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Entrevista a Penélope Blasco Calderón, trabajadora social del centro de inserción sociolaboral para jóvenes del Parque Alcosa (Valencia)

«El trabajo social es una forma de vida y la práctica de una resistencia»

Fuentes: Rebelión

Ubicado a dos kilómetros del municipio de Alfafar (Valencia), del que depende administrativamente, el barrio de Orba o Parque Alcosa es una de las barriadas periféricas que surgen del «desarrollismo» franquista (las primeras viviendas empiezan a construirse mediada la década de los 60). En su día separado de Alfafar por campos de cultivo, hoy lo […]

Ubicado a dos kilómetros del municipio de Alfafar (Valencia), del que depende administrativamente, el barrio de Orba o Parque Alcosa es una de las barriadas periféricas que surgen del «desarrollismo» franquista (las primeras viviendas empiezan a construirse mediada la década de los 60). En su día separado de Alfafar por campos de cultivo, hoy lo está por carreteras y las vías del tren. En los años 70, el barrio acogía población emigrante de Andalucía y Castilla-La Mancha que se desplazaba a las «ciudades dormitorio». Una parte de esta población ha ido abandonando el Parque Alcosa a medida que mejoraba su situación económica, para residir -por ejemplo- en municipios cercanos como Alfafar (hoy con 20.700 habitantes) o Catarroja (27.800 habitantes).  

Los años 70 y 80 fueron décadas de paro, crisis, heroína, estigmatización e inseguridad. La fisonomía del barrio ha ido variando con el tiempo, de manera que a la población de etnia gitana -presente desde los orígenes- se ha agregado la de origen magrebí y latinoamericana. «Las tasas de paro extraoficiales oscilan entre el 30 y el 40% de la población y se ceban especialmente con los jóvenes y las mujeres», afirmaba un activista social del Parque Alcosa en 2013, durante los años más duros de la crisis. En el Centro de Inserción Socio-Laboral para jóvenes en riesgo de pobreza y exclusión «Parke-Massanassa I» trabaja, desde 2012, Penélope Blasco Calderón; la trabajadora social, de 38 años, explica su labor con los adolescentes en esta entrevista, que tiene lugar tras la jornada «Alternatives al col·lapse del capitalisme», organizadas por el Centre Social Autogestionat La Llavor de Torrent, Coordinación Baladre, Ecologistas en Acción y la CGT.

-Además de estudiar Trabajo Social en la universidad, adquiriste experiencia en el Centro Juvenil La Alegría, en la zona norte de Granada (en el llamado «Polígamo» granadino -«uno de los barrios más conflictivos que he conocido», afirmas- te iniciaste en el campo de los Servicios Sociales). Pero también le otorgas importancia a los bares…

Llevo trabajando desde los 16 años; durante mucho tiempo de camarera, en diferentes ciudades del estado español, y creo que en las barras de los bares se hace mucho trabajo social, a veces más que detrás de una mesa en una institución; me refiero al problema de las adicciones, los «enganches» al alcohol y las máquinas, y a todas las conversaciones que surgen.

-¿Te refieres a saber escuchar?

No se trata de que me guste escuchar, es que creo que hay un potencial transformador dentro de las quejas y demandas que formula la gente en los bares y que se «sueltan» -como disparos al aire- en principio sin un horizonte claro. Y me parece que no sólo se están «soltando», sino que, cuando las juntamos y nos organizamos, derivan en otras cosas -distintas- que salen de las paredes del bar.

-En el Centro de Día de Inserción Socio-Laboral, una trabajadora social, una educadora social y cuatro monitoras de taller (especialistas en soldadura y bicicletas, producción musical, artes gráficas-digitales y peluquería) atendéis cada año a 40 personas de 13, 16, 17 y 18 años, entre otras edades. ¿Cómo caracterizarías el día a día en el centro?

Como una familia; de hecho, así es como lo consideran la mayoría de los chavales. En nuestros proyectos del Parque Alcosa la cuestión de los títulos queda como muy diluida; aquí todos hacemos educación social, nos formamos -unos a otros- y aprendemos sobre todo en la práctica, compartiendo. El aprendizaje parte del contacto con los chavales y eso no nos lo ha enseñado la universidad, sino la práctica diaria de aprender a gestionar conflictos en ambientes de mucha violencia.

-El Consejo de la Juventud de España apunta en el Estudio sobre Pobreza Juvenil (mayo de 2018) que el 37,6% de la población joven -entre 16 y 29 años- se hallaba en riesgo de pobreza y exclusión social en 2016 (el porcentaje en 2008 -año del inicio de la crisis- se situaba en el 22,8%). Asimismo, en 2016 cerca de 2 millones de jóvenes se hallaban en situación de pobreza relativa y más de 600.000 en pobreza severa. ¿Qué entendéis por «riesgo» en el centro de jóvenes?

Cuando hablamos de chavales «en riesgo de exclusión», estos presentan unos perfiles muy variados. Algunos están dentro de núcleos convivenciales «normalizados» y en los que sus padres trabajan, sin embargo no saben relacionarse con otros jóvenes y se hallan aislados en el entorno social. También trabajamos con bastantes chavales de etnia gitana, menores no acompañados que pasan a buscar cualquier tipo de ayuda (idioma, trabajo, asesoramiento jurídico o administrativo) o de origen marroquí y argelino. Entre sus dificultades está la violencia en los núcleos intrafamiliares, con los grupos de calle, el menudeo de droga, las numerosas adicciones y principalmente el absentismo escolar. No todos los muchachos son del Parque, también vienen al centro de otros municipios de la comarca de l’Horta, como Benetússer, Alfafar, Catarroja, Sedaví, Massanassa y Albal. Este curso 2018-2019 hemos formalizado un convenio con el Instituto de Enseñanza Secundaria de Albal, que nos ha enviado a 11 chavales absentistas «totales» y con una inserción muy difícil en el medio escolar; nos hemos encontrado, en este caso, con profesores muy comprometidos.

-En el libro colectivo «Si no hubiera privilegios no habría miserias» (Zambra-Baladre, 2019), firmas un artículo titulado «Menores: construcción de vida y lucha contra la Administración». Sobre el rol de las instituciones -en este caso la Generalitat Valenciana-, afirmas: «Quien define la intervención no la hace, y quien la hace no la define; los ordenamientos jurídicos son incompatibles con nuestras prácticas horizontales y de cercanía, y los saberes que vamos construyendo colectivamente (…) quedan invisibilizados entre montañas de documentación, informes, proyectos y memorias».

La Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas financia una parte del proyecto del centro de día; nosotros organizamos además actividades para la autogestión, como lotería -algo que detestamos por razones ideológicas, pero es necesario para cubrir las necesidades-, conciertos, fiestas, venta de camisetas o iniciativas de costura con los jóvenes. Pero ahora que estamos inmersos en procesos electorales, me gustaría decir que desde la Institución no va a resolverse nada. De hecho, en el Parque Alcosa estamos desarrollando desde hace 30 años el proyecto «Nosotras Mismas», en el que nos organizamos para definir y dar respuestas a nuestros problemas. Por ejemplo, en la Kooperativa Social del Parke trabajan actualmente 10 personas -de manera rotativa- en el mantenimiento y limpieza del municipio de Alfafar, a partir de un convenio con el ayuntamiento.

Loa cuestión es que si desde «arriba» nos dicen que no hay trabajo, nosotras lo negamos, porque lo importante es tener los recursos (económicos) necesarios para la supervivencia. No todo el mundo quiere trabajar, ni dedicar 40 horas semanales de su vida a un empleo. Desde las instituciones te dicen que, si eres pobre, has de esclavizarte a un trabajo de 600 euros al mes que no te da para sobrevivir, y de ese modo puedes mantener la dignidad. Por esta razón, una de nuestras propuestas es la Renta Básica de las Iguales (Rbis), en la que cada persona percibe directamente el 80% de la renta y el 20% restante se destina a un Fondo de la Renta Básica, gestionado por la comunidad y con el que se financiarían los servicios públicos. Esta propuesta, junto a otras como la municipalización de los servicios públicos, están en nuestro horizonte de lucha, con el fin de no perdernos por los caminos.

-«La rigidez de los procedimientos (administrativos) que buscan el efecto igualador chocan de frente con la realidad diversa y multicultural con la que convivimos», añades en el artículo del libro de Zambra-Baladre. ¿Cómo abordáis los trabajadores, en la práctica, la diversidad de experiencias, procesos y ritmos vitales de cada joven?

A veces hemos sentido miedo, a la hora de introducir a menores más «normalizados», con problemas relacionales o a los que podría considerarse unos «angelitos», en un contexto diferente; pero lo cierto es que al final entre ellos se equilibran y ayudan. Tenemos el caso de una chica que hoy tiene 22 años, que vino con esquizofrenia, carencias económicas y afectivas, a la que han repudiado en todos los espacios y tuvieron que sacar del Instituto por razones de «bullying» (acoso escolar). Venía del municipio de Benetússer y actualmente reside en el Parque Alcosa. Procedía, además, de un ambiente marcado por la desestructuración familiar, la ausencia de cuidado personal y la falta de referentes. Al principio, la chavala no hablaba con gitanos ni árabes -su familia era muy racista-, y pasaba mucho miedo. Ahora, después de años de evolución, ha pasado a ser como la protegida del centro.

-¿Dónde hallas, en tu trabajo, la fuente de la motivación?

Siempre digo que me ha enseñado una cosa el feminismo: la capacidad se sentarte y escuchar; porque al final los jóvenes te están transmitiendo lo que realmente sienten. Hay una anécdota que cuento en ocasiones. Se trata de un chaval de 13 años y etnia gitana, absentista desde hace muchos años y que desde hace más de cinco que no coge un bolígrafo; de pronto un día me dijo: «Si fueras una profesora, te escupiría en la cara». «Pues bueno, ¿y por qué no me escupes?», le respondí. La conclusión era que me tenía mucho cariño y que, cuando le ponía un ejercicio, entre nosotros había un vínculo que iba más allá de lo académico. Al final vienen con la libreta y te dicen: «¡Mira, llevo ocho ejercicios hechos!» Y sienten un reconocimiento personal que, con estas pequeñas cosas, motiva muchísimo. Sobre todo, ver cómo se ilusionan sintiéndose capaces -realmente lo son-, aunque siempre les han negado que lo sean. Los jóvenes albergan un potencial para hacer cualquier cosa que se propongan. Pero hay muchos estigmas.

-Por último, «tanto desde el discurso universitario como desde la cotidianidad laboral se sigue orientando el Trabajo Social al trabajo con ‘casos’ individualizados, buscando la responsabilidad en el individuo ‘des-integrado’ y no en una sociedad excluyente», afirmas; esta es una perspectiva «profundamente capitalista y deshumanizante». ¿Cómo entiendes el Trabajo Social?

Se trata de una forma de vida y de practicar una resistencia, no es cuestión de voy, trabajo y me olvido. Yo llevo a los chavales a mi casa a dormir y me quedo con ellos los fines de semana. Además tiene que ver con la creación de espacios informales en los que poder juntarnos, y con la importancia del vínculo y la relación; también con la concepción de los salarios y el tiempo de trabajo, que son los mismos para todas, con independencia de los títulos, la formación académica y las responsabilidades que ocupemos en el proyecto. Otra de las cuestiones que les planteo a mis compañeras es que nunca voy a trabajar agobiada; cuando llego los lunes, me planteo que vamos a ver cómo están los chiquillos; a la vuelta de las vacaciones, también llegas con ganas de saber cómo están. Mañana, por ejemplo, he quedado a comer con una de las chiquillas. No es un trabajo, se trata de nuestro día a día. También es muy importante el «asamblearismo» y la horizontalidad; el centro de jóvenes funciona como asamblea y cuando se produce un conflicto, en ocasiones sale un chaval diciendo: «Vamos a hacer asamblea»; entonces nos sentamos y lo hablamos. Además, en el centro de día para «peques», entre cinco y 12 años, ellas deciden los talleres.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.