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Dedicado a un banquero que ha triplicado su sueldo

El aplauso de la impotencia

Fuentes: Rebelión

«Si los mercados impusieran realmente una disciplina, las personas que trabajan duro no serían pobres y los especuladores, en general, no serían ricos.»

(James K. Galbraith)

Me hallaba yo algo inquieto hace algunos días. Las noches se habían tornado un tiempo de inquietud, de movimientos molestos para mi cónyuge en la cama; los saludos a mis convecinos habían perdido su jovialidad debida. Y no, no era la dichosa pandemia, que he sobrellevado con estoica resignación desde el primer momento y a la que ya estoy tan acostumbrado que temo vaya a sentirme desnudo cuando, permiso de las autoridades competentes mediante, me atreva a volver a salir a la calle a cara descubierta.

Nada de esto. Era otra cosa. Algo que había escuchado como dicho de pasada en un boletín informativo de la radio, sin énfasis ninguno, como si fuese algo normal que se menciona sin darle mayor importancia porque se asume sin más en el tránsito vertiginoso de las noticias cotidianas. Claro, percibido así, tan discretamente, quedó instalado en mi mente de forma subliminal, pero con el efecto dañino de esa astilla clavada que no consigues arrancar de los intersticios neuronales de tu cerebro.

Ayer, por fin, encontré el alivio que mi alma ansiaba. Por la tarde había conseguido regalarme un rato de lectura, haciendo caso omiso a las mil y una obligaciones y tareas que siempre hay que atender; pero hete aquí que, sin señal ni causa reconocible, segundos antes de que diesen las ocho en el reloj, fui presa de un ineluctable impulso con origen en mis propias piernas que me hizo levantarme de mi confortable sillón, y abandonando el libro que tenía entre manos, me obligó a salir al balcón. Allí fuera, ante la calle por la que paso decenas de veces cada día y ante los muchos transeúntes y vecinos, ya libres por fin de andar a la intemperie sin restricciones después de tanto tiempo de ominoso y totalitario estado de alarma, rompí a aplaudir, abriendo ampliamente los brazos y dando conscientemente forma a mis manos, con vocación de palmero de cuadro flamenco, para que mi aplauso fuese vigoroso, bien sonoro, mirando a un lado y otro, y arriba y abajo, buscando alguna mirada cómplice, que para mi decepción en absoluto encontré.

Mi mujer y mis hijos, al oír el sonido de mis palmas, salieron de sus habitaciones y, desde el salón de casa, se quedaron mirando estupefactos al contemplar cómo aplaudía yo como si no hubiese un mañana. Yo, que me declaré objetor de conciencia cuando el ritual de los aplausos durante el confinamiento, por considerarlos un gesto de cinismo por no cambiar en nada la situación real de nuestra sanidad pública, abandonada a su suerte durante años por nuestra clase política y también por la mayor parte de la ciudadanía. Pero el caso es que ayer, puntualmente a las ocho, en mi balcón, yo solo, estaba de pie aplaudiendo ferozmente. Tan sonoro y excéntrico era mi gesto que me temo llegué a asustar a la chiquilla del piso de enfrente que tiene colgada en su balcón una bandera de España con su crespón y todo desde hace más de un año (aunque ya dejó de poner a todo volumen Que viva España de Manolo Escobar pasado el verano).

¿Fui ayer presa de una locura transitoria? ¿Acaso me arrepentí a destiempo de todos los aplausos que no dediqué en su debido momento a tanto héroe de bata blanca? No. Ahora sé que no. Tras el sonoro desahogo torné a mi torpe lucidez –pero lucidez al cabo– y, merced a un arduo ejercicio de introspección, vine a constatar el descontento de mi ser, la negra pena que me causa un hondo sentimiento de impotencia.

Esa noticia que escuché en la radio y que, en su momento, impactó en mi espíritu como una de esas partículas cósmicas imperceptibles, como un proyectil que hiere pero con orifico de salida, había tenido en mí, sin yo ser consciente, el efecto de un dardo emponzoñado que se había quedado clavado y supuraba pus en mi ánimo. Porque lo que me comunicaron hace unos días, a mí y a todo aquel ciudadano que quiso darse por enterado, es que José Ignacio Goirigolzarri Tellaeche, el heroico salvador de Bankia, ahora sangre de la sangre y carne de la carne de la Caixa, hoy un solo cuerpo llamado Caixabank, había tenido a bien más que triplicarse su sueldo anterior hasta alcanzar unos ingresos fijos anuales de 1,65 millones de euros. Y no se pierda de vista que este lince de las finanzas ya abandonó a sus 55 años de edad su cargo en el BBVA firmando una jubilación anticipada por valor de 52,5 millones de euros. Póngase al lado de estos datos la decisión de la recién parida entidad, que ahora preside el interfecto, de someter a expediente de regulación de empleo (ERE) –lo que conlleva despidos en masa– a 7800 de sus empleados. Añádase también que me entero por la prensa de que en mi región los representantes sindicales de los trabajadores del Servicio Andaluz de Salud (SAS) no han tenido más remedio que echarse a la calle para reclamar que se le pague al colectivo sus complementos salariales de 2019, aún pendientes de cobro. Y remátese con que a Bankia, ese banco llevado al desastre por Rodrigo Rato, lo salvamos los contribuyentes españoles en plena depresión tras la crisis de 2008 con una inyección –según aseguran los que saben– de 24.069 millones de euros de los que el Estado solo ha recuperado algo más de 3.000, dándose por definitivamente perdido el resto. Mientras, la deuda de este país nuestro no hace sino crecer, superando el ciento veinte por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), lo que quiere decir que ya debemos más de lo que vale toda nuestra economía entera. ¿Quiénes la pagarán?

El filósofo francés Pascal Bruckner habla de capitalismo feudal en su libro Miseria de la prosperidad publicado a principios de este siglo. Según él, reina actualmente en la economía una «monarquía de directores generales», de los Chiel Executive Officer (CEO), como el señor Gorigolzarri, para los que rige una moral que no se aplica al común de los mortales. Una moral hipócrita que dice sustentarse en la meritocracia como principio cuando en este capitalismo el dinero no tiene que ver con el mérito sino con el deseo y el poder. Por eso aquél pudo defender sin sonrojarse en la junta de accionistas que aprobó su aumento que su nuevo sueldo era el «normal». Qué lejos este paradigma retributivo del que consideraba aceptable el también filósofo (moral) Adam Smith, al que se tiene por padre teórico del capitalismo, y que coincidía con el utópico Charles Fourier en juzgar que cuanto más ingrato, peligroso y pesado era un trabajo mejor pagado debía estar, y menos cuanto más liviano y apasionante fuese. Según este principio, es obvia y lacerante la injusticia para los trabajadores del sector sanitario y para todos los así llamados esenciales durante todo este tiempo que llevamos sufriendo la pandemia.

El afamado economista francés Thomas Piketty lo denunció en su libro de 2013 titulado El capital en el siglo XXI, en el que demostró mediante una serie histórica de datos y un análisis exhaustivo de los mismos que nuestra economía global se dirige al modelo de una élite de rentistas mimada por los gobiernos de la inmensa mayoría de los países y que no hace sino ahondar la brecha de desigualdad entre sus ciudadanos, creando un clima de malestar generalizado frente a un sistema que no para de violar sus propias leyes; ensalzando la competencia mientras fomenta los monopolios (como al que nos dirigimos en la banca con estas fusiones, tan numerosas en los últimos años), proclamando el valor de la transparencia cuando no hace nada contra los paraísos fiscales, mimando a los ricos del 1 por ciento de la población y a las grandes corporaciones al tiempo que machaca a impuestos a la clase media y a las pequeñas y medianas empresas.

Para el economista norteamericano y premio Nobel Joseph Eugene Stiglitz no cabe duda de que la crisis de 2008 fue causada por los bancos, con los cuales, sin embargo, fueron la mar de generosos los gobiernos, además de no exigir ninguna responsabilidad a los banqueros por la crisis que habían desencadenado, como lo demuestra en España el caso de Bankia. En su reciente libro titulado Capitalismo progresista. La respuesta a la era del malestar este economista reconoce que seguramente era necesario salvar a los bancos para mantener el flujo crediticio, pero que eso no implicaba necesariamente salvar a los banqueros ni a los accionistas de los bancos (recordemos al exultante Rodrigo Rato tocando la campana para la salida a bolsa de Bankia en 2011), ni a quienes tenían en su poder bonos de deuda pública (la democracia griega quedó secuestrada a causa de su deuda cuando el referéndum de 2015). Lo dice así de claro: «se podría haber jugado según las reglas del capitalismo, que exigen que cuando una firma –incluido un banco– no puede pagar lo que debe, sus accionistas y titulares de deuda pública lo pierden todo antes de pedirles a los contribuyentes que desembolsen». Pero vivimos en el capitalismo feudal, y en él las ganancias se privatizan y las pérdidas se socializan, de tal manera que sus señores nunca pierden.

Si el dinero es la sangre de la economía, ¿cuál es el papel de los bancos de acuerdo con esta analogía orgánica? No el de la médula ósea, generadora de las células que constituyen el fluido vital, porque crear riqueza no es lo que las entidades financieras hacen; en muchos casos contribuyen más bien a lo contrario, comportándose como un vampiro. Stiglitz distingue entre la economía que crea riqueza y la que la explota. La actividad de la primera digamos que amplía el tamaño del pastel disponible para todos, mientras que la de la segunda se dedica a quitarles porciones del mismo a unos para dárselas a otros. Es lo que explica en gran medida el crecimiento de la desigualdad en las últimas cuatro décadas en las cuales el diez por ciento más rico y, sobre todo, el 1 por ciento no ha dejado de distanciarse respecto del cincuenta por ciento que menos tiene. Los verdaderos creadores de riqueza han ido perdiendo reconocimiento en forma de cantidad de dinero que les corresponde (disminución del tamaño de su porción de la tarta) a favor de los explotadores financieros, los cuales son en efecto el parásito de la economía real. Se trata de una gigantesca transferencia de riqueza que no ha parado de aumentar desde los años ochenta del siglo pasado.

La mutación de la función tradicional de la banca ha sido decisiva en la prevalencia de las finanzas sobre la producción de bienes y servicios. Aquélla tenía antaño un papel de intermediación, es decir, tomaba el dinero de los ahorradores para prestárselo a las empresas que lo invertían en sus procesos de creación de riqueza. Su evolución ha significado el debilitamiento de la conexión que mantenía entre los ahorradores preocupados por su seguridad a largo plazo y los emprendedores deseosos de triunfar y crear empleo. El negocio bancario se ha centrado en las últimas décadas en sacar provecho rápido de los consumidores dispuestos a endeudarse para disfrutar de lo que sus ingresos propios no les consienten. Ganancias rápidas y sin riesgo, cobrando a los siempre menesterosos tipos de interés usureros, comisiones por atrasos en el pago y otras muchas comisiones que todos padecemos porque para vivir en el mundo actual los bancos son mediadores necesarios (cobro de nómina, pagos de recibos, hipoteca, préstamos de consumo, transferencias, compras en internet, transacciones con tarjeta, liquidación de impuestos, etc.). Podría decirse que nuestras vidas cotidianas penden de los hilos bancarios.

La desregulación y la eliminación de restricciones para el comportamiento predatorio de la banca ha ido a la par que la caída de préstamos a las pequeñas y medianas empresas, tanto en Estados Unidos como en Europa, sobre todo después de la crisis de 2008, según recoge Stiglitz en su libro. Los proyectos cortoplacistas que proporcionan ganancias rápidas son los que ahora más valoran los del próspero gremio del señor Goirigolzarri. Las grandes apuestas, por resultar mucho más lucrativas, han suplantado la primigenia función de intermediación. No otra cosa son los muy sofisticados productos financieros derivados: apuestas respecto a, por ejemplo, lo que pasará con las tasas de interés, los tipos de cambio o el precio del petróleo. También se ha aficionado esta banca mutante a las fusiones y adquisiciones, esto es, a facilitar que las grandes empresas sean aún más grandes y contribuyendo a que la concentración y el poder del mercado esté en pocas manos, con el perjuicio que ello supone para la libre competencia, los consumidores y la creación de empleo. La última, pero no por ello menos provechosa línea de negocio consiste en ayudar a las corporaciones multinacionales y a los individuos poseedores de grandes fortunas a eludir el pago de sus impuestos. No hace falta decir lo especialmente dañina que es esta actividad para el bien común.

La financiarización de la economía conlleva la destrucción de empleo, el aumento de la precariedad y de la desigualdad, lo que fomenta el malestar de las sociedades democráticas que todos percibimos y que se traduce en una creciente polarización política de la que se aprovechan los partidos populistas y nativistas (es decir, los que nos distraen con cuestiones baladíes relativas a la identidad nacional, pero cuyas propuestas políticas en nada inciden de cara a corregir la injusticia social que tiene su raíz en la desigualdad económica).

Nadie puede negar que el poder del dinero le echa un pulso de continuo al poder democrático de los Estados. Desde hace décadas, estos últimos han renunciado a su función reguladora para poner en manos de los mercados financieros la riqueza generada por el talento y el trabajo de sus ciudadanos. A juzgar por lo que viene ocurriendo desde entonces los votos pueden menos que las restricciones impuestas por las directrices económicas y la servidumbre de la deuda a la hora de tomar decisiones políticas verdaderamente transformadoras. Todo lo cual conlleva un riesgo cierto de merma de credibilidad de los gobiernos democráticos. La justicia, que Platón tenía hace dos mil quinientos años por la cuestión central del Estado, parece haber pasado a un segundo plano frente a la lucha por el crecimiento del PIB. Así es que el señor Goirrigolzarri puede triplicarse el suelo mientras despide a miles de sus trabajadores, y todos nos olvidamos de los que realmente son esenciales.

Aplaudan conmigo por eso. De pura impotencia.