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Siria

El problema no es el régimen, sino su brutalidad

Fuentes: Rebelión

Ya a estas alturas del conflicto sirio, resulta demasiado difícil -en medio de esta nebulosa guerra de intereses regionales e internacionales- opinar acerca de qué grupo o grupos, esté en el poder o no, representa el mejor destino para el país, o al menos, el menos sangriento en cuanto a salida inmediata, y en un […]

Ya a estas alturas del conflicto sirio, resulta demasiado difícil -en medio de esta nebulosa guerra de intereses regionales e internacionales- opinar acerca de qué grupo o grupos, esté en el poder o no, representa el mejor destino para el país, o al menos, el menos sangriento en cuanto a salida inmediata, y en un futuro próximo el más libre posible.

No obstante lo anterior, hay un cierto número de cosas en que podemos convenir:

1. Ya a estas alturas no se trata de una cuestión ideológica o geoestratégica de defensa del mentado régimen, sino que, en un año y medio de revuelta, el aparato de seguridad y defensa del Estado se ensañó en contra de la población toda, sin discriminar entre participantes de los movimientos (civiles o armados), llegando a niños, mujeres, y con toda clase de torturas y vejaciones. Aunque como dicen algunos, Siria, a pesar de su autoritarismo, tiene la virtud de mantener el equilibrio confesional (cosa fácil en dictadura), sería también el último bastión del arabismo luego de la caída de Iraq, por lo que su caída, significaría de manera definitiva, la penetración de la hegemonía estadounidense y la carta blanca para actuar para Israel (cosa que también hay que relativizar con alta sospecha, pues la frontera más estable de Israel desde 1973 es la siria, y por otro lado, las hegemonías estadounidense e israelí en la zona, y la carta blanca de acción para Israel, datan ya desde 1967, con Nasser en vida incluso, no hay liderazgo árabe que haya podido impedir este hecho).

2. Desde que Bashar al Assad heredó el poder de su padre en 2000, a través de un arreglo de auto-legitimación institucional del régimen y su carácter dinástico (la constitución fue modificada y ajustada a la edad de Bashar, quien no la tenía para presidir la «República» – o yumhurkiya, término con que los árabes han dado para este tipo de repúblicas dinásticas, y es el compuesto de la primera parte de la palabra «república», yumhuriya, y de la segunda parte de la palabra «reino», mulkiya – y fue el candidato único en un plebiscito cuyo resultado fue sobre el 95%, al que debieron concurrir por obligación todos los sirios del exterior, así como también debieron hacerlo cuando murió Hafez al Assad para dar las condolencias, de lo contrario, obtenían el castigo de no volver a entrar a Siria) prometió una serie de reformas de apertura económica y política. Las primeras no tardaron en llegar, y los principales beneficiados fueron, la camarilla del régimen y cierta burguesía cristiana damascena. Las segundas, llegaron, pero tarde, muy tarde, con un conflicto ya desatado y agudizado. Llegaron, pero con la ciudad de Deraa masacrada y destruida, más la ciudad de Homs siendo masacrada y ya media destruida, es decir, llegaron absolutamente fuera de oportunidad. Desde tiempos antiguos, y es algo que ha persistido en la teoría política de cualquier tradición (occidental, árabe, humanismo renacentista, marxismo, fascismos, social-democracia y partidos liberales y conservadores) es que quien conduce el Estado debe saber decidir en el momento oportuno, Bashar al Assad no lo supo hacer. En un marco regional de protesta, con dos presidentes ya destituidos (que optaron por la abdicación en lugar de la masacre de sus pueblos), y un tercero en proceso de destitución (que optó por la vía de ensañarse en contra de la población), Al Assad, optó por esta segunda vía, calificando al movimiento de protesta como infiltración terrorista y conspiración extranjera en contra de los árabes. Así, el conflicto sirio llegó a tal punto que, los primeros sirios que salieron a protestar por la libertad en el marco de la primavera árabe, han sido lamentablemente capturados por la oposición armada y oportunista, que no ha sido capaz de conducir mejor que el propio pueblo una posible destitución del régimen ya no deseado. El país se encuentra sumido en una cruenta guerra civil, y preso de los intereses de las potencias occidentales (EEUU, UE), las potencias y gobiernos contestatarios (Rusia, China, Venezuela, Cuba); de las potencias regionales, la lucha por la hegemonía regional sunní- chií entre las petro-monarquías del golfo vs Irán e Iraq, más los chiíes libaneses expresados militarmente en el Hezbollah, los intereses de Turquía como potencia regional, su economía, su modelo político-gubernamental, y por cierto el miedo de Israel ante el cambio, ya en Egipto, y ahora la incertidumbre sobre el porvenir de Siria, país vecino con quien mantenía una cínica estabilidad (no relaciones diplomáticas-no agresión) desde 1973.

Para terminar, como dice el título de este escrito: el problema no es el régimen, sino su brutalidad. Queremos decir: al margen de cualquier posición ideológica o geoestratégica en cuanto al ya ex régimen sirio, el ensañamiento en contra de la población y la torpeza política de su presidente son razones suficientes para oponérsele, y sumarse a la mirada atónita de quienes esperan, si bien no una solución (cosas que en realidad no existen), al menos una salida que salve a la sustancia política que expresó el pueblo sirio al imitar Tahrir. Es muy importante no caer en el falso, derrotista, pero convincente discurso antiimperialista. La región se encuentra colonizada e intervenida desde la caída del Imperio Otomano. Por lo tanto, la mentada Primavera Árabe no es sino el inicio de un nuevo ciclo político para la región. El primer paso ha sido el derrocamiento de las dictaduras. El segundo paso, será el arreglo de los juegos de intervención extranjera, colonial, o como se le llame. La cuestión, es que así como los árabes han comenzado un proceso de autonomía política ciudadana. así también sabrán luego lograr su autonomía económica, algo que también hay que relativizar, pues, la economía planetaria es interdependiente y las potencias no sólo mantienen superioridad y manejo de intereses sobre Oriente Próximo, sino también sobre el resto del mundo.

No exijamos a los árabes tareas que desde casa al menos, no estamos en posición de exigir, somos el laboratorio de esa economía planetaria. La primavera árabe, no siendo necesariamente un proceso democratizador, sino más bien un relámpago, que ya no parará de interrumpir en la política árabe hasta remover todas esas formas a través de las cuales se les ha gobernado, y esto excede con creces el aspecto del sistema político que se funde. Se deben volver a poner en juego los grandes debates de la Nahda (renacimiento cultural árabe de mitad del XIX a mitad del XX), pero no sólo para rescatar lo positivo de lo que fue esa época de discusión y flujo de ideas acerca de cómo enfrentar lo moderno. También habrá que aproximarse a los temas en que la Nahda fracasó como movimiento cultural modernizador. El escaso tratamiento del problema de la mujer y la poca repercusión social de ello en los regímenes supuestamente «laicos». El problema de la religión y el Estado nacional moderno, que fue, sin duda, al menos a nuestro parecer, el mayor fracaso del pensamiento político árabe moderno. El califato tenía su sistema para las taifas. El Estado árabe moderno no lo tiene, y los pensadores árabes modernos no supieron enfrentar el nivel de realidad del fenómeno del sectarismo. La ilusión progresista de pretender eliminarlo, sin tomar en cuenta que ello pasaba primero por un proceso de secularización que no se había vivido, cayendo así en el problema de, o simplemente enfrentarlo de manera autoritaria, como el caso de la mayoría, o de manera institucionalizada en una especie de democracia, que fue lo que hizo el Líbano, aunque tras haber tenido quince años de guerra civil con gran participación del sectarismo, ha vuelto al mismo sistema, manteniéndose en una frágil estabilidad.

En fin, hace falta al pensamiento árabe actual enfrentar el tema de las taifas y el Estado. O bien, podría ser el cimiento de formas no estatales, que respondiendo a tal problema, quizá puedan reinventar modos de relaciones políticas y económicas, o quién sabe. Lo más interesante de la primavera árabe no radica en la espera de una ola de transiciones a la democracia, sino en lo que nosotros como poblaciones gobernadas de una manera muy particular, podemos aprender de una parte de las poblaciones del mundo que se ha marginado de ellas y ha hecho emerger a un pueblo. Es decir, a aquellos que rehúsan ser gobernados de un determinado modo, y que muestran a los demás que, es posible ser gobernado por otras reglas, por otros, por otros medios, con otros propósitos, etc.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.