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El triste papel de lobbista del Estado español en la UE

Fuentes: Gara

El peso político del Estado español en la Unión Europea está al nivel de su peso económico, es decir, pinta cada vez menos. De ahí que, cada vez más, ejerce de lobby más que de Estado miembro. En el caso de una eventual secesión de Catalunya o Euskal Herria, su labor como grupo de presión […]

El peso político del Estado español en la Unión Europea está al nivel de su peso económico, es decir, pinta cada vez menos. De ahí que, cada vez más, ejerce de lobby más que de Estado miembro. En el caso de una eventual secesión de Catalunya o Euskal Herria, su labor como grupo de presión resulta cada vez más evidente y furiosa. La UE es menos plana de lo que los representantes del Estado español quieren hacer creer a catalanes y vascos. A veces es incluso pragmática y capaz de dar respuestas nuevas a nuevas preguntas. Por eso Madrid está aumentando la presión.

La Comisión Europea «es la garante del interés comunitario, por lo que ni sus miembros ni el colegio de comisarios europeos como institución pueden someterse a las instrucciones de ningún gobierno estatal». Ni de ningún Estado. La definición solo mueve a la risa. Los comisarios europeos defienden el interés común hasta que les tocan el interés estatal. Y cuanto menos quede de legislatura, y ahora les queda muy poco (menos de un año), más osados se vuelven; es decir, menos «europeos».

Cada Estado miembro tiene sus intereses estatales, sus neuras y obsesiones. Los comisarios europeos, aunque por circunstancias de ritmos electorales no pertenezcan al partido en el gobierno de su «Estado de origen», están siempre atentos a defender las «cuestiones de Estado» que les afectan. Acostumbran a no entrar en la batalla partidista interna de su territorio, pero se lanzan sin dudarlo al ruedo si se trata de una cuestión de Estado. Y Catalunya y Euskal Herria, por supuesto, lo son. En la labor «diplomática» (perdonen el eufemismo, la diplomacia es otra cosa) del Estado español en la UE, estas son dos de sus obsesiones más recurrentes.

Lo que en realidad hacen los representantes españoles es una labor de grupo de presión en toda regla. En la mayoría de los casos, aunque no siempre, desconocemos los términos de esa labor obsesiva, pero resulta fácil imaginarse al equipo del embajador permanente del Estado español ante la Unión Europea vendiendo la película a sus colegas europeos. Sin embargo, a veces, resulta que esos colegas no son tan tontos como los españoles creen o imaginan. La pena es que casi nunca trascienden al público esos encuentros, esas conversaciones.

De ahí que llame aún más la atención que un comisario europeo tan bregado como Joaquín Almunia caiga en la vulgaridad de vender una moto que nadie se cree en la Unión Europea. No porque lo que diga sea mentira en sentido estricto, sino porque tergiversa la verdad, la realidad y lo que el sentido común dicta. ¿Se atrevería a decir lo mismo que afirma para Catalunya si los periodistas le preguntaran sobre Escocia? Permítannos fiar la respuesta a la memoria, y a la hemeroteca, para anticipar que no. ¿Por qué? Porque Londres es más civilizada y hasta más europea.

Veamos primero las últimas declaraciones, coincidiendo con el tremendo impacto que la Diada ha tenido en el entorno comunitario, y echemos un vistazo luego al tráiler de esta película, tal y como la han rodado entre Londres y Edimburgo.

El discurso del miedo: «Si una región se declara independiente, sale de la UE». La frase, tal cual, está siendo repetida tanto por políticos y diputados europeos del PP como por políticos y diputados europeos o comisarios europeos del PSOE. Y esta semana incluso han sumado a la causa a una de las veteranas del servicio de portavoces de la Comisión. La danesa Pia Ahrenkilde ha echado una mano a uno de sus jefes, Almunia en este caso, afirmando que «un Estado independiente sería, por efecto de la independencia, un Estado tercero respecto a la Unión, y los tratados (comunitarios) no serían aplicables en su territorio desde el día de su independencia».

Joaquín Almunia ha tratado de diferenciarse un poco del resto con la utilización del término «parte segregada», buscando barnizar sus palabras con una sutil capa jurídica: «La parte segregada no es parte de la Unión Europea». Almunia dijo estar «muy preocupado» por el proceso soberanista abierto en Catalunya. Ya ven, cuestión de estado y campaña del miedo en su más típica expresión. Pero lo cierto es que el discurso, el mensaje, no por repetido es menos interesado y tramposo.

El único modo de que las cosas sucedieran efectivamente como las vende Madrid sería que Catalunya, Euskal Herria o Escocia llevaran a cabo una secesión violenta y unilateral que quedara manifiestamente fuera de los valores que la UE proclama. Pero un modelo de independencia y de relación con la Unión Europea moderno y normalizado, como proponen y han pactado (a expensas de lo que ocurra en el referéndum) Edimburgo y Londres, propone algo muy distinto a lo que tratan de vender desde Madrid.

El (muy válido en este caso) modelo escocés: Casi siempre se dice que los modelos conviene conocerlos y estudiarlos pero que casi nunca pueden aplicarse completamente en otro ámbito, algo lógico por otra parte, pero lo cierto es que en este caso concreto el modelo escocés resulta perfectamente válido y podría ser un paradigma en toda regla en la Unión Europea.

El esquema básico, y resumido, sería el siguiente en caso de victoria independentista:

-los escoceses aprueban en referéndum la independencia de Gran Bretaña.

-Escocia no se convierte en independiente al día siguiente, sino que se abre una fase de transición en la cual Escocia sigue formalmente dentro de Gran Bretaña mientras ambas delegaciones negocian todas y cada una de las cuestiones, obligaciones y compromisos (políticos, económicos y financieros, entre ambos, con la Unión Europea y/o con otros organismos internacionales) que deben ser acordadas y regladas antes de que la separación sea efectiva.

-de forma paralela, Escocia negocia con la Comisión Europea los términos del «acuerdo de adhesión» (Escocia, integrada en la UE, cumple y aplica el acervo comunitario, así que lo único que cabría abordar en esa mesa serían las obligaciones y condiciones de la inclusión de Escocia en la UE como Estado de pleno derecho: número de votos en el Consejo de Ministros, número de diputados europeos» su condición de contribuyente o receptor a la caja común -sería sin duda contribuyente neto- y, consiguientemente, las partidas que debería aportar y las que podría recibir, su presencia en el resto de instituciones y órganos de la Unión…).

-al mismo tiempo, también Londres negocia las mismas cuestiones con la UE, puesto que su peso -político y económico- dentro de la Unión cambia (se vería reducido, lo mismo que le ocurriría, por ejemplo, a España, y de forma muy considerable en caso de secesión de vascos y catalanes).

-finalmente, los escoceses votan el acuerdo alcanzado con la Unión y deciden si aceptan los términos de la adhesión y si quieren seguir en la UE (o salir).

-este proceso contemplaría al final la ratificación del resto de estados miembros, que en buena lógica no debería ser obstáculo para lo acordado entre Edimburgo y Londres y entre Edimburgo y Bruselas, porque si algún socio se negara a ratificarlo por los intereses que fueran (sí, pueden pensar en el Estado español como protagonista de dicha hipótesis) se abriría una crisis de proporciones descomunales en el seno de la Unión.

¿Existen alternativas? Este sería un proceso civilizado, moderno y europeo y los representantes de la Comisión deberían hacer bien su labor, planteando hipótesis de trabajo probables (de hecho, existentes) en vez de obviedades jurídicas que no cuentan toda la verdad y que en todo caso anticipan, consciente o inconscientemente, quién no desea un proceso de adhesión civilizado.

¿Existen alternativas? Por supuesto: otros modelos de integración; fases de transición; es posible, por supuesto, formar parte del mercado único europeo y de gran parte del acervo comunitario sin formar parte de la Unión… y también hay vida fuera de la misma. No toda Europa está dentro de la Unión Europea y podrían surgir otros modelos entre nuevas naciones. Y en ese ámbito exterior y cercano, europeo sin duda, hay de todo. El ejemplo de Noruega es el más evidente, aunque quien quiera contrarrestarlo alegará, con cierta simpleza, que los noruegos son tan ricos que pueden hacer lo que quieran.

Lo cierto es que Noruega, tras negociar el acuerdo de asociación (y otros complementarios) con la Unión Europea, aplica incluso más normas comunitarias (más que normas propias) que algunos estados miembros de pleno derecho. Noruega, por ejemplo, tiene pleno acceso al mercado interior de la UE y (aunque Madrid se lo niegue a Catalunya) podría entrar incluso en el euro, si no fuera porque no comparte las políticas monetarias que marcan la eurozona y el Banco Central Europeo. De hecho, Vaticano, Monaco, San Marino y Andorra usan el euro a través de acuerdos con países de la Unión. Si el resto del espacio nórdico usara el euro, Noruega podría adoptar la moneda única si así lo decidiera, aunque (punto fundamental) no podría decidir sobre la política monetaria. Sin embargo, sabemos que la UE está repleta de salvaguardas y excepciones…

La UE es menos plana de lo que los representantes del Estado español quieren hacer creer a vascos y a catalanes. A veces es incluso pragmática y capaz de dar respuestas nuevas a nuevas preguntas. Por eso Madrid está aumentando la presión.

Fuente: http://gara.naiz.info/paperezkoa/20130922/423698/es/El-triste-papel-lobbista-Estado-espanol-UE/

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