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En las cercanías de la guerra siria

Fuentes: Al-Hayat

Sorprendentemente, pero tampoco tanto, Bashar al-Asad reconoció que las actividades armadas contra su régimen habían comenzado en el pasado mes de Ramadán; es decir, cuatro meses y medio después del inicio de la revolución siria. Está equivocado: la realidad es que los albores de la resistencia armada aparecieron antes, pero no se convirtieron en una […]

Sorprendentemente, pero tampoco tanto, Bashar al-Asad reconoció que las actividades armadas contra su régimen habían comenzado en el pasado mes de Ramadán; es decir, cuatro meses y medio después del inicio de la revolución siria. Está equivocado: la realidad es que los albores de la resistencia armada aparecieron antes, pero no se convirtieron en una dimensión principal de la lucha siria hasta aproximadamente dos meses después de Ramadán (agosto de 2011).

Pero Ramadán, de hecho, fue el inicio de una nueva etapa en la revolución, que se distinguió por la ocupación militar del país, después de que manifestaciones de cientos de miles de personas salieran en Hama y Deir Ezzor. A principios de febrero de este año, tras el veto ruso y chino, el régimen inauguró en Baba Amro (Homs) la tercera etapa, la etapa del terrorismo y las masacres colectivas. Al mismo tiempo, esta etapa es la de la expansión de la resistencia armada en distintos puntos del país, incluidas la mayoría de ciudades de la periferia de Damasco y sus barrios.

Sin embargo, estas tres etapas entran en un marco principal que va tomando el cariz de una «cuestión siria»: el marco de la revolución. A pesar de las múltiples injerencias exteriores, la lucha en Siria se ha mantenido hasta hoy básicamente siria. En ella, los sirios que aspiran a un cambio del régimen político en su país para lograr una mayor libertad y justicia, se enfrentan con un régimen despótico conocido por su violencia, corrupción y la decadencia de su «élite» dirigente. Hoy, tras quince meses de revolución, aparecen los signos de una nueva etapa: la etapa de la lucha siria.

En Siria hay una guerra desde que estalló la revolución, que es además una guerra civil. El régimen decidió desde el primer momento enfrentarse a la revolución por medio de la guerra y no haciendo uso de la política. La guerra no tardó mucho en producir su otro bando, que es la variopinta resistencia armada cuyos integrantes se calcula hoy que rondan los 50.000. El régimen también fue el primero en beneficiarse de la ayuda material exterior -militar, técnica y de inteligencia, y puede que hasta humana- de Rusia, Irán y otros. Durante meses, en contrapartida, la resistencia armada se basaba en armas individuales sencillas, cuya fuente de aprovisionamiento eran los arsenales del ejército sirio. Lo que es seguro es que quien luchó y empujó a la guerra, y quien se comportó según la lógica del clan privado y no del Estado público fue «el régimen». Esto no sorprende en absoluto: la revolución simplemente salió a la luz.

Pero la revolución siria no es esta lucha armada entre los sirios en su propio país, sino una situación que se trasluce en el horizonte cercano y en el que se entremezcla con un enfrentamiento sectario abierto y con formas claras de intervención exterior, al estilo de lo que sucedió en la guerra libanesa poco después de su inicio. Las masacres que han tenido lugar desde Karam al-Zaytoun no son hechos aislados, sino una línea que es muy probable que continúe. Y no hay nada que impida que la creciente internacionalización política del conflicto sirio se convierta en una internacionalización militar, aunque sea de forma indirecta.

Como Líbano durante la guerra civil, Siria va en el camino de ser un país sin un interior propio, o con varios interiores enfrentados entre sí. La élite maronita que dominaba el país (Líbano) llamó a diversas intervenciones exteriores, entre ellas la intervención siria, para salvarse. Pero ello fue a costa de que hiciera que unas partes libanesas y otras se enfrentaran, por lo que la fuerza del liderazgo dejó de estar en la entidad libanesa. En esta misma línea va la junta dirigente asadiana, apoyada en Rusia e Irán, que ha perpetrado una serie de masacres sectarias que parecen imparables y que alejan la esperanza de que no se produzcan reacciones semejantes.

Tal vez durante las próximas semanas, la junta dirigente criminal parezca ir convirtiéndose poco a poco y aparentemente en el liderazgo de una milicia armada, que solo busca salvarse, aun a costa de su desaparición como régimen y como fuerza dirigente. Sabe que recuperar el control es imposible y que los días del «régimen» se van agotando. Sus opciones hoy solo son, bien ser erradicado totalmente, o bien volverse hacia un bando social concreto, que en su corazón no estaba lejos de él.

Esto haría realidad un objetivo de la revolución: deshacerse del régimen; es decir, del conjunto de organizaciones políticas, ideológicas e institucionales que permitían a esta junta liderar el país. Pero ello no supone deshacerse de esa junta como tal. Esta lo que hará será recomponerse en forma de liderazgos sectarios ligados al entorno familiar, y tal vez siguiendo una doctrina de protección de las minorías de la que hablan los portavoces occidentales de vez en cuando.

Lo que puede cortarle este camino depende directamente de la política de la revolución y el comportamiento de las fuerzas y corrientes implicadas en la misma, que han de guiarse por el nacionalismo sirio unificador, en vez de la religiosidad y el sectarismo. El régimen ha intentado pintar la revolución como una revolución suní (salafistas, ‘ar’ures[1], Al-Qaeda…) con el objetivo de desviar la atención de su nacionalismo y sentimiento de liberación, así como de la pluralidad de su base social. El asesinato selectivo y las masacres han llevado a una cierta crispación del nervio suní, hecho en el que algunos grupos opositores han encontrado algo que les interesa, porque si la revolución parece una revolución suní ello les facilitará a estas fuerzas y grupos el ocupar posiciones dirigentes tras la caída del régimen. Pero esto, también puede proporcionar al régimen sirio, que está convencido de que no puede volver a gobernar el país, una salida política si se transforma en un liderazgo sectario, como hizo un homólogo suyo en Líbano. Esta forma de pasar por alto la revolución supone un mero intercambio de un grupo gobernante por otro.

El hecho de que los árabes musulmanes suníes sean la mayoría absoluta en el país no es lo que impedirá este desarrollo. De hecho, no existe una secta suní en Siria, sino que hay suníes sectarios, que son los que quieren hacer parecer a la revolución una revolución suní, y quienes trabajan por la sectarización de los suníes sirios; es decir, que pretenden agruparlos políticamente bajo su liderazgo. No lo lograrán, pero tal vez logren sectarizar el régimen político como en Líbano e Iraq. Esa será la oportunidad de la junta asadiana para salir a flote, aunque pierda el control general.

Probablemente esta es la salida que desean las potencias internacionales que cada vez tienen más influencia, sean árabes o no. Sus visiones centradas de forma espontánea en torno a grupos religiosos y sectarios también les ofrecen centros donde influir e intervenir. Mientras los discursos occidentales preocupados por los derechos de las minorías no hacen más que incidir en la posibilidad de conformación de ese régimen de riesgo sectario, las potencias árabes no tienen una visión alternativa, aunque intenten aumentar el peso del componente suní: no pueden hacer nada contra estos potenciales desarrollos de la situación si no termina la guerra del régimen contra la sociedad revolucionaria.
Deben detenerse la violencia y el sectarismo en primer lugar.

Notas

[1] En referencia a Adnan al-‘Ar’ur, un clérigo suní cuyos comentarios tienen un marcado carácter sectario.

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