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El suicidio de la revolución

Fuentes: Cuarto Poder

Se consumaron los peores presagios: un golpe de Estado militar derrocó al primer presidente civil, elegido democráticamente, de la historia de Egipto. Hay que recordar, en efecto, que estamos hablando de una asonada militar, al margen de la constitución, y llevada a cabo además por un ejército que siempre ha cumplido un papel central -el […]

Se consumaron los peores presagios: un golpe de Estado militar derrocó al primer presidente civil, elegido democráticamente, de la historia de Egipto. Hay que recordar, en efecto, que estamos hablando de una asonada militar, al margen de la constitución, y llevada a cabo además por un ejército que siempre ha cumplido un papel central -el papel central- en la gestión del Estado. El ejército egipcio es el mayor receptor de ayuda por parte de EEUU (sólo por detrás de Israel) y administra directamente, con procedimientos semimafiosos, la mitad de la economía del país. No hay que olvidar que Nasser era militar; que su sucesor, Sadat, artífice de la llamada política de «infitah» (apertura o, mejor dicho, sumisión a Occidente) era militar; y que Moubarak, invariable en su apoyo a Israel y a EEUU, así como en la gestión mafioso-liberal de la economía egipcia, era también militar. De hecho, la revolución del 25 de enero tumbó a Hosni Moubarak, pero en su calidad también de representante del ejército, y fue en realidad una revolución incompleta contra la interminable dictadura de las fuerzas armadas. Eso lo sabe muy bien esa oposición (al menos la de izquierda) que en agosto de 2012 reprochó al presidente Mursi no depurar suficientemente el ejército y que consideró puramente «cosmética» la destitución del general Tantawui y su sustitución por Abdelfatah Al-Sisi. Hoy, paradójicamente, esa misma izquierda golpista se alegra de que Mursi no depurara las fuerzas armadas y de que nombrara comandante en Jefe a Al-Sisi, espadón encargado de la ejecución del golpe. 

Nadie puede negar los errores, fracasos y atropellos del gobierno de Justicia y Libertad (el partido de los HHMM), pero sólo la demagogia más interesada o más ciega puede hablar de «dictadura» y además de «dictadura islámica». Mantener la presión en la calle, recordar cuál es la verdadera fuente de soberanía y legitimidad (el pueblo movilizado), expresar el malestar económico y social de un país cada vez más empobrecido es un signo de salud popular, un empujón en el camino de las conquistas democráticas y una advertencia contra cualquier tentación de involución. Pero la dictadura oculta en Egipto, mientras Tahrir miraba hacia palacio, seguía siendo la de siempre, la del ejército, deseoso de recordar su centralidad y a la espera de una oportunidad, y no deja de ser paradójico que desde la calle se haya aceptado, reclamado o vitoreado su intervención para restablecer «revolucionariamente» -no será la primera vez- el mismo poder de siempre. El legítimo, justificadísimo movimiento popular en Tahrir ha sido explotado por una oposición organizada, la del Frente Nacional de Salvación y Tamarrud, en el que se mezclan promiscuamente la derecha y la izquierda y que había coordinado con las fuerzas armadas, de manera más o menos ingenua, todas las protestas. Basta recordar, por ejemplo, las cifras de participación suministradas por el ejército (¡33 millones!), de una desproporcionada precisión, orientadas a generar la ilusión de unanimidad que requería la escenografía. La movilización sin duda ha sido inmensa, sobre todo en Tahrir, pero había que imponer como evidencia legitimadora la imagen de una protesta aún más multitudinaria que la que derrocó a Moubarak (como el propio Moubarak se encargó de recordar desde la cárcel, abundando así en esta idea de que el verdadero enemigo de Egipto no era su régimen sino el islamismo que él siempre había combatido).

Porque éste es realmente el problema. El problema es que esa oposición de derechas y de izquierdas, como recuerda la arabista Luz García Gómez, nunca ha reconocido a los Hermanos Musulmanes y nunca ha estado dispuesta a integrarlos, por tanto, en un régimen democrático que nunca será democrático sin ellos. Por eso, desde hace un año ha desatado una campaña feroz de criminalización a través de los medios de comunicación privados (y hasta de los públicos) al mismo tiempo que rechazaba cualquier forma de diálogo con Mursi y su gobierno. Mediante mentiras y medias verdades han ido construyendo la imagen muy familiar -propia de la propaganda islamofóbica que tantas veces hemos denunciado desde la izquierda- de un monstruo tiránico, peor que Moubarak, que habría concentrado todos los poderes, reprimiría a las mujeres, amenazaría a los coptos y contra el cual -¡un año después!- todo estaría permitido, incluso la reintroducción del enemigo principal de cualquier revolución en Egipto: el ejército. Tenemos que recordar (a los que tanto invocan la legitimidad democrática cuando se trata de Chávez y Venezuela) que el partido de Mursi ha salido victorioso en ocho consultas populares y que el ejército, por su parte, sólo ha salido victorioso en sus enfrentamientos con el pueblo desarmado (porque, como Al-Assad, ni siquiera fue capaz de derrotar a Israel, cuya seguridad garantiza desde hace décadas). Los que justifican el golpe pretendiendo que es el pueblo el que ha forzado a los militares a tomar partido a favor de sus reivindicaciones no deben olvidar que en enero de 2011 sólo cedieron -los militares- después de mil muertos y que en los enfrentamientos previos al pronunciamiento de ayer hubo apenas 40 víctimas y la mayor parte de ellos entre las filas islamistas. Para valorar la actitud de la oposición y esta campaña preparatoria -o, al menos, propiciatoria- del golpe de Estado es muy conveniente leer los artículos de Javier Barreda, Alain Gresh o Essam Al-Amin, tres autores nada sospechosos de islamofilia.

Lo que ha habido en Egipto, en fin, es un golpe de Estado anti-islamista, como lo hubo en Argelia, y más exactamente anti-HHMM, como lo demuestra la felicidad compartida de Bachar el-Assad y Arabia Saudí, enemigos entre sí, y la general aceptación de la asonada por parte de todos las potencias europeas (Obama declara alegremente que «no es un golpe de Estado sino una revolución», algo que nunca dijo en 2011). No es un avance en el camino de la revolución árabe sino la primera paletada sobre su ataúd. La imagen siniestramente familiar de Al-Sisi anunciando por TV la destitución de Mursi y garantizando un pronto retorno a la democracia, mientras en la plaza Tahrir la gente aplaudía (y buenos amigos de izquierda alcanzaban el orgasmo), fue seguida de la detención del presidente electo y otros compañeros de partido (algunos comparten prisión con Moubarak), del cierre de cadenas de TV islamistas y del arresto de sus periodistas y del asalto a las oficinas de Al-Jazeera en El Cairo y el corte de la señal satélite del canal -y de los primeros muertos. No sabemos qué pasará en los próximos días. Todo dependerá de qué medidas se tomen contra el partido mayoritario y cómo reaccione su dirección, pero los HHMM llevan 90 años tratando de acceder al gobierno y haberlo conquistado de manera democrática y haberlo perdido en un golpe militar los convierte en «mártires de la democracia» (ya se presentan así) y legitima sin duda su resistencia. No se puede descartar una confrontación violenta que degenere en una guerra civil. Singular, por tanto, el pretexto de los militares, según el cual habrían intervenido para «proteger la democracia» y «evitar la división del país» (¿nos suena?). Dejar fuera al partido más votado no se puede hacer sin agravar todas las divisiones y sin limitar todas las libertades.

Ocurra lo que ocurra ya ha ocurrido algo terrible. El mundo árabe vuelve a la tradición de asonadas, salvapatrias y libertad militarmente vigilada contra la que se alzaron sus pueblos hace dos años y medio. La imagen del militarote encharretado suspendiendo la constitución es simbólicamente una vuelta a la Historia, el contrapunto exacto, en términos de progreso y de ruptura, de la otra imagen, la de ese feo vendedor de verduras, sin poder ni carisma, que despertó al durmiente e incendió la región con su justa reclamación de dignidad. Un poco de democracia en esta zona del mundo es un salto revolucionario; un salto más revolucionario en brazos del ejército de Moubarak es renunciar a la democracia y, por tanto, a la revolución. Contra el islamismo no todo está permitido, y es triste que un sector de la izquierda se aúpe en estos orgasmos fáciles que nos llenarán luego de arrepentimiento y desilusión. La «primavera árabe» está más amenazada que nunca y el deber democrático de la izquierda -y la estrategia política más inteligente- es la de apoyar el derecho de los islamistas a gobernar, si así lo decide la mayoría, junto a nuestro derecho de combatirlos y vencerlos, y hacer luego la revolución, sin recurrir al ejército.

Acabo con una mala noticia que alimenta mis peores presagios. Como los retrocesos son tan contagiosos como los avances, la revolución tunecina espoleó la revolución egipcia y ahora, de regreso, la «revolución» egipcia espolea la «revolución» tunecina. Ayer se creó en Túnez una réplica del movimiento Tamarrud -de derechas y de izquierdas, porque no hay derechas ni izquierdas cuando se trata de acabar con la democracia-, que está reuniendo firmas y quiere movilizar grandes masas con el propósito de… ¡disolver la Asamblea Constituyente! En Túnez, la relación de fuerzas no les es favorable, por fortuna, y el ejército tiene una historia diferente. Salvo que se recurra -claro- a la ayuda de Ben Ali y su policía…

Nota: Pido disculpas al lector. Un error de lectura me hizo atribuir a Obama una frase que en realidad le estaba dirigido. La postura oficial de EEUU es de «preocupación», pero sin condenar el golpe y evitando en todo momento llamarlo de ese modo.

(*) Santiago Alba Rico es escritor y filósofo.

Fuente original: http://www.cuartopoder.es/tribuna/egipto-el-suicidio-de-la-revolucion/4793