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El gran exilio libanés: ¿Es hora ya de marcharse?

Fuentes: Al-Jumhuriya English

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

¿Es hora ya de abandonar el Líbano? La pregunta, planteada con renovada urgencia tras la explosión en el puerto de Beirut, es tan vieja como el país mismo, escribe la Dra. Sara Mourad, que regresó en 2016 tras siete años en el extranjero.

Una amiga me envió un mensaje de texto la mañana del 15 de agosto, once días después de la explosión de Beirut, para decirme que había soñado conmigo. En él sueño yo estaba considerando pasar unas vacaciones en Estados Unidos, donde había vivido antes de regresar al Líbano hace unos años, e iba viajando con una mujer estadounidense que le dijo que estaba esperando que yo le propusiera matrimonio. Éramos claramente una pareja difícil, pensó mi amiga para sí. Necesitaba desesperadamente advertirme que no debería seguir adelante. En el sueño, “todos caminábamos descalzos sobre vidrios rotos”.

Le pregunté si estaba pensando en marcharse del Líbano y me contestó que una amiga le había hecho la misma pregunta la noche anterior.

Ha pasado más de un mes desde la explosión en el puerto de Beirut, que se cobró la vida de al menos 190 personas e hirió a más de 6.000. No hemos podido dormir bien durante más de un mes, si es que hemos dormido algo. Algunos han tenido pesadillas; otros no han tenido ningún sueño. Muchos se han marchado ya y muchos  otros están pensando en irse. Pasan las noches preguntándose si ha llegado el momento de partir, ahora que han mirado la muerte a la cara, ahora que no ven horizonte al infinito sufrimiento humano en que se ha convertido la vida aquí. “¿Cuántas veces se puede escapar de la muerte?” pregunta otro amigo, quien se libró de la mortal onda de choque por el mero hecho de hallarse en las escaleras del edificio cuando ocurrió la explosión.

Para poder escapar hoy de la muerte en el Líbano, muchos están contemplando la posibilidad de abandonar el país antes de que sea demasiado tarde. Se ha iniciado ya una nueva oleada de emigración provocada por el colapso económico. A raíz de la explosión, considerada como una de las explosiones no nucleares más grandes de la historia, en medio de las advertencias de que el Banco Central podría retirar pronto los subsidios al pan y al combustible y con la mitad de la población viviendo por debajo del umbral de pobreza, el ambiente en el Líbano es apocalíptico. Barrios enteros cercanos al puerto han quedado destruidos; más de 300.000 residentes han sido desplazados o han perdido sus hogares; la gente no puede disponer de su dinero debido a los estrictos controles de capital impuestos por los bancos desde octubre; y una segunda ola de COVID-19 ha forzado al país, una vez más, al confinamiento. Mientras tanto, se declaró el estado de emergencia en Beirut, otorgando poderes excepcionales a los militares, en una medida calificada por los expertos legales como inconstitucional.

Son muchos los que están prestando atención a las señales de advertencia y tratan de encontrar una salida. Pero estamos atrapados: por los bancos que se han tragado nuestro dinero y por una pandemia global que ha hecho que viajar sea prácticamente imposible. Estamos atrapados, pero también atrapamos a otros con nosotros. Desde hace meses, desde el comienzo de la crisis económica, los trabajadores migrantes que viven en el Líbano han intentado marcharse. Sus empleadores no les pagan, los propietarios de los inmuebles en los que habitaban les han desalojado y sus gobiernos y consulados les han abandonado, razones suficientes para que se sientan desesperados y anhelen ser repatriados, porque han perdido todas las posibilidades de vida aquí. El país está al borde de un éxodo masivo.

Después de lo experimentado por los sirios, ahora nos toca a nosotros. Como ellos, dejamos una tierra devastada, un lugar que ya no es habitable, buscando la posibilidad de sobrevivir en otro lugar. Nuestro régimen, a diferencia del suyo, no nos está matando con bombas de barril y armas químicas; no está exterminando a los disidentes; no está negociando su supervivencia a costa de millones de refugiados y cientos de miles de muertos. Sin embargo, para nosotros, son aquellos que mataron a cientos de miles en la guerra civil que asoló nuestro país durante quince años, los que han diseñado y ahora están supervisando nuestra desaparición económica y financiera. En la actualidad somos rehenes de un sistema político y financiero empeñado en extraer lo poco que aún nos queda para poder mantenernos. Siria es nuestro pasado; tal vez sea nuestro futuro. Pero, desde el 4 de agosto, nos sentimos atrapados dentro de una bomba de relojería.

¿Es hora de marcharnos? Ésta es la pregunta perenne. Es una pregunta que heredamos, que traspasamos, que se transmite a través de las generaciones, quienes, al enfrentarse a diferentes realidades, se encuentran, sin embargo, atadas por el mismo dilema existencial. Marcharnos, lo hagamos o no, es parte de nuestra identidad nacional. El exilio forma parte de nuestra existencia tanto como la vida o la muerte. Es tan habitual como cíclico. No se trata de si, solo de cuándo. Y llega en oleadas, agrupada en torno a eventos particulares: guerras, turbulencias políticas y crisis económicas. Para las generaciones de la posguerra, los nacidos durante y después de la guerra civil que comenzó en 1975 y terminó con una amnistía general en 1991, marcharse -para los que pudieron hacerlo- fue un rito de iniciación, algo que naturalmente se hacía cuando se presentaba la oportunidad. Pero para aquellos de nosotros que nos vamos, la cuestión del regreso no resulta menos inquietante. En cuanto a los que dejamos atrás, el deseo de estar cerca de ellos crece con cada crisis que, desde lejos, les vemos soportar.

Explosión

Me fui en agosto de 2009, un año después de graduarme en la universidad. Me dirigí a  Estados Unidos para realizar mis estudios de doctorado. Pero no fue realmente el doctorado lo que me lanzó fuera; era la vida que prometía: una educación gratuita, una vida asequible y un cierto grado de libertad personal. Una beca generosa lo hizo posible. Durante los seis años siguientes tendría ingresos estables, seguro médico y suficiente dinero para comprar mis billetes de regreso a casa durante las vacaciones. Ahora que he regresado, una década después, trato de rastrear el origen de mi deseo de irme, buscando el momento en que la semilla empezó a florecer.

En 2005, me hallaba en clase en Beirut cuando el entonces primer ministro Rafiq al-Hariri murió en una explosión masiva. Junto con mis compañeros de clase, estaba escribiendo un ensayo respondiendo a una pregunta de examen: “¿Tiene sentido la existencia?” Era nuestro último año de secundaria y nos estábamos preparando para los exámenes oficiales de bachillerato. El 14 de febrero estábamos en medio de nuestro examen de filosofía cuando escuchamos la explosión. Todos nos quedamos visiblemente atónitos, al igual que nuestros profesores. No sabían qué hacer, así que nos dijeron que siguiéramos escribiendo. “Tal vez fue una explosión de gas”, dijo uno de ellos, sin creerse claramente las palabras que salían de su boca.

No recuerdo si nos quedamos allí mucho tiempo después. Recuerdo que me encontré en el patio de la escuela y les pregunté a mis amigos qué había pasado. Las noticias comenzaron a llegarnos a través de mensajes SMS: el convoy de alguien había sido atacado. En el Líbano, los políticos se mueven en convoyes con guardaespaldas armados. Detienen el tráfico y obligan a los coches de las personas normales a apartarse de su camino. El convoy es un signo de su riqueza y poder, que se exhibe para que todos lo vean. Unos meses antes, el convoy de un parlamentario fue atacado por una bomba colocada al borde de la carretera cerca de nuestra escuela. Fue un intento de asesinato fallido, que dejó a muchos de mis compañeros en estado de shock, llorando y gritando en los pasillos.

Ansiosa por saber qué había pasado, dejé la escuela y comencé a caminar de regreso a casa. En la pantalla de televisión de una panadería cercana vi las primeras imágenes del lugar de la explosión. No me detuve. No recuerdo haberle preguntado a nadie qué había pasado. Seguí caminando hacia nuestra casa en el distrito de Hamra. Cuando llegué a las inmediaciones del Hospital Universitario Americano, comprendí claramente la magnitud de lo sucedido. Aparecía en los rostros de las personas, en sus expresiones, en los extraños movimientos arriba y abajo de la calle, que iban desde la sala de emergencias del hospital hasta nuestro edificio. Había gente gritando, otros llorando, otros caminando con la mirada vacía. No sé cuánto tiempo me llevó ese día la caminata diaria desde la escuela hasta mi casa, pero cuando finalmente llegué a la entrada del edificio encontré a mi papá fuera de la puerta. “Hariri murió”, me dijo mientras me miraba, con una expresión que apenas puedo recordar ahora, pero que vi por primera vez en su rostro. Me eché a llorar. De todos los convoyes, el de Hariri era el más poderoso. Él era, a los ojos de mucha gente, a mis propios ojos, invencible. Y ahora estaba muerto. Ya no era nada. Ese fue probablemente el momento en que me volví verdaderamente consciente de mi propia mortalidad.

Para una generación cuya mayoría de edad coincidió con el asesinato más sangriento en la historia del Líbano, la explosión y sus secuelas se convertirían en recuerdos de una época en la que la Historia tocó nuestras vidas. Todo lo que vino después, todo lo vivido, tenía la huella de esa fatídica tarde del 14 de febrero, cuando nuestra búsqueda del sentido de la vida fue interrumpida por un encuentro fugitivo con la muerte. La explosión de Hariri, como llegó a llamarse, también fue la nuestra.

Éramos la generación de la paz, los que nacimos hacia el final de la guerra civil, los que supimos de esa guerra por nuestros padres a través de su interminable relato de las mismas historias de supervivencia ordinaria y accidental. La guerra fue el telón de fondo de sus recuerdos de todo, y también se convirtió en el telón de fondo de nuestra imaginación sobre el pasado. Esto es lo que significa ser una generación de posguerra: tener tu conciencia forjada después de un evento que no presenciaste, pero cuya evidencia puedes ver por todas partes, y cuyas huellas puedes sentir en el dolor tácito de tus padres. La explosión de Hariri marcó el final de esa frágil paz de posguerra, presagiando un largo período de inestabilidad y malestar, que incluyó una guerra israelí, más asesinatos políticos y enfrentamientos armados recurrentes en todo el país. Para nuestros padres que se quedaron, para aquellos que vivieron los ciclos interminables de violencia solo para verse abocados, una y otra vez, al borde de la desesperación, nuestra partida se convirtió en un destino para el que se prepararon, algo que esperaban e incluso planearon en nuestro nombre.

Hoy, quince años después, la mayoría de mis compañeros viven en el extranjero, dispersos por países del Golfo, Europa y Estados Unidos. Se movían a través del conducto de la educación de élite, que prometía movilidad global a los hijos de aquellos que podían pagar las exorbitantes tarifas de las escuelas y universidades privadas. La educación de élite, que, como a muchos se me brindó a través de la deuda familiar, fabrica futuras diásporas. La mayoría de mis compañeros se fueron tan pronto como se graduaron de la universidad. Algunos se han casado y han formado una familia, algunos han hecho  carrera, algunos vienen de visita a menudo y otros nunca regresaron. Yo estaba entre los que se fueron y entre los que decidieron regresar.

Agosto

Mi deseo de regresar en agosto de 2016 se había manifestado un año antes. Estaba viviendo en Filadelfia, completando mis estudios, cuando estallaron las protestas en Beirut en agosto de 2015.

En julio de ese año, el principal vertedero de basura del Líbano fue cerrado a causa de la presión popular porque quienes residían allí bloquearon el acceso al mismo en protesta por los daños ecológicos y los peligros para la salud. En consecuencia, cesaron los servicios de recolección de basura y esta empezó a acumularse en la capital y por todo el país. Miles de personas salieron a las calles del centro de Beirut, sede del gobierno y el parlamento, para exigir una solución. En pocas semanas, lo que comenzó como una protesta contra la incapacidad del Estado para hacer frente a la crisis de la basura se transformó en un movimiento de protesta contra todo el régimen sectario de reparto del poder de la posguerra. Las imágenes que mostraban las escenas de brutalidad policial contra manifestantes pacíficos se volvieron virales e incitaron a la gente a unirse a las manifestaciones en un número mucho mayor. A medida que crecía el descontento, también lo hacía la violencia estatal. A medida que aumentaba la violencia, también aumentaba el significado y la trascendencia de esta revuelta, que marcaba un nuevo horizonte de disensión y confrontación política. Para aquellos de nosotros que seguimos las noticias del exterior, ese fue un momento de esperanza de que las cosas finalmente hubieran comenzado a cambiar.

No podíamos dejar de mirar. No podíamos seguir con nuestra vida diaria. Estábamos pegados a las pantallas, siguiendo los eventos, charlando con amigos que permanecían allí, suspendidos en algún lugar entre Beirut y las ciudades que habíamos venido a llamar hogar, sin poder actuar y sin poder apartar la mirada. Vivíamos en Facebook, nuestros teléfonos móviles se convertían en extensiones de nuestro cuerpo, objetos dotados de la mágica cualidad de conectarnos, en tiempo real, con las calles donde anhelamos estar, a un mundo de posibilidades que de repente se abría ante nuestros ojos. Fue a través de este anhelo que comencé a forjar mi camino de regreso a Beirut, a contemplar la vida allí como algo más allá de un callejón sin salida, más allá de la imposibilidad. No sabía lo que quería hacer allí, ni tenía fantasías de revolución, pero me atraía el deseo de verlo por mí misma y  culpa por no intentarlo. Cuando se me presentó una oportunidad de trabajo, lo tomé como una señal.

El agosto siguiente estaba haciendo las maletas, poniendo fin a una vida que amaba, pero en la que siempre me encontraba distanciada por un sentido de irrelevancia profundamente arraigado, que quedó claro con los acontecimientos de agosto de 2015. Sin embargo, cuando regresé, el estado de ánimo había cambiado drásticamente: de la esperanza a la desilusión; de la resolución a la derrota. No obstante, después de haberme perdido ese verano, haber sentido ese profundo anhelo por una experiencia que no tenía, supe que quería estar allí cuando algo volviera a suceder.

Octubre

Cuando estallaron las protestas la noche del 17 de octubre de 2019, estaba sentada en un teatro, un teatro que finalmente quedaría destruido por la explosión del puerto. Estaba viendo una obra de teatro de una dramaturga cuando empezaron a llegar noticias de que la gente se estaba reuniendo en el centro de Beirut. Uno tras otro, todo el mundo empezó a irse. La actriz estadounidense que interpretaba a Emilie Dickinson, sola en el escenario, estaba visiblemente molesta y comprensiblemente ofendida. No la culpé. Ella no sabía nada. Pero sabíamos que algo grande estaba sucediendo y, cuando terminó la obra, empecé a caminar hacia el centro.

Llegué allí con unos amigos que me encontré por el camino, todos amontonados en un coche, tratando de entender qué estaba pasando. ¿La gente había asaltado sencillamente las calles? Desde las últimas elecciones parlamentarias de 2018, el país se encontraba en un estancamiento político total, mientras las condiciones económicas y de vida se iban deteriorando rápidamente. La gente estaba como paralizada y la disidencia se limitaba en gran medida a la esfera virtual, por lo que en ese período se produjo un fuerte aumento de detenciones e interrogatorios de blogueros y periodistas. La idea de que las protestas populares estallarían de forma natural era a la vez impactante y profundamente esperada. Aparcamos el coche y comenzamos a seguir a la multitud, caminando sin saber realmente hacia dónde nos dirigíamos.

Había jóvenes en patinete por todas partes, reunidos alrededor de las fogatas para las que habían comenzado a echar mano de cualquier objeto que pudieron encontrar: contenedores de basura, neumáticos, vallas publicitarias y maderas de obras de construcción cercanas. Cuando llegamos a la plaza Riad al-Solh, frente al Gran Serail, la oficina del primer ministro, nos sorprendieron por completo las imágenes y los sonidos de lo que parecía una rebelión largamente esperada. El metal, el fuego, el humo, el ruido de las motos, el olor a goma quemada y los cánticos; todo en la atmósfera de esa noche transmitía un deseo colectivo de acabar con todo lo podrido, nos sentíamos eufóricos. Esta vez era yo la que estaba sobre el terreno, llamando por video a mi amiga en el Reino Unido para que nos viera marchar. En ese largo momento de alegría revolucionaria, que terminó con el estallido de la pandemia de la COVID-19 meses después, encontré sentido a mi regreso. En las calles ahora llenas de vida, apareció un nuevo horizonte; casi podíamos tocarlo. Miles y miles de cuerpos, apiñados en las plazas durante semanas y semanas. Lo llamamos revolución.

Durante semanas, esa fue nuestra nueva realidad: protestas diarias, manifestaciones semanales, conmemoraciones mensuales de la revolución. Entre octubre de 2019 y enero de 2020 la realidad había cambiado por completo. Los políticos desaparecieron de las transmisiones de televisión que una vez habían dominado. Ahora, eran los manifestantes  el centro de atención: ¿Por qué estaban ahí? ¿Qué querían? Los reporteros de televisión les preguntaban repetidamente durante sus trasmisiones en vivo desde las calles. Las pantallas estaban saturadas de imágenes de protesta, y los videos y los espacios públicos estaban ocupados por personas que se negaban a dejarlos. Los políticos y los dirigentes eran maldecidos, rechazados de la vida pública, acosados y humillados por los rebeldes, que los expulsaron de restaurantes y salas de conciertos, difundiendo las imágenes para que todos las vieran. Grupos y colectivos de base surgieron de norte a sur, en pueblos y ciudades de todo el país. Comenzó a tomar forma una red flexible de movilización local y regional y se consolidó un vocabulario compartido de disidencia: “killon ya’ni killon» (“todos ellos significa todos ellos”, en referencia a los líderes de todo el espectro sectario y político) .

Creíamos que la efervescencia colectiva de esos primeros meses del levantamiento nos duraría toda la vida. Ahora, en medio de un colapso económico y de una pandemia global, sentimos un aislamiento cósmico. Exiliados en nuestros hogares, exiliados unos de otros, exiliados del mundo, vivimos cada día con una inminente sensación de catástrofe y un abrumador sentimiento de abandono. Sabemos que la tarea que tenemos por delante es inmensa. Sabemos que vivimos bajo un régimen -una mafia de oligarcas bien conectados y respaldados globalmente- que está empeñado en matarnos en nombre de la “unidad nacional” y la “paz civil”. ¿Qué debemos hacer? Marcharnos es ahora cada vez más un lujo para unos pocos. Además, las puertas de inmigración ya se han cerrado y el pasaporte libanés tiene uno de los rangos más bajos del mundo.

La noche anterior a la explosión, nos reunimos en la casa de mi amiga para despedirnos de otra amiga y colega que se iba con sus dos hijos a Noruega. Solo se había mudado a Beirut hace unos años, con la esperanza de comenzar su vida nuevamente aquí. No quería irse, pero tampoco podía quedarse. Entre las cosas que dejaba atrás estaba un apartamento que daba al mar. Otro amigo nos recordó sus magníficas vistas: “Podría sentarme en tu balcón durante horas viendo pasar los barcos, yendo y viniendo, sin fin”. “Sí”, respondió mi amiga a punto de partir: “Se llevan nuestra comida”. Pronto íbamos a averiguar que se llevaban mucho más.

Y cuando se produjo la explosión el 4 de agosto, nuestro mundo ya había implosionado. Pero cuando el suelo tembló bajo nuestros pies, segundos antes de la explosión, supimos que lo peor estaba por venir. En Beirut, todos sentimos que lo que sucedió debía haberse producido en nuestro vecindario, en nuestro edificio, en nuestro apartamento. No fue hasta que empezaron a llegar noticias que nos dimos cuenta de que el epicentro era en realidad el puerto y que el mar, que absorbió la mayor parte del impacto, nos había salvado.

¿Era un terremoto? ¿Un ataque aéreo israelí? ¿Una bomba? Esos pocos segundos entre la primera y la segunda explosión permitieron a muchos recordar escenarios de supervivencia pasados y buscar refugio en pasillos, en armarios, detrás de las paredes. Vi el vidrio de los cristales de las ventanas expandirse y sentí el aire moverse a través de mi cuerpo. Todo el edificio tembló cuando caí al suelo. Cuando miré hacia arriba, había polvo por todas partes. Todo el edificio está derrumbándose, pensé para mis adentros, agarrando las llaves y bajando corriendo ocho tramos de escaleras. Escuché los sonidos de un niño gritando abajo, luego apareció su madre cargándolo. Le grité: “¿Qué ha sido eso?” Luego me encontré en la acera y miré el humo detrás de los edificios; un humo rosado que nunca antes había visto.

Siete años antes, 2.750 toneladas de nitrato de amonio habían llegado al puerto de Beirut a bordo de un barco, y desde entonces permanecían allí en un almacén. Minutos después de las seis de la tarde del 4 de agosto, la explosión de una cantidad desconocida de este nitrato de amonio diezmó los barrios adyacentes, densamente poblados. Las casas resultaron dañadas a una distancia de hasta 10 km del lugar de la explosión. La onda expansiva se sintió en todo el país, así como en Turquía y Siria. El sonido se escuchó en Chipre, a más de 250 km de distancia. Para quienes se encontraban en las inmediaciones, los que resultaron heridos y los que sobrevivieron, el trauma del 4 de agosto todavía se manifiesta en sus cuerpos hoy. Todavía están tratando de encontrar sentido a lo que pasó, a lo que vieron después de la explosión en calles, farmacias y hospitales abarrotados de gente cubierta de sangre.

Las imágenes de la explosión y la destrucción que causó, que se reproducen repetidamente en la televisión y en las noticias, nos trajeron recuerdos de nuestro pasado. En cuestión de segundos, fuimos catapultados al pasado, a la guerra civil, a las guerras israelíes, al bombardeo de 2005. El entumecimiento emocional, la sensación de que las cosas nunca volverían a ser las mismas y el miedo a que algo más explote en cualquier momento; todo esto eran sentimientos nuevos pero también familiares.

Nuestros cuerpos saben que no estamos seguros, que nunca estuvimos a salvo en un país gobernado por señores de la guerra que sirven a amos extranjeros. Entonces, ¿es hora de irse? ¿Es la vida aquí todavía posible, imaginable? Al vivir perpetuamente en las secuelas de una catástrofe, hemos desarrollado toda una mitología para dar sentido a nuestra supervivencia. Como el ave fénix, nos decimos a nosotros mismos que nos levantamos de nuestras propias cenizas. Pero al sobrevivir, la misma pregunta vuelve a acecharnos: ¿muerte aquí o vida en otro lugar?

“Hay que imaginarse a Sísifo feliz”

Con estas palabras, Albert Camus concluye su recuento del mito de Sísifo, condenado por los dioses al eterno trabajo de subir una roca por una montaña, solo para que empiece a rodar de nuevo hacia abajo.

Como Sísifo, también nosotros estamos condenados a empezar una y otra vez. Estamos condenados a reconstruir nuestros mundos a raíz de cada destrucción, trabajando tan cerca de las piedras que olvidamos que nosotros mismos no somos una piedra. Después de cada desastre tratamos de darle sentido a la absurdidad; buscamos orden en el caos. Pero de vez en cuando, nos dejamos enfrentar al absurdo de nuestra existencia. Solo entonces nos enfrentamos realmente a la falta de sentido de la vida y a la certeza de la muerte. Esta conciencia momentánea y fugaz de nuestro destino hace que nuestras vidas absurdas sean trágicas. Nos damos cuenta, somos conscientes, de la futilidad de todo esto. Sin embargo, es precisamente por el doloroso reconocimiento de esta verdad, no por su negación, por lo que decidimos seguir adelante.

No tiene sentido negar esta verdad, nos dice Camus, que escribía mientras presenciaba las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Pero nosotros, los enredados en guerras interminables, tenemos todo por ganar si sabemos reconocer que aunque las cartas estén decididamente apiladas en contra nuestra, todavía podemos -debemos-  seguir adelante  sea como sea. Esto, para Camus, es Sísifo bajando la montaña, sabiendo muy bien que tendrá que empezar de nuevo. Y debemos imaginarlo feliz. Debemos imaginarnos felices. No es necesario que nos mueva la esperanza de un futuro mejor. No necesitamos creer que las cosas mejorarán. En cambio, podemos romper las reglas que limitan y circunscriben nuestra existencia mortal en el presente. Podemos rebelarnos contra un destino que nos espera y sobre el que parece que no tenemos control.

Para algunos, el exilio es la máxima rebelión. Se niegan a seguir sirviendo a un sistema que saben que les chupará hasta secarles. Para otros, es su único recurso. Pueden tener familias que mantener, personas que dependen de ellos y deben valerse, en otra parte, por sí mismos y por quienes están bajo su cuidado. Es precisamente porque se aferran al mundo, porque no quieren abandonarlo, por lo que algunos abandonan su país. Muchos de los que murieron el 4 de agosto eran trabajadores migrantes que vinieron a buscarse una vida en medio de nuestro naufragio. Se encontraron en una tierra hostil, trabajando día y noche para enviar remesas a sus familias en casa: a Siria, Bangladesh, Pakistán, la India, Kenia, las Filipinas. Murieron en el exilio, haciendo su ascenso diario a la montaña.

Cuando, un mes después de la explosión del puerto, un perro de un equipo de rescate chileno detectó señales de vida debajo de un edificio derrumbado, contuvimos la respiración. ¿Puede alguien sobrevivir aún bajo los escombros? Durante dos días consecutivos, vimos videos transmitidos en vivo de la operación de búsqueda. Las máquinas detectaron un latido, por lo que esperábamos un cuerpo vivo. Al final, no se encontró nada. A pesar de que seguimos recordándonos a nosotros mismos que las probabilidades de vida allí, ahora, eran muy bajas, esperábamos que se demostrara que estábamos equivocados. Quizás a menudo nos engaña un optimismo irracional; tal vez luchemos contra nuestro cinismo colectivo aferrándonos a todos y cada uno de los signos de posibilidad de que las cosas podrían ser de otra manera. Y así, intentamos imaginar una cámara oscura enterrada bajo los escombros. Debajo de las piedras, en un pozo oscuro, vemos un cuerpo, apenas vivo, respirando el hedor de otro, muerto hace mucho tiempo. Imaginamos -porque podemos, porque debemos- cómo se puede sobrevivir entre los escombros. En cuanto a los que se van, imaginamos su supervivencia en otro lugar; los juzgamos, los envidiamos, los anhelamos. Los imaginamos felices, haciendo su vida diaria, haciendo planes que pueden cumplir y, con cada temporada, esperamos su regreso.

Sara Mourad es profesora adjunta de Estudios sobre los Medios en la Universidad Americana de Beirut. Centra sus trabajos en cuestiones de desviación y disidencia en los medios árabes contemporáneos y las culturas públicas. Sus investigaciones se publican en varias revistas académicas y sus escritos han aparecido en Jadaliyya, Legal Agenda, Megaphone, Daraj y Rusted Radishes.

Fuente:

https://www.aljumhuriya.net/en/content/great-lebanese-exile-chronicles-perpetual-return

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