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Entrevista a Gabriel Salazar sobre su nuevo libro “La enervante levedad histórica de la clase política civil de Chile“.

«El despertar de la ciudadanía tiene nerviosos a los políticos con el fantasma de la Asamblea Constituyente»

Fuentes: El desconcierto

Inmerso en un nuevo trabajo investigativo que será lanzado este martes, Gabriel Salazar define a la clase política chilena y su compleja relación con los movimientos sociales. Eso sí, desde su peculiar perspectiva: «Yo digo abiertamente que este libro está escrito desde el ciudadano, no desde la clase política».

La historia social, que es la disciplina que yo practico, es muy distinta a la historia tradicional, que tiene la pretensión de situarse en un punto de observación neutro, aséptico, para hacer historia objetiva, entre comillas. Todo el mundo sabe que la ciencia objetiva en materia social y humana no existe. Por eso la historia social, lo que hace, es situarse para mirar la realidad pero desde un sujeto específico, desde un grupo específico. Yo siempre he hecho historia de Chile, pero mirando desde la clase popular y desde los ciudadanos. Eso no te exime de hacer ciencia, pero estás mirando la realidad desde una perspectiva específica que uno la confiesa, la dice. Yo digo abiertamente que este libro está escrito desde el ciudadano, no desde la clase política.

 

En una entrevista afirmó que la clase política se autorreproduce. ¿Cómo se podría describir a grandes rasgos a esta clase política que ha liderado el destino del país?

En síntesis, en Chile, la oligarquía que dio el golpe de Estado en 1829, construyó un Estado para sí misma desde el año 30′ y que duró hasta 1925. Durante todo ese tiempo, esta oligarquía evitó por todos los medios que los adversarios políticos entraran al Estado, por lo menos hasta el año 60. La idea era lograr que, por ningún motivo, el pueblo tuviera alguna incidencia ni en las elecciones, ni en el manejo del Estado. Esto aplastó totalmente la ciudadanía popular.

Hoy, el Premio Nacional de Historia 2010, Gabriel Salazar, lanza su nueva obra, llamada «La enervante levedad histórica de la clase política civil de Chile«. En entrevista con eldesconcierto.cl, el académico entrega pistas de su nueva investigación, analizando el escenario de los movimientos sociales y los desafíos y aprendizajes que ha dejado nuestra propia historia.

¿Cuál es el motor investigativo de esta nueva publicación? Su nombre recuerda el ejercicio político detrás de «En el nombre del poder popular constituyente» (2011, Lom Ediciones).

Ese era una especie de manifiesto. Pero este libro, en cambio, es el resultado de la investigación empírica, historiográfica, sociológica y política sobre el tema de la clase política. Yo he trabajado este tema hace 30 años. Durante el 86 ya comencé a publicar algunos artículos sobre el tema y luego lo fui ampliando. Por eso la enorme cantidad de datos, entrevistas y fuentes que incluye, porque lo que ahí se dice tenía que probarlo y está probado, por eso es un trabajo académico.

Esta oligarquía, después de una serie de conflictos y problemas, adaptó el Estado para seguirlo manejando cuando ella misma estuvo en crisis, de ahí surgió el Parlamentarismo y siguieron aplastando la soberanía. Luego, ocurre que ya no pudieron gobernar para sí mismos e ignorar a la ciudadanía, pero la convirtieron en una ciudadanía que emite un voto individual sin permitir la deliberación colectiva. Y se sabe que, para que haya soberanía, es pre-condición que haya deliberación colectiva, pero ellos anularon eso y siguió así hasta el día de hoy: el voto es individual, los ciudadanos no deliberan, no establece mandatos, no evalúan ni controlan a sus representantes.

Luego desaparece la oligarquía y aparece poco a poco la ciudadanía, pero aparece detrás de un voto individual, sin deliberar, sin ser soberana y que es una masa callejera. Ellos juegan con el voto ciudadano, seduciéndolos bajo distintos discursos de campaña electoral. En resumen, todo comenzó con una aristocracia que gobernó para sí misma, luego siguió con una oligarquía parlamentarista tramposa, que mantuvo la ausencia de la ciudadanía, y más tarde una clase política que engañaba a la ciudadanía a través del discurso y la estrategia electoral y eso sigue hasta hoy. Por eso es que, el despertar de la ciudadanía tiene tan nerviosos a los políticos, con este fantasma de la asamblea constituyente.

Usted ha señalado que no se ha escrito la historia de la ciudadanía, específicamente en relación con el sistema político. ¿Cuál es la importancia de este rescate?

La soberanía radica en la ciudadanía, la soberanía no radica en el Estado, ni en la ley, ni en los políticos. La soberanía reside en el pueblo, en tanto este delibera para resolver sus problemas y establece un mandato para resolverlos. Si tú revisas la historia, la ciencia política y la sociología, todas estas disciplinas se refieren siempre a los políticos, al Estado, al gobierno, a la ideología, a los ministerios y a los dimes y diretes entre ellos. Nunca entienden que la política nace y debiera nacer de la ciudadanía y por eso no hay ningún libro de historia de la ciudadanía.

La conclusión que se saca es que no hubo ciudadanía en Chile y todavía no hay ciudadanía soberana. Durante mucho tiempo no hubo ningún tipo de ciudadanía, por lo menos hasta 1950 y tanto. Después tuvimos ciudadanía, pero que vota, que no delibera. Recién ahora están apareciendo asambleas ciudadanas y territoriales que están deliberando y que tienen bastante apretados a los gobiernos, sobre todo al de Piñera lo apretaron fuertemente las asambleas territoriales.

¿Cómo se ubica en este análisis la relación de la izquierda con la clase política? ¿Hay izquierda más allá de esta clase política?

Si uno lee a Marx sin Lenin, sin Trotsky, sin la URSS y el Partido Comunista, uno descubre que Marx enfatiza, todo el tiempo, en que la liberación de la clase trabajadora tiene que hacerla la misma clase trabajadora. Y ese proceso de liberarse de la explotación por parte de una clase es político, entonces la política de deliberación revolucionaria debe ser de la misma clase trabajadora, no de sus eventuales representantes.

En Chile, los dirigentes sociales y los movimientos sociales, a poco andar, postulaban a ser candidatos a diputado o senador y a formar un partido político. Esto, dentro de un Estado Liberal, que se fue llenando de políticos de todos los colores y tendencias. El Parlamento Liberal chileno se fue definiendo en izquierda, centro y una derecha. Si tú hablas de izquierda, es porque están pensando en una que tiene derecha y centro de un Estado liberal, que es distinto a lo que plantea Marx, porque él nunca pensó en hacer la revolución dentro de una izquierda que está en acuerdo y competencia con una derecha y un centro, los enemigos del pueblo.

Por tanto, la izquierda dentro del Estado liberal nunca logró hacer nada profundo y cuando lo intentó le fue mal. Yo creo que no tenemos izquierda ahora, están todos de acuerdo, son todos neoliberales. Es algo que se refleja en la forma en que están transando la reforma tributaria, aceptando que hay que cambiarla, la reforma laboral… están en las mismas.

A propósito de su próximo libro que hablaría sobre la clase política militar: Hoy se vive un momento especial para la discusión sobre DDHH, a raíz de la muerte de Contreras y los nuevos juicios. Hay gente que sostiene que los militares aún no se subordinan al poder civil. ¿Comparte esa visión?

Yo miro la cosa históricamente. El Ejército chileno se formó, desde del período colonial, en la línea de frontera del río Bío Bío, combatiendo y en guerra contra el pueblo mapuche. Por tanto, matando mapuches. En el siglo XIX, se agregó a eso que el Ejército comenzó a masacrar rotos, porque los rotos eran alzados e insubordinados. Y los masacabran sin piedad. Entonces ellos fueron desarrollando, como mentalidad militar, que en Chile había un enemigo interno: los mapuches y los rotos. Y al enemigo tú lo matas, no le respetas ni sus derechos civiles ni humanos, puedes torturarlo o puedes matarlos e impunemente.

En el siglo XX se agregan las masacres a trabajadores. No porque eran mestizos o mapuche, sino porque eran trabajadores con tendencia a radicalizar el pensamiento político. Un ejército que se formó culturalmente con esta idea del enemigo enterno, de que ellos defienden a Chile de ese enemigo y por tanto no merecen castigo y aquí no ha pasado nada. Eso explica la actitud de Pinochet, que negó todo y que no lo juzgamos, y de Contreras, que también negó todo y sí juzgamos. Todos niegan todo. «Somos inocentes, no hicimos nada». Esa es una mentalidad que está instalada profundamente en la mente de los oficiales y eso es lo que hay que cambiar, porque aunque están asustados porque los jueces han condenado a varios, el Ejército como institución no ha sido juzgada. Las ideas están intactas.

Lo que falta es reformar al Ejército y los jueces no pueden hacerlo. Los parlamentarios jamás lo han hecho y no lo harán nunca. Los únicos que pueden cambiar esa estructura del Ejército es la ciudadanía, tanto soberana. Y tiene que empezar desde ya a presionar en ese sentido. Así como se ciudadaniza la política, es necesario ciudadanizar al Ejército. Las constituciones dicen que el Ejército es esencialmente obediente y no delibera, por ende no son ciudadanos. Están por encima de ellos y si su jefe les manda a dar un golpe de Estado, lo dan. Si se les ordena matar y torturar, matan y torturan. Eso no puede ser. Debieran estudiar en todo lo demás, igual que nosotros, en las universidades chilenas y ahí aprendan a ser ciudadanos, es la única manera de que no traicionen a su propio pueblo.

Usted ha sido un férreo defensor de la Asamblea Constituyente. Esta es una demanda que esperanzó a muchos acerca de sus posibilidades, incluso en el gobierno de Bachelet. ¿Cómo ve el futuro de este proceso?

Hay dos procesos en juego: uno es el proceso que están animado los mismos políticos. Ellos aceptaron ya la idea de un proceso constituyente y se van a jugar para que ese proceso lo manejen ellos. Si lo manejan ellos van a resguardar su posición de hegemonía y sus privilegios. Pero, observando más con lupa su situación interna, no están de acuerdo. Uno va a decir plebiscito, otros dicen que eso es inconstitucional. Están de acuerdo sólo en que ellos controlen el proceso, pero no en cómo participa la ciudadanía y qué tipo de Estado van a construir después. Está claro que los neoliberales van a querer mantener el mismo y los pocos que no, van a plantear otra cosa y no van a generar acuerdo.

En cambio, el movimiento ciudadano tiene una profundidad tremenda. Por un lado, tiene la memoria histórica sobre este tema, muy viva, porque la experimentaron en carne propia. Esta misma memoria hace que más del 90 por ciento de los chilenos no confíe en los políticos. Encuesta tras otra grafica ese escenario. Y ves que en todas partes surgen asambleas territoriales de todo tipo.

El sábado estuve en Vallenar y en Huasco se reunieron comunidades de campesinos e indígenas, con una efervescencia impresionante. Me tocó parlotear en el Teatro de Vallenar y estaba repleto, para discutir estas mismas cosas. Es una cosa muy de fondo y por lo mismo avanza lento, requiere de un autoaprendizaje, de aprender a ser soberano, de aprender a tomar decisiones, para más adelante construir por sí mismos una asamblea constituyente. Por ende, tienes un proceso lento, pero que avanza a paso seguro, y otro que transcurre nervioso y que al final va a producir sólo fuegos artificiales.

¿Se han vivido otros momentos de crisis política en la historia de Chile, con este componente de incredulidad y rechazo hacia la clase política?

En el siglo XX al menos dos veces. Una muy profunda al igual que esta, más o menos entre 1910 y 1935. Fue un período en que todos se descolgaron de la clase política, por eso los historiadores de derecha o historiadores tradicionales resumieron «ah, estos son ácratas, esto es anarquía». Pero en el fondo es la ciudadanía que comenzó a tomar consciencia de que era soberana y se movió entonces para legislar en materias económicas y educacionales, especialmente. Después, el año 25, se autoconvocó una asamblea constituyente. Entonces fue un período en que la oligarquía quedó totalmente desprestigiada, provocando que incluso los militares jóvenes dieran un golpe y mandaran a cambiar a los oligarcas. Esa fue una crisis profunda y es muy largo contar cómo lograron ellos montarse encima de nuevo y arreglar la situación.

Y de nuevo aparece esta misma crisis en el año 46 y 47 hasta el 54 y 57. Diez años en que la ciudadanìa, de nuevo, se alejó de los políticos, dudó de ellos. Este ciclo termina en el 57′ con una explosión social en Santiago que duró tres días, donde saquearon todo lo que había y los pacos, cansados, tuvieron que irse a la casa. En ese período la ciudadanía no se movió para ejercer soberanía por sí misma, sino que eligió a un señor para que barriera con los políticos y cambiara todo. Ese fue Carlos Ibáñez del Campo, pero él demostró ser un caudillo de tercera clase, así que no respondió a las expectativas populares y profundizó la crisis. Es cosa de sacar conclusiones.

Para finalizar: A mucha gente le llama la atención esta mezcla de roles que usted cumple, entre ser académico y actor social. Se le ha visto educar sobre la historia, pero también marcar presencia más allá de la academia.

Yo entré a militar en el MIR el 5 de septiembre de 1970, el día siguiente al triunfo de la Unidad Popular. Yo tenía la idea de que el MIR era un movimiento social, no un partido político, el MIR iba a promover el poder popular como yo pensaba que debía ser. Con el correr del tiempo descubrí que el MIR se fue cristalizando con una estructura de poder rígida, entonces en lugar de dar salida al poder popular, se convirtió en una cosa que subordinada e incluso destruía las redes de articulación populares. Eso me tocó vivirlo. Entonces entré en conflicto y me echaron, el año 80.

Desde entonces no he vuelto a militar en ningún partido político, me concentré exclusivamente en hacer historia social. Profundizarla, tomarla en serio, investigar y me he pasado la vida investigando lo más seriamente que he podido. No me ha ido mal. He mantenido la investigación en historia social, que hace ciencia pero mirando desde sujetos reales de carne y hueso, llámense pobladores, mujeres, niños y ciudadanos en general. Como estoy hablando históricamente, pero desde la perspectiva de los sujetos sociales, éstos sienten que yo los estoy interpretando y por eso me invitan para acá y para allá y yo les cuento la historia de ellos. No vendo ninguna pomada ideológica, yo cuento historias simplemente. Y ellos se dan cuenta que, de su propia historia, pueden aprender y sacar conclusiones. Para mí es fantástico, es rico lograr que investigaciones históricas se logren conectar con procesos vivos del presente.