el movimiento obrero, pero pone de manifiesto el inmenso potencial que tendría una movilización encabezada por la clase trabajadora, que sí podría poner en jaque al sistema.

Los acontecimientos del 15 M han sembrado una semilla que está germinando en miles de jóvenes y trabajadores: «no nos vamos a dejar manipular, los dirigentes deben estar a nuestro servicio y no a la inversa». El desprestigio de la «clase política» es atroz y el 15 M ha puesto sus vergüenzas al descubierto ante cientos de miles de personas.

Han salido a la calle y exigido una democracia real, no una a la medida de los banqueros. Y han denunciado a los políticos que sirven a esos banqueros. La Puerta del Sol, el «15 de Mayo» o el «15 de Octubre», están refrescando la memoria a quienes han olvidado que para ganar en las instituciones antes hay que ganar en la calle.

El potencial de lucha que existe

Debido al grado de dependencia y/o integración de las direcciones de las organizaciones tradicionales de la clase obrera respecto al sistema, y la extrema debilidad de las organizaciones de base, es lógico que el primer impulso rompedor tuviese que venir de fuera. Pero una cosa es saber lo que no se quiere y otra muy distinta tener un programa acabado y una organización dispuesta y preparada para luchar por la transformación de la sociedad.

El 15 M ha demostrado su potencial de contagio y su capacidad de extensión con la manifestación mundial del 15O. Exceptuando las movilizaciones históricas del 1º de Mayo, es la primera manifestación mundial (en casi 1.000 ciudades de más de 70 países) y ha demostrado en la práctica la posibilidad de llevar a cabo acciones, luchas y movilizaciones más allá de las fronteras nacionales en contra de políticas que se aplican por encima de esas fronteras. Si unos cuantos jóvenes han podido organizar manifestaciones el mismo día por todo el mundo, ¿no podrían los sindicatos organizar una huelga general en toda Europa contra las políticas de ajuste y los regalos a la banca privada? No lo hacen no porque no se pueda, sino porque ni siquiera se lo plantean. Por eso estalló el 15 M, por el vacío.

La forma natural en que el 15 M ha puesto en práctica su acción internacional pone de manifiesto la maduración de las condiciones para la transformación de la sociedad capitalista. No es sólo el desarrollo de los medios de comunicación, que indudablemente facilita la tarea, sino que hay un impulso motriz que lleva a buscar la confluencia en la lucha con millones de personas en todo el mundo a quienes el sistema condena a vivir en similares condiciones. El desarrollo internacional del mercado capitalista (ya previsto por Marx hace más de 160 años), es decir, la llamada «globalización», crea las condiciones para que la lucha por una sociedad equitativa y sin privilegios pueda realmente abordarse desde una perspectiva global, internacional. De hecho, el 15 M expresa también la necesidad de organizarse internacionalmente, igual que la burguesía lo hace a través de multitud de organizaciones políticas y económicas para defender sus intereses. En este sentido el 15 M pone en evidencia otra carencia de los partidos de la izquierda, que han olvidado la necesidad de la acción y de la organización internacional de los trabajadores de todo el mundo para defender sus intereses, precisamente cuando las condiciones históricas son más favorables para conseguirlo.

La polarización entre las clases sociales

El 15 M es, también, un síntoma muy claro de polarización entre las clases sociales. Los grupos ultraizquierdistas, anuncian una escalada de la lucha de clases cada vez que gana la derecha. Nosotros explicamos hace tiempo que los procesos socio-políticos ni son automáticos ni tan simples. Pero esta vez, todo anuncia que la llegada de la derecha al gobierno se va a producir en unas condiciones en las que ya ha comenzado un proceso de politización y de polarización entre las clases que se va a agudizar por la profundización de la crisis económica. Con retraso, pero se produce un reflejo del ciclo económico en el ciclo político.

Por un lado, la evidencia de que hay disposición a luchar y la postura cada vez más bravucona de la patronal y de la derecha (que tras las elecciones generales del próximo 20 N tendrá en sus manos la mayor parte de los resortes del Estado -Gobierno estatal, la mayoría de las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos-), y por otro, el contexto de profundización y prolongación de una crisis nefasta para los trabajadores, será una presión brutal sobre las organizaciones tradicionales que experimentarán cambios decisivos en el próximo periodo.

La derrota del PSOE en las elecciones y las dificultades crecientes para que los dirigentes sindicales justifiquen una política de Pacto Social, abren una nueva etapa política. Los sindicatos ya están notando sus efectos y en ciertos sectores, sobre todo el público, ya se están viendo obligados a entrar en la vía de la lucha. Habrá derrotas, y algunas serán duras, pero la burguesía tiene cada vez menos margen de maniobra debido a la profundidad de la crisis. Con 5 millones de parados, con una presión brutal para recortar salarios y derechos laborales y sociales, los trabajadores y sus familias se van a ver empujados hacia la lucha y, aunque haya fracasos, la situación les va a demostrar la necesidad de participar en la construcción de una alternativa política.

El primer paso

Hoy han sido los jóvenes los que han dado el primer paso. El 15 M es eso, el primer paso. Los jóvenes tienen menos vínculos con las organizaciones tradicionales y tienden a buscar algo nuevo cuando lo que hay no les gusta, incluso les repugna. Es muy interesante la enorme preocupación que han demostrado por el funcionamiento democrático de la organización de la lucha. Se puede decir que han torcido la rama hacia el otro extremo de la experiencia socialdemócrata y estalinista. Hay un claro rechazo a la burocratización, que es muy positivo, aunque inicialmente vaya acompañado del prejuicio de un rechazo a la organización.

Sin embargo, cientos de miles de trabajadores no van a abandonar sus organizaciones y se van a ir al 15 M. No es tan simple. Son muchos los militantes de IU, y también bastantes los activistas sindicales, que participan en el 15 M. Pero no lo hacen con un ánimo transfuguista sino buscando plataformas más amplias de actuación política, sin renunciar en absoluto a su militancia. Que el 15 M se transforme en un partido no es fácil, irían contra una de sus señas de identidad -ser apartidistas-, pero eso no es incompatible con que muchos de sus integrantes colaboren y participen en algunas organizaciones tradicionales, como las Asociaciones de Vecinos (AAVV), contribuyendo a su regeneración y su transformación desde abajo.

El 15 M está intentando echar raíces en los barrios y en los pueblos, y eso mismo les pone en contacto con lo más sano de la base de esas organizaciones, no con sus superestructuras o los sectores más institucionalizados. De hecho, las AAVV tienen en común con el 15 M que reúnen a vecinos que luchan por mejorar las condiciones de vida locales más allá de las siglas políticas. Muchos integrantes del 15 M están dándose cuenta de que la lucha no empieza con ellos, y que tienen la oportunidad de aprender de veteranos y desinteresados militantes vecinales, y éstos, a su vez, ven (o deberían ver) lo mucho que movimientos como el 15 M pueden enseñar y aportar. Y lo mismo podría decirse de los sindicatos y muchos trabajadores experimentados en la lucha laboral.

Desgraciadamente, el afán de protagonismo de multitud de pequeños grupos políticos y de ciertos intelectuales en búsqueda de audiencia que se han sumado al 15 M podría poner en peligro lo que ha sido la mayor virtud de este movimiento: la expresión del ambiente de las masas, y convertirse en un campo de batalla de grupos de toda índole.

La reconstrucción de la izquierda

El 15 M, que es expresión de una situación, a su vez se convierte en efecto. Sin duda está teniendo una influencia determinante en una revitalización de la politización de la sociedad y en el paso a la actividad política (o la recuperación) de viejos militantes. Si el 15 M no se convierte en partido, tendrían otra opción política que sería que se planteen su integración en IU (la cual se define como un movimiento político y social abierto) como movimiento, como colectivo, como corriente o como alguna de sus partes integrantes (DRY, JSF, Acampadas…), y contribuir a su refundación política aportando su impulso para garantizar la más escrupulosa democracia interna.

Las posibilidades de que, con su participación, IU diese el paso de representar los intereses de los trabajadores y trabajadoras, jóvenes, parados… de una forma muchísimo más nítida serían cualitativamente superiores. La idea chocará a muchos compañeros del 15 M. Por desgracia está demasiado extendida la idea de que «el pueblo funciona mejor sin partidos». El problema no son los partidos en «general» o en abstracto, sino que el problema es que los partidos políticos, incluida IU, son el producto de un momento histórico concreto, y después, cuando el movimiento retrocede, los partidos se mantienen, pero la sangre deja de circular debidamente por sus arterias y se esclerotiza, como el caparazón de un cangrejo, se convierte en una coraza que impide crecer lo que hay dentro, y asfixia los intentos de renovación. En una confirmación del pensamiento dialéctico, lo mismo que ayer fue necesario, esa estructura organizativa, parlamentarios, liberados… se convierte en su contrario, siendo la principal traba para que las organizaciones de clase sigan vinculadas a quienes dicen representar.

El 15-M, representa un intento de romper esas cáscaras viejas, aún con todas sus contradicciones y su falta de nitidez en el carácter de clase, representa lo nuevo frente a lo viejo. El movimiento del 15-M ha puesto en evidencia a todas las organizaciones pero para ser capaz de articular una nueva formación hace falta una fuerza y unos recursos (sobre todo cuadros) de los que el 15 M, al menos de momento, carece. La conclusión de esta experiencia no debe ser en ningún caso la de prescindir del esqueleto óseo del movimiento, sea exoesqueleto o endoesqueleto. Un movimiento sin estructura es un cuerpo amorfo incapaz de sostenerse y sobrevivir. Se trata de crear un movimiento articulado y democrático, donde cada voto, cada opinión tenga el mismo valor y las mismas oportunidades. Y en este sentido, pase lo que pase con el 15 M, ha dejado un poso indeleble en la sociedad.

Pero si queremos cambiar la sociedad hace falta una organización, eso es un partido, de los trabajadores, de los oprimidos, que sea nuestro, y que defienda las ideas y alternativas que decidamos democráticamente. No es fácil, pero, en última instancia, es la tarea.

El 15 M es sólo el principio de un proceso en el que distintas capas de la clase trabajadora irán entrando en la vida política. Pero decir «sólo es el principio» es mucho, sobre todo para quienes llevamos muchos años esperando un despertar político que vuelva a poner a nuestra clase ante la tarea titánica de construir el socialismo. Ese proceso va a ser irregular y difícil, pero será un proceso vivo en el que tendremos el honor de participar.

Fuente: http://www.nuevoclaridad.es/revista/index.php/revista/estado-espanol/422-el-15m-es-la-punta-del-iceberg-de-la-indignacion